Contemplo el horizonte, las montañas azules bajo el cielo del ocaso. A lo lejos el mar cuenta sus olas y las gaviotas trazan despedidas. Matorrales, guijarros, esperanzas en la quietud del páramo encendido. Alrededor, mientras la noche crece, yo me voy despidiendo de la vida. Quisiera haber vivido la epopeya de un héroe forjador de su utopía. Pero soy solo un hombre sin más armas que el sueño de sus versos: ellos son mis frágiles hazañas, pues traté de convertir en himno la elegía como un breve consuelo.
Vicente Luego, algunas de cuyas composiciones han aparecido en este blog, ha tenido la gentileza de convertir en canción este poema improvisado. Gracias.
Noche oscura del alma
Una mujer vestida de lujuria se derrama carnal como un espíritu
Creo que nunca he tenido muchas neuronas ágiles, aunque algunas tenía. Lo malo es que todas parecían disponerse como un ejército contra mí. Por eso casi me alegro de que me queden pocas. Antes sufría, por ejemplo, cuando debía acudir a un acto público como este -la presentación de un libro, la recepción de un premio, una conferencia...-. Mi organismo síquico se rebelaba contra el físico, provocándome diversos malestares fóbicos. Eso me pasa ahora mismo: creo que no voy a estar a la altura de las circunstancias. Por eso creé mis circunstancias: no comprometerme a más apariciones públicas.
Entonces por qué estoy aquí, se preguntarán vuesas mercedes. Pues no lo sé muy bien, diréles yo. Tal vez porque los retos son necios encuentros con uno mismo en los que siempre perdemos el miedo a lo que ya nunca vamos a hacer porque la existencia nos lo niega o impide. Y también, en este caso, porque yo inicié estos actos presenciales de poetas y relatores hace un cuarto de siglo, y por algún yoquesé más. Por ejemplo, que hace ya cuatro o cinco libros nuevos editados que han salido a pasear sin mí.
Así que, tras muchos rechazos, me puse a recolectar poemas para la ocasión. No tienen la factura de himno ni elegía, ni del himno en la elegía, aunque sigan siendo devastaciones, sueños. Todos debemos aceptar que la mente -y sus operaciones síquicas- es una tejedora de trayectos que empezamos hacia una cima que luego descendemos. Que somos más o menos sapiens hasta que la vida nos va convirtiendo en "presentes sucesiones de difunto", como anotó Quevedo. Que lo que parecen utopías devienen distopías y que "la muerte es el fin que hay en todo principio".
¿Son peores estos poemas que aquellos que me parecían dignos? Desde luego ni su presencia ni su ausencia alteran el mundo -porque no voy a mostrar ninguno-. Y eso es lo que debe tener un poema, cualquier arte o ciencia: debe alterar el mundo, o al menos a un individuo, dos, tres... Si no, la escritura ha sido un pasatiempo más que una comprensión del tiempo, de la vida, de la trascendencia. Que eso es lo que ocurre hoy: la trascendencia ha sido suplantada por la frivolidad. Y bien están el pasatiempo y la risa, pero no como solemne forma de vida, sino como entretenimiento del trabajo de vivir para mejorar el corazón y la muchedumbre.
Y me preguntarían vuesas mercedes -si no les hurtase yo la ocasión de que no me preguntaran lo que tal vez no sabría responder...
En fin: para no ser descortés les dejo aquí un verso que me regaló una fermosa musa:
Decidieron compartirlo todo hasta que la realidad cotidiana, que no entiende de sueños, vino a mostrarles su inexorable desengaño. Entonces lloraron, se separaron y volvieron a encontrarse muchas veces; encuentros que condujeron a otras sucesivas separaciones y reconciliaciones. Se despedían alegres y saciados y, sin saber por qué, quizá porque así son las cosas, al volver a encontrarse ya no estaban en el mismo lugar emocional: todo lo arrasa el tiempo con su furia.
Una noche decidieron compartir, ya que no les quedaba otra cosa que entregarse, una botella de un buen vino.
Por la escalera, él sentía deseos de apretarla contra sí y apoderarse de ella mientras ella se apoderaba de él, dejándose mutuamente vencer en la batalla mientras la ganaban. Pero, uno a uno, los escalones iban desapareciendo bajo sus pies sin que ningún cuerpo caminara hacia el otro.
El ascensor tampoco los abrazó ni los fundió carne con carne, aunque eso era lo que deseaban. Y conforme subían, los besos lamentaban quedarse entre los labios.
Al pasar junto a la habitación, que tanto había gemido dulcemente a través de sus ansias y sus cuerpos, temblaron las paredes, y los muros del mundo parecían romperse para impedir la eterna despedida. ¿Por qué no se abrevaban, uno en el otro, sus mutuos corazones y calmaban la sed de eternidad e instante? A lo lejos, el mar se abrazaba a las rocas como un ciclón obstinado en su herida. Una estrella cayó: caía más allá de la ventana.
Después de la botella volvieron a llorar. Y se escanciaron todos los diluvios.
¡Versos míos -y música y pintura-! No los que yo escribí, tan imprecisos, sino los que hice propios al leerlos, pues sus identidades transmutaron mi identidad en un ser ambicioso de la divinidad. ¿Dónde estáis, y por qué me abandonasteis? He hablado mil veces con los Clásicos; millones y millones de lectores han abrevado en ellos su conciencia; y aunque todos los libros se quemaran bastaría con que un lector urdiese un solo verso para revivirlos, pues todos somos ellos porque viven en nuestro corazón
y nuestra mente; y somos sus espejos.
La escritura -la música y pintura-
es la exposición sabia de un carácter.
Me he convertido en un extraño códice que anhela ser escrito por los dioses. Pero estos ya no existen y el hombre no será jamás un dios.