Angrac Ianto
Si debo confesar por qué os escribo,
primero he de decir que la existencia
no me basta, y que escribo
para saber quién soy.
Nací en verano. El fuego
del calor y el tronar de las cigarras
dejaron un estrépito en mi mente
que quise concordar, como una música
serena, y que fue estruendo,
vorágine y dolor.
El invierno también dejó su lluvia
y sus tormentas en mis ojos, puso
laberintos y cólera en mi alma.
Fue mi infancia una lucha contra el miedo
y una desolación, mientras sonaban
profecías de edenes y celajes
que mostrarían el azul fulgente
del cielo sosegado.
Me persiguieron las clarividencias
del infierno, la imagen luminosa
de la mujer, el sueño
y los abismos hacia el desengaño.
Más tarde, amé; y odié cuanto había amado,
pues todo eran cenizas del anhelo.
Ni amores ni deidades existían
sino en mi corazón, cautiva estancia
del ruinoso sentir.
Cuantas veces llamé
a la rendida muerte, tantas veces
la sinrazón de la existencia pudo
más que mi libertad encadenada.
Y en fin: posó la edad
su turbia esclavitud sobre mi cuerpo
y he mirado hacia atrás, y hacia delante:
nada existe en el mundo tan hermoso
como la vida limpia,
aquella que soñé y que no viví
más que en el verso que tampoco he escrito;
pues mi escritura es sólo
la tentativa de vivir un himno
que siempre ha emborronado la elegía.
Mirad ahora si el orgullo puede
sentirse satisfecho o desdichado;
porque escribe mi pluma a mi pesar,
y solamente os doy
el recuento final de una derrota.