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viernes, 21 de enero de 2022

Koroa Batekín: La soledad sitiada

 


La soledad sitiada



La sombra de una estrella ilumina la noche

mientras la pluma sorbe la tinta, el arrebato

de repetir palabras herrumbrosas

que justifiquen la existencia.


La jauría persiste en su alarido. Una ardilla

con sus errantes patas escribe sus memorias

sin orden sobre el suelo. No consigue encontrar

la grieta sobre el muro por donde se extravió.


La chimenea aroma con su resina ardiente

el salón, y el hábito plisado en el escaño

no impide ver la rubia cabellera

como un río de oro sobre el pecho.


Una mano acaricia la piel y pulsa llantos

cerca de la vihuela olvidada en la mesa

donde vinos y frutas van manchando el papel

con su caligrafía de embates sostenidos.


Cesa el gemido dulce y el dolorido verso

ya no puede leerse, ni tampoco

la alegre biografía de la ardilla.


Escuchar original:

La soledad sitiada 





jueves, 20 de enero de 2022

Escepticismos

 

Arvo Pärt: Tabula rasa

Siempre habrá un razonamiento más inteligente que destruya aquel que nos hizo creer en algo. 

O sea: la única verdad definitiva es que no existe una verdad definitiva.

Vivir es encontrar una estrategia que ayude a soportar el sinsentido.


martes, 18 de enero de 2022

Hawking: El universo

 



Ovidio: Tristia, I - Traducción de Luis T. Bonmatí

 

2000 años de Ovidio

Primera de las cincuenta elegías del libro Tristesescrito por Ovidio en su destierro (traducción de Luis T. Bonmatí). 


Vas a viajar sin mí, pequeño libro

—aunque te estimo pese a tu tamaño—,

a donde le han prohibido regresar

a mí, tu autor:  ¡a la Ciudad!, ¡a Roma!


Marcha, pues, pero ve desaliñado,

como a los desterrados corresponde,

y vístete conforme a mi desgracia.

     Que en un estuche rojo no te guarden,

porque el color que tienen los arándanos

no es el mismo que tienen las tristezas; 

que no escriban tu título con minio,

ese óxido de plomo azafranado;

que el aceite de cedro no suavice

tus hojas de papiro y no se tracen

en la negra portada adornos blancos:

esos lujos se quedan para libros

alegres y felices, pues no olvides

cuál es mi lamentable situación.

Que no pulan tus bordes con la frágil

piedra pómez y, así, podrás mostrarte

deshilachado y sin peinar: como eres.

Ningún borrón te debe dar vergüenza,

pues todos los que llevas son producto

tan solo de mis lágrimas aquí.


Cuando llegues, saluda los lugares

que yo tanto he gozado: de ese modo,

cuando menos, también los tocaré

con los pies que componen estos versos.

     Y si, como es posible, aún me recuerda

alguien y te pregunta cómo estoy,

contéstale que vivo, pero niega

que esté bien de salud, pues, además,

mi vida cuelga solo del capricho

y el favor celestial del que es un dios.

     A aquellos que te lean a la busca

de más de lo que tú, callado, dices,

¡guárdate de decirles lo que puede

no hacer falta que digas! Pues, si no,

ya advertido, el lector no tardará

en recordar de qué soy acusado

y me convertiré en un reo público

en boca de la gente. Si eso ocurre,

no debes disculparme, aunque me ofendan,

pues cualquier buena causa no hace falta

defenderla: con eso solo empeora.

     Quizá encuentres también a quien me añore

en mi exilio, quien lea estos poemas

mojando sus mejillas con las lágrimas

a solas y en silencio —sin que nadie

lo escuche aviesamente— y se ilusione

con que, aplacado el César, dulcifique

mi castigo. Por este, sea quien fuere,

yo a los dioses les pido que no caiga

en desgracia, lo mismo que él les pide

que de mi sufrimiento ellos se apiaden:

¡ojalá que se cumpla lo que él ruega 

y, ablandada, la cólera imperial

me permita morir allá en mi patria!


Pero, aunque cumplas estas encomiendas,

seguramente te reprocharán

que eres, querido libro, menos bueno

que otros que anteriormente me alabaron

alabando mi oficio. Mas no temas: 

cuando ahonden los jueces en las causas

y circunstancias en que se producen

las cosas, tú serás más adelante

en tu justo valor considerado:

si los poemas deben derivarse

de un estado de ánimo sereno,

surgen en ti los míos de una vida

nublada de repente y desdichada;

si los poemas quieren del poeta

una vida tranquila y en retiro,

ahora se levantan contra mí

un encrespado mar, los vendavales

y el frío de un invierno ferocísimo;

si a los poemas los inmoviliza

cualquier clase de miedo, yo no dejo

en un solo momento de temer,

abandonado aquí, que venga a hundirse

en mi cuello una espada y me degüelle.

Cualquier juez imparcial se admirará

de lo que en ti yo he escrito y, tras leerlo,

acabará aprobándolo con gusto:

si traes aquí a Homero y lo sumerges

en las mismas desgracias que me acosan,

se extinguirá su ingenio por completo.


Recuerda, ya seguro de tus éxitos,

que te vas a marchar y que no debes

temer desagradar a tus lectores:

estamos en tan mala situación,

que preocuparnos de eso es tontería.

En cambio, cuando me encontraba a salvo,

me arrastraba el deseo por la fama

y perseguí la gloria con afán;

pero ahora ya es mucho que yo no odie

los poemas y aquella pasión mía

que tanto me han dañado, pues es mi arte

el que hasta este destierro me ha traído.

     Mas, como a ti te dejan, viaja tú

en mi lugar a Roma, a contemplarla:

¡ojalá que los dioses consiguieran

transformarme a mí en ti! Y no supongas

que, por llegar de fuera a la Ciudad,

vas a ser un extraño para todos:

te identificarán por el estilo,

el mismo de otros libros y, aunque tú

quieras pasar inadvertido y yo

no  figure en portada, se sabrá

que soy yo quien te ha escrito y tú eres mío.

     Lleva mucho cuidado, aunque de incógnito

te presentes, pues pueden mis poemas,

destrozarte la vida: ya no tienen

la bula, que, aclamados, poseyeron.

     Y si alguien cree que, solo por ser mío,

no debes ser leído y te rechaza,

dile que lea el título y verá

que tú no das consejos amorosos

como mi Arte de amar, que ya ha cumplido

el castigo que a pulso se ganó.

     Quizá estés esperando que te ordene

subir hasta el palacio en que reside

el poderoso César, pero no

—¡y que me excuse ese lugar augusto

al igual que los dioses que en él viven!—,

pues desde allí me fue lanzado el rayo

a la cabeza y, aunque yo recuerde

la copiosa bondad de esas deidades,

también las temo porque me dañaron:

una paloma herida por las garras

de un gavilán se aterra al menor roce

con sus plumas; la oveja redimida

de los dientes de un lobo, no se atreve

a abandonar de nuevo su redil;

y, si Faetón viviera, evitaría

ir recorriendo el cielo y acercarse

a los caballos de su padre Febo,

que tanto deseó como un imbécil.

A mí me ocurre igual y te lo digo:

temo el poder de Júpiter, que ya

he sufrido y, con solo tronar, creo

haber sido alcanzado por su rayo.

Cualquier superviviente de la escuadra,

que, al regresar a Grecia desde Troya,

se hundió en el arrecife Cefareo,

sortearía las aguas de ese punto;

y mi pobre barquilla, que una enorme

borrasca cierta vez zarandeó,

se espanta cuando piensa en acercarse

al sitio donde fue vapuleada.


Teniendo en cuenta todo lo que he dicho,

lleva mucho cuidado, libro mío:

observa alrededor con precaución

y deberá bastarte que te lea

gente poco endiosada y sin poder:

cuando quiso subir Ícaro al cielo

con sus frágiles alas consiguió

dar nombre al mar contra el que fue a estrellarse.

     Desde el sitio en que estoy me es muy difícil

aconsejarte que volando vayas

o que viajes usando de los remos,

pero las circunstancias y el lugar

orientarán mejor tus decisiones.

Si se te recomienda en un momento

de tedio; si el entorno es sosegado;

si, tras la ira, sus fuerzas se licúan;

si hay quien, hablando poco, te presenta 

como algo vacilante y temeroso,

ve hasta él y ojalá que te reciba

mucho mejor que a mí, tu dueño, y logres

aliviar mi desgracia de ese modo.

Porque, al igual que Aquiles en el caso

de Télefo, tan solo quien me hirió

puede curarme. E intenta no dañarme

con tu ayuda, pues es mucho mayor

que mi esperanza el miedo que le tengo

y es posible que su ira, amortiguada,

se remueva, reviva y otra vez

por tu causa de nuevo me condene.


Si  vuelve a colocarte en el lugar

dedicado a mis obras —un estante

combado por el peso—, será aquel

tu nuevo hogar y, al lado tuyo, allí

verás a tus hermanos, alineados

y en orden, a los cuales ofrecí,

igual que a ti, mi afán y mis insomnios.

     En esa ubicación, de todos cuelgan

a la vista sus títulos y tienen

con claridad inscrito en la portada

mi nombre: el de su autor;

pero verás más lejos otros tres

escondidos en un resguardo lóbrego,

los tres que enseñan lo que nadie ignora

y que el Arte de amar componen juntos.

De estos aléjate, mas, si te atreves,

llámalos como a algún gran parricida:

Telégono o Edipo, por ejemplo.

Y aunque su dueño diga que los ama,

si quieres a tu padre, que soy yo,

no demuestres que estimas a ninguno.

     Otros quince volúmenes aparte

de mis Metamorfosis hay también 

(salvados no hace tanto de la hoguera,

a la que los eché, por un amigo);

te  ordeno que les digas a esos cambios

que hay que incluir entre ellos el del rostro

de mi propia fortuna: la de ahora

ya se ha cambiado en otra muy distinta

de la anterior: la actual es lamentable

mientras que la pasada fue dichosa.


Podría darte muchos más avisos

si sigues preguntándome, mas temo

retrasar de esa forma tu andadura

y, además, libro mío, si llevases

contigo cuanto sufro, pesaría

demasiado ese saco sobre ti.


¡El camino es  muy largo, vete ya!

Yo he de seguir viviendo aquí, en el fin

del mundo y alejado de mi patria.


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