Pulsar
El biennortado
Ceniza sideral
Cansado cuerpo mío: acabarás
matándome, enterrando
el cadáver de mi alma en tu sepulcro
de carne fracasada. Este clamor
de eternidad que soy irá cediendo
su luz ante tu sombra, y las cenizas
no albergarán más fuego. Mientras tanto,
escucho el palpitar de tu existencia
tan próxima a la mía; admiro el frágil
armazón que me sirve de camino
hacia el color y el tacto: el mundo
sabe de mí porque lo abrazas; yo
lo reconozco porque en tu retina
se refugia el azul y vuela el pájaro
y duermen los crepúsculos.
Pronto me dejarás, cuerpo cansado;
cesarán tu fulgor y tu promesa;
mi ceguera será
definitiva.
Sexteto
Orquesta
Cuando leí una selección del lucreciano "De Rerum Natura", traducida en endecasílabos por A. L. Prieto de Paula, me dije que era una lástima que su dedicación a la ensayística crítica hubiese desplazado al poeta. Ahora lo invito y fuerzo a que me envíe unos poemas y el lector comprobará enseguida que es mejor poeta que la mayoría de los que estudia y antologa. Tienen, sus poemas, equilibrio, que es lo que le falta a los demás.
1)
En el primer texto, el relator poético, tras repasar, insomne, su jornada anterior y vislumbrar su futuro, se dirige en plena madrugada a sus quehaceres estudiosos; y sus pasos peldañean hasta otro él, el de su adolescencia, en el que, también adormilado pero en duermevela, sintió la visita madrugadora y tierna de su padre, quien, tras vigilar su sueño, se dirige, como él ahora, hacia su noche. El yo recordador se desdobla y el referidor de la experiencia adquiere la penumbra del adolescente, difuminadora de lo que fue.
Y de ahí las alusiones a Atlas ("sostuviese / el frágil equilibrio de los astros"), sostenedor del orbe, y al martirio de san Lorenzo ("mi cuerpo en la parrilla / enojosa del lecho"), porque su lecho es más quebrantador que descansador, y que orientan sobre la vocación y oficio de la paternidad: amar al hijo. La noche de quien escribe, reinante en el poema, sirve de nexo síquico entre un pasado que se expone, el futuro de quien vigila el sueño juvenil y un presente que otea el durmiente, sobresaliendo, en fin, la ternura de quien admira en el recuerdo la del padre, que se retira hacia "su noche" tras vigilar el alba de su hijo, demiurgando, al cerrar el postigo, el equilibrio de los astros, invasores hermosos de los sueños.
2)
El segundo poema sustituye el canto a la vida y el himno al pasado del anterior por la muerte del presente -la existencia como un tramo de un camino que el propio camino mata- concretado en el pulvis ... reverteris de otro poeta estudioso (Ángel Herrero) empeñado en ponerle idioma al "decir numeroso" e innumerable de quienes no pueden pronunciar el verbo. En dos estrofas -de 12 y 13 versos- los endecasílabos son quebrados en su término por un heptasílabo abrupto y cortante que, al reiterarse y amplificarse en la segunda, engarza y unifica las dos partes en vez de separarlas.
Así, la elegía vuelve a convertirse en himno, puesto que no "se canta lo que se pierde", sino el instante en el que el buscador, tras el esfuerzo, oficializa sus hallazgos y los lega para siempre. No hay planto solamente, pues. No hay mejor homenaje: porque se preserva el acto de conquista humana.