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lunes, 26 de febrero de 2024

La voluntad hímnica.


Fauré: Elegía

1.- Con la misma certeza que digo “yo nací”, puedo afirmar, sabiéndome igual a todos los seres humanos: "moriré". Y entre ese pasado y este futuro queda un hoy al que llamamos yo, al que desconozco y del que solo sé que siente y piensa contra la muerte. 

2.- Ese vacío es lo que pretende llenar la conciencia, aun temiendo que nunca logrará su propósito de identificación. 

3.- Por lo tanto, todo mi conocimiento de la temporalidad se reduce a decir: nací cuando necesité pensar para paliar la muerte, y seré hasta que esta venza a mi pensamiento en desigual batalla. 

4.- De donde brota la primera realidad palpable. “Sé que sufro; por eso sé que existo”; ese fue mi cogito ergo sum. 

5.- Terrible silogismo, pero exacto. Y más terrible porque la razón del animal racional que había en mí no hallaba un argumento para mitigar aquel dolor: supe que no existía un principio inamovible, o yo no lo encontraba: lo que me despertó un Escepticismo Agónico. Y escribí:


LABERINTO ESTELAR

Mira una noche clara la inmensidad azul
del firmamento, observa la transparente urdimbre
de los astros, el mágico estallido
de luz. Sobre tus ojos la galaxia de Andrómeda
agita sus estrellas
como infinitos átomos gigantes.
A un millón de años luz de ese bosque solemne
vives tú, enamorado de tu gran corazón,
un astro diminuto que late y te recita
palabras armoniosas que siempre te convencen
de que tú eres el rey del Universo.
Y sin embargo yaces en un rincón oscuro
limítrofe de nada, tan lejano
de cualquier referencia y claridad
que si Dios te buscase jamás te encontraría.

Ante esa catástrofe síquica pocos seres sintientes y pensantes se convertirían en héroes de la esperanza. Yo no he hallado en mí, jamás, arcilla para forjar esa heroicidad. Sospecho que, por ejemplo, tampoco tanto suicida habitante de la Historia, aunque muchos de ellos crearan obras luminosas como estrellas. 

No sé bien cómo; pero, finalmente, sentí, deduje y escribí:

(Sobre el suicidio)

Antes de decidirte a abandonar
esta vida que odias o te duele,
cerciórate de que hay otra existencia
―o una nada― más digna a la que ir;
no sea que el lugar en el que surjas
aún te horrorice más que este que habitas.

domingo, 25 de febrero de 2024

Longanizanimidad.




Chopin: "Tristesse"

No sé si me admira más que solo de vez en cuando encuentre un nuevo libro admirable o que la mayoría se admire ante casi todos. 

Lo primero tal vez implica que soy en exceso exigente, o que carezco de las virtudes con las que otros consiguen ver maravillas donde yo solo veo mediocridad y reiteración; lo segundo, que hay demasiados que se contentan con poco, o que padecen tanta sed intelectual que confunden espejismos con oasis.

Mis libros me parecen tan simples tentativas como los ajenos que "son" séptimas maravillas para sus autores.

Sin duda: algunos nos equivocamos. 

Pero algunas cosas parecen ciertas: 

1.- El asombro cultural continuado es una confesión de la propia incultura. 

2.- En el mundo hay demasiada gente y pocas personas. 

3.- En Arte no hay democracia, sino individuo.

4.- Por eso la cultura es -debe ser- un espejo del individuo cabal, no de la sociedad -que nunca lo es-.

5.- En la existencia hay unas pocos temas esenciales y unas pocas maneras de estructurarlos con la palabra. Leídos los autores imprescindibles tenemos la clave de casi todo, y todos los demás somos simples aprendices queriendo ser maestros.

Oncesílabos en busca de prosa


Mansell: Réquiem por un sueño

Oncesílabos en busca de prosa (La procrastinación)

Para una sola cosa estamos pre-
parados al nacer: para morir, 
que no precisa aprendizaje alguno. 
Tal vez por eso ya hace muchos años 
escribí que "nací cuando hube de 
pensar para luchar contra la muerte". 
No obstante, aunque "los dioses mueren cuando 
el hombre piensa", nada puede contra 
la muerte el pensamiento. Al contrario: 
cada elucubración sobre ella es una 
muerte anticipada. Y tal tragedia
es la que me obligó a considerar 
que, ya que es imposible convertir 
la vida en el edén de una utopía, 
el suicidio es la única expresión 
de libertad que existe. (Aunque también: 
el suicidio es la singular batalla 
que nunca deberíamos perder: 
porque es contra nosotros).


Agradezco a M. Heredia su prosificación:

     Para una sola cosa estamos preparados al nacer: para morir, que no precisa ningún aprendizaje. Tal vez por eso escribí hace muchos años que "nací cuando necesité pensar para combatir la muerte". Pero aunque "los dioses mueren cuando el hombre piensa" nada puede contra la muerte el pensamiento. Al contrario: cada elucubración sobre ella es una muerte anticipada. Ese sufrimiento es el que conduce a considerar que, puesto que es imposible convertir la vida en la realización de una utopía, el suicidio es la única forma de libertad que existe. (Aunque claro está que el suicidio es también la única batalla que nunca debemos perder: porque es contra nosotros).


sábado, 24 de febrero de 2024

Entre la lucidez y la locura.

Schumann: Adagio Segunda Sinfonía
No creo exagerar si afirmo que el sufrimiento es el mayor autor del mundo y el que más grandes obras ha creado. Quiero decir: el sufrimiento de un hombre -o mujer- sensible, inteligente y fortalecido por el afán de superación y resiliencia.
     Eso no significa que haya que cultivar el dolor y renegar de la alegría. Significa que solo quien sufre encauza su creatividad hacia la conversión del dolor en serenidad y a la estimación de la alegría como una conquista de la voluntad y no como un ludismo efímero y circense. 
     No es fácil trazar la frontera entre la lucidez y la locura, ese viejo tema: pero Dostoieski o Poe no hubieran escrito sus laberintos síquicos si no los hubiesen padecido y, no obstante, hallado un equilibrio entre sus cielos e infiernos. Ya se sabe que Goethe afirmó que escribió su Werther para desplazar su propio suicidio al de su personaje -como tantos que utilizan su obra como mejor terapia-. En cambio, Bach era un hombre que parece haber controlado insuperablemente sus impulsos, mientras que Beethoven necesitó titánicos esfuerzos para dominarlos.
     El umbral de la sensibilidad y la inteligencia deja paso a la prisión del otro lado, de la que es difícil escapar sin una férrea  fortaleza y disciplina: eso les ocurrió a Schumann y Van Gogh, quienes caían y se levantaban de sus crisis visionarias hasta que cayeron engullidos por el desequilibrio de su genio.
     Hay mentes hipersensibles y otras insensibilizadas. La hiperestesia percibe desde el ruido del silencio hasta el clamor del universo: una infinita gama de matices que, como un diluvio de ígneos aerolitos,  alteran, para bien y mal, la sensatez y la armonía. 
     Que el dolor ha regido el mundo es un axioma que se deriva de la observación de la Historia, lo cual explica que existan unas pocas odas frente a millares de elegías. 
     Una terrible observación se deduce: Si eliminásemos la neurosis del mundo estaríamos infligiendo a la humanidad un  triste flamigerio: el deshojamiento del Arte y la Filosofía -y aun de la Ciencia-. Estaríamos trepanando a quienes son demasiado cuerdos y transgreden la línea emocional e intelectual.

viernes, 23 de febrero de 2024

Miles de cuadros


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Doscientos años de La Novena

Opus 125

Mil ochocientos veinticuatro. Un hombre
asediado por la melancolía
ha vencido el suicidio y se redime
construyendo pirámides de música.
Brilla en sus ojos, como un desafío,
la soledad inmensa del artista
ante la muchedumbre. Hay en su mente
una constelación de héroes y dioses,
de arte absoluto, redentor y nuevo.
Ausculta las estrellas y condensa
el universo en una partitura.
No puede oír el ruido de los hombres,
mas sí su corazón, y lo disuelve
en el más clamoroso pentagrama
que escucharán los siglos: el dolor
de un alma solitaria transfigura
la soledad en solidaridad,
exhuma la alegría primigenia
y convierte en un himno la elegía
del vivir cotidiano y metafísico.
Rueda el caudal sinfónico y la voz
anega el alma, la retuerce y triza.
Pocas veces la voluntad ha alzado
desde el infierno el arte hasta los cielos.
La catarata de agua melodiosa
fecunda la conciencia universal.
Y desde el pentagrama manuscrito
fluye incesante una cosmo-agonía
que se convierte en fraternalidad.
La música es la única palabra
que expresa lo inefable.
                            (Opus 125)