Visitas

Seguidores

jueves, 18 de junio de 2026

Poemas en Akra Leuka (XXIV) Nemesio Martín

Un homenaje y recordatorio de Nemesio Martín; y una lectura del propio autor.
Ante tanto testimoniazgo, me limitaré a decir que
"Los libros son los seres humanos que más amigos tienen".
(La construcción del poema)



1) 

Hay autores que trasvasan la escritura de otros a la propia, y autores que atribuyen su vida -y su escritura- a otros. A veces la literatura acaba colonizando la existencia y usurpándola. Aunque "la vida no la dictan las palabras", sino que, al revés, siempre acabamos autobiografiándonos: desnudos o con disfraces.

En Nemesio Martín Santamaría hay esas dos plumas que confluyen en una, dictadora o esclava de la otra, pero libres ambas como ejercicio de confesionalismo involuntario y de voluntaria devoción por los muchos poetas que en el mundo profesoril han sido. Ya el título de su primer libro, "Innumerable sonrisa", procede -o no- de un verso de Juan Ramón Jiménez: "... mar pleno, innumerable sonrisa", que a su vez procede -o no- del "Prometeo encadenado" de Esquilo: "... fuentes de los ríos, y sonrisa innumerable de las olas marinas...". ¿Sonríe innumerablemente la poesía de Nemesio? ¿Es elegiaco o hímnico? La vida es erotismo y óbito, fragmentos de fuego y de ceniza. Y la escritura es eco de esa dicotomía.

Me pregunta su viuda qué poemas me envía, de qué tema, si largos, cortos, publicados, inéditos... No hay -no debería haber- más que poemas buenos: los que nacen regulares deben mejorarse hasta convertirse en buenos, o tienen que desecharse para que no existan los malos. ¿Juveniles, de madurez...? Ninguna circunstancia altera la esencia; y, al final, sobran todas: incluso el autor pasa a ser una circunstancia del poema. Porque un poema es la suma de todo lo vivido y lo leído, el goteo de todos los manantiales de los que hemos bebido: los milenios de historia humana y de escritura asoman en cada acto y en cada palabra unida a otras palabras. De modo que las obras -músicas, cuadros, versos...- que perduran son las que, independizadas de sus abalorios, fechas, datos... se salvan del naufragio del tiempo, ese invasor de la existencia que solo acepta en su lecho a quienes nunca fueron mestureros ni versópatas. 

2)

El poema aquí recogido, aunque brota como una estampa social, no se deja vencer por el social-realismo, la denuncia de la inmigración y sus hambrunas, sino que va abandonando el "cuadro de costumbres" y muestra con delicadeza y con ternura lírica crecientes un hecho de la vida cotidiana: la niña que "venía de la mano con mi hija"-. También, como poema-cuento más que como documento, ni el tema ni su expresión eluden las alusiones literarias, todas relatoras: Las mil y una noches ("Aladinos intrépidos / por los mágicos cielos ...") o el Rubén Darío de A Margarita Debayle ("en el palacio, malaquita y oro / de un visir de Bagdad..."). La inocencia de la niña echada al mundo y sufridora de sus infortunios estremece al poeta desde "sus ojos o ascuas / de diamante vivo", quien acaba, como al final de El pequeño príncipe, ("si alguien la encuentra..."), pidiendo a los lectores que agradezcan a la niña "tanto amor y miel / como ella nos dejó". Así, como tantas veces repito, lo que empieza en elegía termina convirtiéndose en himno.


Marién


Marién o el cutis
de azucena turbada.
Marién, sus ojos o ascuas
de diamante vivo
alzados sobre un tallo de lírico cristal.
Marién o aquel aroma
que olía sólo a alma.
Marién, siete años...;
      lo demás no era
Marién, sino la vida misma:
vino del norte de África
por detrás de una estela
de azules golondrinas;
vivía en un cuartucho
con cinco hermanos más;
todas las tardes
venía de la mano con mi hija,
veía en el tazón de leche tibia
el rostro de su Alá;
se arrebujaba luego en un silencio
tejido por las lunas profundas del desierto,
o se abrían sus ojos
como dalias de asombro
ante el grifo del agua
templada de la ducha
y la luz de las lámparas.
Una tarde al salir 
dejó por los pasillos un reguero 
          de indolentes camellos, 
colgó oasis de ensueños y dispuso 
alfombras voladoras 
de Aladinos intrépidos
por los mágicos cielos
de las mil y una noches.
No la hemos vuelto a ver, y no sabemos
si las mismas azules golondrinas
la devolvieron a su aldea de adobe 
y cabras en las dunas del desierto,
o si vive hacinada
en una miserable chabola de París.
Si a principios de agosto alguien la encuentra
en una furgoneta de tercera 
mano dirigiéndose al Sur
por alguna autopista,
o en el palacio, malaquita y oro,
de un visir de Bagdad,
le diga, por favor, que no sabemos
qué hacer con tantos dátiles,
tantos higos y pasas,
y tanto amor y miel
como ella nos dejó.


C)

Paralelo al anterior parece el siguiente, o un ensayo, o reiteración, del mismo. Indefensión de la infancia, miseria, ojos... Ambos son inéditos.


 De azul cobalto
   Tendría quince años, 
tal vez menos.
Su cabello pajizo, 
el dibujo afilado
del mentón y los pómulos
denunciaban su origen:
un país miserable, alguna ex
república soviética.
Clavado allí, 
en el cruce
de grandes avenidas
donde se hacen eternos los semáforos
al comerciante que regresa a comer,
al funcionario que ha estrenado un Volkswagen
con la última bajada de créditos.
Una pequeña niña
dormía en el parterre, 
bajo sucias adelfas:
una muñeca con el pelo de estopa
que fuera allí arrojada
desde uno de esos coches que rugían
en medio del asfalto,
en medio de un verano
de cemento y de plomo,
de derretida angustia.
Clavado allí, en el cruce,
extendiendo su mano
hacia las ventanillas, 
hacia los rostros 
de mirada de hierro, 
hacia el hermético,
divino receptáculo
de aire acondicionado
de pulcras y adorables secretarias
que exhibían sus uñas
de puma felicísimo.
      Nadie vio entre el vaho
vomitado por los tubos de escape
ni entre el estruendo de las explosiones
los ojos de cobalto de ese niño:
eran dos ríos de puro desamparo;
eran dos lanzas,
dos cristales agudos
acuchillando un cielo de vesania.
Recuerda: 
las monedas que le hemos entregado
no son el precio
al confortable lujo
de tu conciencia trémula; 
son la cadena con la que has atado
tu corazón al mundo:
una cadena azul,
                            azul cobalto.

25421

Ir a

Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán 

Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán

Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls

Poemas en Akra Leuka (IV). Carlos Sahagún

Poemas en Akra Leuka (V) - Manuel Molina

Poemas en Akra Leuka (VI) - Luis T. Bonmatí

Poemas en Akra Leuka (VII) - Angélica Sevilla

Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez

Poemas en Akra Leuka (IX) José Luis Zerón

Poemas en Akra Leuka (X) - Tina Pastor

Poemas en Akra Leuka (XI) - José María de Mena

Poemas en Akra Leuka (XII) Mariano Sánchez Soler

Poemas en Akra Leuka (XIII) - Consuelo Jiménez de Cisneros

Poemas en Akra Leuka (XIV) - Carmelo S. García

Poemas en Akra Leuka (XV) - Diane Boucher

Poemas en Akra Leuka (XVI) - Miguel Ruiz Martínez (1957 - 2009) 

Poemas en Akra Leuka (XVI) - Helena Vilella Bas

Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez

Poemas en Akra Leuka (XVIII) - Francisco Mas-Magro y Magro

Poemas en Akra Leuka (XIX) - Clemencia Miró

Poemas en Akra Leuka (XX) - Josemanuel Ferrández Verdú

Poemas en Akra Leuka (XXI) - Pilar Duet André

Poemas en Akra Leuka (XXII) - Ángel Luis Prieto de Paula

La muerte de Gutenberg (Una elegía)

 

Rachmaninov: Rapsodia ...


El instinto de supervivencia injerto en nuestros genes nos impulsa a sobrevivir: a evitar el dolor, la enfermedad y la muerte. 

Algunos trazan estrategias artísticas para burlar la mortalidad y crean efigies de sí mismos que pretenden ser inmortales: los pintores, músicos, poetas, los gladiadores de palabras, pentagramas, dibujos...

Aquel que se derrama en la palabra, por ejemplo, sueña con verse manuscrito gutenberguianamente en libro para decir: este soy yo, a pesar de vosotros y de mí; nadie me matará, viviré siempre.

Huele a imprenta su carne, sueña ya que es un libro...

Pero ya ha muerto Gutenberg para gloria, o desgloria, de la página internética. 

El hombre y la mujer que hoy aparecen editados son otros hombres y otras mujeres, distintos todos: porque no ha muerto el mundo, pero sí nuestro mundo. Ya no corre la misma sangre, ni funcionan igual nuestras neuronas: dan vida a otros humanos que construyen con criterios distintos. 

Hemos muerto hace tiempo y no lo recordamos. El virus fue la primera errata de ese nuevo mundo.

He aquí un fragmento de Informe pericial:

VII

Eran siglos oscuros. Tenebrarios, 
lamparillas y aceites alumbraban
los garabatos mágicos, pulidos
por manos despaciosas que tallaban
diamantes de papel, códices de oro,
talismanes para la eternidad
como un legado hacia un renacimiento.
Tal fervor amanuense forjó imprentas 
y aquel tesoro enriqueció a millares
al mostrarles los mundos de este mundo.
Fue como si un gran sol amaneciese 
y descubriese luz en las tinieblas.
Pasó un tiempo. En el año Mil quinientos
cuarenta y tres un hombre agonizaba
y en su lecho de muerte recibió
un título temido y exultante:
“De los cuerpos celestes y sus círculos”.
Solo mil ejemplares se imprimieron, 
y tardaron dos siglos en venderse.
Pero algunos abrieron otros ojos 
que hubiesen retrasado el porvenir
de haber tenido que esperar un códice.
Tan solo el libro es subversión pacífica 
y muestra que en un hombre hay muchos hombres.

[Gutenberg, Copérnico]


23121

martes, 16 de junio de 2026

Vicente LUENGO

     Pulsar para      Escuchar a Vicente Luengo


EN UN SUSPIRO Sólo hay una manera justa de estar en este mundo parasitado y es sabiendo que nos enviamos nosotros mismos desde aquí arriba. Hermano, sólo una manera lógica de vivir bajo el manto de los chemtrails y es sabiendo que un suave pestañeo del Padre disuelve los metales y nos devuelve el azul en un suspiro. Sólo una manera sensata, hermana de asistir a la ruina de tu hermoso cuerpo y es sabiendo que tu doble luminoso te sigue siempre fiel nuevo, puro y radiante a todos los finales. Solo hay una manera justa de seguir en este mundo y es sabiendo que nos enviamos nosotros mismos desde aquí arriba. Desde aquí arriba nos enviamos nosotros mismos. Desde aquí arriba. Desde aquí arriba. Desde aquí arriba.

Otras composiciones:

Thank you Universe

Otras composiciones de Vicente Luengo:


 



Nikola


lunes, 15 de junio de 2026

Poemas en Akra Leuka (XIX) - Clemencia Miró


Mozart: La Clemencia de Tito



Se negó a publicar Clemencia Miró los poemas que escribía (algún lector tal vez aplauda tal decisión, y no la de quienes la contrariaron), y dedicó su vida, alejada de su vocación de violinista, a guardar y editar la obra de su padre, Gabriel. 

La sombra de este (el miedo a no estar a la altura del progenitor) se manifiesta en el final del primer poema que reproduzco, escrito el día del 7º aniversario de la muerte del autor de "El humo dormido"): "sabiéndome hija tuya y escribiendo / con esta pluma que guió tu mano".

El segundo, que tal vez sea un apunte, refleja la angustia ante el horror de la guerra y los combatientes muertos. 

No puedo ver esa montaña alpina 
apretada de abetos y de nieve, 
donde fue modelando mi deseo 
tu figura yacente, 
exacto tu perfil en cielo puro, 
profunda paz, inmensa, en tu descanso.
No puedo ver tampoco en este Mayo 
esa isla gris que encierra tu misterio, 
que en su deriva inmóvil recibía 
rosas y lágrimas, 
y tu silencio, ahogado por la tierra, 
nuestro mensaje más desesperado. 
Sólo puedo mirar hoy tu mirada 
que diste a este paisaje 
o en sus caminos encontrar tu paso, 
pero te sentiré vital junto a mi vida 
sabiéndome hija tuya y escribiendo 
con esta pluma que guió tu mano.

                                                        (27, mayo, 1937)


Oh, tierra, abre tus brazos 
y a tu entraña vayan, 
para nacer en bosques de silencio, 
estos hijos que mueren en plena 
sed de vida, en un ímpetu claro 
de victoria.
No habrá bastantes campos 
ni bastantes coronas y laureles, 
para labrar sus fosas 
y recoger su sangre, 
todos son héroes y su angustia pura.
Las aguas llevan su dolor y quejas, 
toda la España huellas 
de sus pasos, 
y en cada roca queda hincado 
un grito, y en cada valle 
un cántico.
En estas noches claras, 
recostadas en ancha paz idílica, 
un frenesí de muerte se derrama, 
acoge, madre-tierra estos soldados 
y pide a las estrellas 
la eternidad de sus lejanas lágrimas.
                (Otoño, 1937)

9421

Ir a

Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán 

Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán

Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls

Poemas en Akra Leuka (IV). Carlos Sahagún

Poemas en Akra Leuka (V) - Manuel Molina

Poemas en Akra Leuka (VI) - Luis T. Bonmatí

Poemas en Akra Leuka (VII) - Angélica Sevilla

Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez

Poemas en Akra Leuka (IX) José Luis Zerón

Poemas en Akra Leuka (X) - Tina Pastor

Poemas en Akra Leuka (XI) - José María de Mena

Poemas en Akra Leuka (XII) Mariano Sánchez Soler

Poemas en Akra Leuka (XIII) - Consuelo Jiménez de Cisneros

Poemas en Akra Leuka (XIV) - Carmelo S. García

domingo, 14 de junio de 2026

El motor de la Historia

                                                         

Llueve tan suavemente que la lluvia
bautiza la mañana con sus gotas
de cielo diluido, y con esquirlas 

de diamante y coral. Y sin embargo,

cuando los hombres  construyeron 

su identidad de grupo y de individuo,

establecieron leyes, rangos, líderes.

Y fue la astucia el más preciado bien

-como demostraría el gran Ulises-.

Precisa inteligencia, esclavizar 

la mente de los otros a las propias 

premisas, conducirlos 

a una innegable conclusión que urdimbre 

todos los elementos silogísticos

y los convierta en sátrapas

del sentipensamiento y la existencia.

La muchedumbre quiere soluciones

y cree en quien las da aunque sean inciertas

porque anhela respuestas, no preguntas.

¿Y cuál es el factor 

común de la existencia?

¿Es la capacidad intelectiva,

el humanismo del conocimiento,

o la mentalidad contentadiza?

Lo efímero y banal sustituyó 

a todo lo esencial y perdurable.

El avance de la Incultura es

el motor de la Historia,

el más fiero Progreso.

sábado, 13 de junio de 2026

Poemas en Akra Leuka: M. Hernández

Grieg: Canción de Solveig

Querido SESCA:

Me preguntas por la resiliencia del soneto de Miguel Hernández. Mi respuesta es que,, como apunto ahora a bote pronto, carece de ella.

Hernández asume la identidad del toro como ser sufriente y predestinado a sufrir, en un entendimiento del dolor como consecuencia inevitable de la concepción del amor, principalmente durante el barroco, elevado al segismundiano sufrimiento metafísico; Segismundo, como todo ser viviente cristológico, nace para sufrir porque la divinidad eclesiástica así lo ha decidido: "pues el delito mayor / del hombre es haber nacido", concluye Calderón; y "como el toro he nacido para el luto / y el dolor", afirma Hernández; eso no empece que, varonilmente, machistamente, caupolicanamente, el toro, el hombre de la España toril, se rebele como un Luzbel contra su destino y la dictadura de los dioses: "como el toro me crezco en el castigo". Hernández, ante esa embestida, embiste simplemente a quien le embiste. Cerrilmente, como hombre de su mundo.

La cuestión se complica cuando el embravecimiento ante la adversidad (no confundir esta rebelión del ser predeterminado a la esclavitud con la superación resiliencial) se paraleliza con la condición amorosa del amante desdeñado y dolorido: el macho poseedor del fruto en la ingle, por muy bravío que sea, termina lloroso o quejumbroso ("vendaval sonoro") y derramando el corazón por la lengua al sufrir el espadazo del desdén de la amada y la muerte inexorable de la condición mortal de la existencia. Si algo enturbia el soneto, en su afán de semejar los doloridos toro-amante y vida-amor, es el forzado segundo cuarteto,, necesario solo porque el autor estaba escribiendo un libro de sonetos. 

El verdadero poema resiliente hernandiano es el de "Antes del odio"; y aquel otro, de versos dactílicos, "Yo que creí que la luz era mía..."... En ellos sí hay un crescendo hacia la luz. Entonces, sí: en los años finales, cuando Miguel Hernández prefirió escribir como un hombre para los hombres y no, espuriamente, como un poeta para los poetas. 

Aquí traigo los tres, corregidas algunas makarrubieces de los copistas internéticos (mañana lo revisaré):

pulsar para ver

El amor en Hernández

1)
Como el toro he nacido para el luto 
y el dolor, como el toro estoy marcado 
por un hierro infernal en el costado 
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto 
todo mi corazón desmesurado, 
y del rostro del beso enamorado, 
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo, 
la lengua en corazón tengo bañada 
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo, 
y dejas mi deseo en una espada, 
como el toro burlado, como el toro.


2

ANTES DEL ODIO


Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.
Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor.
No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.
Amor, tú, bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.
Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.
Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.
No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.

3)
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

1721