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domingo, 22 de marzo de 2026

Josemanuel Ferrández: Antonio Gracia y sus devastaciones


Antonio Gracia y sus devastaciones

Josemanuel Ferrández Verdú reseña 'Devastaciones, sueños', el poemario 'maldito' de Antonio Gracia publicado recientemente por EL CUADERNO.
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Josemanuel Ferrández: A. Gracia y sus devastaciones



     De hazaña inesperada puede calificarse la edición que EL CUADERNO acaba de hacer de un libro polémico socialmente pero necesario, por sustancial y emblemático de la condición humana. No es poco mérito que se difunda a través de Internet un poemario lírico reflexivo y luminoso, fuera de poéticas al uso, casi como antídoto contra tanta poesía de receta y las frivolidades de Facebook. El libro en cuestión es Devastaciones, sueños, que lleva quince años sepultado por cuestiones ajenas a la poesía, lo cual lo convierte también en icónico de las siempre presentes guerras literarias. Su autor es Antonio Gracia. Quien haya leído sus entregas en EL CUADERNO habrá observado que se puede escribir de otra manera, como él dice: con una escritura «centrífuga de lo circunstancial y centrípeta de lo esencial». En este libro reúne en claros versos (de «heridores y sabios» los califica el prologuista) un vértigo invertido en la soledad de una conciencia imposible de aplacar, que solo la escritura redime del desconsuelo.

     Antonio Gracia venía de recorrer, en sus anteriores libros, un camino agónico; y estos poemas son como un desandar cuesta arriba la anterior caída en la noche oscura del alma. Poemas del cautiverio de la condición mortal, asumida como un esfuerzo hacia la libertad metafísica.
     Se advierte un enconado interés por entender qué es el mundo y qué o quién es el autor, en contraste con el poeta puro. Tanto para Mallarmé como para Gracia, el mundo deviene en un libro, que en Stéphane es la expresión del misterio y en Antonio de la salvación. Para Gracia el verso y la vida se funden en un abrazo a la vez carnal y ontológico. No pacta con la palabra ningún comercio que no acepte ese principio de su ser interior. La palabra no es solo el instrumento de la vida sino la vida en sí, su erupción incontrolada, volcánica a veces como en «La estatura del ansia». En este libro decía: «de paisajes vertidos en mis ojos traigo inundada la memoria/ y de persecuciones de infinito el ansia devorada tengo».
     Pero aquel fuego se ha transformado en rescoldos, y gran parte de la melodía en reflexión. Solo así la palabra puede servir al poeta como una visión consoladora de su impotencia esencial, de la desbordante imposibilidad de ser feliz.
     Como en Leopardi, hay en Gracia (cuya inflexible personalidad y resolutivo criterio poético siempre despiertan controversias) un sentimiento romántico ante lo inaccesible, que en éste se vuelve ira contra un dios ininteligible, para después dejar paso a la desnudez de la suave brisa de la tarde que puebla el espíritu de las canciones que antaño fueron el recorrido de una juventud inocente. El mar, la música, el infinito, todo lo inalcanzable en el presagio de una oscuridad que en este Devastaciones, sueñoS recobra la paz para encontrar un posible equilibrio del pensamiento a través de una reflexión profundamente poética, es decir, hundida hasta la raíz en la materialidad irredenta del ser en el tiempo, la dramática visión del olvido y la muerte, a pesar de la inútil búsqueda del sentido en el resurgir obstinado de los seres. Pero la conciencia del yo no se salva más que si se disuelve en el cosmos la unicidad del yo. Por eso todo «es hoy devastación y laberinto,/ semilla oculta que renace en mí».
     «Devastaciones…» es un libro donde la especulación se abraza a la emoción para ofrecer un rítmico sendero hacia una forma de felicidad humilde y tranquila que solo está presente en el arte. Busca acallar un grito, como el de Munch, bajo los acordes de SchumannLiszt o Wagner, que latían en el primer volumen poético de Gracia. Una sosegada y dubitativa conjetura cabalga ahora los ritmos cuya armonía recuerda más a Bach y la espléndida madurez apolínea de las cantatas y los sobrios soliloquios para cello, a los que la voz contenida y lúcida de Gracia evocan como un principio de la reconstrucción del mundo en la conciencia: el poeta está solo en el universo, tanto como el hombre normal, pero su conciencia de ello es más dolorosa, por lo que necesita reconstruir un ámbito emocional, una casa, donde su alma no naufrague en el abismo del vacío, el más gélido de los infiernos.
     Podemos darle muchas vueltas, pero la muerte se obstina en germinar bajo cada verso para oponer su insaciable sed a la necesidad de vivir del yo, aun más allá de lo razonable. Ni las religiones ni las filosofías pueden aplacar el desengaño; por tanto cada hombre se halla solo frente a su propia aniquilación, y este pensamiento, que olvidamos para vivir, regresa continuamente a la mente del poeta. Y esta es la reflexión última que da solidez estatuaria a unos poemas que transitan como breves visiones de argumentos y escenas: «Épica del dolor es la derrota/ del hombre por la muerte. Y el poema/ da fe de esa tragedia».
     Y sin embargo, como si alguna extraña magia hiciera realidad el título de su libro inmediatamente anterior, «El himno en la elegía», la reflexión final de estos versos desborda la melodía para transformarla en aroma de la vida inocente y cálida del edén. Sin duda siguiendo la consigna de Séneca per aspera ad astra, como el autor escribe en el frontispicio de La condición mortal, otro de sus libros.


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El abrazo interrupto.

Myers-The Shadows: Cavatina

Decidieron compartirlo todo hasta que la realidad cotidiana, que no entiende de sueños, vino a mostrarles su inexorable desengaño. Entonces lloraron, se separaron y volvieron a encontrarse muchas veces; encuentros que condujeron a otras sucesivas separaciones y reconciliaciones. Se despedían alegres y saciados y, sin saber por qué, quizá porque así son las cosas, al volver a encontrarse ya no estaban en el mismo lugar emocional: todo lo arrasa el tiempo con su furia.

Una noche decidieron compartir, ya que no les quedaba otra cosa que entregarse, una botella de un buen vino.

Por la escalera, él sentía deseos de apretarla contra sí y apoderarse de ella mientras ella se apoderaba de él, dejándose mutuamente vencer en la batalla mientras la ganaban. Pero, uno a uno, los escalones iban desapareciendo bajos sus pies sin que ningún cuerpo caminara hacia el otro.

El ascensor tampoco los abrazó ni los fundió carne con carne, aunque eso era lo que deseaban. Y conforme subían, los besos lamentaban quedarse entre los labios.

Al pasar junto a la habitación, que tanto había gemido dulcemente a través de sus ansias y sus cuerpos, temblaron las paredes, y los muros del mundo parecían romperse para impedir la eterna despedida. 

¿Por qué no se abrevaban, uno en el otro, sus mutuos corazones y calmaban la sed de eternidad e instante?

A lo lejos, el mar se abrazaba a las rocas como un ciclón obstinado en su herida. Una estrella cayó: caía más allá de la ventana.

Después de la botella volvieron a llorar. Y se escanciaron todos los diluvios.


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sábado, 21 de marzo de 2026

Palamedes, o Cadmo ...

Palamedes, o Cadmo ...

¿Qué sería de todos los que escriben
y leen si no hubiera yo inventado
un alfabeto para que la Historia 
fuese posible y notariase el viento,
las olas del océano, los ríos,
la múltiple belleza de las flores,
el nombre de los pájaros, la ardiente 
simetría del beso y las estrellas,
el terciopelo de la piel del alma,
el filo de la espada y las victorias,
el amanuense de la maravilla,
las epopeyas de la sangre airada,
la gesta del espíritu y los cuerpos,
la lírica carnal de la lujuria,
el amor, las venganzas, los homeros,
las odiseas y las metafísicas,
el arrecife alanceador del barco,
las naves ante Troya, los ejércitos
frente al bastión termópilo, la frágil
barbacana de Don Alonso el Bueno,
defensor de la luz, el buen vasallo 
que fue el Cid y que fue Roldán, el verso
de Petrarca y de cuantos urde el cálamo, 
el fulgor de la muerte cuando empuja
hacia otra vida a quien se lleva de esta, 
la metáfora del daguerrotipo,
el aroma del vértigo, el topacio,
el cielo y los infiernos, la esperanza
de ser dioses nacidos de luzbeles,
el esternón como un puñal clavándose
en el purpúreo corazón del tiempo,
los monstruos, las onirias, las verdades
que asolan las certezas de los hombres,
la piedra y el vencejo, como una honda 
en la tarde otoñal, y las sirenas
fingiendo no existir, el astrolabio
rusiente y ágil para biemperdernos
en las urdimbres de los laberintos
y no volver jamás- por fin, jamás- 
hasta que la palabra halle la gruta
en donde crece la felicidad ... ?


jueves, 19 de marzo de 2026

Manuela García Gómez lee CASI UN POEMA

Hacía yo aquel ejercicio de inutilidad que la España ordenaba a la juventud para que supiese cómo morir por ella con un arma en la mano y como carne de cañón, supongo. Entonces apareció mi primer librito -que poco después hurté, para quemarlo, de todas cuantas casas visitaba-. 

En aquel inejemplar título había, no obstante, y sin nada que ver con el resto de su contenido, un poema que ahora recojo de una antología que lo rescató. La causa es evidente: tiene poco que ver con la literatura.
Aquí ofrezco dos lecturas: una de Manuela García y otra propia:



Casi un poema

Padre.
Palabra desterrada del poema.
Qué puedo decir de ti para cantarte.
Apenas si en la Historia hay algún verso
que cante a los que fueron como tú
padres del sentimiento de sus hijos.
Mas no basta el silencio de la Historia
para callar mi voz en tu alabanza.
Tal vez nunca existió
un padre como tú,
que callas y no dices
que lo malo está mal,
que callas y no dices, pero tienes
un silencio que es un consejo alegre.
Qué puedo yo decirte, qué
para cantarte,
para hacerte ternura en mi poesía
si ni siquiera has muerto
para que el sentimiento de tu muerte
se entierre en estos versos
y sea él mi poema.
Cómo amarte y decirte que te amo
con letras y con tinta
si me puedo acercar a tus oídos
y, si no susurrártelo, besártelo,
dejarte una palabra en la mejilla.
Este amor que te tengo es un plumaje
que acaricia mi alma lentamente,
un trozo de silencio que me envías
desde tus ojos cuando nos miramos.
Este amor que te tengo es una tarde
que ha perdido el crepúsculo en su luz,
como mi sombra pierde su silueta
cuando viene la noche y estoy solo,
sin esa compañera de mi gesto.
Qué puedo yo decir para hacerte poesía.
Padre.
Pronuncio tu palabra y no me sabe
más que a piedra o paloma, trigo, amor.
No encuentro de tu vida
nada que el mundo no haya hecho mil veces.
Y estás viejo y no harás
seguramente nada perdurable.
Qué puedo yo decir entonces, dime.
Dime lo que tú quieres que diga yo a los hombres.
No te puedo dejar marcharte así,
olvidando un silencio entre tus huellas.
¿No hay un grito en tus pasos, una guerra?
¿No escondes una herida en tu regazo?
Dame sangre y haré de ella tu épica,
forjaré un mundo donde tú seas sol.
Dame sangre, tu sangre, dame sangre... 
O tal vez te has dejado la sangre allá, en la vida,
en las otras heridas que no sangran,
cuando yo te pedía un pan que fue
el precio de tu sangre sin espinas.
Si es este tu martirio ya tienes redención;
porque puedo pensar que nada hiciste,
nada que el corazón recuerde sobre el bronce,
porque tuviste una batalla propia
donde yo era el fusil que te sangraba
las fuerzas cada día
cuando el perro del hambre me ululaba...
Qué no diré de ti, qué callaré.
Tengo voz para siglos si este yugo
que ciñe mi garganta, si el sudor
que me brota del alma no me ahoga
y seca mis palabras, estos gritos
que mi pluma, como a la par de mí,
llora tan húmedos ya, tan como lágrimas...
Y entonces, aquí, ahora, en este verso
es el dolor
el que me hace sentir que el otro mundo,
el de fuera de ti y de mí, no ha de saberlo,
ha de seguir oyendo tu silencio
porque yo ya no quiero repudiarlo.
Y me voy junto a ti, donde me miras,
y te dejo y te dejo y te dejo
una frágil palabra silenciosa
y una leve paloma en la mejilla...


Un poema, otra voz: Luisa Pastor: Moja bieda.


Siempre han sido icónicas de la existencia la juventud y la belleza, perseguidas por la muerte: hace poco recordaba yo en una conferencia los sonetos sobre el carpe diem de Tasso, Garcilaso, Ronsard, Góngora, A. Machado, así como otras variantes de Dámaso Alonso, Rafael Morales y muchos más. Todos vienen a confluir en las palabras de Melibea (adelantadas a las de Romeo y Julieta) cuando, sabiendo la muerte de Calixto, se arroja desde la torre constatando la razón del suicida: "Oh la más de las tristes triste. No es tiempo de yo vivir". 
     Probablemente es esa conjunción de elementos la que me llevó a obsesivar y conturbar la expresión en Los ojos de la metáfora, y a titular el siguiente poema Mosha bieda (Mi tristeza), palabras con las que signó Chopin el ramillete de cartas a su amada cuando supo que la había perdido.

Mosha Bieda en la voz de Luisa Pastor (versión original).

Mosha bieda

Ella era triste como una lascivia insatisfecha.
No sabía mirar, no sabía vivir, no sabía morir.
Ella era hermosa como un suicidio de quince años.
No quería ser triste, no quería ser bella, no quería ser muerte.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Tenía el horizonte agarrado a su cuello
como una horca terrible sin forma de patíbulo
y se dejó caer hacia arriba, en la noche.
Ella vino en un beso masacrado, ella vino.
Ella era amor como una errata en un libro de lágrimas.
Ella no tiene cielos ni infiernos en sus ojos.
Tampoco los crepúsculos sonríen a su paso.
Y sin embargo el zoclo se detiene al oírla.
Ella era el cobalto, la manzana y el grítalo.
Quizásmente tal vez ella es una liturgia.
No hubo salacidad que rozase su piel de lepra virgen.
Ella no muere nunca porque no vive nunca.
Jamásmente ella ha sido lo que yo no soy nunca.
No enturbia, no conoce, no sonríe, no llora.
Sin embargo su pálpito eclipsa el universo.
Ella vino en la noche con un beso en la noche.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Yo amé su piel de amianto para mi fuego inútil.
Murió hace doce años al erguirse hacia un beso.
Murió hace doce años llevándose mi vida.
La verdad: yo quisiera
no haber tenido que escribir este poema.