28
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JILGUERO
¿Es reaccionario o progresista el pájaro
que está cantando ahora
fuera del nido, entrado ya noviembre?
Este bendito sol debió de confundirle
con su dorada labia, y debió de creer
que eran de primavera tales doblas.
¿Y el sol es reaccionario o progresista
negándose a marcharse
a su cuartel de invierno?
Canta, jilguero, hasta llegar la noche,
articula en tu lengua lo que siente
tan a oscuras la fe,
la rara disonancia que extasía
hasta sacar el tiempo de su horma.
No lo hagas por mística ni gracia,
tan sólo por piedad, como le damos
el eco de la dicha en unos céntimos
al mendigo que pide para vino.
Y si te acuerdas ven también mañana
y dame lo que buenamente puedas:
la caridad no enjuga la injusticia
de tener que vivir sin tus canciones,
pero dime: sin ellas, ¿cómo haría?
29
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Yo no quiero que un Dios que castigó la carne
la resucite luego al son de sus trompetas
lo mismo que al final de un baile de disfraces.
¡Oh pasión de mi vida, cuerpo mío de ángel
que envejeció de amor, que se abrasó de lumbre!
Quien ama no ambiciona más corona que el beso.
Dime qué eternidad es esa que prometes
más allá de los cuerpos si, al cabo, necesitas
para llenarla el tibio pecho que destrozaste.
Sólo una vez, no más, es hermosa la vida.
Ocúpate, Dios mío, del fuego que alimenta
la dicha transitoria y olvida las cenizas.
El tiempo, el tiempo dame. Él es mi amante cierto.
Si amor es consumirse, me mate con rozarme.
30
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a un silencio indispensable.
quien te busca y no encuentra la forma
de que escuches mis palabras,
medio-tuyas, medio-ocultas, medi-tadas;
de seguirme en esas horas tan vacías
donde el sol, creciendo a mis espaldas,
aguarda el momento de esconderse
en el lado más oscuro de mi rostro.
Debería haber alcanzado tu límite,
respondiendo así al aliento que me cortas,
cuando encuentro el espejismo de tus labios
al llegar a tu boca indefinida.
la condena que te impones
al juzgar la impunidad oscura
O tal vez quedarme a solas
por aquellos que me nombran sin saberlo.
31
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voladuras controladas del lenguaje,
aventuras poéticas: el héroe
asalta un tsunami palacios en ruinas
inmensos cachalotes en los restos del naufragio
y un gran beso final en que a la chica
le suben los cangrejos por el cuello y por el pelo.
Al lado mis poemas se parecen
a listas de la compra desteñidas,
a veces ilegibles, empapadas.
Pero el agua es la misma.
32
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Cuando mañana despierte y ya no vea
paralela a la mía como un signo de igual
ni su cuerpo en ella como un parterre.
Cuando las plantas de nuestros pies ya no señalen
y me saquen sangre en una sala blanca, sin interior;
cuando me pongan una pulsera de goma
y al final del brazo del sillón se cierre un puño
y se abra una mano como soltando algo o como
tomando prestado algo al Señor.
Cuando mañana me levante temprano para ir al colegio
pero en mi pupitre esté sentada la muerte niña.
Cuando mirando la sombra de los objetos
me ponga nostálgico y piense
cómo ha pasado el tiempo, cómo
Cuando por escapar de la vida meta la cabeza en la soga
pero el resto del cuerpo no quepa
y me quede colgando del cielo
la cabeza del cuerpo del Señor,
las rodillas del cuerpo del Señor,
el corazón del cuerpo del Señor.
Cuando mañana suene el despertador
pero la luna, podrida, tenga un gusano,
cuando llueva tanto que se me encharque
el pulmón y, entalleciendo en primavera,
me conduzca junto a mis maestros viejos,
los que echaron la rama de un bastón
y murieron goteando en las cátedras
y un recreo de niños albinos y felices.
33
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Lorenzo Hernández Guardiola
PALABRAS ESCONDIDAS BAJO LOS PARAGUAS
de lágrimas que inundan la noche
que cosen su piel de asfalto,
No tiene que ser culpable la lluvia
de la ciudad apagada en tus ojos
o que en el hogar bailen las llamas
una danza de frío y de rutinas.
de que los años prefieran la estatua del cuerpo
detenido bajo aleros de hastío,
una buena amistad desde la infancia
y todos mis recuerdos los recuerdo como lluvia:
imágenes deshechas entre los dedos del agua,
palabras escondidas bajo los paraguas.
34
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Un momento que asume los momentos,
Que resume en su trémolo lo que fue y bien será,
Porque en la piel se estarce el sudor del mañana
Pero también mañana es un viaje al ayer.
La mirada se pega al cristal de la máquina
Cuando cruzamos las fronteras,
Donde nadie es de aquí, y en cuanto se pronuncia
(Aquí) deviene un nombre propio que a nada nombra.
Hay que andar hacia el otro, traspasarlo,
Para alcanzarnos a nosotros mismos:
La primera mirada sólo existe
En tanto que se busca, mientras sigue
Aún sin revelar. In my end is my beginning.
Y por eso eres tú la misma y otra
En todas las mujeres que jalonan mi errancia,
Hablándome en mi propio idioma o en lenguas
Que desconozco pero sé qué dicen:
Lloro porque no puedo amarte, y porque
La Historia a veces es no más que un baile,
Lenin guillotinado, como todos los dioses,
Parece que se fuera a levantar
El telón en cualquier instante,
Que lograremos resolver al fin
Y morteros que ensucia el mar en cada hora.
La niebla es una fiesta, algunos muertos
Escampan en la niebla. Ya es la hora.
¿Cuánto ha durado el viaje? ¿Un día? ¿Treinta años?
¿Cuántas décadas hay entre el martes y el miércoles?
Es hacia dentro donde la mirada
Palpa las cosas, reconoce,
Como manos de ciego. Donde el viaje
No empieza ni termina. Donde el verso extravaga.
35
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En el taller clandestino de mi barrio
los ilegales iniciaron una huelga
por sus derechos laborales.
En adelante seguirán como pueblo
ahogado por las aguas de pantano,
asomando su campana oxidada cada sequía.
sólo recortes presupuestarios.
Juegan al fútbol los niños soldado
con la cabeza del enemigo,
mientras las antenas parabólicas
se entrenan al tenis con sus esperanzas.
sólo recortes presupuestarios.
de las bolsas de pobreza,
se educan en el primer mundo
Se aferran a los explosivos
y consiguen pensiones millonarias
se jubilan con el dinero del miedo
y por el amonal de los recortes presupuestarios.
36
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Ramón García Mateos
INÉDITO
II
Quiero beberte, descender al brocal umbrío de ese pozo y humedecer mis labios en la fuente, beber con la sed de siglos y sequías, beberte con obsesión convulsa, con el temblor febril del condenado, chupar, lamer los labios que saben al resplandor del sol en los esteros, labios para mi boca como pliegues del mar salobres y abisales, como la sombra ecuestre del instinto,
quiero beber de ti, ciego y perdido, galeote en tus muslos, confundirme, negarme, quiero beber de ti: la lengua que acaricia, ávida y firme, nacarado deseo, vaivén del alma, la lengua que recoge las gotas de rocío, beber de ti, agua de amor, quiero beber de ti, llenarme de ti, la lengua por las ingles, mi lengua por la fuente con miel y hierbabuena, sabor de mar, flor de la jara, saciar mi sed, quiero saciar la sed que seca mi garganta, beber de ti, quiero estar vivo, cerrar las puertas a la muerte, desterrar el tiempo que pasa y que nos hiere, sed de eternidad, mi lengua por las ingles, la lengua por tu sexo, detener el tiempo en esta tarde de junio que te amo, en esta tarde de junio que agoniza, en esta tarde…
Quiero beberte y sentir el temblor de tu carne en mis manos, el temblor del deseo palpitando en tu cuerpo, distante y mío, el temblor del deseo que mana entre mis labios para que yo lo beba, mujer que te estremeces al son de mis caricias, arpegio enamorado, tu cuerpo es una cítara para que yo la toque, vibrando en el ocaso la música imposible asciendo hacia la cima alada de la dicha, contemplando tu gozo, sintiéndote encendida y temblorosa, mi dicha es tu placer de yegua desbocada, tu desnuda altivez de felino en arrullo, tu cuerpo es una cítara que acarician mis manos, música y agua para que yo me sacie del temblor azorado de tu carne.
37
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Miguel Ángel Curiel
EXTINCIÓN DE LA NIEVE
Comencé por atrás una historia, no por el final, sino por los bordes últimos de la nieve. Detrás de los muros esta duraba más. A los pies del muro al otro lado había nieve que duraba muchos días. Alfombras sombrías de nieve. Al contrario que a los píes de los árboles. Allí círculos de calor donde la nieve apenas dura, pies templados, como nuestro aliento difumina el cansancio y lo empaña en los cristales. Es como si respirará un tiempo contra otro empañándose el mundo. Pero ya raras veces nevaba aquí abajo. Nieve que me quema los ojos. Cada vez había que subir a mayor altura a buscarla. A otros lugares y espacios inaccesibles todavía para las palabras. Al menos nadie había hablado jamás en voz alta en aquellos picos y macizos, y nadie habría corrompido el aire con su voz. Donde el hombre acude a depositar su locura y a veces las primeras nevadas sorprenden al tiempo acelerado, y todo se detiene para que podamos retroceder, o restituir la voz perdida en el mundo. ¿No se parece este interludio al momento en el que cubrimos con sábanas los muebles de la casa que vamos a dejar deshabitada mucho tiempo? Así todo queda a salvo del polvo, o de cualquier ruido o sonido limpio. Como cuando se rompía el instante por dentro por la simple fuerza del silencio, y la tensión del mundo, y las estrellas de hielo que nunca terminan de quemarse. ¿Y qué le hubiera deseado al ladrón sino la paz y unas semillas? Había dejado una carta al ladrón, y al haber entrado en esa historia por detrás, ya no me encontraría con el mundo, sino con un entramado, un poder corrupto, unas bocas llenas de lodo, ojos de fuego. ¿Podría haber silbado en esas nieves alguna melodía antigua que restituyera el equilibrio de lo perdido? Me disipé, simplemente se disipó todo lo que era.
Preferí morir de frío.
¿De qué hubieran servido allí arriba un discurso o una plegaria? Toda voz se habría roto contra las piedras.
Costras blancas de unas heridas invisibles.
Si yo fuera el paseante, el que sube hasta estas costras de nieve para quitarse la edad.
El sol a la espalda como una carga de paja, o de otra cosa que pudiera arder fácilmente sin dejar apenas ceniza
Una carga de algo liviano. Diría entonces que me he cargado de luz.
Pero solo era eso, un ejercicio, una necesidad de movimiento, de llevar las palabras a donde no querían ir. Mientras tanto, de vez en cuando levantamos la cabeza para ver el mundo.
Todo lo que podía hacer era mirar sin forzar,
hablar sin decir, escribir sin resolver. Ya no tenía fuerzas más que para mí mismo, y mis ojos ya no buscaban, sólo guardaban espacios de nieve tras estos muros donde los árboles agitan su sombra desnuda.
Luciérnagas apagadas, cáscaras que crujen bajo mis pasos para convertirse en raíces de la niebla.
¿Pero era yo el más indicado para ser el campanero, el pastor o el zahorí? ¿Era yo el dueño del eco?
38
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No tiene fin este camino.
Cada uno de tus pasos a la muerte
Dejar el disfraz en esta roca
donde la mar va y viene y se retira…
Dejar la camisa en el sótano
donde la luz sabe a miseria
Ir con el río a verter impresiones.
Ir con el río que no ha olvidado la ceguera
en que nos deja la humedad la bruma
la espesa niebla de todos los inviernos.
como en la mitad muda de la música
habita un verano subterráneo
hasta que llegue la manada de los días tranquilos
a desentumecer las garras
a bañar en el agua de la fuente
39
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Monótono sonaba el reloj -tic
tac, tic tac-, artefacto establecido
hace tanto en la vieja estantería.
Con los lomos en contra de los tiempos
una fila de libros avalaba
el trabajo infalible del cronómetro.
Vueltas y vueltas dieron las agujas
que ensartan, acordadas, el destino
entre el polvo incoloro de la nada.
Hasta que aquella mano decidió
coger el libro aquel, interrumpiendo
un romance tan frío con el muro.
40
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José Verón Gormaz
como húmedos poemas que no acaban.
Siempre buscan el último verso
41
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Es un espacio triste y sin reflejos. La corte es escasa
y el tiempo abunda y sobra y entorpece.
Aquí hubo días mucho más felices;
épocas pequeñas, desapercibidas, instantes juglares
Éramos entonces, tú y yo, muchos.
¡Viva, pues, mi reino menguante! Reino de fango
de los pavos reales en llamas y en huída,
de agónicos rosales y setos sin podar,
de lámparas de araña atropelladas.
Viva este hueco preñado. Cada día menos, cada día
más inútil para el paseo.
Caballerizas hediondas, fuentes estancas y febriles.
Ni una rana, ni un pájaro perdido.
Ni un cartílago libre de ponzoña.
Pero no te has marchado todavía.
Lo envuelves todo, aprietas las paredes
que crujen, que ceden. Caen los últimos cuadros
y encadenado ha muerto de hambre el perro.
Y escribiré las crónicas de este imperio si no es tarde ya.
Hablaré allí de las tardes que aquí nacieron,
de las hordas de amor y de las noches,
de las guerras perdidas, de los muertos,
de los antiguos héroes y del vasto horizonte
Viva el último viva de mi reino menguante,
el reino que fue nuestro y ahora odio porque es mío.
Y un rápido vistazo al palacio doliente que celebra
la anorexia incurable de sus muros.
Y una última palabra que se exprime
antes de que no quepa ya mi culpa
ni el cadáver de todos nuestros planes
ni la corona amarga de mi arrepentimiento.
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Jesús Bernal
DANZA DE CÁNCER
Contemplo el movimiento entre las rocas
su equilibrio de espuma punteada
por las corazas vivas de los cámbaros,
las pinzas que se anudan a la música
vibrante del oleaje, y no hay belleza
pese a haber geometría en el oficio
en su danza de araña el mar duplica
sobre el bucle barbado de la anémona,
la astucia de la anguila,
el pulso del molusco en las arenas.
Hay sacrificio en el quehacer sin pausa
sobre el verde esmaltado de los charcos,
abnegación en la voracidad
de la colonia, donde el sol ofrece
en oro a la codicia sus divisas
como es a un dios ofrenda nuestra especie,
y emergen de las grietas, seccionándose,
las sedeñas corolas de la sombra
como emerge la vida en las mareas,
como dicta la cábala del Cosmos,
sin razón, sin belleza, con sus larvas
que trenzan y destrenzan la materia.
43
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DESNUDEZ DEL DÍA EN EL UMBRAL DE LA NOCHE
Y de las casas de asombro su tiempo
que todo lo envuelve y nada toca,
su luz frágil frente a todas las horas
en las que los deseos toman asiento.
Tímidos y naufragios, la mirada
nos escribe con la distancia del humo,
y por ello tus pasos, siembro trémulo
como un castaño al sentir la lavanda.
Mar último cuando son los espejos
que responden al sentido. Mar último
si la certeza de la piel se vuelve
alma. Mientras, al horizonte espero
entre calles que dan nombre al latido.
Te desnudas al latido del pájaro
herido, y yo, frente a cualquier reflejo
para sentirte la cara me rasgo
sin temor. Tu sonrisa entre mis dedos,
la polvareda última del amor
extiende el rocío a su cruz de ciruela.
Entre tus labios la palabra acepto
para cambiar la historia. La libamos
ahora que las espinas son pisadas.
Entre voces, tus piernas anhelo
como primer secreto de los rayos
ácidos de mi esperanza. Exaltado
silbido de las vidas en barbecho.
Y la espera responde con dos nombres.
Jaana y Albert, Albert y Jaana,
que gritan sin querer convocar al pasado,
tan sólo velar la ventana por si el sueño,
su respuesta tal vez, se precipite y diera luz
a este jardín de la memoria, secreto:
Tu espalda arenosa que siempre veo.
44
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DOS POEMAS PORTUGUESES
Bien encajado en la cintura,
las piernas colgando sobre la falda,
45
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Con quién te jugarás este poema,
su incógnita de suerte...
Sólo colma el principio que desoye
un trayecto de granos aventados
que tantas horas fue su lenitivo.
Por quién escribirás esta agonía,
para buscarle a ciegas...
Sólo alzas la pluma entre tus dedos,
terrible imitación de lo sagrado,
mientras vas reflejándote,
donde aún no has firmado tu sentencia
46
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Tomás Sánchez Santiago
LO MUSITADO
Eso que deja abiertas las puertas
al sollozo
(su voz sin hueso
y su tejido roto y escurrido)
y todavía hace posible
mover entre los dientes
la extraña compasión de los significados.
Eso que empieza a arder
aun antes de encenderlo y pide paso justo
cuando ha encontrado perdición,
y atraviesa pasillos oscuros
lavándose las sílabas en saliva cansada.
Eso, lo dulce escatimado,
lo que llega sólo a morder la luz
de lo intermedio,
lo musitado, sí, de donde sale nada más
el humo hilado de unas pisadas en la nieve.
Hasta ahí, hasta ahí llega
la rozadura pequeña del poema.
Un ruido de uñas rotas
y nada más.
Tócame con los nombres sumergidos.
47
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Elda Lavín
NATURALEZA EN MÍ
Hay una entre las ráfagas del aire,
velada, apenas hilo,
que viene de muy lejos.
Si te alcanza, en ti irá habitando
su ambición lasa, su temperatura
y un harto respirar de pulmón infinito
que dé todo cabida al universo.
Descansará en ti y tú sentirás
calor y lentitud de tacto,
del que configura y te eleva hasta su imagen,
reinantes voluntades frente a frente,
suspensas sin fin en el trono
defectuoso de los días.
Mas no te engañes,
sólo eres una excusa,
la matemática operación que hace
de su infinito
acotado lugar de tránsito.
48
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Todos los días me propongo huir
de este bosque de piedra y mecanismos
Ven conmigo a la selva y a los montes,
a la azucena, al pájaro y la ardilla.
Desnúdate conmigo, entra en el río;
librémonos del mandamiento. Arroja
tu espíritu carnal sobre este prado
que cobija la sombra de los árboles
rodeada de hierbas aromadas,
Cava en mi corazón hasta encontrar
y brotará la dicha en nuestros brazos
como un surtidor mágico que aguarda
surgir de las estrellas y los túneles
de nuestros propios cuerpos y sus ansias.
Cuando se abrazan nuestros corazones
es a la primavera a la que abrazo,
y parece que somos el origen
No lo dudes ya más: trae las músicas,
y olvidemos la obtusa geometría
de la infelicidad acomodada.
49
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En San Petersburgo los gatos amanecen
helados sobre las farolas.
que huyendo del invierno prematuro del alma
buscamos refugio entre tibias luces de ciudad
encontrándonos el amanecer abrazados a ellas
50
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MÚSICA PARA LA MANO IZQUIERDA
y también aparto la evidente presencia de la noche
me sumerjo en la luz de mi mente
sin dejar de respirar ni de pensarlo
el ritmo de cada inspiración
el ritmo de cada expiración
el ritmo de cada inspiración
y el ritmo de cada expiación…
Pienso en la muerte pero no me roza
ni su ala negra ni el olor del patio
delantero de mi casa de niño
cuando inventaba espacios transitables
bosques silenciosos de musgo blanquecino
y unos pies desnudos con los que poder
cruzar la mancha quebradiza del estanque de hielo
Estaba reuniendo solo un poco de música para la mano
la que me ve escribir sujetando por debajo
el cuaderno de pastas negras y corazón tan blanco
como un extraño miembro que se hubiera sumado
a una fiesta que no era para él
y en la que se limita a contemplar el giro de las parejas
Música que crece desde un interior innombrable:
el espacio desierto del mismo desierto
real que imagino cada vez que se alejan
y es solo un poco de costumbre en fino polvo
lo que acude a mis manos como ahora
estos granos menudos de diversos colores
misterio puro que contemplo y distingo y separo
y alzo con cuidado entre mis dedos
y los dejo caer uno a uno
sobre la sonora extensión de la mesa
y en el inmaculado silencio de la página
por ver si es posible escuchar
de una música única tal vez interminable…
*«Los buenos poetas son todos zurdos. Escriban con la mano que escriban, lo hacen desde el lado imprevisto del mundo y del lenguaje». (Javier Rodríguez Marcos, en un artículo sobre el poeta sueco Tomas Tranströmer, El país, 7 de octubre de 2011).
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Adela Sainz Abascal
¿A qué desenterrar lo oculto?
Mejor, mucho mejor
dejar ladrar al perro sin saber.
No importa contra qué,
bajo quién, para quién.
Es el mes de los muertos.
¿A qué destapar nada?
Mejor abrir los ojos
a la extrañeza de esta luz
en la que baila una mañana nueva.
Tal vez por eso, solamente por eso
aplazas buscar entre papeles.
No quieres releerte.
Inventas un nuevo horizonte
más allá de tus ojos muertos,
más acá de la niebla
de esta mañana blanca
del mes de los difuntos.
52
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NIEBLA EN EL JARDÍN DE OTRO
A José Antonio Muñoz Rojas, en la memoria.
Marcado estoy a fuego, condenado
a decirte, a decir de ti tan sólo
los signos que derramas en tu huída
(ese árbol blanco que, a primera hora,
miré en la niebla del jardín de otro
y esa ventana sobre el emparrado…),
Poder que me escogiste desde niño,
no sé por qué necesidad oscura,
no sé con qué propósito de darte
sin darte nunca a conocer, sin nunca
darte luego del todo, para siempre
por el jardín, que encarna en lo que existe
sin coincidir con nada exactamente
de lo que existe. (Y que ese árbol blanco,
esta mañana en el jardín del otro,
volvió a llamar –qué extraño- por mi nombre).
53
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Josefa Parra
HELENA CONTEMPLA A SUS HERMANOS
Dulces hermanos, carne
de un mismo amor, rendidos
al borde de la noche
os contemplo: soberbios
como dioses, y frágiles
como cisnes. Qué extraño
maleficio nos une,
qué enredados caminos
llevaron a este ocaso.
Me llamaréis hermana,
y yo os llamaré amados,
piel deleitosa, fruta
de mi propio jardín.
Míos sois por la gracia del deseo.
Soy vuestra por la gracia de la sangre.
Y un día lloraré
al decir vuestros nombres.
54
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los carrizos no han dejado de agitarse al compás de la brisa,
ni los peces surcar las profundidades translúcidas.
Ese árbol simboliza el cosmos al tiempo que forma parte de él.
El mar siempre estuvo ahí, liberador de memorias.
Y el tiempo de la creación no ha sido sino el instante
en que, de pronto, la flor cerrada
ha extendido sus pétalos a la luz.
mi palabra no revela la confidencia de ningún ángel promisorio,
ni pretende tornear nuevas leyes de la mirada,
sino que se destrenza en balbuceos amorosos
que el deseo desea satisfacer en ti.
55
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José Santiago Pérez Olivares
LOS NIÑOS DE LA ESTACIÓN LENINGRADSKY
A Roma, Misha, Yula y los demás
Los niños de la estación Leningradsky
también perdieron la guerra.
que un día descubren el horror.
Ellos no conocen más guerra que la de cada día
-una en la que no hay obuses ni cañones,
campos minados ni metralla-.
Pero nada recuerda tanto una guerra
y nadie se parece tanto a un francotirador
como una criatura con hambre.
Siento piedad por los niños de la estación Leningradsky,
por esos cuerpos sucios, esas ropas raídas,
esos ojos que dan la impresión de no entender.
Siento piedad por Misha, abandonado
por Roma, cuyos padres bebían y lo azotaban.
Y por Yula, violada en la flor de sus doce años.
Siento piedad por los hombres y mujeres de Rusia,
de popes y mujiks, de Solschenitzin y zares.
En el rostro de sus niños
-los niños de la estación Leningradsky-
puede leerse la historia de la guerra
(de todas las guerras perdidas).
Ellos llevan en la frente la sombra del GULAG
Llevan la herida del vodka y la mirada de acero
Yo siento piedad por los niños de la estación Leningradsky,
de trenes que se hunden en los túneles
como buscándole el alma a la noche.
56
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Quizá porque mi tiempo se acompasa
a una canción sin ruido ni estridencia,
o porque basta y sobra su presencia
para pintar de claridad la casa.
Porque sólo preciso de ternura
para enfrentarme a cada nuevo día,
porque late en su piel la poesía
ajena al son de la literatura.
Porque con poco tengo suficiente,
y es mucho más que todo si contamos
esposa, hijas y padres, mis hermanos,
y la amistad probada de mi gente.
Porque invita la vida a ser vivida,
más que escribir, disfruto de la vida.
57
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Carlos Alcorta
CABALLOS DOMÉSTICOS
Descienden lentamente, olisqueando
con su hocico aterido fríos tallos quebrados
por el granizo y el hielo de la noche,
hacia gargantas y llanuras fértiles
cuando se adelanta la primavera.
Protegida del viento la manada
por un tupido muro de follaje
de bardas enrolladas al alambre de espino,
el único horizonte que sus ojos
divisan es un cielo encapotado
y sucio que somete sus instintos.
Dentro de ti, ese mismo cielo gris
cobija grandes playas, lejanías
del alma que en la adversidad se crece.
A la intemperie el corazón salvaje
se hace más fuerte. Sólo la traición
que impunemente rompe coaliciones
y pactos y deroga el juramento
sagrado de lealtad a los que amamos,
puede obligarte a renunciar sin lucha
a esa parte de ti insumisa, indócil
que mantiene despierta tu conciencia.
58
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Estuvo hablando toda la mañana de la felicidad, un rato con palabras, otro con gestos. Hablaba solo. Le brillaban las manos y la voz.
Apenas si probó bocado al mediodía. No tengo hambre —dijo para sí— no me apetece nada.
Por la tarde escribió en un cuaderno durante un par de horas. Luego arrancó las hojas, las dobló con cuidado y las quemó en el cenicero. Le brillaban los ojos a la luz de las pequeñas llamas azuladas.
Se tomó las pastillas con un buen vaso de cerveza. Eran amargas. Mordisqueó un trozo de pan con chocolate, aquel grato sabor de la niñez que era el sabor del mundo.
Salió a la calle cuando empezaba a oscurecer. Canturreaba una canción apenas recordada. Entre dientes, para no molestar.
Se marchaba la tarde cuando entró en el parque. La ciudad se perdía a sus espaldas. Se sentó en un banco de madera bajo una acacia joven. Llovía lentamente. Le brillaba la lluvia por los hombros. Volvió a pensar en la felicidad.
Antes de medianoche estaba muerto.
59
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Si tuviera que empezar las historias por el final,
si no dispusiera de tiempo para narrar
los avatares de un viaje, las miles de anécdotas
que llenan tardes de espera y papeles blancos,
empezaría por aquí, por nuestras manos apretadas
y el sabor amargo de esta cerveza compartida
en un pub bullicioso, una noche escocesa.
No cantaría otra vida que la vivida estas dos semanas,
ni hablaría otro idioma que no fuera el propio
de los mares de hierba y las piedras de espuma.
Con los ojos cerrados pisaría cada huella
de las carreteras secundarias recorridas, cada valle
donde hemos aprendido a amar la raíz agreste
que cultivan los ángeles de la belleza;
cada cama extraña donde hallamos cobijo
para alimentar a las aves del deseo y del reposo.
Si tuviera que empezar las historias por el final
hasta que la noche me ganara el sueño
y en mi boca quedasen atrapados
60
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Este sol es el único. No hay otro.
la lumbre que a sí misma se consume.
Sólo te espera el tiempo de la nada.
Tú has de seguir los pasos
de aquellos que ya fueron.
61
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José Luis Puerto
(Ara votiva a Ilúrbeda, La Alberca)
Diosa antigua, ¿quién eres?
Un ara te recuerda en mi lugar,
Ofrecida en tu honor
Por Albinus, un hombre
Del que nada sabemos
Salvo la melodía de sus sílabas.
¿Cuál es tu potestad,
Cuáles tus atributos?
¿Proteges el lugar,
Proteges nuestros bosques?
Sólo queda de ti
Esta ara votiva
Labrada en un granito silencioso
Que guarda en sus entrañas
Misterios que ignoramos.
Tú, diosa desplazada,
Ilúrbeda, patrona
Del lugar, de los bosques,
Protege lo sagrado
Que pervive en mi espacio del origen
Y líbralo de tantas
Profanaciones a que es sometido.
Secreta diosa de un oeste pobre,
Te ofrezco hoy, por todo lo que pido,
El ara más leal
de mis palabras.
62
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Agustín Calvo Galán
el último estertor se hace
ya sólo el silencio del oxígeno
la inmovilidad, las paredes a dos colores,
la puerta con una rendija
y una enfermera que vendrá
a taparle la cabeza con la sábana extendida.
63
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ardoroso temblor de la materia
angélico egoísmo que se escapa
hacia el páramo de los espejos
y el llano encantado de las campanas
como una red de arterias temblorosas
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite
que presume el dolor y no lo cumple
que escucha retumbar el murmullo
absorbe sus esencias y se mantiene
en el fresco alborozo de la carne
admitiendo en su unidad perfecta
el gemido encantado de un encuentro
en el crepúsculo se concentra
en la orilla vital de la palabra
y en la inminencia de la sangre
con frutos de ámbar y sed de siglos
una sed que abre cauces en el sueño
dispersa un fulgor de criaturas
y blande el contorno fascinado de la forma
64
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Demasiados consejos
de señores listísimos
estaban convirtiéndome en adulta,
en una coctelera de palabras perfectas,
perfectamente oscuras
para mis tiernos ojos,
perfectamente exactas
para la deliciosa imperfección que prefiero.
Ahora están haciéndome
un lavado de escrúpulos
dos simples transeúntes
que he encontrado en la playa.
Que nadie me proteja.
Que nadie venga a rescatarme.
65
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Joaquín Juan Penalva
EL MANANTIAL DE LA DONCELLA
que se acercan al bosque.
66
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Rosa Martínez Guarinos
MADRES DESNUTRIDAS CON NIÑOS (DESAHUCIADOS)
Hay locura en los rostros del hambre,
un cóncavo aullido no resuelto
que nimba como aura negra
los delicados cráneos.
Hay perplejidad sin causa,
un terco mirar
de lo inmóvil a un centro fijo.
No hay tristeza ni horror,
sólo vacío dentro del vacío,
sólo un estar sin nervio
y un dolor que no duele.
Sólo una piedra negra inscrita
en el centro del alma.
Los rostros del hambre se parecen
como flores oscuras incrustadas
en el nicho cabal de nuestras mentes.
Se les rompe el amor
por dentro de los ojos,
por eso miran madres sin mirar
a los hijos
y los llevan atados con los huesos
de amar contra los vientres.
A veces los cargan a la espalda
como una dulce muerte
con las alas caídas.
67
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Miguel L. Mula Soler
que da al río que da al mar
y una plaza sin fuente ni estatua.
y una plaza sin fuente ni estatua
que da al río que da al mar.
68
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Pilar Duet
DIAPASÓN
Uno
No hay más hermoso adiós que aquel que deja
un cuerpo en otro cuerpo.
El alma siente el resplandor desnudo
de la carne tremante.
Brilla la oscuridad y transparentan
sus enigmas las sombras.
El fragor de los sexos ilumina
con diamantes y estrellas
el laberinto de la plenitud.
Y todo es melodioso.
Dos
Asomada a tus ojos miro el cielo
oscuro y transparente, donde yacen
terciopelos, diamantes, armonías.
Abrazo tu cintura y los jazmines
perfuman mi dolor y lo transforman
en suavidad y lasitud: en júbilo.
Si me acerco a tu cuerpo toco a Dios
y a través de la carne llego al alma.
69
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La mujer inventa el mundo y es azul.
Parece cotidiano en su simpleza,
su límpida canción de los objetos
en la materia sola y reservada
con que se inicia el tiempo y el ritual
del té que abre su aroma en los pesares
y cancela la historia, los rigores,
los campamentos rojos de la ira.
La mujer inventa el mundo y es azul.
El cruel temperamento del granito
desarma sus moluscos, los espejos
de la roca que se hace maleable
y vuelve migazón las convicciones,
tobillo tan flexible como el agua
que rota sobre sí su levedad.
Y el azul no es del boli de la infancia,
del bic y su costumbre en el oído
sino la sangre entera y persistente
que cosió las alfombras, los pañuelos,
las melfas, las zozobras y caftanes
con flores que olvidaron el cobalto
en su estallido azul contra la muerte;
la misma sangre firme que circula
como un cordón por cosas y personas
atándolas al viento y sus finezas.
Cortesías de apego y de intemperie.
70
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Los ojos sobre el libro,
y el corazón soñando,
escucha el crepitar
del fuego, que levanta
imágenes sonoras,
palabras encendidas
hasta el sitial del vértigo.
Dibujos entre el humo,
visiones en el alma
mientras la mano mueve
las páginas hermosas,
el aroma del tiempo
en que una pluma supo
dar vida a una verdad.
Lejos, el mar voltea
también la verde página
de su oscuro oleaje,
editando en el viento
rumores de aventuras
cuyos ecos resuenan
en la pequeña estancia
donde todos los días
son iguales, igual
que un navío varado
en un mínimo estanque.
Quién pudiera correr
en busca de otras islas,
dormir bajo el silencio
del cielo constelado,
o bajo la tormenta
de la espada y la lluvia,
hasta caer exhausta
después de haber vencido
a la piratería
o al leviatán terrible;
quién pudiera tener
el cuerpo roto y sucio
de trabajar la tierra,
en vez de la piel blanca
y la mano hábil solo
para esgrimir la pluma
con la que trazar versos
silenciosos y oscuros.
Triste felicidad
amar lo que se tiene
sin tener lo que se ama.
El corazón sonoro
brinca con la lectura
y llora cuando escribe;
porque el libro no puede
sustituir la vida.
71
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Vivid en la casa y la casa existirá.
afirmar que no había nada
es todo lo que nos falta?
si las nubes se retuercen
despacio, de ese modo, es que su soledad
nos descalzamos una y otra vez
de otras preguntas para que
les salga vapor de dentro: hasta
72
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Una vez, siendo niño, le pregunté a mi padre
a dónde van los hombres cuando mueren.
Era una hermosa noche de verano.
Estábamos sentados a la puerta
de anea y contemplábamos el cielo.
El aire nos traía dulcemente
Mi padre me miró con ojos bondadosos
y tras breve silencio me explicó
que la muerte no existe y que los hombres
acaban transformándose en estrellas
Cuando me hice mayor y consulté los libros
que la luz de los astros no es eterna,
que también su existencia se consume
Ya hace muchos años que mi padre murió.
Hoy quisiera tenerlo junto a mí,
igual que aquella noche, y poder formularle
la pregunta obsesiva que me hago
en mi silla de anea solitaria:
¿a dónde van los astros cuando mueren?
73
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Juan Manuel Rodríguez Tobal
Amábamos las cosas pasajeras
con la alegría torpe de las bestias pequeñas.
sentíamos su peso en nuestro vientre.
Veíamos crecer el fuego entre sus manos.
Era hermoso decir adiós al fuego
como si nunca el fuego fuera a volver a casa.
Era hermoso no arder, no iluminar
con nuestra llama el aire:
era la piedra de la soledad.
Entonces sí era hermoso no saber
ninguna de las formas de la misericordia
74
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Auster no dispone de las reliquias de Europa
pero es rabiosamente antiguo aunque nunca lo piensa.
Lleva la emoción con pinzas de relojero
y con la rapidez de un fotograma. A veces se desdobla
entre la hierba en la distancia de altos edificios
o escribe de lo que todos hablamos, de extremo a extremo,
y la palabra en mitad de una calle, señal de cómo somos,
formas de sentir a diario. Una mujer en la oscuridad
y otra bajo la luz de una farola, las dos esperan
a que llegue el día. El agua sobrepasa a la verdina
y las piedras señalan un lugar. Y Manhattan ya tiene pasado
y no está huérfana, hoy no espera al viejo mundo,
ya tiene ese universo tan nuestro y tan suyo.
En nada se parece al poeta que todos esperan
y se llama Anselmo. No lleva móvil ni donde dejarle recado.
Por las calles de la ciudad camina entre árboles
y gente en silencio, a todos sonríe,
entre veladores de las cafeterías busca a sus posibles lectores
y deja un ramillete de poemas sobre las mesas,
no habla ni pide nada. La ciudad le tiene aprecio,
lleva una guitarra que nunca toca. Los poemas son buenos,
se los compro sin gesto académico -somos amigos, hablo con él,
escucho su poética- Cuando termina la ronda recorre el camino
de vuelta, algún diálogo si le hablan, y casi siempre se marcha
sin apenas nada. Esa libertad se permite. Ayer a un poeta quieto
le han dado el premio nacional al fomento de la lectura.
75
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Antonio Aguilar Rodríguez
14_lista de comidas para la semana
el viernes muerdo tu mentón
constelaciones de lunares
decidir en qué lado de la cama
76
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José Cantero
Mulier in love
Como si el alba abriese su pecho y de él brotaran
palomas encendidas que nublasen el cielo,
sentí mi corazón tremular mis entrañas
y hundirse en él la lanza de un gigante de oro,
verdugo de mi carne y amante de mi espíritu.
El dolor y el amor fueron entrelazándose,
y la pasión serena abrió un bosque de gozos
soñados siempre y nunca conseguidos. El pálpito,
como un caos naciente, abrió un nuevo universo
íntimo e infinito. Los colores, las músicas,
los mares de la sangre y los glóbulos del alma
estallaban gimiendo madrigales, cantando
júbilos y motetes que desgranaban luz
y pusieron mis ojos ante un rostro de bruma
cenital e invisible que era todos los rostros
y todos los enigmas. Se comprimió el espacio
en un solo latido, y el tiempo abrió su forma
en una sola imagen. Fulminada, caí
en un prado solemne donde causas y efectos,
sin orden sucesivo, abrazaban las aves,
las estrellas, el polen, y los sentidos eran
un magma entretejido de orden y confusión,
de plenitud y abismo. La estancia ardió de pronto
y era el mundo un bajel ubicuo y constelado
naufragando en la isla donde la muerte es vida
y todo se desvela como si nunca hubiese
existido el misterio.
77
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Diego Torres
DESCRIPCIÓN DE LA BATALLA
La flecha hiende el ojo que el escudo
no ha podido ocultar, y un borbotón
de sangre mancha el rostro, permitiendo
que la lanza penetre el pecho. Caen
los hombres en la tierra. Los caballos
arrastran sus jinetes, ya cadáveres
trizados por los cascos. Las espadas
acusan el cansancio, pero siguen
sajando, desmembrando. Piernas, brazos
yacen en la verdumbre. El fiero sol
también es un puñal; brilla en el aire
y fulge en las corazas. Los ejércitos,
como dos pedernales, se golpean
hasta encender la hoguera de la muerte,
que recoge los cuerpos y transforma
el campo de batalla en cementerio.
78
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Si algo te asombra, entra. No declines
No lo mires. Contempla. Date a ello.
que habrá estado esperándote
abre el pulmón. Sé árbol.
Si la piedra entorpece tu camino,
y prolonga tu cuerpo en la distancia
Si es la isla que te observa desde lejos,
llegada al barro que limita
que vertebra la bóveda del aire,
crece en el fuego. Cumple sus designios.
entra en su miedo. Dale paz. No vayas
que unta de otoños este mirador
y que en él se ilumine con justicia.
79
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En un lugar, que puede ser cualquiera
porque en todos ocurre que el amor
manda en hombres y hembras, sucedió
que había dos amigos, tan fraternos
que todo era de ambos. Uno de ellos
se enamoró de una mujer hermosa
y se casó con ella; y fue feliz.
Pero Anselmo -porque este era su nombre-
empezó a sentir pronto la desdicha
de no ver con la misma asiduidad
a su amigo Lotario; y aunque este
le explicó que en el dos no cabe el tres,
hubo, ante el mucho ruego y pertinacia,
de seguir visitando a los casados
como si no lo fueran.
Tanto Anselmo
insistió en que las gentes no importaban,
ni sus habladurías -y además,
que el amor de su esposa era imbatible
y su fidelidad a toda prueba-,
que Lotario no pudo decir no
a las insensateces de su amigo,
ya empeñado en probar con claros hechos
el honor inmutable de Camila.
Y así, la visitaba el buen Lotario,
y hasta la requería y requebraba
con requiebros que el propio esposo urdía
y ya había olvidado repetir.
En fin: pues que la dama, tras negarse
una vez y diez veces, a la onceava
prefirió a quien de tanto amor le hablaba;
y obedeciendo a su esposo
-aunque este nunca lo supo-
entró al su amigo en su cama
y lo tomó por amante.
Que es de vidrio la mujer
-el hombre no le va en zaga-
si se puede o no quebrar,
80
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Pedro Abelardo
de la estirpe de Dante o de Petrarca,
y pudieras creerme, te diría:
Para mí son más bellas tus palabras
que todo el universo constelado,
al cascabel que irradian las estrellas.
No hay más materia que la de tu cuerpo
ni más alma que la de nuestro amor.
Soy la felicidad cuando me abrazas.
81
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El haz crece, su brazo. Sólo busca
calor y las recoge. No todas,
prender la lumbre, el temblor
de la llama que inicie, bien lo sabe
Su cuidado procura, cada noche,
llegarán. Al final, cuando los hielos fuertes,
con los odios más fuertes.
lo mismo que mañana- como si fueran leña
palabras en el bosque. Tiene frío y está
82
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Tu desnudo tiene la quietud
de una rosa antes del amanecer.
en la que entera leo mi vida
sin alterar el secreto de la tuya,
pues quien así se entrega
es sólo ascensión sin tacto,
eternidad de lengua absuelta.
Nadie habite entonces la flotación dormida del amante
hasta que su corazón desborde
y se produzca el bautismo del mundo.
No hay conquista en tu desnudo,
sino postrimería en revelación
pues principio y fin en él se anudan.
Si me inclino sobre su oscilante cristal de llama
escucho un fulgor de palabras primeras
que me reúne con todo lo amado hasta llegar a ti,
para reiniciar contigo el tiempo.
donde se fecundan aurora y atardecer,
y lo que el pensamiento toca
sino tiempo y espacio en suspensión,
en la que no dejo de nacer.
83
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Francisco Alba
SOLDADO
Iba masticando un trozo de carne que no quería comer.
Buscaba cómo deshacerme de él.
Mugía el toro de Falaris dentro de mi cabeza española.
Me dieron de baja en la Seguridad Social.
Al lado había unos rusos. Me aparté para tirar
el bolo de carne y entonces un ruso acercó un platillo.
Se parecía a un árbol muy pobre que conocí.
Metí mis entrañas dentro de un armario de trajes de lujo.
El ruso estiró el brazo creyendo que le daba una limosna:
lo que dejé en su mano fue el trozo de carne.
Yo era un soldado alemán. Ellos querían vengarse
por el insulto y me buscaban. Pero había un crematorio.
84
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Acosado en mitad de la existencia
por la espada de la mortalidad,
persigue el corazón una deidad
que apacigüe el dolor de la conciencia.
Desengañado, el hombre ve en la ciencia
otro dios que mitigue su orfandad.
Mas, prisionero de su soledad,
mira a la muerte al fin con indolencia.
Ha buscado en los cielos y en la tierra,
pero no entre los hombres; ha olvidado
el sentimiento de fraternidad.
Solo encuentra la paz en tanta guerra
-la cósmica acechanza, el sino airado-
aquel que se refugia en la amistad.
85
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Alfonso Pascal Ros
CASI NADA HE SABIDO DESDE ENTONCES
Casi nada he sabido desde entonces.
Hablo de aquellos trazos de cartilla
de niño y letras grandes, pocos libros,
y padre preocupado por la vida.
En nada diferentes a los otros,
hablo de que era un niño todavía.
Mejor no saber nada de las cosas
de la calle y volver a la cocina
a que madre me tome la lección,
la eme con la a de carrerilla.
Poco más he aprendido desde entonces
que no sea empeorar caligrafías.
86
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que hacen grato el silencio, a cierta edad,
es que es el ámbito de los que se fueron.
Su voz, íntima y tenue, no puede oírse
en mitad del ruido continuo de las cosas; que, además,
es abusivo e irrespetuoso
para la calma, la soñadora delicadeza
en que les gusta vivir. (Quizá no se han repuesto
quizá uno no se repone nunca de algo así).
En cualquier caso, el silencio es su patria.
Es allí, sin palabras, donde uno puede tener
la esperanza de encontrarlos. Y vale la pena. Son una compañía
y saben mucho, muchísimo (la muerte
es una gran escuela). Su visita
nos deja serenamente enriquecidos, aunque a veces
no sepamos muy bien cómo. (No importa).
Uno se acostumbra a distinguir
a quienes están habituados a ese trato; hay en ellos
esa misma delicadeza, esa sabiduría,
que sólo en él pueden aprenderse. Hasta el punto
de que las otras compañías se nos hacen, a veces,
algo superficiales. Es como si no hubieran aprendido
a darse cuenta, aún, de ciertas cosas.
87
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José Luis Campal
Nos puede, y dejamos que se imponga,
una torrentera de abrazos
surfeando los apetitos inabarcables
del presente que no cesa.
Cuando las bocas galopan infatigables
que nos acarician bajo las estrellas,
nos deleitamos en los pliegues de la memoria
hecha certeza y consumación.
De nuestros cuerpos vaciándose
que fulgían en las miradas
como hierba recién cortada,
embriagando las confidencias,
envolviéndonos en locos deseos
a la vida por la que suspiramos
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El cielo tristemente se va de vacaciones
cada vez que quiero verte inundada de sol
Qué bello ese aliento de ola
que lamen tu recuerdo. Qué silenciosa la noche
tan cargada de ti, tan solitaria,
que no recuerdo ya el sabor del aire
que respirabas, incluso, si morías
de amor en el tejido de tus cabellos,
89
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A la memoria de Concepción Muñoz Samper,
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Me acerqué a la casa donde antaño vivías
y no hallé puerta ni ventanas.
Ni un solo resquicio por donde asomarme.
Sólo quería contemplar la escalinata
por donde subías y bajabas.
No estos muros de cemento
como la losa que te cubre.
No el lugar donde descansas
sin poder cruzar contigo una palabra.
donde los sauces enfilados anochecen
donde las flores, sedientas de piedad,
agonizan a la caída del sol.
Han pasado tantos, tantos años.
De tu hogar, antes cálido y alegre,
sólo queda un recinto donde se aúnan
la frialdad y la tristeza.
Sé que pronto caerá tu casa
de la máquina del hombre.
por encima de nuestros recuerdos.
Han de temblar los cimientos
con una agitación incontenible
los corazones de los que te aman.
Pero ni la densidad del muro
ni el poder del hierro afilado
podrán ahuyentar de mi memoria
la armonía de tu semblante:
de mujer que reía conteniendo a la vez
Se ha instalado en mí una huella
de la cual no puedo evadirme
porque la humanidad y la fortaleza
no fuese un comienzo azaroso
sino un final, una victoria
90
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Juan Antonio Díaz de Lope
Las almendritas
en su laberinto
no conocen
el camino.
Allí arriba,
solas,
la luz las dora.
Las almendritas
(allá en lo alto)
¡son tan pequeñas!
En el invierno
con flores sueñan.
Las almendritas
esperan,
y esperando
se quedan quietas.
Las almendritas
no tienen frío,
lucen su capa
para el rocío.
Las almendritas
ya no están solas:
¡una flor blanca
ya les asoma!
91
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Ignacio Fernández Perandones
PERSISTENCIA
que prende y que se inclina
92
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EJECUTIVO DEL AÑO SEGÚN THE NEW YORK TIMES
Yo era un ejecutivo de sonrisa fácil, juventud eterna,
gomina y mano dura, con bastante fama dentro del gremio.
Él un obrero de la compañía, sección quince.
No me tembló el pulso, la voz, al comunicarle
un despido tan improcedente como necesario.
De mi boca salieron decenas de excusas
y reducciones de plantilla
(ahora no entiendo tanta excusa
ni el aumento posterior de plantilla),
pero tenía ganas de liquidar el asunto
y dar carpetazo al expediente y finiquito.
Me felicitaron los jefes, fui nombrado
Ejecutivo del año por mi labor agresiva, creativa
y económica al frente de la empresa,
con beneficios bajo el brazo, saldo favorable
en el presente ejercicio.
Pero coincidí a la salida del cine
con el susodicho padre de familia (horror, en la misma sala)
y respectiva, mis hijos coincidieron en la Universidad
de Columbia con los suyos, mi mujer con la suya en unos
de autodefensa y, años después, coincidimos
en la misma cola del paro, donde unos ejecutivos de sonrisa
fácil, más jóvenes, gomina y mano dura
habían tenido a bien confiarme.
93
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La noche temblaba en la boca de Dios
y desde sus entrañas
ocupaba
la risa, el mercado,
los cafés, el silencio, la vida
Una noche, como ésta,
plomiza y rota,
desde los pulmones del campanario
hasta la esquina
de sangre derramada
Porque la noche es más que una boca,
la noche es un cuerpo
enfermo de sueño,
la noche persiste honda,
la noche des
cien
de por su pereza
hasta los albañales,
hasta nuestro salón de nieve,
hasta la pérfida y remota alcoba
que por el cansancio nos conoce
Y allí,
ante nosotros la noche huérfana
que temblaba y tiembla
en su redondo tedio
contra la ciudad:
¡refugio de lluvia, llanto y vidriera!
La noche es un monstruo
de hambre
desgarrado en unos labios,
en la acera del tiempo
un cuerpo en sus soledades
desgarrado
dejando para sí mismo
su propio cuerpo
hasta no ser otra cosa que la noche
La noche temblaba en la boca de Dios
y en la Iglesia, la sierra y el río
rumor de Muerte
habitaba su morada
sobre los jazmines
94
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