Contemplando los siglos observamos que hay dos impulsos sicológicos y dos fuerzas sociales que se disputan el concepto de existencia colectiva: 1) Era común entre los egipcios atenerse exclusivamente a lo establecido, rechazando cualquier innovación en las costumbres (por eso Akenatón, que quiso gobernar con más amplias miras, proponiendo el monoteísmo y que Nefertiti fuese la primera mujer monarca, fue postergado). 2)Por el contrario, era igualmente común entre los griegos practicar nuevos modos, huyendo del estancamiento en lo ya experimentado.
Pudiera decirse, simplificando, que Egipto representa el primer gran absolutismo inmovilista, y que Grecia es el prototipo de la búsqueda de un equilibrio entre pueblo y Estado para hallar una fórmula concluyente en que el Estado es el pueblo. Hoy hablaríamos de reaccionarios y progresistas, derechas e izquierdas, y ambas tendencias tienen en Egipto y Grecia sus orígenes.
La historia del mundo es el resultado del enfrentamiento de esas dos actitudes; y aunque la mirada egipcia, predominante hasta hace poco, vaya siendo relegada por la visión griega, la verdad es que las democracias actuales tienen mucho de dictaduras disfrazadas. Quizá por la pérdida, descomposición o alteración desorientada de lo que Confucio llama “las raíces de la humanidad”, que son la familia, la fraternidad y el respeto a cuantos nos rodean, bases de la buena convivencia.
Tal vez el fracaso de la sociedad como viaje hacia la paz y el bienestar solidarios es lo que llevó a Buda, por ejemplo, a desentenderse de la vida social y a buscar la sonrisa feliz en el propio corazón, enseñando a no desear nada del mundo. Desprecio semejante, y amor semejante, predicaría después Jesucristo. Y sin embargo, como más tarde Rousseau, todos sostuvieron la bondad innata del hombre, al que la colectividad convierte una y otra vez en lobo de sí mismo y para los demás, según la sentencia de Plauto universalizada por Hobbes.
El mundo no tiene solución, viene a decir Don Quijote cuando se decide a dejarse “morir, sin más ni más”; y, por eso, mal que le pese a la existencia, los mejores años de Robinson Crusoe son los que pasó en su isla solitaria, lejos del mundanal bullicio, donde querían estar Horacio, Fray Luis y tantos otros, incluso el sabio Edmund Gwenn,fugitivo en “Calabuch” (Berlanga, 1956). No es extraño, pero sí terrible, que Shopenhauer propusiera como única forma de vivir con algún sosiego la consistente en “matar la voluntad de vivir”, regresando al budismo y al evangelio, que suponen una gran bofetada a la política y sugieren que el hombre, en verdad, solo es, como quería Aristóteles, un “animal político” porque necesita defenderse de los otros animales llamados hombres. Y no es casualidad que los héroes magisteriales sean capitanes armados que han impuesto un orden convivencial por la fuerza: Alejandro, Napoleón y otros estrategas que dieron a su inteligencia la forma de una espada.
G. Bellod
3.000 años de guerras han creado un sustrato social de violencia del que es difícil escapar, a menos que surjan muchos Gandhi en cada país. La guerra siempre ha sido “santa”, tanto para Mahoma como para los cruzados, Hitler o Kennedy: porque lo contrario de ganar es ser un perdedor, cosa socialmente despreciable. El hombre, a su pesar, ha hecho de la violencia una forma de vida, un método de supervivencia. Somos guerreros cinegéticos, belicosos vestigios de un pasado que parece inserto en los genes y que la razón aún no ha conseguido erradicar.
Con esos antecedentes parece tristemente lógico que las ideologías se enfrenten en vez de compartir, que los parlamentarios disputen en vez de conversar, y que las circunstancias adecuadas -casi siempre, contrariedades a nuestro egoísmo- enciendan la espita y estalle la bomba interior que salpica, en forma de malos tratos, a quienes nos rodean: hijos, esposa, vecinos...
Una esperanza queda: puesto que somos buenos por naturaleza, bastaría con no torcer esta para que en una sola generación el mundo fuese otro. Pero al niño no lo enseñan niños con genuinidad o inocencia adulta, sino hombres que adulteran su infancia en cuanto tienen conciencia de que el tiempo es definitivamente oro que hay que convertir en dólares o euros cuanto antes: y esa prisa hace olvidar la sensatez en el camino, crea agresividad, transforma a todos en competidores y enemigos, desata la violencia, no respeta familias, ni instituciones, ni éticas, ni leyes, ni castigos.
Todo en el mundo es guerra, afirmaba ya Heráclito. Y Einstein: "Ganaremos la guerra, pero perderemos la paz".
La Fundación Miguel Hernández y algunos amigos oriolanos de Miguel Ruiz Martínez reunieron casi toda su poesía en el volumen El corazón del claroscuro. Y han hecho bien; aunque, como en tantas ocasiones, el autor no se entere de que cuantos lo apreciaban esperaron a su muerte para manifestar su aprecio suficientemente. Esta inconsciente estrategia -ya asumida por el mundo- no quita mérito a los editores -vaya en nombre de todos el del prologuista, J. L. Zerón-.
Tal vez fui el único -eso decía el reivindicado- que lo trató con asiduidad en sus últimos años, a veces por la tarde mientras laboreaba la tierra, otras hasta la madrugada, soliloquiándonos cada uno carencias y esperanzas, algún logro y muchas pérdidas. Y, para ser exactos, desplumando yo, más que ensalzando, sus textos. (Antes había ocurrido lo mismo con motivo de la publicación de Ladera de tu hondo y el pliego de Alimentando lluvias).
Desde esa trinchera nocturna y auroral me atrevo a decir que Miguel Ruiz no fue ni un "maldito" ni un "grande". Será -o no- todo lo que el lector quiera encontrar en su lectura; pero los epítetos y las hipérboles, gratuitos, acaban dañando al hiperbolizado. Mejor es decir que era humilde y sufriente perseguidor de una dicción poética identificatoria. El hecho de no encontrar amor en la vida ni en el verso lo convirtió en un huraño esclavo del cantueso. Este, y similares, se convirtieron en su lenta cicuta, el veneno y la triaca, la experiencia y conciencia de su fracaso.
El "maldito" era aquel que luchaba, con todas sus consecuencias, contra el sistema por mantener su individualidad; eso lo convertía en desertor de las convenciones y, por tanto, era condenado al ostracismo. El malditismo implica una aceptación, incluso regodeo o ufanía, del estado de paria social, cosa ajena a Miguel. Miguel Ruiz era sencillamente un autodesterrado que padecía sus frustraciones, las cuales, como un bumerang, volvían a él en forma de reincidencia. Ya no quedan personajes baudelerianos. Han sido sustituidos por los que juegan con el término y viven de la leyenda santificada, convertidos en efigies putrefactas de una bohemia que en realidad es un disfraz de golfemia, viviendo del cuento de la golfería, impostando la rebelión y transformándola en pose para la muchedumbre.
Carente Miguel Ruiz de identidad satisfactoria, la buscó -igual hizo otro personaje paralelamente contrario, Antonio Ferrández Verdú- en la escritura a fuerza de irracionalizarla y dar manotazos verbales como quien se ahoga: tal agonía (que también había conocido yo, amenazado endógenamente por La Metáfora) les hizo aferrarse a lo más próximo a su propia condición mortal: concebir la incomprensibilidad expresiva como un lenguaje cuyo único sentido era el aceptar -y cultivar- el sinsentido. El descoyuntamiento, el automatismo, la pluma mojada en la tinta de la embriaguez y otras fugas de la diritta via, ya smarritta... la desfiguración de lo figurativo.
Sin embargo, el buscador cegado por la búsqueda no se da cuenta de que, para encontrar, basta escribir como hombre -y no como poeta- y no para el poeta -sino para el hombre-. (Hablo de mi experiencia, y la generalizo sin acusaciones ni exaltaciones). Esa diafanidad serena que se persigue no está en la invención de una identidad verbal, sino en la asunción del fracaso personal y su superación.
Un poema no es disgregación, sino congregación, urdimbre ecléctica; trazado de un camino claro, no amontonamiento de adoquines inconexos. Transformar el caos en orden: esa es la poética. El desorden locuaz o verborreico de la escritura automática mallarmeana ya cumplió su función.
Valgan como tentativa de esto último (ma non troppo) los tres textos que siguen: son presencias ignoradas de esa aceptación de la naturalidad expresiva, resumen y llave de la contumaz y adrededemente laberíntica.
Reproduzco el fragmento inaguardentoso de una de las muchas cartas aguardentadas que conservo; y dos poemas (no exentos de ese titubeo expresivo), uno inédito y no recogido en libro y otro con una evidente errata que indico entre paréntesis.
1)
Redován, 1 de junio 96
Mi querido amigo:
Una noche nos interrumpió sin querer un niño... era mi sobrino Toni, para mí algo así como para ti tu Pablo... La ternura que traslució la sonrisa que le dirigiste es la más hermosa imagen que conservo de ti, el gesto que más agranda tu figura en mi memoria. Esto he tenido ganas de decírtelo muchas veces...
Pepe Aledo se ha comprometido a ilustrar mi libro "En tu punta lugar". De todos mis poemarios es el que más fuerza de unidad tiene... espero que lo presentes tú... Dale recuerdos a ... tanto si sigues como si no sigues con ella... y recibe un abrazo de un amigo que te bienmalbienquiere y admira sobre todo... 2) Regla Camina la resonancia que transmuta tu sendero en ignición de humedad quebrada como los muros de la luna que acaricia rebelde inercia de ramas y tu amoroso deber te dé del tiempo el aroma que odia buscar. ¡No podemos, solitaria espiritual, estar aquí menos solos: vivir es haber hallado!
(De una carta de Miguel, 1 de junio, 96)
3) Oración
Venenosos sarcófagos de las procesionarias colgando de los pinos, algodonosa borra tejida por la niebla de nadie. Cielo muerto de noche: estrella viva de amor, sólo de amor, hazme fiel a la tierra que (si) silencia los huesos, con tu sed, de mis sombras: resécame la música, avéname las venas de existencia esenciada.
Comprende, amada mía, que es difícil conciliar los gladiolos con las rosas o los narcisos y las azucenas. Une en un ramo uvas con arándanos y sus colores cegarán los ojos
como estrellas que extinguen su fulgor.
Así nuestras virtudes son defectos
si no las rige la serenidad.
Del mismo modo y por igual motivo debemos separarnos: porque juntos, aunque esplendentes, nuestros corazones convierten su ebriedad en un infierno.
El mundo camina tan deprisa que a menudo el ser humano no puede seguirlo y se estanca en su carrera interminable. Antes se necesitaban siglos o décadas para que se alterase nuestro alrededor y, por tanto, se reciclase adecuadamente nuestro interior. Ahora el progreso anquilosa de un día para otro nuestra mente en el día, el año o la década pasada. Y ya somos peregrinos de un desierto en el que pocas arenas movedizas se comprenden. Convivimos -de mala manera- aquellos que piensan como en el siglo pasado, los que piensan en 1984 y los que fantasean con el futuro: irreconciliablemente. Somos nuestros propios alienígenas.
La proliferación de medios comunicativos, paradójicamente, ha distanciado a las personas y sustituido la enriquecedora conversación por superficiales telegramas electrónicos.
No se puede detener el Progreso; pero parece innegable que deshumaniza. El individuo ha sido suplantado por la muchedumbre, y el valor del corazón por la moneda y el precio del dinero. Las tecnologías han alargado la vida, pero los longevos no saben qué hacer con ella. El "estado de bienestar" no quiere -o no es capaz de- acabar con el "estado de malestar": y los cadáveres del hambre continúan creciendo.
Se han cambiado los valores que rigen la conducta, hay menos guerras cruentas... pero el sufrimiento no ha decrecido...
¿Tan difícil es conciliar el inevitable avance social con el avance humanitario y el reparto de la riqueza para acabar con la pobreza?
¿Cuándo se creará, por ejemplo, un Ministerio Universal de la Solidaridad?