
Alejandro Hidalgo.- Encuentro con Antonio Gracia
El otro día, con el entusiasmo jovial de quien tiene ganas de ser mejor persona, recibí un correo de don Antonio Gracia. Me decía que tenía tiempo libre y podíamos vernos. Yo sentí de súbito una emoción que me recorrió la espina dorsal: una mezcla de nerviosismo y adrenalina.
La distancia que me separaba del lugar de encuentro era considerable y, además, debía adecentarme. El principal motivo de aquella entrevista era, en apariencia, sencillo: un trabajo académico, la recopilación de materiales para una investigación y, quizá, la posibilidad de formar con ellos un futuro artículo.
Llegué un poco tarde, a pesar de haberme dado prisa. Ya había empezado con mal pie. Para colmo, pasé delante de él sin darme cuenta.
Habíamos quedado en una cafetería. Entré y descubrí que no estaba dentro. Salí de nuevo y entonces vi a un hombre excelentemente acicalado: canas, alopecia madura, camisa blanca y pantalones a juego. Su presencia era impoluta. Frente a la mía, un simple conjunto azulino: camisa azul y pantalones vaqueros.
—¿Es usted Antonio Gracia? —pregunté apresuradamente, con la seguridad de que sí lo era y sin saber demasiado bien cómo introducirme.
—Sí —respondió de forma escueta.
Me presenté nuevamente, aunque ya lo había hecho por correo. Saqué el portátil para consultar una interminable batería de preguntas. Lo primero que le pregunté fue cómo estaba. Una preocupación inicial, quizá dulce, para romper el hielo de una manera natural y que la pregunta no pareciera gratuita.
Noté un súbito nerviosismo que fue diluyéndose conforme avanzaba la conversación. Poco a poco, aquella entrevista que yo había imaginado como una situación solemne se volvió bastante natural.
El tema fue desarrollándose de manera lineal. Comenzamos hablando de su infancia. En determinados momentos tuve la impresión de que su inteligencia se adelantaba a la mía: recuperaba datos que yo había recabado antes de nuestro encuentro y los reformulaba, en ocasiones, utilizando la tercera persona. Yo escuchaba e intentaba seguir el hilo. Su cultura era amplísima y, por momentos, me sentía intelectualmente inferior ante alguien que llevaba décadas acumulando lecturas, experiencias y reflexiones.
La conversación tenía algo hipnótico. Hablaba a media voz y el ruido del tráfico parecía acompasar su ritmo. Los chicos sentados a nuestro lado reían con una estridencia que contrastaba con su tono. Una madre caminaba cerca con su hijo y movía incesantemente un sonajero. Pensé en proponerle que entráramos en la cafetería, pero no quería interrumpirlo. Ni siquiera llegué a invitarle a nada: estábamos demasiado absorbidos por la conversación.
Durante buena parte del encuentro tuve la sensación de no estar completamente a la altura de la situación, a pesar de encontrarme allí precisamente en calidad de investigador.
Hablamos de Los ojos de la metáfora, un libro peculiar y difícil de abordar desde una lectura exclusivamente racional. Hice especial hincapié en él porque quería comprender cómo había nacido aquella escritura. Mi impresión, después de haber leído el libro y de escucharle hablar sobre él, era que allí confluían una experiencia de oscuridad, un lenguaje extraordinariamente alucinado y una búsqueda insistente del propio sujeto. También hablamos de su blog y de Reconstrucción de un diario. Allí apareció de nuevo la cuestión de la construcción del yo y de la posibilidad de escapar de una determinada identidad mediante la escritura. Yo había interpretado en sus textos la presencia de un desdoblamiento de la voz poética, de un posible alter ego, y quise contrastar esa lectura con él.
La conversación derivó también hacia algunas experiencias de su trayectoria literaria, entre ellas sus problemas relacionados con el Premio Loewe y la repercusión pública que tuvieron. Escucharlo hablar de aquellas circunstancias me hizo pensar en la distancia que puede existir entre una persona y la imagen que de ella construyen los demás.
En otro momento apareció una cuestión que me llamó especialmente la atención: su preocupación por transformar al ser humano y mejorar su condición. La idea me pareció ambiciosa y, al mismo tiempo, inevitablemente utópica. La conversación continuaba desplazándose de un asunto a otro, como era natural en un encuentro informal, pero cada desvío terminaba conduciendo a alguna de las cuestiones que me habían llevado hasta allí: identidad, escritura, vida, muerte. Finalmente apareció precisamente la muerte.
Su concepción de ella me pareció marcada por el escepticismo y por una ausencia de respuestas religiosas tranquilizadoras. Me contó una imagen relacionada con su propia muerte que me impresionó especialmente: la representación de su cuerpo en un ataúd, ya en estado de putrefacción. No sé hasta qué punto comprendí exactamente lo que quiso decir con aquella imagen, pero la experiencia de escucharla me produjo una impresión difícil de olvidar.
Al final nos dimos la mano y nos despedimos.
Y aquel gesto sencillo, casi doméstico, terminó de devolver la conversación —después de haber hablado de poesía, identidad, lenguaje y muerte— a la realidad inmediata de dos personas que, durante unas horas, habían compartido una mesa, unas palabras y una parte de sus vidas.
Alejandro Hidalgo