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domingo, 2 de agosto de 2026

Poemas en Akra Leuka, II - Esther Abellán

 

O. Esplá: Sinfonía Aitana

Autora de varios libros de poemas, Esther Abellán Rodes es animadora cultural, actriz, radiofonista, antóloga...  
He aquí un poema rupturista con los suyos anteriores, escrito sin contemplaciones para el lector, atento a su contundencia esencial y endecasílaba: como un contrarosario de anhelos y desengaños, el poema se desgrana desde una irracionalidad que va anexando los versos procedentes de un abismo confesional y palimpséstico del yo, una sucesión de imágenes de índole visionaria.
Si el poema de Maricarmen Sacristán (Pulsar) integraba en un amanecer unos haces de luz robados a las sombras, para cantar la existencia, este poema se disgrega en rayos hacinados desde la oscuridad, dando fe de la sombría naturaleza humana y esperando confluir en un retrato redentor. Aquel afrontaba el presente con determinación; este se enfrenta a él para disiparlo.


Desde la oscuridad
I
Un suicidio que nace transparente,
almíbar de siluetas y de carne,
huesos y piel desnuda, ser, no ser;
deidades que penetran en los ojos
y Zeus presente, cuerpo atropellado.
¡Yo no sé en qué nos hemos convertido!
Cúpula del futuro, la tormenta,
un paraíso roto por el hombre,
las pupilas que sangran el destierro.
Los cráneos emergen entre sombras
y otro mundo llega al amanecer.
II
La mañana sostiene un cuerpo lacio
entre jazmines ya recién cortados.
Por el paisaje reptan las serpientes 
y surgen las extrañas pesadillas
sobre los muros con su piel suave.
Nada despierta ya en el horizonte,
nada próximo a los acantilados.
Los cuerpos embalsaman las palabras 
y ahora todo gira sobre el mar,
deshabitada cúspide, pasado
de un hogar que intentó ser la semilla
en un suelo de amor tenebris lleno.
III
El futuro nos cierra los perímetros.
Los muros reverdecen en la arena
mientras crecen las balas y su impacto
en esta playa con su luz antigua. 
Tras un regusto ácido, el pasado
se esconde entre las sombras delirantes,
entre rostros sin nombre que se van
lejos de cincelados monumentos.
Yo pienso en un camino luminoso,
en insólitos sueños que recitan 
bajo la triste luz de las farolas.
Todo tiene el color de otro paisaje,
mis lágrimas esconden las historias 
que ya, distantes, no me pertenecen.


(de “Pasado en la boca” )

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Poemas en Akra Leuka (M. Carmen Sacristán)

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Un ciudadano observa la política.


Malher: Sinfonía II, Resurrección (final)

Un estudiante observa a los políticos y no le gusta lo que ve; incluso algunos le parecen enemigos de la sociedad que representan. Mira a su alrededor y se pregunta: ¿Por qué, si todo el mundo quiere la riqueza, que es fruto de la educación, esta está tan descuidada? ¿Hay políticos justos y con perspectiva? 
     Se contesta que, desde luego, es necesario un sistema que nos obligue a convivir en paz, que ampare al bueno y que encarcele al malo, inexorablemente. También es cierto que tal sistema precisa unos gobernantes, y que quien quiere gobernar necesita mucha dedicación y mucho altruismo. 
     Y es aquí donde encuentra el primer fallo: porque la abnegación no es muy común. El hambre de poder es la peor de las enfermedades contagiosas, y el poder es de aquellos que prometen paraísos, pues todos los anhelan. Por eso advirtió Napoleón: ¿qué es un líder sino “un comerciante de esperanzas”? Y Heródoto escribió, aludiendo a la corrupción: “dadle el poder a un hombre virtuoso y pecará”. En tal sentido, Valèry anotó: “política es el arte de evitar que el ciudadano se preocupe de lo que le importa verdaderamente”. Y es que el poderoso, inmerso ya en su castillo, olvida las palabras de Montaigne: “Aunque subas al trono más alzado sobre tus posaderas seguirás sentado”. 
     ¿Cuándo será posible contradecir a Rousseau, que condena a la tribu social como asesina del instinto de solidaridad, y a Plauto, en aquello de que "el hombre es lobo para el hombre"? No parece tan difícil, teniendo en cuenta que en el llamado Siglo de Pericles existía apenas el uno por mil de nuestra población mundial de hoy, y aquellos hombres consiguieron una democracia cuya divisa se resume así: “puede participar cualquier persona que nos ayude a mejorarnos todos”.
     Tal vez siguiendo tal ejemplo, y contraviniendo la opinión platónica -que exiliaba del Estado a los soñadores y poetas-, Kennedy denunciaba en la política su creciente deshumanización: “si hubiera más políticos amantes de la utopía y más poetas políticos, lograríamos un lugar mejor para vivir”. 
     Solo encumbra la muchedumbre, y hoy, igual que siempre, triunfa la apariencia: el que hace más creíble su espectáculo, el político digno de los óscar. Hemos creado un mundo de disfraces, de corrupciones de la integridad. Y todo está perdido cuando el malo empieza a ser tomado como ejemplo y el bueno es una especie en extinción.

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sábado, 1 de agosto de 2026

La canonización del poetastro.,



Prokofiev: C piano. 3



Nacido en cualquier lugar y cualquier tiempo, el autor que traigo hoy existe también en Akra Leuka, con imnúmeros nombres de todos conocidos, incluso si los callan.
Y como la mejor publicidad que puede hacérsele a los impostores es el silencio, póngales nombre aquel que así lo quiera:

Oda a un falso poeta

Estupra los conceptos, ludibria la belleza,

regurgita palabros y rebuzna cadáveres:
necrofágiate en versos de prosa cotidiana.

Jamás te sinestesies, pronúnciate liróforo.

Ignora que realmente eres un ignorante.
Aprende la liturgia del aplauso sin méritos.

Arrímate a los ciegos, que son los que demuestran

su solidaridad con lo mediocre y frívolo,
virtudes esenciales de la gran multitud.

Sé digno de su herrumbre y agrúpate con ellos:

te seleccionarán para una antología
si has sabido esquivar la dignidad.

Si no, no existirás hasta que te hayas muerto

y los hijos de quienes preterieron tu nombre
prefieran preterir al que no se les rinda.

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El síndrome de Sancho.

Becket: Esperando a Godot

          He dejado de hablar con una persona emocionalmente muy allegada a mí. La razón es tan común como increíble que lo sea: cada tres palabras me interrumpe para farfullar lo que pasa por su mente; de manera que contesta, completa, digresiona, etcétera, a lo que y sobre lo que aún no he dicho pero cree que voy a decir. O sea: corta con insertos verbales lo que teme que va a oír pero no he dicho. Es decir: habla sola,  a ráfagas, como una metralleta; nuestra conversación, antaño tan amena y agradable, se ha convertido en un monólogo de décadas sobre dos o tres temas cíclicamente repetidos que acaban en disentería verborreica, disputa y semanas de enfadoso silencio. (Me pregunto si yo seré  también emisor y no solo receptor de tal marasmo). El diálogo resulta imposible y la crispación surge cada vez más a menudo, pareciendo odio, en vez de afecto, lo que existe entre ambos. Sin embargo, antes disfrutábamos hablando porque la palabra nos aproximaba en vez de alejarnos, nos unía y hacía inteligible o llevadera nuestra condición de seres humanos en medio del fragor de la existecia. 
          ¿Por qué ese cambio? Si cada uno ya conocemos lo que pensamos, ¿por qué no dejar que el otro nos complete lo que piensa para contrastar nuestros pareceres y enriquecernos con la distinta perspectiva? ¿Nos vamos aproximando a una persona porque nos gusta su carácter y luego intentamos cambiarla, convertirla en otra persona? 
          Ya Isabel la Católica se lamentaba -quizá influida por las enseñanzas de Beatriz Galindo- del mal hablar de los españoles, que no sabían expresarse a fuerza de excederse en su expresión continuada y enredosa. Y bien se representa ese tipo hablador, parlanchín y antidialogante en la figura de Sancho Panza, a quien Don Quijote amonesta más de una vez por decidor en demasía y sin porqué.
          Aunque creo que es la prisa, la enervación de la vida actual, la que impide el sosiego íntimo y, por ello, el reposo gestual y verbal. Es el desconcierto interior el que se traduce en desacierto exterior. Ya no se guarda turno de intervención: ni en la tele ni en las reuniones de amigos, ni en la intimidad. La ansiedad ha instalado un mecanismo de urgencia que nos autoriza a comportarnos con mala educación y sin respeto a quien nos habla. 
          ¿Cómo no sentirse incomunicado y solo si cuando se está acompañado se habla atropelladamente y cada uno impide al otro gozar de la mutua compañía, la recíproca comprensión? ¿Por qué terminamos gritando sobre lo que nos separa en vez de hablando de aquello que nos une? 
          La consecuencia es que, finalmente, solo nos une una distancia que ya no deseamos recorrer.

jueves, 30 de julio de 2026

Siquiera un poco de paz

 

Murmullos en el bosque


Cuando anhelas morir porque la muerte
es el más eficaz medicamento
y la vida es vivir para sufrir.
Cuando el dolor es la única aventura
que volvemos a descubrir un día
tras otro para hallar la misma herida.
Cuando Dios es tan solo una palabra, 
una elegía sin himno...
Cuando nada se espera de la vida
algo debe esperarse de la muerte.