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martes, 28 de febrero de 2017

Sin libros no hay paraísos

Verdi: Dies irae

La importancia del libro puede deducirse de lo que supuso Gutenberg con su imprenta: un cambio en la interpretación del mundo desde una conciencia culta. La lectura de otras opiniones razonadas llevó al destierro de la ignorancia, la tiranía del pensamiento y la superstición como fuente de la conducta. Propició el Humanismo de Erasmo y la Reforma de Lutero.
     Estos movimientos mostraron, junto con la visión de Copérnico, que no es un Dios Equilibrista sino el hombre -su curiosidad inteligente y metafísica- el demiurgo de todas las cosas; que solo el hombre recto y ético es capaz de ordenar los renglones aparentemente desordenados de la Naturaleza, además de poner orden -evitar toda corrupción- en esa sociedad por la que transitaba Diógenes con su linterna buscando un hombre justo. Cuántos diógenes hacen falta en la España -en el mundo- de hoy.
     Pero el mundo sigue como un tren imparable y cada pasajero se ha acomodado a su asiento: los buenos aceptando su destino y tratando de conversar noblemente con los otros viajeros; los malos aprovechándose de las buenas intenciones de los otros. Porque, tercamente, el único libro que se lee es el  titulado Recetario para ser el mejor caiga quien caiga
     Hasta que cae, también, arrastrado por la catástrofe social, el hombre ético.
     Qué bien comprendo a Larra cuando se dio un pistoletazo porque se sabía impotente ante la muchedumbre de su tiempo.



lunes, 27 de febrero de 2017

Del autor, no del lector

Deja pasar unos segundos...

Muchos juicios se emiten sobre una obra sin atender a que son solo opiniones y no sanciones. El crítico suele menospreciar la reflexión del autor sobre su propia creación -tal vez porque los comentaristas siguen creyendo en las musa-raña-s musarañeras-. 
     Sin embargo, nadie conoce una obra mejor que su autor, por tantas veces revisada, corregida, tallada. Reconozco que yo -lo he dicho muchas veces- no sé qué palabra viene tras la primera que he escrito y que ha venido de no sé desde dónde: es como si cada una fuera un camino desconocido para la siguiente. Pero también es verdad que ese texto es luego impugnado, tachado, desprovisto de lo que fue producto de la prisa dictiva y completado con lo que no contenía y era imprescindible. 
     Es cierto que ante un cuadro, un poema, una sinfonía no es fácil distinguir entre lo que nos comunica y lo que nos autocomunicamos partiendo de ellos: si nos dicen o les decimos. Y verdad es igualmente que el autor no acierta del todo porque el texto suele independizarse de la voluntad de la pluma: aunque siempre se equivoca menos que cualquier otro lector o estudioso, que rara vez leen al margen de sus intereses estéticos.      La solución no es difícil: basta con expresarse, por muy profundo que sea el contenido, con claridad y no con hermetismo trabaléngüico o confusión semántica. Que una cosa es la probable complejidad y riqueza del texto escrito y otra la libérrima subjetividad de quien lo lee.
     

domingo, 26 de febrero de 2017

La bienquerencia

Rachmaninov: Variación nº 18 sobre un tema de paganini

En el mundo hay manipuladores y manipulados porque todos somos elásticos y maleables. Y es buena esa condición de nuestra conducta, y aun de nuestro carácter. Lo malo es cuando una frágil personalidad se deja extorsionar por el manipulador: entonces tememos que quien desea aconsejarnos para bien también nos quiera hacer esclavos de su manipulación.  
     Las cosas no ocurren en el mundo: suceden en nuestra mente: son como las percibimos. Si quien amó mucho sufrió igualmente mucho, se negará a amar de nuevo y dirá que todos los hombres, o mujeres, son igualmente detestables. Por el contrario, quien fue feliz amando sentirá que todos los seres humanos son maravillosos. Naturalmente, ni una ni otra cosa son ciertas: hay buena y mala gente, y toda buenamente o malamente egoísta. 
     El egoísmo tiene mala prensa porque conlleva el desinterés por los demás. Pero si todos fuésemos buenamente egoístas querríamos lo mejor para nosotros y, por lo tanto, para todos: porque, en buena medida, cada uno somos lo que piensan de nosotros, y nadie en su sano juicio quiere ser malquerido; de modo que todos daríamos lo mejor de nosotros mismos para que, siguiendo el impulso de reciprocidad, cuanto recibiésemos fuese lo mejor.


jueves, 23 de febrero de 2017

La dádiva del amor

Para encontrar tu nombre

     Amar es desear el bien del ser amado y, con él, el propio bien. Es el único egoísmo justificable porque implica un bienestar ajeno, además de que cuanto mayor es el amor más noble y grande es la mutua generosidad de los amantes. El amor es el yo más solidario que se pueda encontrar: ama por naturaleza, no por interés; y recibe mayor felicidad cuanta más felicidad da. 
     Aquellos que aman y no luchan por vencer a quienes les hacen la competencia parecen gritar que no les importa perder al ser amado, pues su falta de lucha proclama su escaso interés o su cobardía para defender lo que desean. 
     Hay quienes saben aliviar el sufrimiento ajeno, aun a costa del propio, y hay quienes no saben acrecentar la alegría de los demás. La causa es adivinable: aliviar el mal siempre supone una victoria, no aumentar el bien parece una derrota; quien se toma la vida como una competición teme el fracaso y su temor le impide triunfar: gozar de su triunfo y donárselo a aquellos que ama. 
     Quien ama de verdad no tiene miedo al fracaso; y si lo teme lo vence porque prefiere alegrar a quien ama con el amor que le otorga. Así que, comoquiera que se mire, el amor es el único gigante parecido a un dios que existe sobre la Tierra.


miércoles, 22 de febrero de 2017

El libro de Teluria (IV)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

Una excavación litúrgica en el horizonte patagónico ha dejado al descubierto las ruinas de un monasterio regido al parecer, in illo tempore, por el Arzobispo de Constantinopla, y en él un cofrecillo con diademas y textos. Por ellos parece colegirse que tanto Los versos de Trovadorius como El libro de Teluria no son solamente dos series de poemas que se corresponden y parlamentan de un amor entre dos amantes concretos. Causa dan para pensar que, más allá de su contenido autobiografista, son un intento de convertir en icono la historia del amor universal: la tentativa de reflejar el enamoramiento anhelado e imposible de toda mujer y todo hombre. Lo que todo autor quisiera alcanzar con su obra: unos Adán y Eva no expulsados del paraíso erótico.
     Algunos mestureros afirman que soy yo el autor de estos versos, y aun de los de Trovadorius, recurriendo al fácil tópico del manuscrito ajeno encontrado -como hicieran Cervantes o Bécquer, por ejemplo-. Bien quisiera yo ese humilde honor, pues que aunque sin pretensiones literarias, Teluria y Trovadorius dieron con su correspondencia una breve y discreta lección. Comoquiera, afirmo yo la mentirosidad y alevosía de quienes esos infundios esparcen por doquiera.
     Dicho lo escrito, he aquí otros dos poemas:

7.-
Fijos en mí tus ojos se quedaron

cuando la muerte te abrazó, de pronto,
y te hundiste en la nada.
Dulce melancolía
la del otoño y las gaviotas tristes
como tristes pañuelos en la tarde
despidiendo los barcos,
clamando a las estrellas.
La derramada lluvia, entre la bruma,
pareció levitar por un instante,
como si pretendiese
detener el ocaso y su fulgor,
dibujar tu silueta
y elevarla entre las constelaciones
que la noche traería,
tal vez para que yo pudiera hallarte
cuando, desorientada,
necesitase luz en mis tinieblas.



8.-
Aquel día tu muerte te sepultó en mi vida
y te sembró en mi pecho: yo soy tu sepultura.
A fuerza de abrazarnos tantas veces,
has crecido en mi carne
y sólo soy la efigie de un recuerdo,
una estatua erigida en tu memoria
en este atardecer en que no estás
y me dejas desnuda frente al tiempo.
No hay amor que no duela más que el placer
                                                       / que otorga,
y eso me queda hoy: tu imagen renacida
fluyendo interminable
como un manantial fértil que deja un surco estéril.





martes, 21 de febrero de 2017

El Dorado

Dvrak: S. "Nuevo mundo"

Siempre el género humano ha perseguido la reconquista del paraíso perdido, y no solo en sueños: incluso Colón creyó haberlo encontrado cuando avistó el Orinoco, preludio de lo que serían las Américas. Después todo se quedó en la persecución de un simplista El Dorado, símbolo del enriquecimiento. Lo que había sido búsqueda de la pureza y el sosiego se trasladó a la batalla por conseguir el poder que otorga la riqueza. Y la sociedad se convirtió en una hostilidad en la que unos se arrebataban a otros cuanto conseguían potros y hunos.
     Que no todos se han contentado con esa degeneración lo demuestran tres islas en las que el pensamiento ha tratado de redimir su ideal de un mundo solidario: la isla de Utopía, la de Robinson Crusoe, la de Gulliver. Así es: Tomás Moro, Daniel Defoe y Jonathan Swift crearon tres rincones desde los que, regresando a la creación del mundo, trasladar su armonía al mundo de los hombres.
     Porque el confort que produce el enriquecimiento mal asimilado conduce a la frivolidad y falta de autoexigencia, de modo que cualquier sistema social nos basta si satisface nuestra piel. Cualquier promesa política nos calla si grita fuertemente que nos va a hacer más ricos; cualquier arte epidérmico nos place: conocimientos nulos, literatura clínex, música facilona, pintura macarrónica... todo cuanto se asemeja a una feliz estancia en la inopia categorizada como felicidad.
     O bien: esperamos que esa felicidad nos la regale algún buen dios como un deber de la Naturaleza. No pensamos que cuanto más creemos en un Dios resolutor de nuestras necesidades y problemas menos nos esforzamos por resolverlos nosotros y más nos convertimos en débiles e inútiles.


lunes, 20 de febrero de 2017

El silencio y la voz.


Clara Wieck: Nocturno

         En los grises estantes de la poesía española actual - y universal- hay casi tantos ubicadores de poemas como poetas, cada uno adjetivando autores según sus circunstancias, en vez de cualificarlos o descalificarlos por sus esencias. Hablar, por ejemplo, de poesía masculina o femenina, de diosas blancas o demonios negros, es enredar el enredo, abrir un capítulo apócrifo en la Historia de la Literatura y someterla a la Sociología. La poesía no tiene sexo, ni noches de parranda, ni estratosferas metafísicas empadronadas en burdeles; no tiene más sentimentalidad ni experiencia que las autóctonas y primigenias del ser humano; tiene personas inteligentes y sensibles delante y detrás de la pluma o de la página. Por eso no me parece oportuno dividir los sentimientos, ni los pensamientos poéticos, en varoniles o feminoides, sino en efímeros y raigales, humanos o deshumanizados. 
      Claro está que no son idénticos el hombre y la mujer, el diestro en dicción y el siniestro en conjuras; pero sus disimilitudes son más circunstanciales que esenciales. Postulado este hecho, un poema importa por sí mismo, al margen de si resulta meritorio que lo escriba un rey o un caballerizo, un caballero o una dama, el autor inclasificable o el que se arrima a los buenos para parecerlo.
   Digo lo dicho porque, a pesar de los adjetivos pretenciosos de poner puertas al campo, o campear blasones por doquier, solo hay poesía buena y mala. De la mala, lo peor es hablar de ella; y de la buena, lo mejor es releerla. 
    Un poema es necesario cuando descifra rostros de la identidad, no cuando cifra mensajes para los poetas y sus verbigracias, cosa tan notoria en todos los tiempos y notariada en demasía en estos siglos de siglas. 
     No sería mala terapia para la poesía que solo se escribiese cuando resulta más difícil el silencio que la voz.









Elisabeth Barrett                           R. Schumann

domingo, 19 de febrero de 2017

Una odisea en la ducha (El abrazo caduco)

Holts: El portador de la edad


Meses llevaba preocupado por la caducidad genital: temía que le asaltase como una fiera inlúbrica. Él, que tanta actividad erótica había derrochado... Claro que ya contaba con 40 primaveras, dos décadas y tres trienios, más algunos días. Edad que sin duda era suficiente para envainar la espada y dejar que la herrumbre la humillase. 
     - ¡Vive Dios!, que diría don Lope, dijo atávico. 
     Así que llevaba semanas sin entrar en batalla: por temor a no poder dar mandoblazos.
     Entró en el cajetín de la ducha y, pensándolo mejor, salió para dirigirse al otro cuarto de aseo: hacía al menos dos años que no se sumergía en la bañera y sintió que le iría bien el chorro de agua eréctil y la amniosis tan límpida de aquel mar bañerero, semántico tiempo ha.
     Y cuando terminó de embadurnarse y desembadurnarse de jabones y polvos -¡qué polvos los de antaño!- se dispuso a emerger de la breve piscina. 
     - ¡Vive Dios, otra vez!, volvió a decir su grito. Como estaba tumbado, intentó enderezarse y empinarse -¡Joder con el lenguaje...!-, pero se resbalaba por el suelo deslizante, los músculos del estómago no bastaban para erguirse, los brazos no podían ya elevar su cuerpo, no hallaba apoyatura suficiente para abandonar aquel modo supino... y allí yacía mientras crecía el nivel del agua -no llegaban sus manos hasta cerrar el grífole- amenazando con sumergirlo, ahogarlo, terminar con él.
     ¡Vive Dios!, tercia vez, se díjose a sí mísmole, y concluyó más o menos así: ¿Cómo quieres que se levante tu estocada si ni siquiera tu cuerpo puede hallar la erección que te coloque en pie y te libere de tu mal?
     ¡Oh vil claudicación, la de la edad!
     Y recordó a Carnívora, la ardida y siempre hambrienta, única que le enajenaba los fantasmas con su voracidad.


viernes, 17 de febrero de 2017

El poema y la glosa

Agradezco a Nuria P. Serrano el comentario que incluye en su blog sobre el poema publicado hace unos días, y cuyo texto añado: 


1.- El poema:


Consuélenme tus besos

Este mar que contemplo te observa en esa orilla
en la que tú contemplas que te miro
anhelante y lejano, como un lecho
de líquido esplendor en el que nos amamos.
No es este el mar de Ulises, pero es mar:
el alto cielo convertido en lluvia.
La transustanciación inicia el vértigo
de nuestros corazones trascendidos,
y el agua es como un pájaro que se posa en tu cuerpo
y lo inunda de besos, caracolas y brisas.
En él vuelo hasta ti, te abrazo y dejo
que vuelva con tu abrazo.
La lentitud sonora de sus olas
briza con su plumaje la tierna acometida
de tu amor y mi amor, mientras la noche
rutila con estrellas la frágil singladura
de nuestra mutua ausencia.
Sálvame del naufragio:
Consuélenme tus besos en la aurora.


2.- La glosa:

Si, además de escuchar el poema de Antonio Gracia, “Consuélenme tus besos”, lo analizáramos, podríamos decir que hay una sucesión de miradas encadenadas: el amado contempla el mar, que a su vez contempla a la amada. El amado mira a la amada que, desde otra orilla, mira al amado contemplándola. Pese a la lejanía que los separa, ella, anhelante y deseosa, se regocija al ser mirada.
      El mar es espejo y reflejo de amado y amada: el líquido esplendor que ambos contemplan para contemplar que se contemplan. El amado desearía que ese líquido fulgor en que los ojos de ambos se abrazan fuera el mar de Ulises. No obstante, consciente de que no lo es, se apacigua pensando que es mar, pese a todo. Es el alto cielo de Homero encrespado. Y su encendido oleaje es origen de la transustanciación de ambos: un vértigo mutuo trasciende y transforma sus corazones, logrando su unión más allá de la distancia: igual que el pan y el vino dejan de ser pan y vino, los amados se unen y divinizan al transustanciarse. Así, en la contemplación del mar, llega el amado a “ser amado en la amada transformado”: el mar rizado es un pájaro que vuela, rozando con su plumaje el cuerpo de la amada y llenándolo de “besos, caracolas y brisas”. El perpetuo vaivén, las olas lentas, y su suave desmemoria, los unen y transfiguran en el abrazo. Y en ese continuo viaje de miradas que miran que son miradas, la noche se llena de estrellas. Aun así, el amado, sabedor de la fragilidad del viaje, y temeroso del naufragio, pide a la amada la consolación de sus besos en la aurora, como un crepúsculo anhelante de la luz del alba.
      ¿Es esto, en todo o en parte, lo que quiso decir Antonio Gracia al escribir su poema? Quizá no. Quizá debemos pensar que, como toda interpretación, esta no es más que una digresión o incluso una destrucción de la belleza intrínseca de un poema que otro lector podría interpretar de otra manera. En toda exégesis nos alejamos de la esencia del poema: transmitir con palabras precisas, escogidas, certeras. En cualquier caso, si este poema emociona a los lectores de forma que estos puedan interpretarlo y hacerlo suyo es porque su música habla con sonidos y silencios que todos podemos sentir y entender, y que nos permiten “apropiarnos” de él, adaptándolo a nuestro propio mundo y vivencias. Esa es la fuerza de este poema. Y esta explicación solo son palabras para explicar lo inexplicable e inextinguible: la magia de la poesía que, en ocasiones, algunos poemas, si son poemas, revelan al tocar, con su plasticidad y su música, nuestras tres grandes heridas: “la del amor, la de la muerte, la de la vida”.
                                                                                            Nuria P. Serrano


Comentarios:

1. I. H.- Si te interesa saber más sobre cómo se 
construye un poema, puedes leer el último libro 
de Antonio Gracia: La construcción del poema.
 Encárgalo en tu librería habitual. 
O solicítalo por correo electrónico a Lorena Bernabéu: lbernabe@diputacionalicante.es. 
Precio: 10 euros, gastos de envío incluidos.
  1. 2.- Laura. M
    El mar ese misterio que siempre cautiva y enamora sólo con mirarlo...Siempre el mar.
    Razón tenía Khalil Gibran cuando dijo... "Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal. Está en nuestras lágrimas y en el mar".
    Precioso Nuria.
    Buen fin de semana.
    Besos.
  2. Magnífico poema, muy acertado.
    Abrazos.
    Responder
  3. 4.-  MPilaR
    Fuera la que fuere la intencionalidad de Antonio Gracia al construir este poema en concreto, certísimo es que en todo proceso amoroso, de toda índole, el elemento único que lo define es la absoluta comunión entre el amado y el amador. Hasta participar ambos de idéntica realidad aun 'a costa' de fundirse ambas partes en esencia.
    impecable, el poema
    Bss
  1. 5.- ReltiH
    UN POEMA MUY BONITO.
    ABRAZOS
    Responder

  2. Los que vivimos a la orilla del mar tenemos una indiscutible ventaja para entender la relación que se establece ente mar y observador. No sabríamos expresarlo tan bien como o hace Antonio Gracia pero ahora, mientras miro las olas, las reales, puedo comprenderlo un poco mejor.

    añiles
    · LMA · · CR ·
    Responder
  3. Bonito poema e interesante explicación.

    Salud.
    Responder
  1. Sublime poesía, las últimas palabras son estremecedoras.
    Me arrullan el susurro del mar y las olas.
    Un abrazo.
    Responder
  2. Preciosas palabras, que bonito poema ,me encanta, espero todo vaya bien,saludos y feliz semana.
    Responder


Taty Cascada ha dejado un nuevo comentario en la entrada "Consuélenme tus besos, Antonio Gracia": 
Si algo resulta complejo en la escritura es: la interpretación y deducción de los mismos. En la vorágine de la llamada inspiración, se describen hechos y situaciones convenientemente sazonadas con imaginación, luego, viene el otro proceso- un tanto divertido para su autor- que es observar y disfrutar viendo como sus lectores entran a una suerte de laberinto de Creta; algunos -los más afortunados- encontrarán el hilo sagrado y saldrán airosos, otros, se enredarán en su madeja y no lograrán descifrar el camino. Si acontece así en una novela, cuento o relato, tanto mayor será el obstáculo en un poema donde el uso de recursos literarios profundiza aún más su dificultad. 
Creo o más bien pienso, que Antonio Gracia quedó más que satisfecho con tu admirable y, bien lograda exégesis de su hermoso poema. Itaca nos entrega tantos destinatarios, que después de todo, sea una mujer amada o un hijo, el fondo es el mismo: el amor en la distancia. 
Abrazos mi querida Nuria.
P.D.: Agradezco desde el alma, la inclusión de la portada de mi libro en tu Blog. Gracias por la deferencia y noble gesto. Abrazos desde y para siempre. 

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Publicado por Taty Cascada para IndigoHorizonte a las 28 de febrero de 2017, 23:20

(Un breve apunte: Poema de amor es este cuya génesis puede extrañar, pero que ilustra los laberintos del proceso creador. Al tener que callar el nombre de quien está al otro lado del océano y es destinatario, su identidad poemática va adquiriendo otra que acaba, en el texto, convirtiéndose en la amada, dentro de un poema de amor al uso. No obstante, el impulso creador original y su escritura -refundida para que el receptor sea una mujer- fueron determinados por la pulsión del autor al sentir a su hijo en la distancia). 



jueves, 16 de febrero de 2017

Escribir, publicar, publicitar

Elgar: Pompa y circunstancia, 1


Nombrar gestores culturales a quienes no saben ni qué es la ignorancia… me parece una muestra más del electroencefalograma plano en el que se mueve el mundo actual. 
     Esta es la cadena dictiva: leer mucho y bien, escribir y reescribir la escritura, intentar publicar lo trascendente.
     Ahora bien: siempre digo lo mismo: publicar sin promocionar mínimamente es tanto como mantener inédito lo publicado. Pero las instituciones tienen que gastar un presupuesto para demostrar que algo han hecho y seguir sentados en su cargo durante un tiempecillo. Y las editoriales sin ética supongo que imprimen cuatro ejemplares aunque cobren por 1.000 y distribuyan dos; o publican lo literaturizable mal literaturizado porque -con todo derecho, claro- prefieren vender a culturizar.
     Algo parecido ocurrió cuando los ilustres -pero no ilustrados- magnates de la civilización -que no de la cultura- decidieron nombrar directores de centros educativos a quienes llevaban años sentados en las oficinas del Ministerio de Incultura: como si se pudiera conocer el problema de la enseñanza mediante estadísticas y no solo viviéndolo durante años en las aulas.
     Similarmente ocurre con el sacerdocio obligado a la castidad represiva: ¿cómo va a entender el problema familiar, y aconsejar sobre ello, quien no tiene hijos ni esposa?
     Quien no vive la escritura y conoce bien su trascendencia, mal comprenderá por qué publicar y publicitar una obra y no otra.
     Tralarila.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Lo escrito y lo escribible (3)

7.- Según decía anteriormente, todo autor gesta su obra con cierta ceguera y alguna iluminación: con visión y técnica. Lo intuido tiene que ser verbalizado con adecuación. Y para ello son imprescindibles dos criterios o divisas: expresar sustancias memorables y huir de la idolatría retórica.
     Admitamos que el idioma poético es innumerable, indefinible e inclasificable, y el más difícil de aprender. No tiene normas precisas. En cualquier caso, solo una: debe buscar “el nombre exacto de las cosas”. Para ello debe tallar el poema como un diamante. Lo cual requiere el hallazgo de la idoneidad. Idoneidad entre concepto y expresión: y como son indivisibles, la tarea es ardua.
8.-     ¿Cuáles son los temas imprescindibles y cuáles los versos idóneos para expresarlos? La sabia conjugación de pensamiento lírico y palabra expresiva requiere sutilezas que no se improvisan, sino que las asimila el inconsciente poético hasta hacer compatibles y convertir en uno solo el trance y el intelecto, la verbalidad y su musicalidad... Quien carece de la “gracia” natural nada consigue por mucho “esfuerzo” que haga. Dicho de otro modo: el poeta se hace porque nace con los atributos para hacerse y porque rehace continuamente su poema: porque encuentra la idoneidad lírica entre lo que pretendía decir y lo que finalmente dice (siempre que ambas cosas sean categorías universales).
     Y sin embargo, todo ingrediente que parece imprescindible deja de serlo cuando el auténtico poeta no habla al margen de las poéticas, y prefiere dirigirse al poeta en vez de al hombre:


lunes, 13 de febrero de 2017

Los poderes del arte

Beetoven: Sonata "Claro de luna"

Los poderes del arte

Un día de 1267 Dante observa, al cruzar una pasarela, a una adolescente a la que llamará Beatriz en sus escritos: y siente la plenitud del amor, tanto que le construirá la catedral de la Divina comedia. Otro día de 1503 Leonardo contempla un rostro que se empeña en categorizar como el de la belleza y la serenidad: y talla con sus pinceles el manantial que es La Gioconda. Un tercer día, hacia1800, Beethoven sueña con el amor de Giulietta Guicchiardi: y compone el diamante de la sonata “Claro de luna”. 
     Tres hitos, tres instantes, tres trincheras de la sensibilidad contra este mundo tan insensible al corazón. Hoy leemos la Vita Nuova, contemplamos a Madonna Elisa, escuchamos el Claro de luna: y de repente, se produce el milagro: renacen junto a nosotros Dante, Leonardo y Beethoven: y somos ellos por un momento, se nos agolpa misteriosamente su magia y la mitología de un breve paraíso. 
     Ese es el poder del arte: la transfiguración de nuestra realidad cotidiana en otra con la que soñamos y que nos enjoya la existencia. Porque Dante viene acompañado de la revolución poética y filosófica del Renacimiento: y son Petrarca, Garcilaso, el Siglo de Oro, Lope, Góngora, Quevedo, Bécquer, Juan Ramón Jiménez… quienes se instalan en nuestra mente para seguir viajando hacia el futuro.
     Lo mismo nos ocurre con la súbita resurrección de Leonardo y Beethoven: se sientan junto a nosotros y nos traen todo su tiempo, y el tiempo que los hizo posibles, y el tiempo que ellos ayudaron a crear… esos mundos llamados Wagner o Malher, Rubens o Velázquez… ¿No es, por tanto, el Arte el mayor Dios y la mejor panacea? ¿Qué otra constelación de qué universo dignifica más al hombre? ¿Es el océano como El mar de Debussy o Rimski? ¿Son las montañas tan plenas como la catedral de Rouen? ¿Algún viajero hay mejor que Ulises? ¿Está la vida tan viva como en La montaña mágica, de Mann? ¿Acaso existe algún cielo más divino que la Capilla Sixtina? ¿Algún soñador más ejemplar que Don Quijote? ¿Algún himno a la esperanza mayor que el de La Novena Sinfonía? ¿Algunos enamorados más fascinantes que Romeo y Julieta? ¿Un éxtasis más alto que el de Yepes? Y así, innumerablemente… Y no se trata de acudir al arte para huir de la prosa cotidiana, sino de luchar para que irrumpa la lírica interior, el corazón que ansía mejorar el mundo. ¿Cuál es la realidad, la que vemos con nuestros ojos o a través de los del creador de cuadros, música, poemas? 
     Y ya todo es así. Por ejemplo: oímos un alegato contra la guerra; ¿y no nos conciencian más el War Requiem, el Guernica o Senderos de gloria (Britten, Picasso, Kubrick) que cualquier invectiva contra los misiles? 
     Hay muchas obras del hombre que nos dicen que luchar por la utopía es mejor que no soñarla, sobre todo cuando algunos de esos sueños se constituyen en el auténtico referente de la condición humana, tanto individual como social. 
     Eso es lo que hay que mostrar -empezando en las aulas-: que el hombre lleva dentro un firmamento con más fulgor que cualquier otra galaxia, que la pulsión creativa del ser humano es tan fuerte e inevitable como la hipnosis del fútbol o los juegos de ordenador, aunque estos los patrocine el arte intrascendente de la Economía. 



domingo, 12 de febrero de 2017

El Libro de Teluria (III)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)


Purcell: Lamento de Dido

5.-
Era de noche. El río de la pluma,
armonioso y sediento, se expandía
como un rumor al traducir los versos
en el silencio de la biblioteca.
Vencidos, los troyanos
cedían a la astucia y a la espada,
y el fragor ascendía hasta el cuaderno
donde rememorabas su epopeya.
Páginas adelante, yo escuchaba
el mar dentro del pecho lujurioso
de Circe y Odiseo. Un vendaval
brizó mi corazón y el tuyo; fuimos
arrastrados entre los anaqueles
igual que dos guerreros cuyas armas
fueran muerdos y besos.
Éramos, en aquel silencio oscuro,
argonautas del cuerpo, y encontramos
el alma en nuestro abrazo.
El ruido de los astros penetraba
como un bajel por la ventana abierta.
Nadie observó el prodigio, nadie vio
la transfiguración de aquel instante.
Y en aquella penumbra esplendorosa
regresamos al cauce de los libros,
donde Dido y Eneas esperaban,
contagiados tal vez de nuestro fuego,
para que nuestros ojos los unieran.


6.-
A veces no recuerdo si fui contigo o vas
conmigo en la mañana solitaria,
contando nubes, descubriendo naves
que el horizonte acerca entre las dunas de agua,
o mirando en los templos vidrieras que parecen
viejos escaparates de los cielos
o, tal vez, cuando hallamos, sorprendidos,
pequeños palafitos sobre el Tormes,
bajo el romano puente,
torres de catedrales, verdes álamos,
tantos rostros de la naturaleza
que fuimos encontrando cuando éramos felices
y el mundo era una casa
que llamábamos nuestra.