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domingo, 16 de noviembre de 2025

José Antonio Sáez: Identidad e intensidad en la poesía de Antonio Gracia

Bach: Suite nº 3

         IDENTIDAD E INTENSIDAD EN LA POESÍA DE ANTONIO GRACIA.



       Conocí personalmente a Antonio Gracia en Orihuela, iniciada la década de los 80. Era entonces un poeta que empezaba a publicar sus primeros libros con una personalidad manifiesta y, a pesar del carácter de búsqueda esencialmente existencial y pesimista de los mismos, además de la cierta complejidad psicológica que los impregnaba, se mostraba lleno de entusiasmo hacia la literatura; de manera que su vocación literaria era explícita y reconocible. 
        Desde los 3 ó 4 años vivió en Orihuela y estudió en el Colegio de Santo Domingo de esta ciudad, edificio que llegó a albergar la universidad literaria de Orihuela en el siglo XVIII. Allí cursó el bachillerato y luego realizó estudios de filología en Salamanca, hasta que se trasladó a Alicante para dedicarse profesionalmente a la docencia en enseñanza media. Tuve oportunidad de conocer, igualmente, algunas de sus primeras publicaciones en prosa, premiadas en el I concurso de cuentos “Gabriel Sijé” de 1973 y el Premio de novela corta “Gabriel Sijé” de 1980, con narraciones cuyos títulos fueron Un cuento llamado Elegía y Viaje. Algunos de sus primeros libros fueron reseñados por mí en periódicos locales o provinciales y llegué a colaborar en algún número de “Algaria 0”, la revista de poesía que fundó y dirigió en Alicante y a la que entregó muchos de sus mejores desvelos, si bien supe que habría de proporcionarle algunos sinsabores con algunos compañeros de aventura. También llegué a conocer por aquel entonces a su compañera, una inquieta y radiante muchacha que redactaba su memoria de licenciatura sobre el poeta panadero, amigo de Miguel Hernández, Carlos Fenoll. Fue la época que me llevó a tratar personal y epistolarmente a míticos poetas y escritores alicantinos, entre los que debo citar muy especialmente a Manuel Molina y a Vicente Ramos, de tan grata memoria para mí y a quienes conocí en la biblioteca “Gabriel Miró” de Alicante, con motivo de la redacción de mi memoria de licenciatura sobre la obra periodística de Ramón Sijé.  A todos nos unía el interés por la vida y la obra de Miguel Hernández y el grupo de escritores conocido por muchos como la generación de 1930 en Orihuela, seguidores de la estela dejada por el maestro Gabriel Miró, creador, junto a Azorín, de una suerte de estética levantina de aquella ciudad.
       Del mismo modo, leí con mucho interés su ensayo sobre el poeta republicano de Alcoy Pascual Pla y Beltrán, fallecido en el exilio (Pla y Beltrán: vida y obra, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1984), el cual me remitió y que reseñé.
       Pero pronto se sucedieron los largos años de silencio (Antonio Gracia contaba entonces 34 ó 35 años de edad) y nada o muy poco supe en ellos del poeta de Bigastro. Los comentaristas y críticos que se han ocupado de su obra hablan incluso de tres lustros de silencio literario que el poeta se habría impuesto a sí mismo: los que van desde Los ojos de la metáfora (1987, escrito en 1983) hasta Hacia la luz (1998) (Vid. Introducción de Luis Bagué Quílez a Fragmentos de inmensidad, Madrid, Devenir, 2009, p. 9). Así es que yo, hasta época bien reciente, apenas si conocía de él aquellos primeros libros que llegué a reseñar en alguna ocasión.
       Más he aquí, como digo, que en estos últimos años he comenzado de nuevo a seguir esporádicamente la trayectoria de este poeta alicantino. Leí algunos textos suyos, preferentemente ensayos críticos, en revistas literarias y culturales oriolanas, como “La Lucerna” y “Empireuma”, ambas dirigidas por José Luis Zerón, o incluso en algunas de otras provincias, como “Cuadernos del Matemático”, la excelente publicación de Getafe que conduce heroicamente Ezequías Blanco. En esos años de alejamiento creativo publicó también ensayos en las revistas “Canelobre”, “Ínsula” y otras. Muchos de ellos fueron recogidos en tres títulos: Miguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo, Ensayos literarios  y Apuntes sobre el amor… Pronto empezaron a llegarme algunos libros de lo que venía publicando en esta nueva etapa de su producción literaria, y en verdad que me sorprendieron por la intensa vena espiritual, para mí desconocida, que me parecía atisbar en aquellos nuevos textos, tan distintos de los inicios poéticos que yo había conocido hacía al menos dos décadas.
       El poeta alicantino recogió una significativa muestra de los libros de aquella etapa inicial de búsqueda, inquietud y zozobra personal en un volumen titulado Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), publicado en 1993, en edición del prestigioso crítico y profesor de la Universidad de Alicante, Ángel Luis Prieto de Paula. Era ésta una poesía que se adentraba en el camino de la autodestrucción a través del lenguaje poético y constituía una bajada a los infiernos, donde el mundo psíquico y el de los sueños tenían su espacio reconocible. A esa etapa de su producción literaria pertenecen títulos como La estatura del ansia, Palimpsesto, Los ojos de la metáfora o Iconografía del infierno, libros complejos que configuran, como digo, una época de búsqueda e indagación en la propia personalidad, de desasosiego e incertidumbre existencial y de cierta complejidad psicológica, entre otros aspectos destacables.
       Consciente el poeta de haber recorrido una segunda etapa en su trayectoria literaria, marcada “por la reconstrucción de un yo eglógico” y “de persecución del paraíso” recoge ahora un conjunto de textos de los poemarios que la constituyen bajo el título de Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), editado en 2009, volumen que, con una esclarecedora introducción de Luis Bagué Quílez, ha publicado el editor Juan Pastor en la colección “Devenir”. Se trata de libros que han merecido relevantes galardones en la poesía española de estos años: “Fernando Rielo”, “José Hierro <<Alegría>>”, “Paul Beckett” o el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana,  a través de títulos tan significativos como Hacia la luz (1998), verdadero intento de recuperar la palabra poética, Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004) o Devastaciones, sueños (2005); a los que habría de seguir La urdimbre luminosa (2007). 
        Estos poemarios representan siete años de creación literaria en la obra de Antonio Gracia y constituyen una tentativa luminosa que queda definida en el título El himno en la elegía (2002), el cual se sitúa en el ámbito del “voluntarismo positivista”, según consideración del propio poeta, que estima lo siguiente: “Todo autor debería ir jibarizando su obra conforme avanza, hasta dejar lo medular. Tal vez no acierte en algunas apreciaciones; pero la acumulación siempre contiene más errores”. Antonio Gracia partió de esta consideración para incluir los textos que se integran en  Fragmentos de inmensidad: la reformulación de lo ya escrito. Del mismo modo, tomó como premisa el título con el que nombró una de las partes de su libro Devastaciones, sueños (2005): “De la consolación por la poesía”, frente al caos del mundo, la decepción, el escepticismo, el dolor y la muerte.
       Concebido como un nuevo libro formado por poemas inéditos y editados, pero reescritos o renovados, Fragmentos de inmensidad es considerado por el propio autor como su segundo libro (Vid. “Antonio Gracia: Fragmentos de una poética”, introdución de Luis Bagué Quílez, p. 13). Su estética sigue siendo, según confesión propia, la que señalaba en uno de los libros de su primera etapa, Palimpsesto: “El autoplagio como reformulación de lo ya escrito”. En este punto cabe recordar la obsesión de Juan Ramón Jiménez por reescribir muchos de sus textos, incluso los ya editados; o la reescritura de Soledades por Antonio Machado en Soledades. Galerías. Otros poemas. Recursos a que no es ajena la obra de algunos autores de nuestro tiempo, quienes llegan a publicar varias versiones de un mismo poema e incluso libro, como es el caso del excelente poeta onubense Manuel Moya.
       Entiendo que los textos que aquí se recogen representan una suerte de conversión, de revelación, de vuelco o de quiebra en la poesía del alicantino. Algo, en efecto, se deja ver de aquel poeta juvenil; mas el cambio resulta bastante radical. Como nuevo Saulo caído del caballo, Antonio Gracia se nos revela como poeta de la intimidad luminosa y espacios interiores que propician el reencuentro consigo mismo a través de un flujo de conciencia desvelador; todo lo cual podría acercarlo a otras poéticas actuales como las de Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente o incluso a Antonio Colinas: “Un paisaje varado delante de mis ojos,/ un aroma de almendros, el tacto de la página/ mientras leo unos versos con lentitud serena/ o escribo unas palabras sobre la mansedumbre,/ la música de Bach constante y renacido,/ y algún recuerdo amable de lo que pudo ser/ es cuanto yo quisiera poseer de este mundo” (La Beatitud, p. 83). Poeta y hombre recuperados, convocados al encuentro con la palabra, a la lucha contra los límites del lenguaje. En ese proceso de recuperación de la armonía perdida, el poeta alicantino ha contado por supuesto con su propio instinto de supervivencia, pero también con el auxilio de la misma literatura, el erotismo, el arte, la música, la naturaleza…; la belleza en suma, hasta sentirse parte del universo y buscar la armonía con él, semilla y germen que transmuta y metamorfosea como manera de alcanzar la eternidad y vencer a la muerte: sin duda la gran obsesión humana. La literatura, la escritura, la naturaleza, el arte o la música se constituyen así en refugios para espantar la certeza de la muerte y hacer soportable la espera que ha de desembocar en su desenlace.
       Quien ha dejado dicho que escribir “es buscar la íntima identidad”, divide vida propia y escritura en dos tramos: uno autodestructivo, que se recoge en Fragmentos de identidad (1993); y otro reconstructivo, con una primera fase de cauterización compuesta por los tres libros publicados entre los años 1998 y 2001; y otra de eglogismo psíquico, integrada por los poemarios editados entre los años 2002 y 2004.  
    El libro que, como ocurre con buena parte de la obra de Antonio Gracia, está dedicado a Oniria, en referencia al sueño o al mundo de los sueños, está estructurado en cuatro partes o secciones que se identifican con el “Homo semens”, con textos de referencias erótico-amorosas, pues no en vano la pasión amorosa o el impulso erótico resultan antitéticos y negadores del thanatos; “Homo scriptor”, “Locus horribilis” y “Locus amoenus”, cuyo significado y trascendencia son puestos de relieve en el esclarecedor prólogo de Luis Bagué Quílez y que por lo general coinciden  con un sentimiento salvífico del yo del poeta en relación con la literatura y el ejercicio de escribir; la recuperación de ese yo a través de la naturaleza y en armonía con ésta, así como la integración del mismo en el universo. Psicoanálisis y tradición literaria se dan la mano en los textos de este poeta alicantino que no duda en recurrir a ciertos tópicos de la poesía clásica para renovarlos o hacerlos suyos, dotándolos de una singularidad específica relevante. Y es que el poeta se reconoce en esa tradición, es hijo suyo y en su bagaje histórico hunde sus raíces, se siente deudor de ella y no renuncia a su legado. Así es que por sus poemas reconocemos la clara impronta de Fray Luis de León, de Lope, de Quevedo y de Garcilaso muy especialmente; espejos donde se mira para trasmutarlos, pero que nunca son utilizados de forma mimética. Tampoco faltan las referencias a poetas contemporáneos de otras latitudes, entre las que resultan claramente identificables las de Cavafis, Hölderlin y Leopardi; así como las de los españoles Luis Cernuda y Francisco Brines: “Cuando sientas que el mundo te derrota,/ no intentes combatirlo./ Edifica un castillo en tu interior/ y cuelga terciopelos y templanza/ en sus muros. Dispón un fuego manso/ junto a la mesa de la biblioteca./ Mira al cielo brillar entre las llamas/ y los libros. Inúndate de luz/ en la frágil belleza de los cuadros./ Escucha el clavecín mientras tu pluma/ persigue en la escritura algún sosiego” (El secreto, p. 62).
           En la breve nota que cierra el volumen, titulada “Del autor al lector” el poeta deja constar lo siguiente: “Siempre he escrito para saber quién es Antonio Gracia, por qué vive, por qué debe morir, cómo hacer que la palabra le otorgue la vida que no tiene.
   Entiendo la poesía como la confidencia inexcusable de un corazón que busca luz y ha de nombrar –por conjurarlas- las tinieblas. Pues sabe el hombre que sucumbirá con él aquello que ama y quisiera salvar” (p. 103).
       Así veo yo el universo poético de este poeta alicantino, reflejado en Fragmentos de inmensidad que constituye una sustantiva muestra de su quehacer poético en la segunda etapa de su poesía, comprendida, como queda dicho, entre los años 1998 y 2004. Siete años que han aportado textos tan relevantes a su obra y a la poesía española de estas últimas décadas como los que aquí se dan cita. Una obra importante, sin duda,  y merecedora de toda la atención por parte del público lector y de la crítica.

                                                José Antonio SÁEZ.

   Antonio Gracia: Fragmentos de inmensidad (Poesía, 1998-2004), introducción de Luis Bagué Quílez, Madrid, Devenir Poesía 224, 2009, 109 pp.
 Noviembre 2009 EL FARO 5 Cultura/Poesía 

3621

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Raquel López Sánchez: EN NOMBRE DE LA LUZ, DE ANTONIO GRACIA

 DESASOSIEGO PERPETUO Y REDENCIÓN DEL ARTE

(SOBRE EN NOMBRE DE LA LUZ, DE ANTONIO GRACIA)


Raquel López Sánchez


Antonio Gracia, En nombre de la luz

Introducción de Ángel Luis Prieto de Paula

Madrid, Huerga y Fierro (col. Signos), 2023



Tras muchos años de silencio poético, de la desolación del hombre enfrentado a una muerte que concibe inaceptable y que culmina con el admirable libro Los ojos de la metáfora (1987), Antonio Gracia (Bigastro, Alicante, 1946) emergió nuevamente con Hacia la luz en 1998, inaugurando así una fértil y dilatada trayectoria poética que se extiende hasta nuestros días con En nombre de la luz (2023). La andadura lírica de Gracia, si no supone una aceptación absoluta de la tragedia en que la muerte convierte a la vida, sí implica “una cierta luminosidad de la mirada proveniente de los fogonazos que ayudan a vivir”: el arte, la música, la poesía…, pero “también la contemplación de un mundo exterior tan terrible a veces como a veces maravilloso, el amor, la solidaridad humana, la historia de la humanidad y una cierta comprensión filosófica que […] convierte la vida al menos en algo casi aceptable” (Bonmatí, 2023). Afirma en el prólogo Ángel Luis Prieto de Paula que el autor podría compartir, por edad y formación, “buena parte de los valores y la mitología sesentayochistas; sin embargo, su hipertrofia yoísta lo hace renuente a asumir su condición histórica”.

La potencial inflamación del yo tiene que ver con el desasosiego perpetuo ante los anaqueles de la existencia, que colma con la voz intertextual de otros autores. Gracia concibe la existencia como un fracaso, tan solo redimida por el arte y la belleza. La obra poética de Gracia, aduce Prieto de Paula, responde a dos períodos psíquicos de naturaleza desigual. Mientras que el primero de ellos se hace corresponder con el dominio del patetismo iconoclástico, el segundo se caracteriza por la serenidad del verso y la búsqueda insatisfecha de la felicidad que cede ante la aceptación de los límites. Gracia ha llevado a cabo la práctica de la evisceración de su intimidad en una obra lírica cuyo hilo de escritura y de publicación se asienta sobre la complejidad. Proliferan las composiciones que circulan de uno a otro libro y se pone en primer lugar la presencia del intertexto como una integración múltiple de otras voces, nombres diversos en los que se distribuye la voz del autor. El conjunto de su obra bien puede distinguirse de conformidad con dos momentos estéticos. Al primero de ellos corresponden los títulos La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980) y Los ojos de la metáfora (1987, pero concluido en 1983).

En los quince años que distan entre 1983 y 1998 predomina el silencio purgativo, si bien en 1993 vio la luz Fragmentos de identidad. Transcurridos los años de silencio, el segundo momento estético responde a la publicación de Hacia la luz (1998), un auténtico punto de inflexión en su trayectoria tras el que se suceden los libros casi con atropello. Libros fundamentales de este tramo son Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2003), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007), Fragmentos de inmensidad (2009), Hijos de Homero (2010), La condición mortal (2010), La muerte universal (2013), Bajo el signo de Eros (2013) y Lejos de toda furia (2015).

La primera parte de En nombre de la luz, bajo el título “En el origen”, aparece integrada por dos extensos poemas, “Argonautas del tiempo” y “La conquista del pálpito”. Cada uno de ellos cuenta con varias partes y suponen una representación subjetiva del desarrollo del mundo y del hombre con una extraordinaria potencia expresiva que es fruto de la emoción del poeta. En “Argonautas del tiempo”, el poeta aduce que “la vida es solo un viaje hacia la muerte” y que no canta a la luz, “sino a la lucha por conquistarla desde las tinieblas”. Este poema es una visión del principio fantasmático de la experiencia existencial, algo así como una conciencia despertándose de su amniosis. A pesar de la indeterminación ocasional, consecuencia del fracaso universal, Gracia se ocupa mediante recursos verbales de formular preguntas y de afirmarse en la fijación de realidades, en las cuales entra en comunión con los avatares de la existencia. En estos poemas, Gracia recupera sus inicios, principia de nuevo su particular andadura por los recovecos de su propia obra y plantea los tópicos fundamentales de la existencia, los arquetipos de lo real y las ideas transcendentales del mundo del hombre. Su discurso argumental relata la posibilidad de volver a comenzar con el propósito de afianzar cada paso y garantizar así el sentido de su existencia. El de Gracia se perpetúa como un viaje parapetado en el deseo de la trascendencia, “por los alrededores de la nada / hacia un todo infrangible y armonioso”. “¿Quién no ha sentido que es injusto un mundo / en el que el ansia de supervivencia / lucha constantemente contra / la conciencia de la mortalidad?”. He aquí que surge el poema, entre la sed de justicia y el ansia de supervivencia.

La segunda parte, integrada por un total de 43 poemas, se congrega bajo el epígrafe “Amanecer en la noche” y consigna la presencia de un dolor que se eterniza, un estado desesperanzado que arrastra al poeta a la pesadumbre de un universo utópico que aparece esbozado en su solo pensamiento. La aflicción del sujeto poético se rebela contra sí misma en un intento por abrazar la tristeza con el frescor de la esperanza. Su alma aparece entonces sosegada, mientras sus versos alcanzan una transformación casi mística: “Inmensa hermosura / aquí se muestra toda, y resplandece / clarísima luz pura, / que jamás anochece; / eterna primavera aquí florece”.

El tono narrativo cede a los remansos líricos en los que el poeta busca sentirse amado por los designios inescrutables del destino: “Ya nunca escribiré más epitafios / en la triste corteza de los árboles”; “Tal vez existan alas / que vuelen a la luz”. El poeta narra en sucesión el deseo de la esperanza, un destello que ilumina sus desazones advirtiéndole “que el sol y las criaturas continúan / amando y siendo amados, / y que ese hermoso bucle / de la creación no lo quebrantarán / agónicos lamentos y tristezas”. El alzamiento anímico retorna, sin embargo, al redil de la tristeza, pues “la vida es el lugar donde morimos” y “hay golpes en la vida / tan fuertes, yo no sé”. La intertextualidad vallejiana eleva el canto del poeta como un grito de auxilio. “El dolor es el que rige el mundo / desde el mismo momento en que aprendemos / que somos fugitivos de la muerte / y el nombre de la vida es agonía”. Por su parte, el sentimiento amoroso persiste en el fondo y en la forma de todos sus versos: “Y a pesar de las gárgolas y olvidos / sigue la luz brotando en nuestros ojos”; “Quien persigue la luz halla la luz”. Las formas de su erotismo se explicitan como un sentimiento espiritual y una elevación de la percepción amorosa, de tal modo que el deseo y el amor articulan una base que principia con la plenitud del instante y culmina con la fugacidad de la vida.

El sesgo contemplativo del amor comprende un breve reposo ante el que se impone, no obstante, el desasosiego perpetuo: “Por las mañanas siento la tristeza / del mundo”, y “vivir es solo / construir con las ruinas del pasado / un presente sereno, convertir / cualquier apocalipsis cenital / en una parusía cotidiana: / violar el sinsentido de la vida”. El Eros y el Thanatos se dan la mano en un flujo sembrado de dolor y penumbra que aspira a la superación del fatalismo. El poeta impone sobre la polifonía de la obra el registro de su propia voz autorial, que trasciende en consideraciones sobre la muerte, la vida, el amor, la salvación por el arte y la belleza. Eso sí, impera el regreso de Gracia al camino constante de su noche: “Nada existe que nunca se marchite: / la juventud, la rosa, la belleza, la vida / mueren y dejan solo el doliente recuerdo / de que fueron y somos fugaces apariencias / de eternidad, extrañas utopías”. “La pasión de vivir, el impulso feroz / por devorar el tiempo antes de que nos mate” se concretan en la plausible inmortalidad y plenitud de las obras creadas; así, el arte es cauce de redención para el desaliento voraz del espíritu: “Pero soy solo un hombre sin más armas / que el sueño de sus versos: ellos son / mis frágiles hazañas, pues traté / de convertir en himno la elegía / como un breve consuelo”.

El libro es rematado por “Tres palimpsestos” y “Una poética” en la que se fragua el autorreconocimiento del poeta, esto es, un intento de definición de su propia Poética o, lo que es lo mismo, de su propia vida: “Nací cuando necesité pensar para combatir la muerte. Pensar es ordenarnos en palabras”. El corolario de la obra, “La búsqueda de Oniria”, constituye una recapitulación donde el poeta expone su divisa: “oponer al tragicismo existencial la voluntad hímnica hasta convertir en himno la elegía”. El final de En nombre de la luz explicita las bases teóricas que mueven su escritura, delinea el perímetro de su universo intelectual y condensa la aventura interior que es la trayectoria poética de Gracia, un recorrido existencial que lo convierte de receptor sufriente a emisor actante de alegrías. Se trata de un proceso de maduración que registra la experiencia particular de vida en perpetuo diálogo con el curso de la historia. En definitiva, En nombre de la luz lo conforman cuatro partes que funcionan de forma autónoma y que pretenden complementarse y enriquecerse, significándose al cabo como un tratado que es refundición semántica de toda su obra.

La hipótesis inicial de Gracia se ve cumplida, pues toda creación entraña un palimpsesto y la originalidad no es sino una reescritura. La historia misma de la Cultura, ese universo de universos, debe entenderse como un palimpsesto en el que se sucede la actualización de los mismos hechos en busca de una verdad definitiva que, a fuerza de constantes actualizaciones, resulta inexistente. El postrer libro de Gracia, así pues, no configura solamente un libro de poemas, sino que se consagra como un ensayo poético sobre la poesía en cuanto vida y, en este sentido, como un periplo ascendente que va desde el tedio de la vida hasta el conato de impulso vitalista. El resultado de este “escribivir” es un viaje hacia dentro, es decir, hacia los pulsos que integran su propio ejercicio de creación poética, hacia las grandes temáticas que obsesionan al poeta y que renuevan la mitología de su escritura conformando la propia identidad de la Poesía como una autobiografía psíquica.

El discurso narrativo de Gracia en este corolario se sucede en interrogantes acerca del estatuto mismo de la poesía; de este modo se cuestiona el poeta qué cosa sea la que convierte al poema “en un ente consolatorio, salvador y perdurable”; “Qué cosa sea la que nos atrae, convence, seduce o hechiza de un texto”. No son pocas las preguntas y tampoco lo son las posibles respuestas encubiertas. Acaso la premisa más importante sea que el poema atienda directamente a lo esencial humano con la voluntad del hombre de quedar entre los vivos mientras la muerte sigue acechando rampante. Al fin, sin desprenderse de cierto tono confesional, los poemas de Gracia implican el descubrimiento de la luz íntima; como él mismo aduce, “que el locus amoenus solo existe en un lugar llamado corazón”. Su pretensión de verbalizar es un asedio contra el fatalismo existencial: “Yo no canto a la luz, sino a la lucha / por conquistarla desde las tinieblas”, versos que concentran la idea sustantiva de la existencialidad de Gracia.




domingo, 14 de noviembre de 2021

Ángel Luis Prieto de Paula: La poesía española de la II República a la Transición.

Presentación del libro

Intervienen

Helena Establier, profesora UA Alicante

Luis T. Bonmatí, escritor

A. L. Prieto de Paula, autor del libro

Sede UA Ciudad de Alicante

16 noviembre

20 horas

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La poesía del XX

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o bien

El Cuaderno

Ángel Luis Prieto de Paula: 

La poesía española de la II República a la Transición.

Universidad de Alicante, 2021

844 páginas

ISBN: 978-84-9717-746-7
Es tal la cantidad de seudocultura que la cultura acumula en su camino hacia el Progreso que son necesarios muchos filtros para que solo quede la digna de ser tenida en cuenta. En el caso de la poesía, solo un buen conocedor de la misma puede diagnosticar la redimible y la condenable. Labor previa es esta a la de la elaboración de un libro en el que darle al lector una linealidad razonada de los movimientos poéticos -y sus autores- surgidos durante un determinado periodo.
    En el libro que anoto, el autor ha tenido que salvar las dificultades que implica todo conjunto compendioso y reflector del tiempo acotado. Contestarse por ejemplo a ¿Qué criterio seguir? ¿Ser historicista, preferir la cantidad, aunque sobre algún nombrado, o la calidad aunque falte alguien nombrable? ¿Ser más acumulativo que selectivo, evitar la enumeración caótica de autores que probablemente no se seleccionarían si no se tratase de evidenciar lo que hay y solo se pretendiese mostrar lo que queda de lo que fue? ¿Enumerar movimientos, estéticas y nombres o seleccionar vigencias? ¿Cabalgar sobre el tiempo diseccionando sus paisajes líricos en sucesividad cronológica o, como un guadiana que emerge y desemerge, anclar en todos los puertos que baña el manantial? 
    Con la mirada sabia que le otorga el haber dedicado sendos libros a estudiar la poesía de los siglos anteriores, el profesor Ángel Luis Prieto de Paula nos ofrece todo eso, y más, en "La poesía española de la II República a la Transición", denso y extenso volumen publicado por la Universidad de Alicante. En tan enjundioso libro Prieto de Paula aúna el criterio de la convergencia y el de la divergencia, ofrece conceptos, poéticas, autores, obras... interconectado todo ello de tal modo que el detenimiento en un nombre propio se completa con presencias de este al hablar de otros con los que mantuvo algún tipo de relación grupal, poética, coetánea..., fundiéndose así los diferentes aspectos en un totum no revolutum sino enlazador, y en un tiempo que, cuando es necesario, avanza o retrocede en lo conjuntual tanto como en lo unipersonal para que el retrato de época e individuo sea certero, complementado y no sesgado. 
    Todo estudioso debe seleccionar, amputar, preservar la palabra que ha ido pergeñando el presente de cada época y permanece como vigencia enriquecedora, subordinando el esplendor o derrota sincrónicos al criterio diacrónico: debe, pues, redimir o enviar al ostracismo a cuantos mantiene la inercia crítica o no fueron reconocidos por ella. Porque La Historia de la poesía, o del arte, no es la relación de sus autores o sus obras, sino la recopilación de unas pocas de estas seleccionadas por el criterio de la sensatez: la imprescindibilidad: aquellas que mostraríamos a un alienígena que quisiera conocer el corazón y el intelecto humano: las que dejarían incompleto al hombre si la neurona diacrónica las amputase. 
    En su estudio, Prieto de Paula se convierte en cicerone y demiurgo de la ingente labor versificatoria de las múltiples orientaciones estéticas, nadando, sin naufragio, en tan proceloso mar. Basta leer el extenso Índice Onomástico para otear lo multiforme y enjundioso de la contemplación. Cada poeta es catalogado y no enclaustrado en una estética o un tiempo, juzgado y enjuiciado, pero no ajusticiado; aunque, lógicamente, se sospechen las preferencias, nunca caprichudas. Tan acertado me parece el viaje, y sus singladuras, que me apresuro a calificarlo de manual de referencia, de texto canónico sobre esas largas décadas del siglo XX. Todo ello por su complementariedad y ordenamiento, su encadenación de autores y obras y su muestrario finalmente selectivo -tal vez generoso y benévolo en exceso- de lo que fue la poesía en el pasado siglo. Es un catálogo razonado de nombres, una urdimbre de los mismos y un enjuiciamiento finiquitatorio. Un texto que nace con vocación de ser referente de las próximas miradas al siglo XX y sus continuaciones.

(*) Ángel Luis Prieto de Paula: La poesía española de la II República a la Transición. Universidad de Alicante, 2021 - 844 páginas


sábado, 29 de abril de 2017

Luis Bagué Quílez: La construcción del poema

Escribivir

UNA AUTOBIOGRAFÍA INTELECTUAL

La construcción del poema es un libro inclasificable en el que Antonio Gracia nos invita a entrar en su taller creativo y a conocer sus lecturas de cabecera.

Luis Bagué Quílez

La construcción del poema
Antonio Gracia
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
235 páginas. 10 euros

La construcción del poema quizá sea la obra más autobiográfica de Antonio Gracia, y no se trata de una boutade. En efecto, no es este un ensayo filológico al uso ni una recopilación de artículos eruditos, sino algo que encaja perfectamente con la concepción que su autor tiene del acto creativo: una autobiografía intelectual que nos permite acceder a la biblioteca mental o al “taller del hechicero” (por decirlo con palabras de Aníbal Núñez) donde se fragua la inspiración lírica. Por eso el título del volumen no nos habla de la obra acabada, sino del proceso de escritura, del work in progress o del camino de perfección. 
     Si hay una preocupación constante en la trayectoria de Antonio Gracia, esa es la voluntad de permanencia, que se articula en torno a dos ejes: “el canto a lo que se desea perdurable y el llanto por la mortalidad”. El himno y la elegía (o, mejor, el himno en la elegía, según la afortunada acuñación del poeta) son los protagonistas de este libro, distribuido en tres partes. La primera sección refleja la inmutabilidad de los temas eternos y las transmutaciones metafóricas con las que distintos autores han conseguido dotar de nueva vida a los inquilinos de esa fosa común que llamamos “tópicos literarios”. Del manantial del romancero a los sonetos de Quevedo, del cortesano Garcilaso al urbanita José Agustín Goytisolo, de César Vallejo a un tal Torres con hechuras de apócrifo, el autor se pregunta sobre algunas cuestiones palpitantes: los límites de la inspiración; la idoneidad entre expresión y contenido; la plasmación del dolorido sentir, de la caducidad de la belleza o de la carnalidad exultante; y, en fin, las consecuencias verbales en las que desemboca la causa humana. Al tiempo que destaca los logros, Antonio Gracia no soslaya los yerros −de pensamiento, palabra, obra u omisión− en los que suelen incurrir los poetas de recetario y aquellos otros que anteponen un credo dogmático a la autenticidad artística o emotiva. Bajo los signos alternativos de Eros y Tánatos, La construcción del poema somatiza en sus páginas un mal de siècle (de cualquier siècle) del que acaso solo nos redima el consuelo catártico de la escritura. Entre píldoras aforísticas y máximas lapidarias, Gracia entrega un tratado sobre la belleza, a la que define como “el único paraíso en este mundo” o “el único fruto semántico que ningún darwinismo estético podrá jamás corromper”.
     Menos fragmentaria, la segunda sección del libro se asoma a algunos problemas temáticos, genéricos o autoriales. Se enhebran aquí asuntos en apariencia dispares, pero en el fondo próximos, como la construcción literaria del mito de don Juan, resultado de la aleación entre la palabra y la sensualidad; las ideas fundacionales del romanticismo, destiladas a partir de la reciente antología crítica publicada por Ángel L. Prieto de Paula; la solidaridad recíproca entre amor y trascendencia en Miguel Hernández; las contradicciones ético-estéticas de Juan Gil-Albert; la arquitectura narrativa del cuento borgiano; las sucesivas identidades líricas de Félix Grande; o unas jugosas notas sobre el haiku en particular y el arte breve en general.
     Por último, los textos del tercer apartado difuminan las fronteras entre la pedagogía y la ontología. La exhortación al cultivo de la lectura como senda para alcanzar el conocimiento y la condensación de la experiencia acerca de la enseñanza de la literatura nos invitan a perdernos en el arte, ese jardín de senderos que se bifurcan. 
     Declaración irrestricta de amor a la palabra, balance contable de deudas literarias y lección de cosas, La construcción del poema nos permite ratificar algo que un bardo inglés intuyó hace poco más de cuatro siglos: que “estamos hechos de la misma materia que los sueños”. 
                                                                 Arte y Letras. 27-IV-2017

martes, 20 de octubre de 2015

José Luis Zerón: Sobre "Lejos de toda furia"

LA GALLA CIENCIA


jueves, 8 de octubre de 2015


LEJOS DE TODA FURIA
Antonio Gracia
Editorial Devenir. Madrid, 2015


Antonio Gracia reúne en este poemario una serie de obras de arte con las cuales se identifica y dialoga con ellas. No se trata de una mera descripción o interpretación de las obras escogidas, no es eso lo que persigue Antonio Gracia, lo que nos transmite son las reflexiones y emociones que siente cuando las contempla, con un lenguaje que armoniza representación y símbolo. Los poemas reunidos en este volumen componen la pinacoteca mental del autor. El libro está dividido en cuatro secciones. En la primera parte, titulada Del arte redentor, asoma esa constante en los últimos libros de Gracia: la fusión del himno y la elegía, también la obsesión por el paso del tiempo y el sentido de la existencia. De esta primera sección destacaría EN EL FULGOR DE LA NOCHE (Rembrantd: Ronda nocturna), NOCHE ESTRELLADA (Van Gogh) LA MARAVILLA (Altamira, Lascaux/ Esbozos para la Capilla Sixtina), LA INVASIÓN DEL SINÁNTROPO (Guillermo Bellod), LA  FÚNEBRE ARMONÍA (El Bosco: El jardín de las delicias) y SI MUERO ANTES DE DESPERTAR (Millais: Ofelia).
          En la segunda sección, De Amore, cobra protagonismo otro de los temas recurrentes en la poesía de Antonio Gracia: la belleza y un erotismo no exento de agonía. Destaco de este conjunto dos poemas conmovedores: LA BELLEZA DEL CUERPO (Velázquez: Cristo; Goya: La maja desnuda), ILUSTRACIÓN DEL ORGASMO (Bernini: Teresa de Jesús) y ORIGINALIDAD ENCADENADA.
           La tercera parte lleva por título Bagatelas y reúne un conjunto de semblanzas de escritores y músicos. Destaco OPUS 125 (Stieler: Retrato de Beethoven) y el soneto dedicado a Lope RETRATO DE LOPE DE VEGA  (Caxés?). El autor  también homenajea a dos de sus amigos: LITURGIA DEL POEMA (Para A.L. Prieto de Paula) y DIVERTIMENTO ALEDIANO (PP Aledo).
          En la cuarta, Sobre las sombras, prevalece el escepticismo y la melancolía. El título es significativo y responde al deseo del autor de renunciar al apasionamiento, al furor poético y alcanzar la serenidad y el equilibrio reflejado en su poética última, donde trata de imponerse una voz vitalista y luminosa. Leemos en ONIRIA.COM (Fotomatón: autorretrato): 

He vuelto a sembrar luz sobre mi corazón.
Las semillas arraigan. Reflorece la vida.
La primavera invade mi corazón helado. 

En CANTICUS HÍMNICO (Durero): 

Canto al hombre que eleva su brazo y vuelve a alzar
la antorcha de la vida allí donde hay cenizas
que le ocultan el sol, y planta un nuevo día
cada vez que el ocaso quiere imponer su noche. 

Y en AÚN: 

Porque sabes que el mundo ya no espera
de ti sino tu muerte, dale vida.
Haz de esa sinrazón una razón
para seguir viviendo y crea 
esos mundos que el mundo no conoce
y no conocerá
sin  ti. 

        Pero la jovialidad no es alcanzada plenamente, y a veces la voz poética naufraga en procelosos abismos para los que no hay nombre posible: Leemos en EL NAUGRAGIO INTERIOR (Carmen Muñoz: Esperpenteando): 

El alma se pregunta 
qué forma tienen el pensamiento y surgen
monstruos, dédalos, gritos
desde el íntimo infierno
en el que, sin saberlo, nos hemos convertido.
El dolor duele más
cuando no tiene nombre. 

          En este, como en los últimos libros del autor, está muy presente el conflicto entre la vitalidad y la pulsión tanática, la sencillez y la complejidad, el optimismo y el pesimismo, la reflexión puramente racional y la zambullida sensorial. En el último bloque se aprecia mayormente ese equilibrio de contrarios, tan propio de Antonio Gracia, entre la oscuridad, con sus crepúsculos, noches, ruinas, cenizas, devastaciones y abismos, y la luz como plenitud amorosa y manantial de belleza; en suma, entre  la vida “como un prodigio inescrutable” y la muerte en su doble vertiente destructiva y salvífica. Al mismo tiempo hay una alternancia de la esperanza, de la búsqueda de la paz y el pleno ensalzamiento de la naturaleza -“esa naturaleza que da vida”- y el extravío, la incertidumbre y la melancolía. Si bien, la mayoría de écfrasis que constituyen la última sección del libro aluden a un pesimismo no resuelto: RUINAS (Klimnt: las tres edades), LOS MUERTOS Böcklin: La isla de los muertos. MELANCOLÍA (Hopper: Noctámbulos. EL INDEFENSO (Fotomatón: retrato)… 
          Dice en el valioso prólogo Ángel Luis Luján: “La contención domina el libro, el afanoso trabajo de artesano del verso, la colocación exacta de todos los elementos poemáticos como si de la mano de un orfebre de la palabra se tratara, adelantando en cada línea una obra maestra, un universo completo. El resultado no es un brillo frío, sino que de esa maestría, como de la perfección de la estatua de Pigmalión, surge la vida y la emoción del poema”. Y en efecto, aunque el mismo autor deje patente en el título del libro su  renuncia al furor y su querencia por el análisis profundo, en ningún momento decae la intensidad lírica de los poemas que lo conforman, alcanzando, como señala Luján, “la serena pasión”.  También en los versos pulcros y calculados de este libro asoma el gusto de Antonio Gracia por los juegos de palabras y las  paradojas -no exentos de rebeldía lúdica- y su tendencia a inventar neologismos. La poesía de Gracia es cada vez más  luminosa, equilibrada y serena pero no tan solar como querría el autor. Aunque haya renunciado a la furia y abrazado la emoción serena, le siguen torturando temas de sus primeros libros como la muerte, la crueldad, el alegato sicalíptico, la rebeldía contra un dios ajeno a su creación y el anhelo de perduración del hombre perdido en un universo condenado a la caducidad. Los dos poemas finales, y los más extensos, no sé si situados estratégicamente de manera deliberada a modo de epílogo, resumen no solo el contenido del libro, sino también la sólida poética del autor. Estos son LA BÚSQUEDA DEL DIOS (El ÍNTIMO ALIENÍGENA) (El Cristo de Dalí) y MADRIGAL PARA EL FIN DE LOS TIEMPOS (telescopio Huble).
          En resumidas cuentas: Antonio Gracia verifica su camino hacia la luz emprendido hace años en una tensión constante entre la inteligencia y las turbaciones del espíritu y deja atrás el furor autodestructivo. 
                                            Leer original:

El sueño de la pluma:
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martes, 8 de septiembre de 2015

Gregorio Muelas Bermúdez: El himno en la elegía

El ojo crítico

El himno en la elegía
Antonio Gracia
Algaida Editores, Sevilla.


Tras lustros de silencio, el poeta alicantino Antonio Gracia volvió con inusitada fuerza a la palestra con Hacia la luz en 1998 y desde entonces no ha dejado de publicar periódicamente y cosechar importantes premios: Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior, Premio Fundación Fernando Rielo en 2002, El himno en la elegía, VI Premio de Poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander en 2002, Una elevada senda, premio Paul Beckett de la Fundación Valparaíso en 2004, Devastaciones, sueños, XII Premio de Poesía “José de Espronceda” de Almendralejo en 2005, La urdimbre luminosa, Premio de la Crítica Valenciana en 2008, y más recientemente Hijos de Homero, II Certamen de Poesía José Verón Gormaz de Calatayud en 2009, La condición mortal (2010) y La muerte universal (Cosmoagonías) (2012), además de las antologías Fragmentos de identidad, Fragmentos de inmensidad, El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños.
     El poemario que nos ocupa, El himno en la elegía, se abre con un prólogo explicativo de Ángel L. Prieto de Paula, donde hace un sucinto recorrido por la obra del autor desde sus inicios con La estatura del ansia (1975) hasta su resurrección como poeta público tras un largo período de silencio. El poemario se divide en tres partes sin más título que el número que los ordena, en total veintisiete poemas con un ritmo que raya la perfección y el empleo mayoritario del verso endecasílabo y heptasílabo de rima libre, seguido del alejandrino.
     Amanece en la sombra ("Causa"), así comienza esta indagación metafísica sobre la condición del hombre y su posición en la naturaleza. En esta primera parte es el anhelo de eternidad, que a menudo se trueca en dolor y muerte, el que sobrevuela unos versos armonizados por la constante referencia a la naturaleza como marco del deseo insatisfecho, pero también de la dicha plena. Sin embargo, se advierte un elevado tono de melancolía, así la oscura realidad acaba convirtiéndose en ese paisaje que el poeta ve, un mundo donde fluye la materia inerte que en verdad somos; no obstante existe un paraíso que, aunque leve, alivia la desolación a través de la pasión por la escritura, como si la palabra escrita fuera el único asidero posible para trascender los límites que impone la nada para seguir siendo. Las estrellas y la luna delatan la nocturnidad del alma de un poeta que busca el sosiego en la contemplación que alboroza el corazón y calma la melancolía.
     En la segunda parte, la noche es el marco donde la belleza emerge y se disipa, dejándonos tras el éxtasis inicial el tormento por querer poseerla; es por ello que el hombre busca desde tiempos inmemoriales (hace un millón de años…) la luz que haga de la soledad meditación profunda, de nuevo la naturaleza adquiere un protagonismo capital como telón de fondo donde se desarrolla el drama de la existencia, un drama, sin embargo, donde aún tienen cabida el himno, el renacer y la alegría.
     La tercera parte es la más breve pero también la más densa y cosmológica; en apenas seis poemas Antonio Gracia consigue el milagro de iluminar la noche y el universo con el fuego de la conciencia, de ahí la “oscuridad fulgente” y la sombra luminosa, ese espacio donde es posible el paraíso, donde la muerte no es la nada.
     Himno y elegía se reparten a partes iguales unos versos que tratan de conjurar la soledad a través de la magia de las bellas palabras; así es la vida, alegría y dolor, y en este caso tragicomedia de Antonio por su arte y Gracia.
                                                  Gregorio Muelas Bermúdez
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