1.-Dice el tópico que al artista feliz no lo violan las musas. Que hay que ser un sufriente creador para que la creación alcance el pedestal de la genialidad. Permanece entre las señeras estatuas de la cultura ese icono del creador torturado por su arte, ensimismado en dar elocuencia a su pluma, pincel, pentagrama...
Son los rostros del genio enloquecido por la clarividencia, la lucidez y la visión los que alumbran, relumbran y deslumbran. Las efigies de Shumann, de Van Gogh y de Poe arrojándose al Rin, pistoleteándose el pecho, ahogándose en alcohol son las que forjan la tríada inmensa en busca de un masallá oculto en los abismos de sus mentes.
Es cierto que el creador ha sufrido, más que gozado, su condición artística. Ha sufrido la persecución de sí mismo por todos los ensueños, la incomprensión de todas las cegueras artistoides, la soledad de aquel que reconoce su verdad entre todas las supuestas verdades de quienes desconocen que no existe verdad definitiva y que solo quien crea la renueva y la entronca con el camino de la tradición, río que anda.
Y es cierto que en busca de algún cielo se quema en un infierno interior y social. Al creador no le basta el mundo que lo ha creado y necesita añadir y añadirse a ese mundo. No es conformista ni, por tanto, dichoso; o quizá es al revés. ¿Quién sentirá la compulsión creadora sino aquel que, por insatisfacción, intenta ser un breve dios puliendo una creación que no existía? Quien está satisfecho con el mundo o con su obra no se plantea retos ni ve fisuras en el Universo. De modo que sí: la infelicidad es más creativa que la felicidad, siempre más gustadora y sibarita de lo que ya existe: de heredar que de legar.
2.-Ahora bien: es igualmente cierto que tal afirmación no debe conducir a idolatrar el sufrimiento ni sus consecuciones. Porque, además de que el mundo ha cambiado desde la hecatombe elegíaca al hímnico deseo, el creador ha sentido, en medio de su penuria íntima o social, edenes que solo él disfrutó como respuesta a sus infiernos, y su arte es a su vez combate, victoria y derrota, desazón y sosiego, ansiedad y consuelo... remansos en la tromba o la catástrofe.
¿Cómo no admirar la fuerza de la pasión, sufrimiento y paraíso de Beethoven durante 20 años, desde el purgatorio suicida de Heligenstald hasta las praderas del firmamento en la Novena? ¿Y la lucha de Wagner por imponer un arte que aún tiene detractores? ¿Y, ya lo he dicho, las sucesivas lúcidas locuras de Van Gogh? ¿Y la clarividencia introspectiva del inconmensurable Dostoiewski?
Solo el ser incompleto lucha por completarse y complementar el mundo que ha heredado. Pero ¿quién podrá negar igual creatividad en la armoniosa obra de Rembrant, de Mozart o de Bach?
Y sin embargo, una pregunta vuela desde el amanecer hasta el ocaso de todas las edades: ¿De verdad son más altas, por ejemplo, las perfecciones de Borges que las perturbaciones y zahúrdas de Sábato? ¿Cómo armonizar la asimetría, como consigue Strawinski en la violencia sonora de La consagración de la primavera? ¿Cómo pasar, en el poema, de la metáfora a la visión sin violentar la imagen? 3.-El artista nace y se hace: nace signado por unos genes y una experiencia serena o perturbada. Luego viene la autoeducación: la lucha entre su corazón y su cerebro, sus pulsiones y sus racionalismos. Finalmente el artista creador es el resultado de la frase de Miguel Ángel ante una roca: la estatua está ahí, solo hay que quitarle la piedra que le sobra. La condición artística nace de la podredumbre racional: el fracaso de la razón para darle sentido a la existencia. Y para mitigar esta hay quienes se refugian en el arte como única fe con la que vislumbrar la resiliencia. Realismo y surrealismo son las dos musas que atenazan o liberan al creador: huir de las visiones o acercarlas a la realidad inteligible. Lo demás son variaciones de estas dos. Domesticar la musa y armonizar sus contrarios debe ser el emblema. Así pues: la razón impulsa a comprender; la lógica intenta apropiarse metódicamente de esa necesidad para dar respuestas definitivas olvidando que también ella es efímera o cambiante. En resolución: el arte es la gran respuesta -una intuición inducida por la pasión y troquelada por la razón- al sinsentido del vivir.
Ahora bien: acabado el proceso creativo, triste obra de arte la que solo es reverenciada por los eruditos o especialistas y no es sentida por quien simplemente ama la belleza y la descubre con el corazón: el racionalismo emocional.
La recuerdo en una noche lluviosa junto a la carretera, frente a la casa en la que yo vivía entonces, y hasta donde se acercó para llevarme unos poemas con destino a Algaria 0. Después, años de niebla y distancia. Y "Laberinto de tierra" y "Laberinto de luz", sus dos libros publicados. Fugacidades relampagueantes, asomos a su yo. Quiso pasar desde testificar la oscuridad al voluntarismo de vivir. Del enquistamiento del yo al apropiamiento de la realidad sin sombras. Pretendía evitar "la unión que abisma más al centro" a pesar de desconocer si "las cosas que vivimos viven también en el verso". Tina Pastor Ibáñez (1947-2013).
A modo de proemio
Te vas quedando sola como una esfera azul de orilla seca frotando con tu piel pequeños besos que arañan insaciables insaciables abrazos prolongados más allá de estas vidas. Estás abriendo el centro de tu hermosa carne de arena húmeda hacia el fondo de un lecho como el mar y quieres apretar con mayor ansia la infinitud lejana de un sufrimiento que es también el tuyo porque así se consuma esa unión que te abisma más al centro.
LÍNEAS DEL VERSO
¿Creerás en la ilusión de que el pensamiento quede atrapado en las líneas del verso? Quizás entre tu mano y tu recuerdo, toda tu memoria posiblemente se una a la red de esa música interna. Pero las cosas que vivimos ¿vivirán también en el verso?
Como un dulce paisaje surcando un breve océano, la mágica sirena cubre de oscuridad su cuerpo con metáforas de algas y otras sombras para ocultar su fúlgida figura al ardoroso espía que la observa, mientras ruega a la luna que dé luz a la noche para que se emocionen sus ojos ciegamente al contemplar la bella desnudez.
Desde el fondo del agua crepitan catalejos, escilas y caribdis. Y las estrellas surgen como flores o huellas de gaviotas sobre la superficie del rectángulo.
El corazón del oteador se eriza tallando en su retina la estatua que no llega. El corazón, islote solitario, quiere lanzarse al agua y convertirse en un dulce arrecife o un escualo salvaje para chocar con ella y naufragarla
Nació de una partícula exterior -o interior- a este errante planetoide y dejará de ser cuando se extinga convertido en un otro similar. Tiene conciencia de su permanencia temporal, aunque desconoce si hay alguna alienigenia inteligente. El primitivo pez, simio, reptil
o neurona galáctica anterior
se preguntó con lentitud mental
por el mar, las montañas, los abismos,
sus manos y sus pies, el horizonte; trepó hasta la conciencia vislumbrante de que a la clara luz le sucedía la noche, y que el todo encadenaba la causa a los efectos. Descubrió silogismos, premisas, conclusiones. Aún sigue preguntándose por qué nacer implica muerte y por qué muerte no es causa de más vida, o de otra vida. No alcanza a descifrar las aporías de las metamorfosis estelares. Una mujer y un hombre, así enlazados, recorrieron innúmeros caminos y fue el amor su sola compañía, su báculo, su ángel protector.
Dichoso aquel que sabe a dónde va y tiene claros los caminos para nunca perderse, o reencontrarse. Sabe en dónde descansar y dónde
saciar la sed; aprovecha las luces y la sombras, los frutos, el solaz de las estrellas y las premoniciones de los sueños. Dichoso: porque llega a su destino con el cuerpo cansado pero alerta de que el nuevo horizonte es un edén que volvería a hallar si se perdiera.