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Entrevista a Antonio Gracia — Graciela Tomassini
ENTREVISTA A ANTONIO GRACIA
Por Graciela Tomassini (Universidad Nacional de Rosario, Argentina)
Antonio Gracia (Bigastro, Alicante, 1946) es autor de los siguientes libros de poemas: La estatura del ansia (Ayuntamiento de Orihuela, 1975); Palimpsesto (Sinhaya, 1980); Los ojos de la metáfora (IEA Juan Gil-Albert, 1987); Hacia la luz (Aguaclara, 1998); Libro de los anhelos (Aguaclara, 1999); Reconstrucción de un diario (Pre-Textos, 2001); La epopeya interior (Fundación Fernando Rielo, 2002); El himno en la elegía (Algaida, 2002); Por una elevada senda (Vitruvio, 2004); Devastaciones, sueños (Del Oeste Edi- ciones, 2005 [versión no autorizada por el autor]; Literaturas.com, 2005); La urdimbre luminosa (Aguaclara, 2007); Siete poemas y dos poemáticas (Huacanamo, 2010); Hijos de Homero (Institución Fernando el Católico, 2010); La condición mortal (Vitruvio, 2010); Informe pericial (Fundación Miguel Hernández, 2012); La muerte universal (Huerga y Fierro, 2013); Bajo el signo de Eros (Olcades, 2013); Lejos de toda furia (Devenir, 2015); Cántico erótico (Huerga y Fierro, 2018); En nombre de la luz (Huerga y Fierro, 2023); En nombre de Dulcinea (El Cantarano, 2023; edición digital).
Ha obtenido diversos premios literarios: Fernando Rielo, José Hierro, Paul Beckett, José de Espronceda, José Verón Gormaz...
Su obra ha sido antologada en Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), ed. Án- gel L. Prieto de Paula (Aguaclara, 1993); Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), ed. Luis Bagué Quílez (Devenir, 2009); El mausoleo y los pájaros, ed. Ángel L. Prieto de Paula (Huerga y Fierro, 2012); Devastaciones, sueños (Antología), ed. Ángel L. Prieto de Paula (Vitruvio, 2012).
Dispone de una página en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y es autor del Blog “Mientras mi vida fluye hacia la muerte”.
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P. En varios de tus ensayos, particularmente en el que dedicas a Miguel Hernán- dez (Miguel Hernández: del “amor cortés” a la mística del erotismo) dices que las biografías son irrelevantes para la apreciación de la obra de un poeta, pues la poesía es “una abstracción que hace olvidar a quien la creó”. ¿Por qué?
R. El amor, como tantos otros temas, es una abstracción que se independiza de quien escribió sobre él. Algunas circunstancias ayudan a entender las esencias, pero no las crean. Los poemas amorosos de Lope, por ejemplo, no precisan, para sentirlos, que el lector sepa si están dirigidos a una u otra mujer; de hecho, todos los poemas del mundo son intercambiables en su autoría y atribuibles a un solo autor, ese que va recreando y mejorando progresivamente el texto, lo que llama- mos “palimpsesto”. Todo está dicho, solo queda el matiz (porque la lírica profunda carece de anecdotario). Y en esa carrera hacia el mejoramiento del poema el autor aúna sus facultades para convertir sus deseos y defectos en consecuciones y vir- tudes. Lo que queda es la esencia de Lope, fuese este como fuera e hiciese lo que hiciera. Cosa que no ocurre en la novela, donde la circunstancia es esencial. Imagi- nemos a Dickens, o a don Quijote, sin anecdotario. En verdad, Lope, Cervantes, Dickens —también Hernández— pasan a ser una circunstancia de su obra. (En cambio, algo a lo que se le supone necesitado de anécdota, como los cuentos de Borges, apenas la tiene porque son poemas más que narraciones).
P. Sin embargo, admites que, a menudo, “la grandeza de una obra se ha escrito con las flaquezas de su autor”. Además, en tu propia obra hay una búsqueda incesan- te de tu identidad, como cuando dices “entre los versos nadie sino yo”. ¿Quién es ese yo? ¿Antonio Gracia, con las circunstancias de su vida, sus luces y sombras? ¿Un ser ficcional, creado en y por la escritura? ¿El hombre universal, desde quien pintó con sangre y zumos vegetales las paredes de las cavernas hasta el que escruta el cosmos en imágenes transmitidas por telescopios que navegan por el espacio exterior?
R. La conciencia del fracaso vital hace que el ser humano pretenda ser mejor en una vida mejor y un mundo mejor. Somos lo que hacemos de nosotros mis- mos mientras nuestros genes, los demás y el mundo nos empujan a ser lo que vamos siendo. Y tardamos demasiado en encontrar siquiera unos fragmentos de identidad idóneos. En el camino ofrecemos grandezas, si se consiguen, para paliar las flaquezas de las que partimos. Es el primer escalón para llegar al himno desde la elegía, por ejemplo. Desechar la “solitariedad” —el yoísmo— elegida o impuesta y alcanzar la solidaridad íntima. En cuanto a mi yo, el yo por el que
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preguntas —quién era yo, quién soy—, si lo supiera o lo hubiera sabido, nada hubiese escrito. Yo escribo para descubrirme, no para que otros descubran que soy escritor. Así que la escritura fue el cincel semiinconsciente con el que esco- plar la imagen salvadora. Cuando escribo traduzco desde un idioma que no co- nozco a otro que también desconozco. Ese yo fue un ser sufriente que pretendía el paraíso del que había sido echado. Pero queriendo ser un ángel se convirtió en un demonio síquico para sí mismo —y tal vez para otros—. El yo de mis primeros libros era y aparecía a pesar de mí, impuesto por “la pantera invasiva”, “la Metáfo- ra”, “el antosaurio”; el yo de los siguientes libros era el que mi necesidad perseguía: el buscador de un equilibrio. En ambos casos me fui a la isla interior de Robinson a habitar la “solitariedad”; allí fui conociendo al desconocido que era yo a medida que escribía. Llevaba ya muy incrustado el “dolorido sentir”. Quizá me defina algo que solía afirmar: “envidio a los condenados a muerte; ellos no tienen que elegir”. Sin premeditación, me encontré en Reconstrucción de un diario: había llevado la propia vida al pasado y la vivía como si fuera ajena; ese era el mejor método de autobiografiarme, conocerme. Y eso hice: mirar en el ayer mi hoy. Ese título es un friso cuyas estampas, desprovistas de mi yo, son esencias que regurgitan la íntima existencia de cualquier hombre o mujer. O eso me parece.
P. De esa vida, ¿qué sería relevante para comprender mejor tu poesía? ¿Cuáles las “flaquezas” sobre las que se erige su grandeza?
R. No lo sé. Creo que acabo de contestarlo. Pero, tristemente, no encuentro ninguna grandeza en mis escritos. Tal vez un elemento abarcador de todos sea el “éxtasis monstruoso” que me ha invadido a través de los años, y para el que bus- caba remedio y serenidad. Buscar mi identidad era encontrar un equilibrio que no tenía y que me hacía habitar los infiernos en la vida cotidiana y poemática, porque me buscaba a través de esta. Nacemos sin porqué, morimos sin porqué; y entre tanto, vivimos sin saber por qué vivimos mientras la vida fluye hacia la muerte. Es ese sinsentido —y el intento de encontrar un sentido— el que coloca al hombre en el abismo de la indefensión al convertirlo en el lugar con el que chocan, destructivamente, el corazón y la razón, la necesidad de comprender y la imposibilidad de aceptar la falta de comprensión.
P. Conocemos tu obra poética a partir de la publicación de La estatura del ansia (1975), cuando ya eras un hombre de casi 30 años. ¿Es esta verdaderamente tu opera prima, o hubo otras antes?
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R. Hubo algunas antes, y después, que no constan. La estatura del ansia es de 1971. Recibió un premio en Madrid que conllevaba la publicación; pero, al parecer, su heterodoxia privó al libro de esta. Milagroso me resultó que los orio- lanos que me perseguían fueran finalmente los editores.
P. Has dicho que “las mejores plumas son las que más plumas despluman en su carrera hacia la inmortalidad”, lo cual me recuerda esa etapa que propone Harold Bloom en La angustia de las influencias, donde el poeta joven tiene que “matar al padre literario” a fin de conquistar su propia voz. ¿A quiénes consideras tus padres literarios? ¿Fue tu primera época, la del desasimiento, el patetismo que domina La estatura del ansia y Palimpsesto y culmina con la “afasia” de Los ojos de la metá- fora, tu forma de lucha contra la presión de las influencias?
R. Nuestros padres son todos los elementos de la creación, seres y cosas, que construyen nuestra sensibilidad —además de la capacidad genética— y por tanto nuestro mundo. En un texto artístico confluyen el ADN fisiológico y el ADN adquirido mediante el aprendizaje. Quien no siente armoniosamente no piensa con armonía y edifica laberintos racionales e irracionales que luego hay que abandonar. Sobrevivir literariamente significa hacer olvidar —matar— a quienes te preceden porque te impones a aquellos de quienes aprendes. Así, la supervivencia literaria es una forma de inmortalidad. Todo es complejo. Pero creo que la noción de palimpsesto es imprescindible. La escritura, el arte, la cultura... es un big bang imparable. Cada poema es la rectificación perfeccionista del anterior, su reescritura, su palimpsesto, que trata de comprimir los átomos verbales anteriores, persiguiendo un hallazgo. Algo de ello he dicho en algunos poemas y, creo, en La búsqueda de Oniria, el epílogo de En nombre de la luz. Los ojos de la metáfora fueron los ojos de la locura, afásica y por fortuna desterrada con voluntarismo. El himno en la elegía era burlar ese monstruo de la locura que tantas grandes obras y sufrimientos ha originado. Yo sufría, como he di- cho, éxtasis monstruosos; buscaba signos de lucidez, quiero decir, lógica en mis percepciones; pero sentía ráfagas de desequilibrio, lo cual era contraidentitario. Ser uno es distinguirse entre los demás como único; simplemente, poseer rasgos distintivos. Una lucha por evitar que te devore la tradición; y para ello devorarla, asimilarla y continuarla. No evitar las influencias, sino admitirlas como materia propia y de un proceso infinito. Porque “solo existe lo que queda escrito”, devo- rado por cuantos nos siguen en la vida.
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P. Tus poemas suelen introducirse mediante epígrafes, a veces de otros poetas, otras veces apócrifos donde el “autor” presuntamente citado no es sino un anagrama o una máscara de tu nombre. Ángel Prieto de Paula, el crítico que mejor conoce tu obra, observa que no se trata del procedimiento de la heteronomía, tal como el que distribuye la obra de Fernando Pessoa entre distintas personalidades autoriales, sino de la “invención de otro nombre al que echar parte del peso de la voz propia”. ¿Se trata de una estrategia de ficcionalización de la voz poética, o es otra instancia de esa búsqueda del nombre verdadero que vemos a lo largo de tu obra?
R. Es más sencillo y pobre que todo eso: por más que la escritura haya sido tan alta cima para mí, y un exorcismo de mis fantasmas, siempre ha sido tam- bién una incredulidad, un salvavidas aparente que retrasa el reconocimiento del fracaso. Así que ese aspecto nace del ser escéptico y burlesco que no me abando- na, el dolorido vivir quevediano. Poner autores falsos o atribuir citas inventadas es no darle importancia a lo que tiene tanta pero no es más que una demiurgia de eruditos a la violeta. Además: es más fácil inventar una cita que encontrar la adecuada.
P. Si tu búsqueda es, como sugieren el mismo Prieto de Paula y otros críticos, un intento de redimirte de la limitación de la existencia mediante la (relativa) intempo- ralidad del arte, ¿por qué dices “La péñola en la mano sueña escribir su gesta / para esculpir su nombre sobre el tiempo. / Mas la Muerte le dicta con sigilosos versos / que también la palabra es un cadáver” (de “Epitafio con lirios”)?
R. No encuentro incompatible creer y ser escéptico con aquello en lo que se cree. “Yo soy un buscador que odia encontrar”, digo también. Porque no existe otro dolor como el que deja un sueño al realizarse. Necesitamos soñar, pero sa- bemos que soñar es retrasar el gran desengaño. Así que la palabra, que es la que puede dar vida, muere si no es definitiva y vence las de los demás. La inmensa mayoría de autores es una inmensa mayoría de cadáveres.
P. ¿“Solo somos lo que queda escrito”?
R. Todo artista es un deseo de ser su arte. El pintor quisiera ser un cuadro. El músico intenta transustanciarse en música. El poeta lucha por regresar al útero del poema que, a su vez, lo engendra. Todo autor, en mayor o menor medida, no hace sino autobiografiarse síquicamente en su obra. Cuando el receptor se
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acerca a la obra está acercándose al autor y se convierte en este o este renace en el receptor. La obra es la resurrectora de quien la creó. Sin ella es ceniza.
P. Entre los dos periodos o tramos principales de tu trayectoria poética, el prime- ro gobernado por la angustia, la iconoclastia y la desconfianza en la palabra, y el segundo por una “salida” hacia la luz, hacia la belleza del cosmos y la búsqueda de un sentido que podría hallarse en la recursividad del tiempo, hay “una hendedura de silencio” (como dice Prieto de Paula) que en apariencia aísla ambos tramos. ¿Se trata de un silencio de creación o solo de publicación? ¿Tan profunda es esa hendedura?
R. No leo mis libros publicados. Tuve que exorcizar mis demonios: pasé unos catorce años sin escribir, salvo algún artículo y ensayo. Durante muchos tiempo he oído decir de mi escritura que es solipsista, prisionera de mis obsesiones. Tal vez me lo hayan dicho o escrito para calificarme, o descalificarme; si bien se mira, ese ataque implica haber construido, mejor o peor, de grado o por fuerza, un mundo, o un modo, propio. Si es así, no ha sido adrede: yo no premedito. De modo que la verdadera respuesta es esta: el tema principal —el mío y el de todos— es la búsqueda del yo. Y basta mirar la Historia: todos los individuos, grupos, naciones... han luchado por defender su geografía, su idiosincrasia, sus ideales, su tradición, su ser... frente a los demás. Eso provoca chovinismos, pero también caminos hacia la solidaridad cuando los pueblos comprenden que se necesitan más que se repelen, y de ahí que las tribus se anuden en naciones, y estas en estados, imperios... Buscan un yo social cada vez más universal —sin prescindir del íntimo—. Ese es el camino: el hallazgo de un yo solitario —in- tensivo y expansivo, no repetitivo— que se convierta en solidario sin prescindir del espacio anímico intransferible e incompartible que conlleva ser individuo, artista, autor. Y ese es el mundo que se alcanza en algunas obras ambiciosas: “el nombre conseguido de los nombres” —Juan Ramón Jiménez—, lo propio que algún día será cósmico. Todos los demás senderos son subsidiarios de este, que se aborda desde diferentes perspectivas.
P. Una presencia permanente en tu poesía es Oniria, a quien dedicas todos tus li- bros. ¿Es ella tu Laura, tu Beatrice, epítome de la belleza inspiradora del himno y la oda?; ¿es el principio femenino, y por lo tanto una abstracción, o tiene referente real?
R. Oniria es el ensueño físico y síquico. La respuesta tal vez está en el poe- ma “Catálogo de pájaros”, también en “Moja Bieda”, o en “Oniria.com”. Pero
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obsérvese que Oniria también es un anagrama de ironía. Por eso siempre me he llamado interiormente Tediato, el personaje desenterrador de Cadalso. En cualquier caso, hoy leemos la Vita nuova, contemplamos a Madonna Elisa, escu- chamos Claro de luna..., y, de repente, se produce el milagro: renacen junto a noso- tros Dante, Leonardo y Beethoven; y somos ellos por un momento, se nos agolpa misteriosamente su magia y la mitología de un breve paraíso. Ese es el poder del arte: la transfiguración de nuestra realidad cotidiana en otra con la que soñamos y que nos enjoya la existencia. Porque Dante viene seguido de la revolución poética y filosófica del Renacimiento: y son Petrarca, Garcilaso, el Siglo de Oro, Lope, Góngora, Quevedo, Bécquer, Juan Ramón Jiménez... quienes se instalan en nues- tra mente para seguir viajando hacia el futuro. Lo mismo nos ocurre con la súbita resurrección de Leonardo y Beethoven: se sientan junto a nosotros y nos traen todo su tiempo, y el tiempo que los hizo posibles, y el tiempo que ellos ayudaron a crear... esos mundos llamados Wagner o Malher, Rubens o Velázquez... ¿No es, por tanto, el Arte el mayor Dios y la mejor panacea? ¿Qué otra constelación de qué universo dignifica más al hombre? ¿Es el océano como El mar de Debussy o Rimski? ¿Son las montañas tan plenas como la catedral de Rouen? ¿Algún viajero hay mejor que Ulises? ¿Está la vida tan viva como en La montaña mágica, de Tho- mas Mann? ¿Cuál es la realidad, la que vemos con nuestros ojos o a través de los del creador de cuadros, música, poemas? Eso es poesía. Poesía lírica.
P. Has dicho que cuando escribes una palabra, no sabes cuál será la siguiente. Sin embargo, tus poemas y tus poemarios —pienso, por ejemplo, en Reconstrucción de un diario, Informe pericial, Hijos de Homero, Lejos de toda furia— evidencian una estructura sólida, un proyecto constructivo. ¿Cómo nacen tus libros?
R. Mis libros nacen al reunir conscientemente unos textos que han brotado impremeditadamente. De pronto me invade una sensación —veneno y triaca, Jekyll y Edward Hyde— que tengo que vomitar: y escribo. Con el tiempo, me llegué a provocar ese trance y su vómito, seminfernal o semicelestial. Esas libe- raciones surgen como escrituras automáticas que luego perfilo; o que abandono. Finalmente reúno algunas de esas “confesiones” o autoconfidencias. Ese es el proceso espontáneo de liberación de la lava que me asedia o el maná que me nutre. Viene después la fase consciente, editorial, para la que hay que ordenar los poemas: relación o unidad temática, por ejemplo. Y entonces, en tal espon- taneidad controlada, o literaturismo, no me importó adecuar a los textos títulos que en principio no habían nacido para ellos: hallar autores —en el caso de Lejos
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de toda furia o Hijos de Homero— a los que les convenían como “retratos” esas autoconfidencias. Reconstrucción de un diario fue más autobiográfico —siempre he creído que toda escritura es autobiografía síquica—: observé que estaba en- trando en una épica lírica, hilvanando una gesta amorosa; y la continué porque era la mía y podía ser universal, de cualquier hombre o mujer; esencialmente: amar y ser amado, desamar y ser desamado, reencontrar el amor y la vida. Con Informe pericial ocurrió algo similar: tras algunos poemas me pareció que trata- ba de buscarle un rostro, una identidad, al fluir de la Historia... Que parezcan incompatibles la falta de diseño previo y la conexión posterior demuestra que hay un yo desconocido y demiúrgico. A ese yo oculto que sabe más que mi yo cotidiano es al que quisiera conocer.
P. Has escrito, hasta el momento, unos veinte libros de poesía, sin contar las anto- logías y los muchos poemas no recogidos en libro que aparecen en tu Blog: “Mientras mi vida fluye hacia la muerte”: <https://antoniograciaoniria.blogspot.com>. ¿Cuáles son tus preferidos, los más dignos del Antonio Gracia ideal o esencial que vienes construyendo en tu escritura?
R. Terminé un breve ensayo diciendo que de Miguel Hernández quedarían, como de todos los escritores que merecen la pena, media docena de poemas. Yo me conformaría con que me sobreviviera uno. Supongo que habría que en- contrarlo en El mausoleo y los pájaros. Y como sé que tras los tres escalones que atraviesa el autor —aprendizaje, cima y descenso— solo queda la repetición o autoplagio, si publico algo nuevo será algún divertimento (como la edición digital de En nombre de Dulcinea) sabiendo que es complementario de lo que intenté —porque nada conseguí—. Creía yo, y creo, que en todas las artes hubo un Adán original de las cosas y todos los demás hemos ido palimpsesteando esa primera obra (tratando de apropiárnosla): que todo está dicho y solo podemos añadir matices; que tachamos lo escrito por otros para superarlo con nuestra palabra. Tendría que palimpsestear gloriosamente un gran poema, que no he logrado escribir. El magma que se prometía, por ejemplo, en “La Dama de El- che”, quedó en magma, en piedrezuela, en breve cerro, no en montaña. En este instante se me ocurre “El secreto”, por su brevedad, concisión, eclecticismo y autoaceptación.
P. La luz que imanta tu poesía, ¿es “fascinación por la verdad”?, ¿es, como dice Heidegger, “desocultación del ser”? ¿Qué verdad busca tu poesía?
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R. Soy un ser insaciable y buscador cuyo detective es la palabra y cuya mi- sión es conocerse. Solo busco sosiego. Para ello necesito la verdad, las certezas de la humanidad, esas que permanecen aunque la ciencia —la astronomía— las altere a cada instante. Y las contradicciones, paradojas... del ser humano, al parecer irresolubles... Yo no comprendía por qué había nacido con instinto de supervivencia —inmortalidad— y se me había dado la conciencia de la morta- lidad. Quería ser Prometeo para encontrar la luz. Mi escritura era el bisturí con el que pretendía extirpar mis males y conquistar alguna paz. Pero siempre hay un razonamiento más inteligente que aquel por el que nos regimos. Eso nos hace ser escépticos, aunque solo quien duda busca la verdad. La fascinación por la verdad se convierte en una obsesión que nos lleva a la pregunta de Camus: si la vida merece, o no, ser vivida. En tal sentido un poema —un cuadro, una sinfonía— no es más que un ejemplar con el que se contenta efímeramente la sensibilidad. El homo sapiens, al convertirse en homo scriptor, propuso un hori- zonte mental en el que la retrospección y prospección de la existencia, unidos los empirismos del hombre singular en los del hombre universal, definían la vida como una emanación de las palabras más que de los hechos que estas recogían y a los que daban lugar. El mundo es, de esta manera y por lo tanto, una escritura y una lectura. Ya es más una verbalidad que una realidad física; solo un silogismo estricto o arbitrario; una sucesión de teorías; y ya sé que más vale un consuelo que ninguno; y mejor es decepcionarse que no haber creído en nada o ser insen- sible a la historia, el arte, el conocimiento... La sensibilidad es el músculo que más rápidamente se deteriora si no se ejercita. Resulta alarmante que siendo el sentimiento, y no el pensamiento, lo que permanece inalterable, y como factor común de la humanidad, el hombre se aleje cada vez más de la poesía, que es la depositaria de los sentimientos.
P. Como Verlaine, como Borges, sueles oponer poesía a “literatura”. Por ejemplo, en el cuarto ensayo de La construcción del poema dices que “la naturaleza del acto creador no se aviene con el artificio literario”. ¿Qué distingue la idoneidad del artificio?
R. Ser creador o artesano, artista o artistoide: Mozart o Salieri; Cervantes o Avellaneda. Mientras exista una mentira hermosa no habrá poesía. ¡Es tan difícil evitar la falsificación! Uno de los mayores defectos de los poetas —y no solo de ellos— es que casi todo lo que escriben son obras “literarias”. Pocos son los autores que unifican al homo vivens con el moriens en el homo scriptor cuan-
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do se invisten de este. La mitad de las obras están escritas siguiendo el criterio del “escribo como hablo”: mal, descuidada, frívolamente, para la muchedumbre inexigente. La otra mitad pretende ser “seria” y cae en la retórica, en la “literatu- ra”, buscando la estatua que inmortalice nombres. El artificio consiste en llenar con palabras un hueco establecido: poner primero, por ejemplo, la estrofa y luego aderezarla con palabras. Un soneto es raras veces un gran poema porque solo unos pocos autores consiguen anteponer el qué al cómo, aunque sea cierto que el cómo es el qué; un poema artificioso es innecesario para el ser humano, solo una escultura verbal, una joya, algo académico o novedoso, subordinado a lo que se espera de él. Admirable me parece, como ejemplo, seguir la similar y distinta adecuación expresiva del carpe diem sonetil: había nacido con Ausonio y Horacio, lo sonetiza Tasso, lo traduce Garcilaso, lo perfecciona Góngora, se enaniza en Quevedo, lo deriva Ronsard para Helena, halla eco en “Rosa de fuego” de Antonio Machado..., pervive en Juana de Ibarbourou, Whitman... Es un ejemplo verdaderamente ejemplar de palimpsesto... Que una cosa es escribir para los poetas y otra para el ser humano; para la poética vigente o para el lector de todo tiempo. La lírica es una creación visionaria pulimentada. Está, o aflora, en el rincón abisal de nuestra mente. Yo me coloco en actitud de médium con- migo mismo y echo el cubo al buen aljibe para intentar sacarlo con un poco de agua pura desde esa región dormida donde aguardan los sueños y se aprisiona el desengaño. El que soy —ese desconocido— le dicta a la pluma lo que quiere de- cir, y la pluma cree o descree sus palabras, las trasiega y ordena. Se trata de hallar “el nombre exacto de las cosas”, de hallar la identidad. El asalto a la empecinada ciudad donde sueñan los sueños.
P. Uno de tus libros se titula Devastaciones, sueños, que también preside la antología publicada por Vitrubio. ¿Qué sugiere la yuxtaposición de esas dos palabras temáticas: oposición y contraste, causa y consecuencia, sucesión?
R. En realidad, es el rostro jánico del hombre. Si elucubramos, hay noventa y nueve elegías por cada himno; lo cual significa que existen muchas más de- vastaciones, fracasos, sufrimientos... que anhelos alcanzados, sueños realizados. La historia es un cementerio de sueños que muchos quisieron realizar: y vieron sus utopías convertidas en distopías. Desde Tomás Moro a Orwell, en el plano social, y desde Calisto y Melibea, Romeo y Julieta... a Werther, Tristán e Isolda... en el personal... Constituyen una moneda cuyo envés siempre es un reverso. Me llegó un momento en el que compilé las devastaciones de los sueños, los
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paraísos perdidos... y emergió la escritura ya no como vómito, sino como bál- samo... Fue el instante de La urdimbre luminosa, libro en el que vislumbré un entramado hímnico. Beethoven saltó del presuicidio de Heiligenstadt al himno de La Novena.
P. Otro de tus libros tiene por título la etiqueta de un género del discurso le- gal, ligado a la exposición de investigaciones criminológicas. Me refiero a Informe pericial, que consiste en una serie de poemas que cubren hitos en la historia de la evolución de la conciencia humana. Ese título me intriga, y al mismo tiempo me sugiere muchas cosas, pero desearía preguntarte a ti, como autor, de qué modo es este un “informe pericial”, y quién sería, en ese caso, el “perito” que habla en los poemas.
R. Eso es: un título que engrana la exactitud o precisión que se infiere del mismo con la inexactitud de los temas que trata; las verdades subjetivas que fueron objetivas solo porque necesitamos creer en algo, mitologizar, crear dioses como albaceas de nuestro bienestar. Peritar un concepto es santificar la subje- tividad. Sobre las verdades absolutas no hay peritos, o todos se equivocan si no distinguen el significado sincrónico del diacrónico. Tendríamos que recurrir al Gran Perito, al Artífice Supremo, a un dios que desconocemos porque no sabe- mos si es metáfora, ente o creación de la mente.
P. Otro de tus libros —uno de mis preferidos— es Hijos de Homero (2009). Los “Escolios” incluyen poemas sobre grandes voces de la poesía, como Homero, Hesíodo, Safo, Lucrecio, Cavalcanti, Luis de León, Yepes, pero también sobre filósofos como Plotino y Séneca, y un músico como Schumann. ¿A qué obedece esta elección?
R. Sin duda porque casi todos ellos han sido alteregos míos —o yo suyos— en algo o en mucho. En realidad son escorzos de mí mismo atribuidos a otros. ¡Hay tantos autores que dejan huella, aunque solo sea el resplandor de su lectura! Cuando un creador crea ensancha el universo, aunque extingue a otros autores: sobreviven los mejores en ese proceso de darwinismo artístico en el que solo quedan los que han logrado mejorar el palimpsesto. La Literatura solo importa cuando se constituye en la formulación de una verdad humana. Y, por lo mismo, los poemas que quedan son aquellos en los que nos vamos reconociendo como hombres, no solo como poetas, puesto que el Arte solo se justifica cuando crea, enriquece o perfecciona paradigmas.
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P. Tu Blog es como un universo rizomático, donde los poemas se asocian a imá- genes y vídeos musicales, obras pictóricas, fotografías, poemas tuyos leídos por otras voces, ensayos tuyos, poemas de otros poetas y críticas sobre tu obra, comentarios de lectores, y hasta filmes y series (como Wagner, personificado por Richard Burton y Vanessa Redgrave como Cossima). ¿Cuándo y por qué iniciaste este proyecto, y qué significa en tu vida?
R. Empecé el blog hace unos doce años, por azar y por entretenimiento, cuando di por concluida mi experiencia poética. Enseguida me di cuenta de que podía reunir en la misma página palabra, música y pintura, mi trinidad del eclecticismo; y no lo he dejado un solo día. De aquí he recogido para la impren- ta, aunque no nacieron con esa intención, títulos como Lejos de toda furia, La construcción del poema, Cántico erótico, En nombre de la luz...
P. En tu poesía, y también en tu Blog, se refleja tu gran amor por la música. ¿Piensas que es, junto con la poesía, la más perfecta y espiritual de las artes? ¿Sabes tocar algún instrumento?
R. En un poema dije que “la música es la única palabra que expresa lo in- efable”. El ruido armonioso forma parte del cuerpo humano. No es casual que el oído interior se sienta atraído por el ritmo de la naturaleza y de la voz, que es el prístino instrumento que derivó en los otros, violines, pianos, percusiones, en aluvión contenido o rumoroso de uno o varios. Hoy todavía sorprende la estructura desaforada de la Sacré... de Strawinski, o la Música para cuerdas... de Bartok, que primero fueron lapidadas y luego sacralizadas. Ya sucedió igual con Bach, o Wagner... Es lo que le ocurre a la genialidad: siempre rompe el canon para establecer otro nuevo. Yo tuve que conformarme con chapurrear la guitarra.
P. El poeta escribe en soledad, pero la escritura es, en sí, palabra tendida hacia el otro. ¿Para quién escribes?
R. Yo no soy escritor. No me dedico a publicar o ganar lectores. Simplemen- te, a veces me disuelvo en palabras. Escribo porque no puedo evitarlo, y publico algo de lo que escribo porque algo hay que hacer mientras la vida fluye hacia la muerte.
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P. Has recibido, a lo largo de tu trayectoria como escritor, varios importantes reconocimientos, como el premio de la Fundación Fernando Rielo a La epopeya interior (2002), el José Hierro a El himno en la elegía (2002), el Paul Beckett de la Fundación Valparaíso a Por una elevada senda (2004), el José de Espronceda a Devastaciones, sueños, el José Verón Gormaz a Hijos de Homero (2009), etc. ¿Qué han significado para ti estas distinciones?
R. Un premio es algo que podría caer sobre otra persona si otro fuese el jura- do. Es un accidente agradable que a uno se le viene encima. Nada más.
P. ¿Qué libro te gustaría escribir?
R. Puesto que he escrito para saber quién soy y ni con escritura ni sin ella lo sabré, ninguno. Si vuelvo a publicar serán cosicosas, entresijos de lo ya edi- tado: caprichosidades. Y no porque los años lo impidan, sino porque ya no lo necesito o he desistido de ello. No hay edad para alcanzar la mayoría de edad lírica, la jubilación creativa. Lo demuestran Sófocles, Cervantes, Goethe o Mar- co Aurelio, o Verdi y R. Strauss, o Miguel Ángel y Leonardo, quienes dieron sus mejores frutos cuando la edad había sazonado la experiencia. Los años nos hacen ver que los espejos que hemos trazado en nuestra obra son espejismos y hemos aprendido tarde cuanto hay que saber del lenguaje idóneo. Todos los autores, creadores... son como las estrellas extinguidas: murieron, pero siguen enviándonos su luz.
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