Cuando leí una selección del lucreciano "De Rerum Natura", traducida en endecasílabos por A. L. Prieto de Paula, me dije que era una lástima que su dedicación a la ensayística crítica hubiese desplazado al poeta. Ahora lo invito y fuerzo a que me envíe unos poemas y el lector comprobará enseguida que es mejor poeta que la mayoría de los que estudia y antologa. Tienen, sus poemas, equilibrio, que es lo que le falta a los demás.
1)
En el primer texto, el relator poético, tras repasar, insomne, su jornada anterior y vislumbrar su futuro, se dirige en plena madrugada a sus quehaceres estudiosos; y sus pasos peldañean hasta otro él, el de su adolescencia, en el que, también adormilado pero en duermevela, sintió la visita madrugadora y tierna de su padre, quien, tras vigilar su sueño, se dirige, como él ahora, hacia su noche. El yo recordador se desdobla y el referidor de la experiencia adquiere la penumbra del adolescente, difuminadora de lo que fue.
Mesura, meditativismo, melancolía y exaltación paterna contribuyen a que el recuerdo sea una elegía a la vez que un himno cuya versatividad melódica y endecasílaba, de claro y llano decir, diafaniza la nostalgia de cuanto se dice, y se constituye en un mágico recuento condensado de una adolescencia en la que la magia del edén empieza a diluirse para ser una asunción de realidad difusa.
El corazón y la mente son unas antenas que sintonizan con la emisora de la lírica al margen de su material, aunque, como toda circunstancia, influya este en la esencia. Los creadores -las obras- que permanecen son los que consiguen que las esencias humanas sean el rasgo distintivo de cualquier poema. ¿Hay algo más identificativo que la memoria, cambiante espectro del tiempo, algo más "eterno" que la filialidad y la paternidad? Por eso el relator lírico, pudiendo detenerse en cualquiera de los asuntos que enumera, se ha detenido en la habitación del dormidor amado.
Y de ahí las alusiones a Atlas ("sostuviese / el frágil equilibrio de los astros"), sostenedor del orbe, y al martirio de san Lorenzo ("mi cuerpo en la parrilla / enojosa del lecho"), porque su lecho es más quebrantador que descansador, y que orientan sobre la vocación y oficio de la paternidad: amar al hijo. La noche de quien escribe, reinante en el poema, sirve de nexo síquico entre un pasado que se expone, el futuro de quien vigila el sueño juvenil y un presente que otea el durmiente, sobresaliendo, en fin, la ternura de quien admira en el recuerdo la del padre, que se retira hacia "su noche" tras vigilar el alba de su hijo, demiurgando, al cerrar el postigo, el equilibrio de los astros, invasores hermosos de los sueños.
2)
El segundo poema sustituye el canto a la vida y el himno al pasado del anterior por la muerte del presente -la existencia como un tramo de un camino que el propio camino mata- concretado en el pulvis ... reverteris de otro poeta estudioso (ÁngelHerrero) empeñado en ponerle idioma al "decir numeroso" e innumerable de quienes no pueden pronunciar el verbo. En dos estrofas -de 12 y 13 versos- los endecasílabos son quebrados en su término por un heptasílabo abrupto y cortante que, al reiterarse y amplificarse en la segunda, engarza y unifica las dos partes en vez de separarlas.
Así, la elegía vuelve a convertirse en himno, puesto que no "se canta lo que se pierde", sino el instante en el que el buscador, tras el esfuerzo, oficializa sus hallazgos y los lega para siempre. No hay planto solamente, pues. No hay mejor homenaje: porque se preserva el acto de conquista humana.
6.- La identidad contradictoria.- Contradicción como certeza, duda como pesadumbre, entrega y desencuentro, satisfacción y sufrimiento, dolor, placer, esquizofrenia... viene a sentir Lope de Vega: porque amor es egoísmo y es altruismo, es pasión desatada y atadura del otro y por el otro. Olvidamos en medio del amor que somos contingentes y cambiantes, que somos en el tiempo, que somos temporales, que sentimos y que dejamos de sentir, que nace y se nos muere el sentimiento como la vida nos nace y se nos muere, arrebatadamente y sin explicaciones que nos satisfagan. Lope aclara lo que confuden los amantes, tejiéndole un error de temporalidad a lo que en esencia es efimeridad:A lo que es temporal llaman eterno: que el amor se termina es sustancial como lo es su inicio y su transcurso. Pero el acabamiento nadie lo persigue y pocos lo superan sin disfrazarlo en otra historia, la misma en otro cuerpo, otro beso, otro nombre. Pues no se acepta que lo que es deje de ser, que nos está esperando otro sendero del camino, que nos estamos esperando para ser lo que debemos ser y no podemos si no abandonamos lo que somos y sentimos. Cuando el amor se muere, el corazón se estremece, porque cuando dejan de amarnos, de repente cumplimos muchos años, por la misma razón que, cuando amamos, el corazón se llena de juvenilidad. Y el corazón popular lo entiende bien.Salvador Rueda lo recoge en su "Romance del tango":
Al Cristo que hay en mi cuarto le referí mi dolor: qué penas no le diría que el Cristo se estremeció ... Mi corazón dice, dice, que se muere, que se muere, y yo le digo, le digo que se espere, que se espere”.
La dualidad dolor-placer la conocían otros amadores: Celestina sabe que el corazón de Melibea es devorado por serpientes, porque su “enfermedad” es “Amor dulce”: y es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte. Pero, como toda enfermedad, sabe sabiamente que hay que sanarla entre sábanas. Las contradicciones del amor, su jánico esplendor y tragedia, su bisagra hacia el dolor y los celos, explica las transformaciones a las que puede inducir al amador. El amor cambia a quien ama. Ennoblece al que es noble y, a veces, incluso al que es protervo. Y el desamor, sin duda, entristece y aumenta la protervidad. La ternura y el júbilo, la crueldad y el rencor son sendas hijas suyas. “El collar de la paloma” defiende el amor como bienhechor e inteligenciador de los amantes.Quevedo insiste en la identidad contradictoria (soy un fue y un será y un es cansado) del amor:
Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado. Es un descuido que nos da cuidado, un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado. Es una libertad encarcelada que dura hasta el postrero paroxismo, enfermedad que crece si es curada. Este es el niño amor, este es su abismo: mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo.
Efectos varios, complementarios y suplementarios, cara y cruz de la moneda. Igualmente conocemos el dolor y la rabia de Vulcano (de todos cuantos sufren el amor) por boca de Quevedo:Nadie le llame dios a Amor, que es gran locura: / que más son de verdugo sus tormentos; Perdí mi libertad y mi tesoro; / ¡Triste de mí, que mi verdugo adoro!, grita bajo su égida.