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lunes, 2 de noviembre de 2026

Ella y Él

- Si lo que me dices es que prefieres que permanezca un abismo entre nosotros no me queda sino respetar tu deseo. Pero creo que ni tú ni yo encontraremos a nadie que nos consuele del hecho de vivir como durante años lo hemos hecho mutuamente. Y nos queda -tal vez- el tiempo en que más nos necesitaremos. 

- ¿Quién me reconfortará y quién te reconfortará en esos momentos? ¿De qué sirve saber que existe quien te ama si no puedes sentir su escalofrío en su voz o en su mano? Creo que el imposible amor de enamorados no debería impedir el amor más realista de personas que se comprenden y se aceptan en sus limitaciones. 

- La grandeza nace de la superación de las miserias y de la voluntad para convertir el dolor cotidiano en alegría, aun sabiendo que esta no es más que un poco de agua que ayuda a continuar el camino en el desierto. 

- Ya no me queda vida. Mejor dicho: no me quedan ganas de vivir; pero sí de recordar junto a ti que he vivido.


Tres versiones de Don Juan Tenorio

domingo, 1 de noviembre de 2026

Morir serenamente (La péñola parlante, V)

               


            La mayoría gozamos de un constante placer del que apenas tenemos conciencia más que cuando lo perdemos: salud. Entonces se nos enturbia el futuro, todo se vuelve pasado y el presente parece tener solo una desembocadura: el dolor, la tristeza, la muerte. 
            La muerte es la más extraña de las aventuras que debemos vivir. Y nadie puede mostrarnos un itinerario, indicarnos qué necesitamos para el viaje, cuándo comenzará. Podemos tener experiencias sobre cualquier cosa salvo sobre la muerte. Es el único ser que nos dice, al mismo tiempo, hola y adiós; y, sin embargo, jamás nos abandona. Es intratable. De modo que cada uno se apresta como puede para afrontarla. Unos se aferran al gozo del instante -el “carpe diem” de Ausonio- para olvidarse de ella; otros, a la nada, considerándola fin del sufrimiento de sus vidas; aquellos, a la reencarnación o transformación, por eso de que la energía ni se crea ni se destruye -léase “El pesador de almas”, de Maurois-; estos se aterrorizan ante ella; muchos no saben cómo ocupar el tiempo de sus vidas y se afanan, sin embargo, en hallar otra inmortal. 
            La necesidad, y esperanza, de otras vidas presupone que esta es insuficiente, infeliz, injusta: un fracaso del Hacedor y de quien la sufre. Por el contrario, la creencia en que esta es la única evita las supersticiones, las dictaduras y chantajes eclesiásticos; aunque acrecienta los materialismos, pues solo la carne puede gozar: y esta se muere, con lo cual no tiene tiempo para el espíritu. 
            En realidad, más que a la muerte, tememos a la agonía que a veces le precede. Y ese miedo nos impide vivir en paz. La obra de Poe está signada por ese terror. Unamuno vivió atemorizado por ella y murió como todos quisiéramos: "repentinamente". Valle-Inclán, en cambio, decía en sus últimos momentos: “Cuánto tarda en llegar”. Y J. R. Jiménez se debatía histéricamente sobre su lecho. Sirvámonos, como siempre, de las experiencias de otros para enriquecer la nuestra: el relato de Tolstoi “La muerte de Iván Ilich” expone en toda su crudeza los últimos días de un enfermo con el que el lector se identifica: pero, como final de su horror, a sus preguntas sobre la muerte le da respuestas que nos sirven para vivir mejor.
            ¿Cómo consolarnos frente a la muerte? Todo el pensamiento antiguo, moderno y futuro se ha encaminado y ha de encaminarse a resolverla o mitigarla. Y parece evidente que La Antigüedad la sobrellevaba con estoicismo y no con el existencialismo actual. Epicuro, Sócrates o Séneca nos aconsejarían bien. Pero de poco sirven las filosofías sobre la muerte que no se practican durante la vida. Y lo cierto, y lo que hay que afrontar, es que todos padecemos una enfermedad llamada Muerte, de la que nos contagiamos al nacer.
            ¿Cómo consolarnos ante la muerte? Aprendiendo a aceptar lo inevitable. Sin duda, considerando lo que es: el último instante de nuestra vida y, como tal, un desasosiego o una serenidad según la hayamos vivido. Tomemos la muerte como el último deber y cumplámoslo bien, serenamente. Porque saber que el gozo de vivir se acabará no debe impedir que gocemos del placer de estar vivos. Por eso, en “Muerte y transfiguración”, Richard Strauss orquesta para el alma unas cadencias que la apaciguan. Incluso en el “Réquiem” de Mozart siempre he oído un clamoroso canto a la vida más que un tributo a la muerte. Y sobre el cuadro de Boekhlin “La isla de los muertos”, Rachmaninov compuso la música del mismo título, triste, pero serena en vez de horrorizante. 
            Aceptemos que es el miedo el que crea monstruos y que, por ello, son más terribles en nuestra imaginación que en la realidad. No es la muerte un castigo, un preludio del infierno, un país de fantasmas; ni una liberación; es el fin que hay en todo principio. Y si lo admitimos así, se reduce a uno más de los, afortunadamente, pocos malos tragos que nos brinda la existencia. Consideremos también que, probablemente, la muerte, como el nacimiento, nos cogerá por sorpresa. Que tal vez la Naturaleza haya dispuesto para esos momentos tanta insensibilidad que ni la razón piense ni los sentidos sientan; y que la medicina ha avanzado tanto como para hacérnosla llevadera y conseguir que incluso la agonía apenas sea agonista.
            Ojalá viviésemos en un mundo en el que no existieran la necesidad de la eutanasia ni el impulso suicida. Pero, excepto los ciegos mentales, todos vemos que no es así. Por lo tanto, vivamos; y respetemos la presunción de inocencia de quien decide acabar con su vida como un acto de legítima defensa contra ese inocente, implacable e impune asesino en serie llamado Naturaleza.

19112

sábado, 31 de octubre de 2026

La muerte y la doncella

Schubert: La muerte y la doncella.



                    Prosa

"Soy como un libro que 
nadie sabe leer", 
decía.

Poco después 
se arrojó sobre la piedra 
de 
los claustros de Anaya.
Su cabeza quedó desparramada
como estos versos.

Probablemente 
hubiera seguido escribiendo 
el libro de su muriente existencia 
si alguien se hubiese esforzado 
en aprender a leerla 
y la hubiera abrazado 
como se abraza un incunable.

Quiéreme como jamás nadie ha querido, 
susurra todavía el eco de su voz.

viernes, 30 de octubre de 2026

La breve eternidad

 

La breve eternidad


Nada existe que nunca se marchite:
la juventud, la rosa, la belleza, la vida
mueren y dejan solo el doliente recuerdo
de que fueron y somos fugaces apariencias
de eternidad, extrañas utopías.
La pasión de vivir, el impulso feroz
por devorar el tiempo antes de que nos mate, 
nos empuja a bruñir una inmortalidad
llamada pentagrama, pincel, pluma... 
aceptando que las obras creadas -las efigies
de nuestra identidad- van a vivir
inmortales, iguales
a los dioses que no pudimos ser.
Pero pasan los siglos y milenios;
y el caudal de poemas, partituras y cuadros 
que pretenden salvarse
es tan grande que solo algunas obras 
mantienen su vigencia, alcanzan plenitud 
–pues el mundo es una palabra frágil
que muy pocos consiguen pronunciar–.
Y tú y yo,
héroes en el esfuerzo y no en la hazaña, 
autores de una breve eternidad,
debemos afrontar el desengaño:
el leve orgullo de que lo intentamos
y el dolor de que no lo conseguimos.

jueves, 29 de octubre de 2026

A quien se identifique en èl


A quien se identifique en èl 


Por tu vida, Antoniórum: no me jodas

ni con versos me toques los cojones,

pues cuando me los tocas me los pones

como los del coloso aquel de Rodas.

 

Y si estallaran, sus espermas todas

parecerían miles de erupciones

ronchándote y sembrando sabañones

por el tu culo, digno de altas odas.

 

Pluguiérale a los dioses que tus rimas

fueran pregones para que acudiesen

algunas hembras que te prepuciaran.

 

Pero si contra mí tus rimas limas,

limaría yo algunas que te diesen

tanto contento que te porcularan.


Ligeti: Estudio nº 6