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lunes, 16 de marzo de 2026

Argumento sinóptico

 


Argumento sinóptico


Quiero creer. 

Creo racionalmente que existe una entelequia 

superior, un Artífice Supremo 

fundido en la materia y el espíritu, 

intemporal, ubicuo -Quintaesencia- 

en la inmensurabilidad. 

Igual que el piano es un instrumento 

y a la vez una orquesta, en el uno está el todos 

y los instantes son eternidades. 

El Dios es síquico y es físico, 

cósmico y adyacente a cada objeto, 

diminuto y gigante, aledaño y concéntrico. 

Es y está. Y su ser es su estar.

Que la razón no alcance a inteligirlo 

no es argumento en contra. 

No es la fe una premisa

que se inserta en la mente.

Se nace aristotélico o platónico,

lógico o intuitivo.

No puedo -no podemos- más que querer creer

cuanto requiere fe y rechaza el silogismo; 

no somos responsables de no alcanzar tal dicha. 

La Perfección en la que creo debe 

comprender -y si no no lo sería- 

que hay otras entidades imperfectas 

no responsables de su imperfección. 

Por lo tanto: querer creer 

significa creer. Soy un creyente.


domingo, 15 de marzo de 2026

Trayecto hacia la luz.



Bach: Suite, nº 3

1.- Huyendo del infierno
Por aquel entonces mi glotonería lectora y aventurera aumentaba mi espeleología interior y me hacía sentir semejante a muchos de los autores a los que iba conociendo: escritores, músicos, pintores. Encontrar similitudes de vida, horrores compartidos... me convertía en su doble o su reencarnación. Y así, mis íntimas tormentas me impulsaban a creer -y lo creí- que antes o después aparecería en mí la locura, como había aparecido en Schumann y Van Gogh, por ejemplo (de ahí la portada de Fragmentos de identidad), y que una vez abismado en esa tierra de nadie del horror no sabría volver a este lado de la conciencia sin arrastrar conmigo los infiernos. Este breve poema lo refleja:

Lo inolvidable

Recuerdo aquel dolor y aquella dicha 
de saber que cesaba el sufrimiento,
a veces.
Y los suicidios nunca consumados, 
más dolorosos que la propia muerte.

Durante décadas ese fue mi ananké.

2.- Hacia la luz.
Por fortuna, empecé a mirar la luz: no para que me cegara, sino para que me iluminase. Y así empezó mi segunda inmersión en la escritura: desde el libro Hacia la luz traté de escribir lo que me gustaría ser en vez de rubricar soliloquialmente el tatuaje del que había sido o era: abandonar la lírica del sufrimiento, la escritura confesional a posteriori: pasé de llevar el yo al poema a vivir e incrustar el poema en el yo. También estos versos parecen constatar esa voluntad de vivir:

Hacia la luz

Este árbol, esta sombra y estos libros
que me procuran placidez y calma
no están hechos para morir; nacieron
al margen de los días para darle
un rostro amable al mundo.
Una hoja ha caído y me reclama
con su fugaz delicia: la contemplo
y el universo me contempla en ella.
Siento desordenadamente
correr el tiempo frágil, que este instante
no será, otra vez, mío.
                                           Cede el alba
su luz, y la mañana se apresura
hacia el ocaso.
Como un escalofrío, la tristeza
deja en mis ojos su melancolía.
Yo quisiera olvidar tanto dolor,
morir para matar
este desasosiego:
                                    y de repente,
rebelde y luminoso,
como si despertase de un gran sueño,
mi corazón se abraza a la existencia,
toco las cosas, vivo.

Poemas comentados

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Hacia la luz

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La condición sinestésica.


Scriabin: Mysterium

Creo en la condición sinestésica del arte: que el impulso creador es único y que solo cambia la vía en que se expone: palabra, pintura, música. Más aún: que la más noble y notable sensación es la que conjuga la música, la pintura y el verbo. 

Creo que todas las artes son diferentes manifestaciones de un mismo yo que pretende identificarse y sobrevivirse. Ese impulso de supervivencia cósmica se traduce en palabra, pentagrama, pincel, simetría, número… pero siempre es la búsqueda, y a veces el hallazgo, del rostro individual trascendido a lo universal. 

Poca distancia existe entre la experiencia mística y el estremecimiento y fascinación de Einstein al contemplar la fuga cósmica, las líneas de fuerza de Faraday, los vórtices del firmamento de Van Gogh o el 3º movimiento de la Novena: todos son éxtasis. 
Ninguna diferencia hay entre la semilla artística de Miguel Ángel, Wagner, Dante, Freud … Solo cambia la estrategia del lenguaje: verbal, musical, plástico… 
Ya lo he dicho: todas las obras del hombre son escaramuzas de la mente para hallar la imposible eternidad.

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Reubicar 17-5-22

sábado, 14 de marzo de 2026

Entrevista a Antonio Gracia Biblioteca V. Miguel de Cervantes

La simpasión


Puesto que todo en nuestros genes tiende a la consecución del placer y a la negación del dolor, el más sabio es el que utiliza su sabiduría para conseguir el sosiego, el equilibrio entre el malestar y el bienestar, la armonía, la dicha: la felicidad.
Y como lo que más conturba al ser humano es la insatisfacción de su sensualidad, los mayores enemigos del hombre -y la mujer- son aquellos que castran la compulsión del erotismo en todas sus variantes.
Satisfecha la carne, el espíritu es libre; constreñida, confuso.
Bien lo muestra el poema:

La simpasión

Como si dos desconocidos
tristes y solitarios se encontraran
en mitad de la noche y decidiesen
mutuamente ayudarse
a seguir el camino,
nos entregamos a la paz del alma
tras la cópula loca.
Con qué clarividencia vimos luego
todo cuanto antes era un laberinto.

(J. Cantero: Poemas amorosos)


El autor, desairando la estrategia lírica, afirma una verdad natural pocas veces aceptada por la sociedad, siempre represora de la carnalidad. El tono sentencioso y lejos de retóricas apenas atiende a la exposición, no a las moralidades: que hay que matar la lujuria con la práctica de la sexualidad; y que tal acción es un deber solidario. Saciar la lascivia porque su represión es la causa del malestar íntimo y, por tanto, de todos. Saciarla como un acto de buenamor por los semejantes. Cómo se haga es cosa de cada uno -de cada dos-. No se trata de "amor libre", o libertinaje, sino de hedonismo ataráxico liberador de cualquier turbación que impida "ver". 

Reubicar 16-9-14

viernes, 13 de marzo de 2026

Cuando los dioses te olvidan.


Offembach: Orfeo en los infiernos

A veces las circunstancias se conjuran de tal modo que uno parece haber nacido para que todo tenga alguien al que fastidiar. El teléfono deserta; Internet se va de vacaciones; la Radio no se escucha; la Televisión se aburre de sí misma y se estangurria; al ordenador, tan necesario ya para mí, le da un colapso; un músculo dorsal se lumbalgiea ... Todo son cosas sin importancia esdrújula, pero bastantemente fastidiosas. Por ejemplo: si suena el timbre de la puerta no puedes acercarte para saber si es el pesado de la publicidad o es el cartero con noticias de otros mundos tan perfectos como este.
     Siempre quedan los libros, los únicos amigos que nunca te abandonan. Pero he descubierto que incluso pasar una página puede ser doloroso y hacer ver las estrellas. He visto tantas estrellas que he empezado a creer que el Artífice Supremo es verdaderamente sabio: forjó nuestro efímero cuerpo tan interdependientemente que si te duele un dedo y lo mueves -incluso solamente para pasar una hoja- también te duele el otro, que sacude la mano, que tortura los brazos, que constriñen la espalda, que empuja su dolor hasta las piernas... 
     Sí: verdaderamente esa perfecta interdependencia corporal de huesos y tendones, y sus correspondientes latigazos doloríferos, han sido mi cogito ergo sum: y he empezado a creer. Ya creo tanto que no me conformo con creer en un dios; y ya creo en tres dioses, en cinco, en diecisiete... 
     Cuando crea en 50, por ejemplo, empezaré a pedirles que no creen más mundos a su imagen, sino a su desemejanza. Siempre es mejor la imperfección, porque la voluntad y la autosuperación tienden a mejorarlo todo; pero la perfección de la tecnología nos hace progresar demasiadas veces hacia lo inútil o lo innecesario que, a fuerza de convertirse en cotidiano, se vuelve imprescindible, nos debilita, nos transforma en esclavos y nos estupidiza. Y entonces, el infierno. 
     Y, además, lo peor: tal malestar nos renueva la idea de que, ahora que comprendes algo de la existencia y has aprendido algunas cosas que pudieras transmitir a los demás, estás mucho más cerca del máximo verdugo de la vida: la inexorable muerte.
     ¡... Cachis en la mar...!

Reubicar 15-9-22