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sábado, 31 de octubre de 2026

Morir serenamente (La péñola parlante, V)

               


            La mayoría gozamos de un constante placer del que apenas tenemos conciencia más que cuando lo perdemos: salud. Entonces se nos enturbia el futuro, todo se vuelve pasado y el presente parece tener solo una desembocadura: el dolor, la tristeza, la muerte. 
            La muerte es la más extraña de las aventuras que debemos vivir. Y nadie puede mostrarnos un itinerario, indicarnos qué necesitamos para el viaje, cuándo comenzará. Podemos tener experiencias sobre cualquier cosa salvo sobre la muerte. Es el único ser que nos dice, al mismo tiempo, hola y adiós; y, sin embargo, jamás nos abandona. Es intratable. De modo que cada uno se apresta como puede para afrontarla. Unos se aferran al gozo del instante -el “carpe diem” de Ausonio- para olvidarse de ella; otros, a la nada, considerándola fin del sufrimiento de sus vidas; aquellos, a la reencarnación o transformación, por eso de que la energía ni se crea ni se destruye -léase “El pesador de almas”, de Maurois-; estos se aterrorizan ante ella; muchos no saben cómo ocupar el tiempo de sus vidas y se afanan, sin embargo, en hallar otra inmortal. 
            La necesidad, y esperanza, de otras vidas presupone que esta es insuficiente, infeliz, injusta: un fracaso del Hacedor y de quien la sufre. Por el contrario, la creencia en que esta es la única evita las supersticiones, las dictaduras y chantajes eclesiásticos; aunque acrecienta los materialismos, pues solo la carne puede gozar: y esta se muere, con lo cual no tiene tiempo para el espíritu. 
            En realidad, más que a la muerte, tememos a la agonía que a veces le precede. Y ese miedo nos impide vivir en paz. La obra de Poe está signada por ese terror. Unamuno vivió atemorizado por ella y murió como todos quisiéramos: "repentinamente". Valle-Inclán, en cambio, decía en sus últimos momentos: “Cuánto tarda en llegar”. Y J. R. Jiménez se debatía histéricamente sobre su lecho. Sirvámonos, como siempre, de las experiencias de otros para enriquecer la nuestra: el relato de Tolstoi “La muerte de Iván Ilich” expone en toda su crudeza los últimos días de un enfermo con el que el lector se identifica: pero, como final de su horror, a sus preguntas sobre la muerte le da respuestas que nos sirven para vivir mejor.
            ¿Cómo consolarnos frente a la muerte? Todo el pensamiento antiguo, moderno y futuro se ha encaminado y ha de encaminarse a resolverla o mitigarla. Y parece evidente que La Antigüedad la sobrellevaba con estoicismo y no con el existencialismo actual. Epicuro, Sócrates o Séneca nos aconsejarían bien. Pero de poco sirven las filosofías sobre la muerte que no se practican durante la vida. Y lo cierto, y lo que hay que afrontar, es que todos padecemos una enfermedad llamada Muerte, de la que nos contagiamos al nacer.
            ¿Cómo consolarnos ante la muerte? Aprendiendo a aceptar lo inevitable. Sin duda, considerando lo que es: el último instante de nuestra vida y, como tal, un desasosiego o una serenidad según la hayamos vivido. Tomemos la muerte como el último deber y cumplámoslo bien, serenamente. Porque saber que el gozo de vivir se acabará no debe impedir que gocemos del placer de estar vivos. Por eso, en “Muerte y transfiguración”, Richard Strauss orquesta para el alma unas cadencias que la apaciguan. Incluso en el “Réquiem” de Mozart siempre he oído un clamoroso canto a la vida más que un tributo a la muerte. Y sobre el cuadro de Boekhlin “La isla de los muertos”, Rachmaninov compuso la música del mismo título, triste, pero serena en vez de horrorizante. 
            Aceptemos que es el miedo el que crea monstruos y que, por ello, son más terribles en nuestra imaginación que en la realidad. No es la muerte un castigo, un preludio del infierno, un país de fantasmas; ni una liberación; es el fin que hay en todo principio. Y si lo admitimos así, se reduce a uno más de los, afortunadamente, pocos malos tragos que nos brinda la existencia. Consideremos también que, probablemente, la muerte, como el nacimiento, nos cogerá por sorpresa. Que tal vez la Naturaleza haya dispuesto para esos momentos tanta insensibilidad que ni la razón piense ni los sentidos sientan; y que la medicina ha avanzado tanto como para hacérnosla llevadera y conseguir que incluso la agonía apenas sea agonista.
            Ojalá viviésemos en un mundo en el que no existieran la necesidad de la eutanasia ni el impulso suicida. Pero, excepto los ciegos mentales, todos vemos que no es así. Por lo tanto, vivamos; y respetemos la presunción de inocencia de quien decide acabar con su vida como un acto de legítima defensa contra ese inocente, implacable e impune asesino en serie llamado Naturaleza.

19112

La muerte y la doncella

Schubert: La muerte y la doncella.



                    Prosa

"Soy como un libro que 
nadie sabe leer", 
decía.

Poco después 
se arrojó sobre la piedra 
de 
los claustros de Anaya.
Su cabeza quedó desparramada
como estos versos.

Probablemente 
hubiera seguido escribiendo 
el libro de su muriente existencia 
si alguien se hubiese esforzado 
en aprender a leerla 
y la hubiera abrazado 
como se abraza un incunable.

Quiéreme como jamás nadie ha querido, 
susurra todavía el eco de su voz.

viernes, 30 de octubre de 2026

La breve eternidad

 

La breve eternidad


Nada existe que nunca se marchite:
la juventud, la rosa, la belleza, la vida
mueren y dejan solo el doliente recuerdo
de que fueron y somos fugaces apariencias
de eternidad, extrañas utopías.
La pasión de vivir, el impulso feroz
por devorar el tiempo antes de que nos mate, 
nos empuja a bruñir una inmortalidad
llamada pentagrama, pincel, pluma... 
aceptando que las obras creadas -las efigies
de nuestra identidad- van a vivir
inmortales, iguales
a los dioses que no pudimos ser.
Pero pasan los siglos y milenios;
y el caudal de poemas, partituras y cuadros 
que pretenden salvarse
es tan grande que solo algunas obras 
mantienen su vigencia, alcanzan plenitud 
–pues el mundo es una palabra frágil
que muy pocos consiguen pronunciar–.
Y tú y yo,
héroes en el esfuerzo y no en la hazaña, 
autores de una breve eternidad,
debemos afrontar el desengaño:
el leve orgullo de que lo intentamos
y el dolor de que no lo conseguimos.

jueves, 29 de octubre de 2026

A quien se identifique en èl


A quien se identifique en èl 


Por tu vida, Antoniórum: no me jodas

ni con versos me toques los cojones,

pues cuando me los tocas me los pones

como los del coloso aquel de Rodas.

 

Y si estallaran, sus espermas todas

parecerían miles de erupciones

ronchándote y sembrando sabañones

por el tu culo, digno de altas odas.

 

Pluguiérale a los dioses que tus rimas

fueran pregones para que acudiesen

algunas hembras que te prepuciaran.

 

Pero si contra mí tus rimas limas,

limaría yo algunas que te diesen

tanto contento que te porcularan.


Ligeti: Estudio nº 6

martes, 27 de octubre de 2026

Desafinado


Siempre los nuevos ritmos han despertado el rechazo social -como todo lo que viene a romper la convención (incluidos Mozart y Beethoven)-.
Jobim compuso Desafinado para constatar ese hecho ante la bossa nova y resaltar que incluso quien -aparentemente- desafina tiene un corazón musical.
He aquí, reducidos texto y música, lo esencial de la canción:


La estrenó Gilberto:

Así la cantó Jobim:

Esta es la versión de Jobim y Sinatra -que no dejaba escapar nada que sonase a éxito-:

El verdadero éxito popular llegó con la expresión más jazzística de Getz y Bird:

Tantas versiones hay desde esta música:
Ella Fitzgerald

Gal Costa:
...

Todas las anteriores (salvo la de Sinatra-Jobim) tienen en común una cosa: no contienen los 40 segundos de la introducción, que sí están en la más modesta que sigue:

La letra de la canción, escrita por Mendonça:
Quando eu vou cantar você não deixa
E sempre vem a mesma queixa
Diz que eu desafino, que eu não sei cantar
Você é tão bonita
Mas toda beleza
Também pode se acabar

Se você disser que eu desafino amor
Saiba que isso em mim provoca imensa dor
Só privilegiados têm ouvido igual ao seu
Eu possuo apenas o que Deus me deu
Se você insiste em classificar
Meu comportamento de anti musical
Eu, mesmo mentindo devo argumentar
Que isto é bossa nova
Que isto é muito natural
O que você não sabe, nem sequer pressente
É que os desafinados também têm um coração
Fotografei você na minha Rolleiflex
Revelou-se a sua enorme ingratidão

Só não poderá falar assim do meu amor
Este é o maior que você pode encontrar, viu?
Você com a sua música esqueceu o principal
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados
Também bate um coração

Los cantantes desorientados pueden acompañarse de la guitarra siguiendo los acordes aquí indicados:

Laura

El amor es algo maravilloso

Melodía desencadenada.

Berstein: María 

The Shadows 

Sueña conmigo un poco 

Nuestro amor está aquí para quedarse 

Le metéque

Serenata a la luz de la luna

 Un sueño imposible

 La cumparsita

Cheeck to Cheeck

 Bailando en la oscuridad

 Woman in Love

Río Bravo


Eu 28815

lunes, 26 de octubre de 2026

Angrac Ianto

 


Angrac Ianto



Si debo confesar por qué os escribo,

primero he de decir que la existencia 

no me basta, y que escribo

para saber quién soy.


Nací en verano. El fuego

del calor y el tronar de las cigarras

dejaron un estrépito en mi mente

que quise concordar, como una música

serena, y que fue estruendo,

vorágine y dolor.


El invierno también dejó su lluvia

y sus tormentas en mis ojos, puso

laberintos y cólera en mi alma.


Fue mi infancia una lucha contra el miedo

y una desolación, mientras sonaban

profecías de edenes y celajes

que mostrarían el azul fulgente

del cielo sosegado.

Me persiguieron las clarividencias

del infierno, la imagen luminosa

de la mujer, el sueño

y los abismos hacia el desengaño.


Más tarde, amé; y odié cuanto había amado,

pues todo eran cenizas del anhelo.

Ni amores ni deidades existían

sino en mi corazón, cautiva estancia

del ruinoso sentir.

Cuantas veces llamé

a la rendida muerte, tantas veces

la sinrazón de la existencia pudo

más que mi libertad encadenada.


Y en fin: posó la edad

su turbia esclavitud sobre mi cuerpo

y he mirado hacia atrás, y hacia delante:

   nada existe en el mundo tan hermoso

como la vida limpia,

aquella que soñé y que no viví

más que en el verso que tampoco he escrito;

pues mi escritura es sólo

la tentativa de vivir un himno

que siempre ha emborronado la elegía.


Mirad ahora si el orgullo puede

sentirse satisfecho o desdichado;

porque escribe mi pluma a mi pesar,

y solamente os doy

el recuento final de una derrota.