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martes, 20 de octubre de 2026

El abrazo iniciático.


Yo tendría diez años: debía de estar en primer curso de aquel bachillerato en el que aún se aprendía porque los profesores todavía enseñaban: la disciplina educativa era considerada una virtud y no sonaba, como algunos oyen hoy, a dictadura. Estudiar al hombre troncal, que ha de ramificarse, ayuda a comprender su corazón y el mundo en el que vive. Después hemos ganado en libertades que, por mal asimiladas, han enseñado sobre todo impunidad, libertinajes.

Pero, como digo, yo tendría diez años y me refugiaba de mi dolor infantil o adolescente en los juegos, sobre todo prohibidos y por eso más deseados: porque pocas cosas atraen más que los misterios.

Yo era triste cuando estaba solo -quiero decir: conmigo mismo-, y divertido cuando, en grupo, me olvidaba de mi timidez. 

Ahora bien: yo solo pensaba en mi infantil vecina, con su sonrisa grande y su ágil compañía cotidiana. 

A veces yo sacaba mis útiles de indio de película -o mi espada de sórdido cruzado- y la sujetaba a un poste alrededor del cual yo danzaba -o blandía mis dagas como iconos prefálicos- y la sometía a inefables torturas, tan incruentas como mis sentimientos.

No sé -no sabía yo- qué me empujaba a ella: pero necesitaba apretujarla, desollar suavemente su carne transparente: hasta que, convertido de pronto en hábil salvador, recibía el abrazo de haberla liberado. 

Dulces juegos aquellos de lujuria incipiente, de amorosa indolencia, de Peter Pan con las alas de Ícaro.

Un año, a los doce o los trece, casi pierdo el curso porque hube de guardar reposo por no sé qué fiebres que asediaban mi corazón con amenazas. Y María me acompañaba en mis lecturas del Capitán Trueno, Supermán e incluso un caballero errante en busca de unos amores dulcineicos y sin mancha. Empecé a preguntarme por qué todos se iban siempre al cine cuando en los libros se veían las mejores películas. Y además, estaba María: presentemente allí. (A veces he pensado que su nombre  secreto debía de ser Oniria).

Un domingo, tumbados, como solíamos hacer, sobre la cama, pasando hoja tras hoja -¡Qué música tan clara la del pasar las hojas!- la miré, y la miré de nuevo, como si yo surgiese de algún cuento o el cuento al que yo entraba fuese ella. Observé que su pecho había crecido, denso, sobre su delgadez idílica, y que sus ojos eran como un hermoso libro que quería leer y releer. Me incliné sobre ella, que, expectante, asustada y princesa, se dejaba vencer por el hechizo.

No guardo otro recuerdo más parecido al cielo.

¿Dónde estará María, onírica y tremante bajo sus blandos párpados?

¿Y qué ha sido de aquel que la besó?



Schumann / Arrau: Escenas infantiles

Lamento del héroe

 

Lamento del héroe


He regresado pero el lugar no existe

He regresado a todos los lugares
en los que nos amamos; y no estabas.
El rumor de las aguas cristalinas,
las flores con rocío y las hojas 
tronchadas usurpaban la lisura 
de nuestro amor; el duende de la noche
era apenas un prado sobre el puente
que el toro corneaba, piedra y alba.
La lengua del pasado saborea
nuestros cuerpos y la alameda grita
nuestros nombres con un susurro que oyen 
la Catedral, Fray Luis y mi presente,
que no sé ni cuál es ni dónde está.
Melibea suspira mientras cae.
Como un pájaro, tú volaste luego,
tal vez, al cielo, y yo inicié el camino 
a todos los infiernos del infierno.
He regresado a todos los lugares
en los que nos amamos: y no estás.
¿Tendré que suicidarme para hallarte? 

domingo, 18 de octubre de 2026

Donosa...

 


Èxtasis  hay inexplicables

En el año dos mil y veintiséis
-eran las cinco en punto de la noche-
un planeta -como un Caín errante-
rodaba transportando ochomiltrece
millones de alienígenas
de la estirpe humanoide.
Es algo formidable que vio la vieja raza.
Las estrellas rupestres estallaron
cual si de pronto amaneciera el día
y agnósticos silentes de ultratumba
enajenaron próculos bastardos 
mientras la identidad se entredichaba. 
Y es que a veces olvido que te amo
y me enamoro de cualquier olimpo.

Tres cuentos

 




Tolstoi- 3 cuentos

jueves, 15 de octubre de 2026

Biografía sin vida

Holst , Los Planetas ,Saturno, el portador de la vejez

Biografía en la isla

Hoy se cumplen cien años de mi muerte.
Es cierto: hace un siglo que nací.
Cien siglos -en verdad- por cada año.
En ese tiempo he amado y desamado.
He escrito y enterrado borradores 
de libros que quisieron ser auténticos
portadores de mágicas verdades,
portadores de luz y portadores 
de sueños para el mundo mientras yo
me desangraba en cada verso, insomne 
por encontrar la bienaventuranza
definitiva que jamás hallé.
Viví entre mausoleos y entre pájaros.
Es terrible soñar y despertar 
sabiendo que eres solamente un sueño
derrotado por las devastaciones:
que el anhelo de ir hacia la luz
fue solo una epopeya fracasada,
una reconstrucción de un diario errante
entre el ayer y el hoy, una elegía 
pretenciosa de himnos, la estatura
de un ansia inagotable hacia la dicha
de conseguir ser más que unos fragmentos 
de eternidad, una iconografía
de un infierno voraz, una entelequia
incandescente en nombre de la luz
apagada por una realidad 
inexpugnable, triunfalista, frágil.
Tu cuerpo y su sonrisa me salvaron
el breve tiempo en el que tú me amaste.
Verdugo es este mundo y sus seudónimos.
El gran naufragio universal empieza
cuando se petrifica el corazón.
Cuántos hombres quisieron ser eternos:
ellos murieron, pero no sus obras.
Es tan hermoso el mar; y sin embargo
cada ola emborrona lo que escriben
en la arena las olas anteriores.
Quise tejer urdimbres luminosas.
¡Quise ser tantos héroes de la pluma!
Quise vivir en la palabra como 
nunca vivimos en la vida, ser 
la vida, 
sentir el corazón de la existencia!
Adjuro de ser solo un trovador.
He perdonado a cuantos no me importan.
Cabe en un verso el mundo, pero 
¿quién sabe escribirlo?
Recuerdos a las flores.
Y no soñéis. Vivid.