Hay en la Biblioteca Virtual Cervantes una antología que recoge los hermosos y profundos poemas seleccionados por Antonio Gracia para El mausoleo y los pájaros (2012). Lamentablemente, no recoge poemas de sus obras más recientes, pero lo que he podido leer... ¡es muy bueno!
Del 87 (Los ojos de la metáfora) al 98 (Hacia la luz) hay un quiebre que se percibe existencial, ético, y por consiguiente, estético. La muerte ya no le suscita imágenes de desgarro y tortura, sino una conciencia más aguda de la vida en su insistencia, su vocación de permanencia en la cadena de los seres, su afirmación en el amor. En Libro de los anhelos (99) me conmueve esto (del poema "Revelación"):
"Dime: ¿De qué ha servido preguntar, / si la única respuesta es el silencio / y mientras preguntabas te morías? / ¿No era mejor sentir sin entender? / Siempre se nace tarde a la existencia. " Esa afirmación en la vida es el primer paso:ha descubierto su valor intrínseco, su magia antes que sus razones. Si todavía se siente "vida que fluye hacia la muerte", y como Manrique piensa que "solo somos lo que queda escrito", el último poema (al menos, entre los allí seleccionados), termina con estos versos magníficos: "Y en el útero añil de las galaxias / soy la semilla de la eternidad."
A partir de aquí va entrando en una dicción cada vez más clásica; vuelve la angustia frente a lo perecedero, pero ¡zas! me encuentro con "Hombre", y ahí ya está, ya cedió la noche a la alborada, ya encuentra la voz lírica su "claro en el bosque". Esto es maravilloso: "Naufraga la razón y el sortilegio / de la lógica muere. La materia / no explica la sustancia. El arrebato / que nos acecha y que nos transfigura / no es de sangre ni arcilla. El corazón / siente el fulgor, acepta lo sublime / queriendo retenerlo; y solo roza / esquirlas de belleza y plenitud. / Hay una grieta atávica por donde / la inmensidad azul emerge clara / y el cuarzo se convierte en un diamante / tallado en el cerebro. Esa alta cima / de los sentidos teje su albedrío / y fracasan ante él la inteligencia / y los asedios de la voluntad. "Qué trabajo el del encabalgamiento, que hace sentir tan fielmente la búsqueda y su objeto fugitivo.
Bueno, y aquí me quedo: voy despacio, como corresponde, porque la poesía no es para correr carreras sino para detenerse a meditar... en el claro del bosque.
Graciela Tomassini, Universidad Nacional de Rosario, Argentina
1.- Cuando me preguntan por qué escribo, o para qué, y cuestiones similares, solo se me ocurre decir que para encontrar mi nombre verdadero: para identificarme y librarme de mí.
El origen tal vez esté en que yo fui un niño triste y solitario que solo contaba sus indefensiones al papel y al lápiz, es decir -ahora lo sé-, a sí mismo -a mí mismo-, que era a su vez un otro que pudiera comprenderlo, abrazarlo, tal vez quererlo. Supongo que en buena medida sigue siendo aquel infante el que vive y escribe hoy y se mantiene lejos, sin interlocutores, dueño de su solitariedad, esclavo de ella. Esa es la verdadera razón de la palabra: hallar la identidad, buscar una razón para seguir viviendo como debiéramos ser y no solo como somos; disculpar al demiurgo que nos dio la existencia, aceptar la orfandad de nuestro ser, el sinsentido del vivir, amar nuestra precariedad bajo el triste infinito prometido: amarnos a nosotros mismos, que es la más ardua tarea. No es extraño que ahora recuerde que Mozart confesaba componer para que lo quisieran, y que García Márquez decía escribir con el mismo fin... Lo cierto es que solo he sentido cierta redención y sosiego las escasas veces que he escrito algo que me parecía digno y consideraba de validez universal.
2.- Las otras consideraciones sobre la escritura son racionalizaciones para entender o etiquetar el laberinto: éticas, poéticas, estéticas... Todo cuanto viene tras la escritura íntima y solitaria pertenece al oficio artesanal, necesario para que lo que se dice esté mejor dicho. Tras la escritura y publicatura de un libro llegan las poéticas a posteriori: lirismo, prosaísmo, hermetismo, sencillez... Y la repercusión social, el éxito o fracaso, y otras lindezas mundanales, son falsos resplandores que tal vez ayuden a la autoestima, aunque solo sean perspectivas analíticas.
Pero, como digo, el primer impulso -al menos para mí- es el del hallazgo del yo, su desentrañamiento, aunque se traten temas que en principio son o parecen tangenciales a esa búsqueda. Porque toda escritura -todo arte- es autobiografismo síquico. Supongo que lo mismo hace el lector, y yo como lector: leo para encontrar en los otros lo que mi yo necesita para reconocerse y construirse. Por eso quien más lectores tiene a lo largo de los siglos es aquel que aúna en sus textos los rasgos distintivos del ser humano. Y por eso el libro más cabal es el que el lector siente que ha sido escrito para él, aunque sepa que el autor lo escribió para sí mismo.
No es casualidad que mi dedicatoria durante años a quienes me la han pedido haya sido: "Para ti, que no sé quién eres, de mí, que no sé quién soy". Quien no escribe para sobrevivir íntimamente está muerto, o solo tiene la vida que los demás le prestan.
Hace mucho que la enseñanza tiene poco que ver con la educación. Solo se enseña a buscar un trabajo. Ya no se aprenden las materias troncales, las que educan como seres humanos y no solo como animales sociales que deben sobrevivir en la jungla del éxito y el fracaso. Y es una torpeza: los ministerios se dedican a intentar dar salida al exceso de población pero no a formar las mentes de sus individuos: y no cambia la sociedad si no ha cambiado el individuo, aunque los políticos se empeñen en lo contrario. Dan habilidades, no formación troncal e integral. No enseñan a capacitarse como personas, sino como trabajadores. No enseñan a pensar, sino a ejecutar órdenes robóticas. Frivolizan la vida y la rigen según el criterio economista. De modo que cuando acaba el horario de trabajo el trabajador siente el vacío porque se le han atrofiado sus cualidades sensitivas y no son capaces de disfrutar de un buen libro, una buena música... Entre la comida y la defecación solo encuentran el ocio del aburrimiento y el sinsentido.
El hombre necesita creer en algo. Alimenta su mente con el legado cultural que recibe de sus predecesores. Y con la coartada que tanta innúmera humanidad le confiere saca conclusiones y cree estar en posesión de la verdad.
Pocos se cuestionan los postulados de su herencia cultural. Convierten su aprendizaje en un criterio inamovible y todo lo juzgan según ese criterio, considerándolo un canon desde el que salvar o condenar a quienes lo siguen o lo alteran. Así, dividen a los demás en ortodoxos y heterodoxos, lógicos y absurdos.
Sin embargo, toda lógica es el resultado de una conclusión nacida de unas premisas consideradas válidas in aeternam. ¿Y quién no ha concluido ya que todo es mutable y que la realidad es otra apariencia real que modifica la que consideramos definitiva? Lo que desechamos por absurdo adquiere, a veces, con el devenir, su esencia de principio cósmico, de lógica inmutable, y aquello que admitimos como lógico inmutable muestra su transitoriedad como verdad absoluta.
De modo que la lógica es un edificio síquico y diacrónico construido con irracionalidades y elementos del absurdo sincrónico.
Por lo tanto: quien no ve inexorablemente que el único principio por el que regirse es la ausencia de un canon absoluto y definitivo -es decir: que lo absurdo es un prólogo y epílogo desechable de la lógica- jamás comenzará a entender. Y convertirá su vida y la de los demás en un caos.
Aunque también es verdad que, conociendo que es imposible comprenderlo todo y que aceptar que hay cosas incomprensibles ya es comprender, el más feliz es el que no se cuestiona lo impenetrable. Sin embargo, ¿quién desea esa clase de felicidad? La no aceptación de ese conformismo constituye la tragedia del ser humano y lo conduce al escepticismo como única fe: a la Filosofía, la Literatura, el Arte.
La historia de la mujer es la misma que la del hombre: la búsqueda de la libertad social e individual en un mundo adverso. Pero mientras el hombre se ha defendido de las hostilidades de la Naturaleza, la mujer ha tenido, además, como enemigos a los hombres. Buena cosa es que, ahora que hombres y mujeres empiezan a ser sólo personas en medio de una guerra de sexos a punto de extinguirse, la mujer se muestre más noble que el hombre y no devuelva las bofetadas recibidas, porque si no el feminismo sería, sin más, otro machismo. Y no es eso lo que pretendieron Mary Wollstonecraft ni Simone de Beauvoir, por ejemplo, ni, tampoco cuantas han luchado por los derechos humanos de todos los humanos, sea cual sea su condición.
Aunque el cerebro tiene sexo, está, también, sexualizado por la cultura o, mejor, la civilización milenaria, que fundamentó el concepto de sociedad en la ley de la fuerza —porque así lo exigía la agresión de la naturaleza—. Pero esta ley ya no tiene vigencia: ha sido derogada por la tecnología, además de por la ética de los derechos humanos. Por lo tanto, aceptada la igualdad de todos en lo que respecta a la dignidad, lo que debe imperar hoy es la sensibilidad, la inteligencia y la responsabilidad, vengan del cerebro que vengan, siempre que éste haya sido alimentado con los imprescindibles conocimientos, estudios, esfuerzos, deberes y derechos.
Muchas han sido las descalificaciones que ha sufrido la mujer. Eurípides la desterró a la cocina y al dormitorio: «Una mujer debiera ser útil para todo dentro de casa e inútil para todo fuera de ella». Alfonso el Sabio le prohibió el mundo laboral: «No es cosa honesta que la mujer tome oficio de varón». Chesterton la mutiló para la vida en igualdad social: «Tres cosas hay que la mujer jamás entenderá: libertad, igualdad, fraternidad». Unamuno, tan doméstico él, le escalpeló su capacidad intelectual: «El fin de la mujer es parir hombres, y para eso debe ser educada. Al hombre le basta con el cerebro». Otro él, más mundano y menos domesticado por el mundo, Oscar Wilde, ya había despreciado su intelecto: «Las mujeres están hechas para ser amadas, no para ser comprendidas». Tal vez por eso, Jack London sentenció que «de entre todas las especies animales, la humana es la única en la que el macho maltrata a su hembra». Quizá debamos quedarnos con el saber popular, que dicta —lo modifico para que sea válido tanto para hombres como para mujeres—: «No dudes de la inteligencia de tu cónyuge; piensa que se casó contigo».
Que la relación de mujeres determinantes de la historia sea mínima frente a la de los hombres es una consecuencia lógica de la relegación sufrida por la mujer. Pero por muy ligeramente que revisemos el pasado, enseguida encontramos nombres femeninos tan notables como los masculinos, en las ciencias y en las artes, lo que demuestra que la cantidad no es cuestión de capacidad, sino de postergación.
La primera gran novela de la historia fue escrita por una mujer, y también la segunda: Murasaki Shikibu y Sei Shonagon; ellas rubricaron una fórmula que los hombres han seguido. Este hecho semioculto no debe avergonzar ni vanagloriar a nadie. Safo es una de las más antiguas, y vigentes, poetas. Los nombres de las hermanas Brontë, Emily Dickinson, George Eliot, Jane Austen, Virginia Woolf… no desmerecen junto a Balzac o Dickens. Y si pasamos de la literatura a la pintura, ¿por qué no recordar a Mary Cassatt? Y si a la música, inmediatamente aparecen Hildegard von Bilgen o Clara Wieck —sacrificada, como fiel esposa de RobertSchumann, a difundir las obras de su marido—, que fue envidiada, como pianista, por el mismo Liszt y admirada, como compositora, por el mismísimo Brahms.
Si dejamos el arte y acudimos a otras ciencias: Marie Curie revolucionó la física hace un siglo, al descubrir el radio. Y tan fervientes estadistas fueron Cleopatra y Catalina la Grande como Julio César o Napoleón.
No estoy haciendo una nómina, ni siquiera un esbozo, sino mostrando que la intolerancia ha sido —y no debe seguir siendo— la gran encubridora de la verdad, y la fatal humilladora del ser humano. Que los otros (mujer, hombre, vecino, extranjero, creyente, incrédulo, blanco, azul…) tienen la misma dignidad que nosotros. Y que solo la pierde quien se la niega o quita a los demás.
Difícil tarea, pues, la de los gobernantes y legisladores, que deben cambiar la mentalidad de sus gobernados desde sus mismas raíces culturales; pero urgente trabajo: porque mientras la sociedad y el individuo no se conciencien de que la desigualdad social es, simple y terriblemente, el fatal resultado de una determinada manera de pensar que desemboca en la sumisión, la rebeldía y la violencia, y que estas (violencia, desigualdad) deben ser sancionadas y extirpadas, todos seremos cómplices de quienes asesinan a su pareja o maltratan a sus hijos.
Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto(1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro <Alegría> y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de Homero, La condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obra, Ensayos literarios, Apuntes sobre el amor, Miguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo y La construcción del poema. Mantiene el blogMientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Biblioteca Virtual.
La verdad de cada uno es lo que cada uno cree que es verdad. Y nada pueden los otros para demostrar lo contrario: porque a la razón egótica le repugna admitir su error e inventa causas para su contumacia. Solo dejamos de ser contumaces cuando sufrimos por ello: por eso solamente aceptamos nuestros propios consejos, los nacidos de nuestra propia experiencia; sin embargo, para entonces, cuánto daño nos hemos hecho, y cuánto tiempo hemos perdido, en esa inexcusable estupidez de un autoaprendizaje que no admite maestros. Como si aprender de los errores no fuese el primer paso en el camino del conocimiento.
Quien recuerde el soneto "La sandía", de Salvador Rueda, tal vez sentirá ahora, también, el encendido sabor, y su perfume, de la granada esplendorosa, su fulgor de colores al desgranarse en perlas o rubíes. También es probable que le estallen en la mente las sombras del "poeta de Orihuela", las octavas del Miguel Hernández de Perito en lunas, aquí sin rimas, pero endecasílabas y sin laberínticos gongorinismos, si bien con apostróficas imágenes y en cascada de enumeración caótica que se va cadenciosamente arromanzando, describiendo el disfrute ritual del fruto como si el bodegón del título se dibujase en los sentidos del descriptor sensual y debussyano del placer frutal y rojo. Placer tan intenso que acerca al degustador al orgasmo místico del sanjuaniano Cántico espiritual, confeso en el verso cursivo y el mosto de granadas gustaremos.
Miguel Ruiz Martínez es autor de varios libros sobre su amada tierra oriolana, sus campos y escritores. El lector tal vez le reproche que haya dejado la poesía como una labor secundaria entre sus ocupaciones.
Bodegón de las granadas Sobre la mesa, blanco, hay un mantel. Encima, una fuente verdiblanca muestra cuatro granadas ya maduras. Están de pie. Trabajadoras manos las cogieron del árbol. Cuidadosos dedos en terracota las plantaron. Frutas de otoño. Testas de astros rojos coronadas con puntas en zigzag. Colores encendidos, cutis tersos, tanto tiempo colgaron las granadas de las ramas pacientes y maternas. Rubores permanentes. Rutilantes ceras creadas por soles cotidianos. Ocres, rojos, de Rubens la paleta, mejillas sonrosadas de retratos de niños, de cupidos y aldeanas. Derechas van mis manos a coger, a tocar las granadas una a una. Sonríen las mejillas agraciadas. Tacto agradable sentirán las yemas de mis dedos. Esféricos planetas, luceros. Verticales hemisferios saludables. Sostengo los frutales pesos sobre los cuencos de mis manos. Colores granadinos y brillantes, llegan luces de todos los rincones, esferas que reflejan otros mundos de clarores en curvas superficies. Las ventanas se doblan, resplandecen en espejos convexos. Me retrato, mi cara solitaria está presente en las frutas erguidas en el plato. Odres, balaustres, cántaros, olores del néctar de los dioses. Se aglomera la saliva en mi lengua, esperando que rueden las cabezas coronadas tras tajos de cuchillos afilados. Rodarán bustos regios por el suelo y en el blanco mantel de la gris mesa los granos rojos aún serán más rojos. Espero que se abran las granadas por donde las heridas verticales y se cumpla del todo el sacrificio. Una lenta explosión, y misteriosa, abrirá ricos gajos desgajados por el ansioso impulso de mis dedos. Se rasgarán los velos interiores, llorarán los rubíes vegetales. Evoco las granadas ofrendadas por tantos escritores granadinos. Ricas frutas del campo y de la huerta, que dibujó con tanto amor, a lápiz, trazo a trazo, el poeta de Orihuela, recomendables, ricas, prietas, dulces, cabezas de frutales monarquías surgidas de humildes saladares. Pasarán de los gallos a mi mano los dulces granos quietos, arrancados de los tiernos cordones ombligales que unidos los tenían a la madre. Estallarán por dentro de mi boca, apetecibles bayas interiores, regando generosas las papilas. Y el mosto de granadas gustaremos. Se acuerdan de sus ramas las granadas, de los verdes colores herrumbrosos, de las hojas nacidas en la infancia, de las yemas brotadas de la mano de la luz, transparente primavera, bailando entre las gotas cristalinas en los haces, de nieblas que quedaron tumbadas a los pies de los granados. Del verde agrio, del verde ácido y fuerte al rojo de los pétalos de amores. Llegó el polen, el polvo enamorado, a estallidos, placer por el pistilo de flores que tejían sus coronas. Mundos redondos, lunas tan crecientes, primavera y verano, por la senda del dulzor colorado y las semillas. Ahora que el otoño se termina camino del invierno solitario, tienen ansia los frutos de la fuente de los huertos de árboles desnudos, de los troncos en filas ordenados, de las hojas mojadas por la lluvia, tumbadas en la tierra ya dormida, que se besan de amores con el barro. Sobre torneados tiestos, terracota enterrada desde hace tantos años, un alfarero, con paciencia y ocre, granadas dibujó con fuerte trazo. Granadas escondidas que esperaron, bajo el beso amoroso de la tierra, que manos inclinadas sobre el suelo los granos de su sueño despertaron.