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domingo, 8 de marzo de 2026

Mujeres encendidas.

/por Antonio Gracia/

La historia de la mujer es la misma que la del hombre: la búsqueda de la libertad social e individual en un mundo adverso. Pero mientras el hombre se ha defendido de las hostilidades de la Naturaleza, la mujer ha tenido, además, como enemigos a los hombres. Buena cosa es que, ahora que hombres y mujeres empiezan a ser sólo personas en medio de una guerra de sexos a punto de extinguirse, la mujer se muestre más noble que el hombre y no devuelva las bofetadas recibidas, porque si no el feminismo sería, sin más, otro machismo. Y no es eso lo que pretendieron Mary Wollstonecraft ni Simone de Beauvoir, por ejemplo, ni, tampoco cuantas han luchado por los derechos humanos de todos los humanos, sea cual sea su condición.
Aunque el cerebro tiene sexo, está, también, sexualizado por la cultura o, mejor, la civilización milenaria, que fundamentó el concepto de sociedad en la ley de la fuerza —porque así lo exigía la agresión de la naturaleza—. Pero esta ley ya no tiene vigencia: ha sido derogada por la tecnología, además de por la ética de los derechos humanos. Por lo tanto, aceptada la igualdad de todos en lo que respecta a la dignidad, lo que debe imperar hoy es la sensibilidad, la inteligencia y la responsabilidad, vengan del cerebro que vengan, siempre que éste haya sido alimentado con los imprescindibles conocimientos, estudios, esfuerzos, deberes y derechos.
Muchas han sido las descalificaciones que ha sufrido la mujer. Eurípides la desterró a la cocina y al dormitorio: «Una mujer debiera ser útil para todo dentro de casa e inútil para todo fuera de ella». Alfonso el Sabio le prohibió el mundo laboral: «No es cosa honesta que la mujer tome oficio de varón». Chesterton la mutiló para la vida en igualdad social: «Tres cosas hay que la mujer jamás entenderá: libertad, igualdad, fraternidad». Unamuno, tan doméstico él, le escalpeló su capacidad intelectual: «El fin de la mujer es parir hombres, y para eso debe ser educada. Al hombre le basta con el cerebro». Otro él, más mundano y menos domesticado por el mundo, Oscar Wilde, ya había despreciado su intelecto: «Las mujeres están hechas para ser amadas, no para ser comprendidas». Tal vez por eso, Jack London sentenció que «de entre todas las especies animales, la humana es la única en la que el macho maltrata a su hembra». Quizá debamos quedarnos con el saber popular, que dicta —lo modifico para que sea válido tanto para hombres como para mujeres—: «No dudes de la inteligencia de tu cónyuge; piensa que se casó contigo».
Que la relación de mujeres determinantes de la historia sea mínima frente a la de los hombres es una consecuencia lógica de la relegación sufrida por la mujer. Pero por muy ligeramente que revisemos el pasado, enseguida encontramos nombres femeninos tan notables como los masculinos, en las ciencias y en las artes, lo que demuestra que la cantidad no es cuestión de capacidad, sino de postergación.
La primera gran novela de la historia fue escrita por una mujer, y también la segunda: Murasaki Shikibu y Sei Shonagon; ellas rubricaron una fórmula que los hombres han seguido. Este hecho semioculto no debe avergonzar ni vanagloriar a nadie. Safo es una de las más antiguas, y vigentes, poetas. Los nombres de las hermanas BrontëEmily DickinsonGeorge EliotJane AustenVirginia Woolf… no desmerecen junto a Balzac o Dickens. Y si pasamos de la literatura a la pintura, ¿por qué no recordar a Mary Cassatt? Y si a la música, inmediatamente aparecen Hildegard von Bilgen o Clara Wieck —sacrificada, como fiel esposa de Robert Schumann, a difundir las obras de su marido—, que fue envidiada, como pianista, por el mismo Liszt y admirada, como compositora, por el mismísimo Brahms.
Si dejamos el arte y acudimos a otras ciencias: Marie Curie revolucionó la física hace un siglo, al descubrir el radio. Y tan fervientes estadistas fueron Cleopatra y Catalina la Grande como Julio César o Napoleón.
No estoy haciendo una nómina, ni siquiera un esbozo, sino mostrando que la intolerancia ha sido —y no debe seguir siendo— la gran encubridora de la verdad, y la fatal humilladora del ser humano. Que los otros (mujer, hombre, vecino, extranjero, creyente, incrédulo, blanco, azul…) tienen la misma dignidad que nosotros. Y que solo la pierde quien se la niega o quita a los demás.
Difícil tarea, pues, la de los gobernantes y legisladores, que deben cambiar la mentalidad de sus gobernados desde sus mismas raíces culturales; pero urgente trabajo: porque mientras la sociedad y el individuo no se conciencien de que la desigualdad social es, simple y terriblemente, el fatal resultado de una determinada manera de pensar que desemboca en la sumisión, la rebeldía y la violencia, y que estas (violencia, desigualdad) deben ser sancionadas y extirpadas, todos seremos cómplices de quienes asesinan a su pareja o maltratan a sus hijos.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro <Alegría> y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Biblioteca Virtual.



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Solo el propio consejo

La verdad de cada uno es lo que cada uno cree que es verdad. Y nada pueden los otros para demostrar lo contrario: porque a la razón egótica le repugna admitir su error e inventa causas para su contumacia. 
Solo dejamos de ser contumaces cuando sufrimos por ello: por eso solamente aceptamos nuestros propios consejos, los nacidos de nuestra propia experiencia; sin embargo, para entonces, cuánto daño nos hemos hecho, y cuánto tiempo hemos perdido, en esa inexcusable estupidez de un autoaprendizaje que no admite maestros. 
Como si aprender de los errores no fuese el primer paso en el camino del conocimiento.
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sábado, 7 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez

 

Granados: Goyecas

Quien recuerde el soneto "La sandía", de Salvador Rueda, tal vez sentirá ahora, también, el encendido sabor, y su perfume, de la granada esplendorosa, su fulgor de colores al desgranarse en perlas o rubíes. También es probable que le estallen en la mente las sombras del "poeta de Orihuela", las octavas del Miguel Hernández de Perito en lunas, aquí sin rimas, pero endecasílabas y sin laberínticos gongorinismos, si bien con apostróficas imágenes y en cascada de enumeración caótica que se va cadenciosamente arromanzando, describiendo el disfrute ritual del fruto como si el bodegón del título se dibujase en los sentidos del descriptor sensual y debussyano del placer frutal y rojo. Placer tan intenso que acerca al degustador al orgasmo místico del sanjuaniano Cántico espiritual, confeso en el verso cursivo y el mosto de granadas gustaremos.

Miguel Ruiz Martínez es autor de varios libros sobre su amada tierra oriolana, sus campos y escritores. El lector tal vez le reproche que haya dejado la poesía como una labor secundaria entre sus ocupaciones.

Bodegón de las granadas 

Sobre la mesa, blanco, hay un mantel.
Encima, una fuente verdiblanca 
muestra cuatro granadas ya maduras.
Están de pie. Trabajadoras manos
las cogieron del árbol. Cuidadosos
dedos en terracota las plantaron.
Frutas de otoño. Testas de astros rojos
coronadas con puntas en zigzag.

Colores encendidos, cutis tersos,
tanto tiempo colgaron las granadas
de las ramas pacientes y maternas.
Rubores permanentes. Rutilantes
ceras creadas por soles cotidianos.
Ocres, rojos, de Rubens la paleta,
mejillas sonrosadas de retratos
de niños, de cupidos y aldeanas.

Derechas van mis manos a coger,
a tocar las granadas una a una.
Sonríen las mejillas agraciadas.
Tacto agradable sentirán las yemas 
de mis dedos. Esféricos planetas, 
luceros. Verticales hemisferios
saludables. Sostengo los frutales 
pesos sobre los cuencos de mis manos.

Colores granadinos y brillantes,
llegan luces de todos los rincones,
esferas que reflejan otros mundos 
de clarores en curvas superficies.
Las ventanas se doblan, resplandecen
en espejos convexos. Me retrato,
mi cara solitaria está presente
en las frutas erguidas en el plato.

Odres, balaustres, cántaros, olores
del néctar de los dioses. Se aglomera
la saliva en mi lengua, esperando
que rueden las cabezas coronadas
tras tajos de cuchillos afilados.
Rodarán bustos regios por el suelo
y en el blanco mantel de la gris mesa
los granos rojos aún serán más rojos.

Espero que se abran las granadas
por donde las heridas verticales
y se cumpla del todo el sacrificio.
Una lenta explosión, y misteriosa,
abrirá ricos gajos desgajados
por el ansioso impulso de mis dedos.
Se rasgarán los velos interiores,
llorarán los rubíes vegetales. 

Evoco las granadas ofrendadas
por tantos escritores granadinos.
Ricas frutas del campo y de la huerta,
que dibujó con tanto amor, a lápiz,
trazo a trazo, el poeta de Orihuela, 
recomendables, ricas, prietas, dulces,
cabezas de frutales monarquías
surgidas de humildes saladares.

Pasarán de los gallos a mi mano
los dulces granos quietos, arrancados
de los tiernos cordones ombligales
que unidos los tenían a la madre.
Estallarán por dentro de mi boca,
apetecibles bayas interiores, 
regando generosas las papilas.
Y el mosto de granadas gustaremos.

Se acuerdan de sus ramas las granadas, 
de los verdes colores herrumbrosos,
de las hojas nacidas en la infancia,
de las yemas brotadas de la mano
de la luz, transparente primavera,
bailando entre las gotas cristalinas
en los haces, de nieblas que quedaron
tumbadas a los pies de los granados. 

Del verde agrio, del verde ácido y fuerte
al rojo de los pétalos de amores.
Llegó el polen, el polvo enamorado,
a estallidos, placer por el pistilo
de flores que tejían sus coronas.
Mundos redondos, lunas tan crecientes,
primavera y verano, por la senda 
del dulzor colorado y las semillas.

Ahora que el otoño se termina
camino del invierno solitario,
tienen ansia los frutos de la fuente
de los huertos de árboles desnudos,
de los troncos en filas ordenados,
de las hojas mojadas por la lluvia,
tumbadas en la tierra ya dormida,
que se besan de amores con el barro.

Sobre torneados tiestos, terracota  
enterrada desde hace tantos años, 
un alfarero, con paciencia y ocre, 
granadas dibujó con fuerte trazo.
Granadas escondidas que esperaron, 
bajo el beso amoroso de la tierra,
que manos inclinadas sobre el suelo
los granos de su sueño despertaron.


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Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán 

Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán

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viernes, 6 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez


Debussy: El mar (Baile de olas)


Enamoradiño de Susana estaba Pedro, aquel verano en Torrevieja. Fue por allí durante tres o cuatro años, en los meses de agosto. Y, cuando un día ambos salieron del mar, como dos peces brillantes jugando a perseguirse, y se sentaron sobre la toalla, él le dijo a ella con su voz susurrante y melancólica: "Se te han quedado dos gotas de océano en los ojos, y son como dos olas que me inundan. Qué hermosa es la tormenta que hay en mi corazón".
    Así la enamoró.
Escribió prosas y versos que tal vez solamente yo conservo; y, tras algunas cartas, desapareció con su amorosa estatua y sus inviernos. No sé más.
    (Sospecho que al menos uno de los dos poemas que aquí copio no fueron dirigidos a la misma ninfa de la playa: los ojos de la destinataria del segundo son "negras lunas", no del color de las marítimas olas como las gotas del océano de Susi).

La estatua

Como una estatua líquida, sonríes,
carámbano de cielo, frente al mar,
mientras las olas leves te persiguen
para abrazarte con tu propio abrazo.
Playas sin horizonte, errante piélago
que se acerca y se aleja igual que un péndulo
precipitado a la desolación.
Pareces de coral y carmesí,
devanación de esfinge alborozada,
y brillas como un chorro de alegría.
El agua se deshoja entre sus olas
y teje su guirnalda ante tus pies.
Triste melancolía la del mar,
que no te alcanza y deja al retirarse
su corazón como un dibujo muerto.


Mensaje en una botella
                             

Me dolía la vida 
y un día te encontré.
Me dibujé en tus ojos,
que me llamaban como negras lunas.
Tu sonrisa me hizo sonreír
y entró en mi corazón
como una luz serena
cargada de promesas.
Yo soñaba que estaba en una isla,
abrazado a tu cuerpo y a las olas.
Náufrago del dolor,
me buscaba en tu boca,
y en la mía tú hallabas 
el beso, talismán que nos unía.
Ahora, ya despierto, yo me digo:
tal vez tú eres mi isla,
y en ti quiero adentrarme
hasta amarrar mi sexo en tus entrañas.

                      
 © Pedro Ramírez

jueves, 5 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (Diego Torres - XXIII).


Amante del arte, dedicó varios textos a cuadros y músicas, a menudo en forma de sonetos. Más abajo, comento el tercero.


1)

Greuze: La jarra rota



La frágil levedad de la mirada
ha dado luz al aire, sombra al viento,
y espaciosa quietud al movimiento
de la doncella gris enamorada.

Con pétalos y cántaro ataviada
sobre el vestido ajado y ceniciento,
el pincel no escondió el arrobamiento
de la azucena púrpura violada.

No es flor ni es manantial cuanto acompaña
su desmayada soledad marchita,
sino aroma perdido, fuente rota.

Quien sueña un sueño azul se desengaña
ante la oscura realidad, que incita
al agua negra y a la flor remota.

                    (De una carta personal)
 Greuze: La jarra rota

2)

Dánae


Mística, lujuriosa, y extasiada
en la contemplación del oro ardiente,
delirios bebe Dánae, que siente
sobre su piel la lluvia eyaculada.


Siente mil veces que una roja espada,
presa de una pasión incandescente,
atraviesa su carne transparente
y, al hacerlo, también el orbe horada.


Vorágines de esperma y de ceniza
sacuden sus entrañas, mientras suena
la furia de un celeste cataclismo.


Un resplandor el cosmos fertiliza
con músicas y estrellas; y se ordena
todo según la ley del erotismo.

                                  (De Bajo el signo de Eros)

Tiziano

3)
Son tantos, y algunos tan excelsos, los sonetos que se han escrito en castellano, desde que Boscán y Garcilaso adaptaran los de Petrarca, que han convertido esa estrofa en la más noble y exquisita, y la más difícil. Sin duda, ninguno como los de Lope, Góngora y Quevedo. Y son escasísimos los autores que no han escrito alguno, incluso cuando se impuso el verso libre; probablemente porque el soneto, además de un desafío, exige cuanto debe tener un poema: precisión, síntesis, sobriedad, profundidad, eliminación de la retórica. Cosas estas que el cómputo, el ritmo y la rima dislocan, conduciendo hasta el ripio, y que solo el buen poeta pule hasta convertir su voz en un diamante.

Este es una presurosa tentativa de vencer el desafío, tratando de detener en la cárcel de la estrofa la torrentera verbal sobre el tema también más tratado por la pluma y el más vívido en la vida, que es el amor, aquí concretado en la descripción de un rostro, torso, retrato a la manera de un pintor.
                  Una pintura verbal

               La párvula belleza de la rosa
               ha ascendido a tu rostro sonrosado
               mientras el albo lirio ha dibujado
               su blancura en tu frente luminosa.

               Qué fulminante luz la esplendorosa 
               claridad de tus ojos, qué dorado
               frenesí tu cabello, y qué encrespado
               enigma el de tu roja boca hermosa.

               Qué diré de tus hombros y tu pecho,
               almenas y esplendores que quisiera
               conquistar y arrasar beso tras beso.

               Qué batalla de amor habría en tu lecho
               si porque te amo tanto consiguiera
               hacerte prisionera y ser tu preso.

El texto va enumerando las bellezas físicas de la amada (rostro, frente, ojos, cabello, boca), atribuyéndoles la hermosura de los elementos de la naturaleza con los que se asocia entre hiperbólicas metáforas (rosa, lirio, luz, frenesí, enigma), galope enumerativo y pasional al que apunta el encabalgamiento del segundo cuarteto, deteniendo pudorosamente su retrato en los hombros y los pechos (almenasesplendores), y desatándose finalmente en el ensueño de un erotismo tan sugerido como en el límite de la explicitud de la copulación: lecho, arrasar beso tras beso, prisionera / preso. 

El poema no oculta su empaque clasicista, sino que lo exhibe, puesto que es un homenaje a los Siglos de Oro. Como él dice: "Ningún poema mío estará nunca en una antología esencial; ¿por qué no homenajear lúdicamente a los que sí lo están?".