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martes, 28 de febrero de 2017

Sin libros no hay paraísos

Verdi: Dies irae

La importancia del libro puede deducirse de lo que supuso Gutenberg con su imprenta: un cambio en la interpretación del mundo desde una conciencia culta. La lectura de otras opiniones razonadas llevó al destierro de la ignorancia, la tiranía del pensamiento y la superstición como fuente de la conducta. Propició el Humanismo de Erasmo y la Reforma de Lutero.
     Estos movimientos mostraron, junto con la visión de Copérnico, que no es un Dios Equilibrista sino el hombre -su curiosidad inteligente y metafísica- el demiurgo de todas las cosas; que solo el hombre recto y ético es capaz de ordenar los renglones aparentemente desordenados de la Naturaleza, además de poner orden -evitar toda corrupción- en esa sociedad por la que transitaba Diógenes con su linterna buscando un hombre justo. Cuántos diógenes hacen falta en la España -en el mundo- de hoy.
     Pero el mundo sigue como un tren imparable y cada pasajero se ha acomodado a su asiento: los buenos aceptando su destino y tratando de conversar noblemente con los otros viajeros; los malos aprovechándose de las buenas intenciones de los otros. Porque, tercamente, el único libro que se lee es el  titulado Recetario para ser el mejor caiga quien caiga. 
     Hasta que cae, también, arrastrado por la catástrofe social, el hombre ético.
     Qué bien comprendo a Larra cuando se dio un pistoletazo porque se sabía impotente ante la muchedumbre de su tiempo.



lunes, 27 de febrero de 2017

Del autor, no del lector

Deja pasar unos segundos...

Muchos juicios se emiten sobre una obra sin atender a que son solo opiniones y no sanciones. El crítico suele menospreciar la reflexión del autor sobre su propia creación -tal vez porque los comentaristas siguen creyendo en las musa-raña-s musarañeras-. 
     Sin embargo, nadie conoce una obra mejor que su autor, por tantas veces revisada, corregida, tallada. Reconozco que yo -lo he dicho muchas veces- no sé qué palabra viene tras la primera que he escrito y que ha venido de no sé desde dónde: es como si cada una fuera un camino desconocido para la siguiente. Pero también es verdad que ese texto es luego impugnado, tachado, desprovisto de lo que fue producto de la prisa dictiva y completado con lo que no contenía y era imprescindible. 
     Es cierto que ante un cuadro, un poema, una sinfonía no es fácil distinguir entre lo que nos comunica y lo que nos autocomunicamos partiendo de ellos: si nos dicen o les decimos. Y verdad es igualmente que el autor no acierta del todo porque el texto suele independizarse de la voluntad de la pluma: aunque siempre se equivoca menos que cualquier otro lector o estudioso, que rara vez leen al margen de sus intereses estéticos.      La solución no es difícil: basta con expresarse, por muy profundo que sea el contenido, con claridad y no con hermetismo trabaléngüico o confusión semántica. Que una cosa es la probable complejidad y riqueza del texto escrito y otra la libérrima subjetividad de quien lo lee.
     

domingo, 26 de febrero de 2017

La bienquerencia

Rachmaninov: Variación nº 18 sobre un tema de paganini

En el mundo hay manipuladores y manipulados porque todos somos elásticos y maleables. Y es buena esa condición de nuestra conducta, y aun de nuestro carácter. Lo malo es cuando una frágil personalidad se deja extorsionar por el manipulador: entonces tememos que quien desea aconsejarnos para bien también nos quiera hacer esclavos de su manipulación.  
     Las cosas no ocurren en el mundo: suceden en nuestra mente: son como las percibimos. Si quien amó mucho sufrió igualmente mucho, se negará a amar de nuevo y dirá que todos los hombres, o mujeres, son igualmente detestables. Por el contrario, quien fue feliz amando sentirá que todos los seres humanos son maravillosos. Naturalmente, ni una ni otra cosa son ciertas: hay buena y mala gente, y toda buenamente o malamente egoísta. 
     El egoísmo tiene mala prensa porque conlleva el desinterés por los demás. Pero si todos fuésemos buenamente egoístas querríamos lo mejor para nosotros y, por lo tanto, para todos: porque, en buena medida, cada uno somos lo que piensan de nosotros, y nadie en su sano juicio quiere ser malquerido; de modo que todos daríamos lo mejor de nosotros mismos para que, siguiendo el impulso de reciprocidad, cuanto recibiésemos fuese lo mejor.


jueves, 23 de febrero de 2017

La dádiva del amor

Para encontrar tu nombre

     Amar es desear el bien del ser amado y, con él, el propio bien. Es el único egoísmo justificable porque implica un bienestar ajeno, además de que cuanto mayor es el amor más noble y grande es la mutua generosidad de los amantes. El amor es el yo más solidario que se pueda encontrar: ama por naturaleza, no por interés; y recibe mayor felicidad cuanta más felicidad da. 
     Aquellos que aman y no luchan por vencer a quienes les hacen la competencia parecen gritar que no les importa perder al ser amado, pues su falta de lucha proclama su escaso interés o su cobardía para defender lo que desean. 
     Hay quienes saben aliviar el sufrimiento ajeno, aun a costa del propio, y hay quienes no saben acrecentar la alegría de los demás. La causa es adivinable: aliviar el mal siempre supone una victoria, no aumentar el bien parece una derrota; quien se toma la vida como una competición teme el fracaso y su temor le impide triunfar: gozar de su triunfo y donárselo a aquellos que ama. 
     Quien ama de verdad no tiene miedo al fracaso; y si lo teme lo vence porque prefiere alegrar a quien ama con el amor que le otorga. Así que, comoquiera que se mire, el amor es el único gigante parecido a un dios que existe sobre la Tierra.


miércoles, 22 de febrero de 2017

El libro de Teluria (IV)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

Una excavación litúrgica en el horizonte patagónico ha dejado al descubierto las ruinas de un monasterio regido al parecer, in illo tempore, por el Arzobispo de Constantinopla, y en él un cofrecillo con diademas y textos. Por ellos parece colegirse que tanto Los versos de Trovadorius como El libro de Teluria no son solamente dos series de poemas que se corresponden y parlamentan de un amor entre dos amantes concretos. Causa dan para pensar que, más allá de su contenido autobiografista, son un intento de convertir en icono la historia del amor universal: la tentativa de reflejar el enamoramiento anhelado e imposible de toda mujer y todo hombre. Lo que todo autor quisiera alcanzar con su obra: unos Adán y Eva no expulsados del paraíso erótico.
     Algunos mestureros afirman que soy yo el autor de estos versos, y aun de los de Trovadorius, recurriendo al fácil tópico del manuscrito ajeno encontrado -como hicieran Cervantes o Bécquer, por ejemplo-. Bien quisiera yo ese humilde honor, pues que aunque sin pretensiones literarias, Teluria y Trovadorius dieron con su correspondencia una breve y discreta lección. Comoquiera, afirmo yo la mentirosidad y alevosía de quienes esos infundios esparcen por doquiera.
     Dicho lo escrito, he aquí otros dos poemas:

7.-
Fijos en mí tus ojos se quedaron

cuando la muerte te abrazó, de pronto,
y te hundiste en la nada.
Dulce melancolía
la del otoño y las gaviotas tristes
como tristes pañuelos en la tarde
despidiendo los barcos,
clamando a las estrellas.
La derramada lluvia, entre la bruma,
pareció levitar por un instante,
como si pretendiese
detener el ocaso y su fulgor,
dibujar tu silueta
y elevarla entre las constelaciones
que la noche traería,
tal vez para que yo pudiera hallarte
cuando, desorientada,
necesitase luz en mis tinieblas.



8.-
Aquel día tu muerte te sepultó en mi vida
y te sembró en mi pecho: yo soy tu sepultura.
A fuerza de abrazarnos tantas veces,
has crecido en mi carne
y sólo soy la efigie de un recuerdo,
una estatua erigida en tu memoria
en este atardecer en que no estás
y me dejas desnuda frente al tiempo.
No hay amor que no duela más que el placer
                                                       / que otorga,
y eso me queda hoy: tu imagen renacida
fluyendo interminable
como un manantial fértil que deja un surco estéril.





martes, 21 de febrero de 2017

El Dorado

Dvrak: S. "Nuevo mundo"

Siempre el género humano ha perseguido la reconquista del paraíso perdido, y no solo en sueños: incluso Colón creyó haberlo encontrado cuando avistó el Orinoco, preludio de lo que serían las Américas. Después todo se quedó en la persecución de un simplista El Dorado, símbolo del enriquecimiento. Lo que había sido búsqueda de la pureza y el sosiego se trasladó a la batalla por conseguir el poder que otorga la riqueza. Y la sociedad se convirtió en una hostilidad en la que unos se arrebataban a otros cuanto conseguían potros y hunos.
     Que no todos se han contentado con esa degeneración lo demuestran tres islas en las que el pensamiento ha tratado de redimir su ideal de un mundo solidario: la isla de Utopía, la de Robinson Crusoe, la de Gulliver. Así es: Tomás Moro, Daniel Defoe y Jonathan Swift crearon tres rincones desde los que, regresando a la creación del mundo, trasladar su armonía al mundo de los hombres.
     Porque el confort que produce el enriquecimiento mal asimilado conduce a la frivolidad y falta de autoexigencia, de modo que cualquier sistema social nos basta si satisface nuestra piel. Cualquier promesa política nos calla si grita fuertemente que nos va a hacer más ricos; cualquier arte epidérmico nos place: conocimientos nulos, literatura clínex, música facilona, pintura macarrónica... todo cuanto se asemeja a una feliz estancia en la inopia categorizada como felicidad.
     O bien: esperamos que esa felicidad nos la regale algún buen dios como un deber de la Naturaleza. No pensamos que cuanto más creemos en un Dios resolutor de nuestras necesidades y problemas menos nos esforzamos por resolverlos nosotros y más nos convertimos en débiles e inútiles.


lunes, 20 de febrero de 2017

El silencio y la voz.


Clara Wieck: Nocturno

         En los grises estantes de la poesía española actual - y universal- hay casi tantos ubicadores de poemas como poetas, cada uno adjetivando autores según sus circunstancias, en vez de cualificarlos o descalificarlos por sus esencias. Hablar, por ejemplo, de poesía masculina o femenina, de diosas blancas o demonios negros, es enredar el enredo, abrir un capítulo apócrifo en la Historia de la Literatura y someterla a la Sociología. La poesía no tiene sexo, ni noches de parranda, ni estratosferas metafísicas empadronadas en burdeles; no tiene más sentimentalidad ni experiencia que las autóctonas y primigenias del ser humano; tiene personas inteligentes y sensibles delante y detrás de la pluma o de la página. Por eso no me parece oportuno dividir los sentimientos, ni los pensamientos poéticos, en varoniles o feminoides, sino en efímeros y raigales, humanos o deshumanizados. 
      Claro está que no son idénticos el hombre y la mujer, el diestro en dicción y el siniestro en conjuras; pero sus disimilitudes son más circunstanciales que esenciales. Postulado este hecho, un poema importa por sí mismo, al margen de si resulta meritorio que lo escriba un rey o un caballerizo, un caballero o una dama, el autor inclasificable o el que se arrima a los buenos para parecerlo.
   Digo lo dicho porque, a pesar de los adjetivos pretenciosos de poner puertas al campo, o campear blasones por doquier, solo hay poesía buena y mala. De la mala, lo peor es hablar de ella; y de la buena, lo mejor es releerla. 
    Un poema es necesario cuando descifra rostros de la identidad, no cuando cifra mensajes para los poetas y sus verbigracias, cosa tan notoria en todos los tiempos y notariada en demasía en estos siglos de siglas. 
     No sería mala terapia para la poesía que solo se escribiese cuando resulta más difícil el silencio que la voz.









Elisabeth Barrett                           R. Schumann

domingo, 19 de febrero de 2017

Una odisea en la ducha (El abrazo caduco)

Holts: El portador de la edad


Meses llevaba preocupado por la caducidad genital: temía que le asaltase como una fiera inlúbrica. Él, que tanta actividad erótica había derrochado... Claro que ya contaba con 40 primaveras, dos décadas y tres trienios, más algunos días. Edad que sin duda era suficiente para envainar la espada y dejar que la herrumbre la humillase. 
     - ¡Vive Dios!, que diría don Lope, dijo atávico. 
     Así que llevaba semanas sin entrar en batalla: por temor a no poder dar mandoblazos.
     Entró en el cajetín de la ducha y, pensándolo mejor, salió para dirigirse al otro cuarto de aseo: hacía al menos dos años que no se sumergía en la bañera y sintió que le iría bien el chorro de agua eréctil y la amniosis tan límpida de aquel mar bañerero, semántico tiempo ha.
     Y cuando terminó de embadurnarse y desembadurnarse de jabones y polvos -¡qué polvos los de antaño!- se dispuso a emerger de la breve piscina. 
     - ¡Vive Dios, otra vez!, volvió a decir su grito. Como estaba tumbado, intentó enderezarse y empinarse -¡Joder con el lenguaje...!-, pero se resbalaba por el suelo deslizante, los músculos del estómago no bastaban para erguirse, los brazos no podían ya elevar su cuerpo, no hallaba apoyatura suficiente para abandonar aquel modo supino... y allí yacía mientras crecía el nivel del agua -no llegaban sus manos hasta cerrar el grífole- amenazando con sumergirlo, ahogarlo, terminar con él.
     ¡Vive Dios!, tercia vez, se díjose a sí mísmole, y concluyó más o menos así: ¿Cómo quieres que se levante tu estocada si ni siquiera tu cuerpo puede hallar la erección que te coloque en pie y te libere de tu mal?
     ¡Oh vil claudicación, la de la edad!
     Y recordó a Carnívora, la ardida y siempre hambrienta, única que le enajenaba los fantasmas con su voracidad.


jueves, 16 de febrero de 2017

Escribir, publicar, publicitar

Elgar: Pompa y circunstancia, 1


Nombrar gestores culturales a quienes no saben ni qué es la ignorancia… me parece una muestra más del electroencefalograma plano en el que se mueve el mundo actual. 
     Esta es la cadena dictiva: leer mucho y bien, escribir y reescribir la escritura, intentar publicar lo trascendente.
     Ahora bien: siempre digo lo mismo: publicar sin promocionar mínimamente es tanto como mantener inédito lo publicado. Pero las instituciones tienen que gastar un presupuesto para demostrar que algo han hecho y seguir sentados en su cargo durante un tiempecillo. Y las editoriales sin ética supongo que imprimen cuatro ejemplares aunque cobren por 1.000 y distribuyan dos; o publican lo literaturizable mal literaturizado porque -con todo derecho, claro- prefieren vender a culturizar.
     Algo parecido ocurrió cuando los ilustres -pero no ilustrados- magnates de la civilización -que no de la cultura- decidieron nombrar directores de centros educativos a quienes llevaban años sentados en las oficinas del Ministerio de Incultura: como si se pudiera conocer el problema de la enseñanza mediante estadísticas y no solo viviéndolo durante años en las aulas.
     Similarmente ocurre con el sacerdocio obligado a la castidad represiva: ¿cómo va a entender el problema familiar, y aconsejar sobre ello, quien no tiene hijos ni esposa?
     Quien no vive la escritura y conoce bien su trascendencia, mal comprenderá por qué publicar y publicitar una obra y no otra.
     Tralarila.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Lo escrito y lo escribible (3)

7.- Según decía anteriormente, todo autor gesta su obra con cierta ceguera y alguna iluminación: con visión y técnica. Lo intuido tiene que ser verbalizado con adecuación. Y para ello son imprescindibles dos criterios o divisas: expresar sustancias memorables y huir de la idolatría retórica.
     Admitamos que el idioma poético es innumerable, indefinible e inclasificable, y el más difícil de aprender. No tiene normas precisas. En cualquier caso, solo una: debe buscar “el nombre exacto de las cosas”. Para ello debe tallar el poema como un diamante. Lo cual requiere el hallazgo de la idoneidad. Idoneidad entre concepto y expresión: y como son indivisibles, la tarea es ardua.
8.-     ¿Cuáles son los temas imprescindibles y cuáles los versos idóneos para expresarlos? La sabia conjugación de pensamiento lírico y palabra expresiva requiere sutilezas que no se improvisan, sino que las asimila el inconsciente poético hasta hacer compatibles y convertir en uno solo el trance y el intelecto, la verbalidad y su musicalidad... Quien carece de la “gracia” natural nada consigue por mucho “esfuerzo” que haga. Dicho de otro modo: el poeta se hace porque nace con los atributos para hacerse y porque rehace continuamente su poema: porque encuentra la idoneidad lírica entre lo que pretendía decir y lo que finalmente dice (siempre que ambas cosas sean categorías universales).
     Y sin embargo, todo ingrediente que parece imprescindible deja de serlo cuando el auténtico poeta no habla al margen de las poéticas, y prefiere dirigirse al poeta en vez de al hombre:


lunes, 13 de febrero de 2017

Los poderes del arte

Beetoven: Sonata "Claro de luna"

Los poderes del arte

Un día de 1267 Dante observa, al cruzar una pasarela, a una adolescente a la que llamará Beatriz en sus escritos: y siente la plenitud del amor, tanto que le construirá la catedral de la Divina comedia. Otro día de 1503 Leonardo contempla un rostro que se empeña en categorizar como el de la belleza y la serenidad: y talla con sus pinceles el manantial que es La Gioconda. Un tercer día, hacia1800, Beethoven sueña con el amor de Giulietta Guicchiardi: y compone el diamante de la sonata “Claro de luna”. 
     Tres hitos, tres instantes, tres trincheras de la sensibilidad contra este mundo tan insensible al corazón. Hoy leemos la Vita Nuova, contemplamos a Madonna Elisa, escuchamos el Claro de luna: y de repente, se produce el milagro: renacen junto a nosotros Dante, Leonardo y Beethoven: y somos ellos por un momento, se nos agolpa misteriosamente su magia y la mitología de un breve paraíso. 
     Ese es el poder del arte: la transfiguración de nuestra realidad cotidiana en otra con la que soñamos y que nos enjoya la existencia. Porque Dante viene acompañado de la revolución poética y filosófica del Renacimiento: y son Petrarca, Garcilaso, el Siglo de Oro, Lope, Góngora, Quevedo, Bécquer, Juan Ramón Jiménez… quienes se instalan en nuestra mente para seguir viajando hacia el futuro.
     Lo mismo nos ocurre con la súbita resurrección de Leonardo y Beethoven: se sientan junto a nosotros y nos traen todo su tiempo, y el tiempo que los hizo posibles, y el tiempo que ellos ayudaron a crear… esos mundos llamados Wagner o Malher, Rubens o Velázquez… ¿No es, por tanto, el Arte el mayor Dios y la mejor panacea? ¿Qué otra constelación de qué universo dignifica más al hombre? ¿Es el océano como El mar de Debussy o Rimski? ¿Son las montañas tan plenas como la catedral de Rouen? ¿Algún viajero hay mejor que Ulises? ¿Está la vida tan viva como en La montaña mágica, de Mann? ¿Acaso existe algún cielo más divino que la Capilla Sixtina? ¿Algún soñador más ejemplar que Don Quijote? ¿Algún himno a la esperanza mayor que el de La Novena Sinfonía? ¿Algunos enamorados más fascinantes que Romeo y Julieta? ¿Un éxtasis más alto que el de Yepes? Y así, innumerablemente… Y no se trata de acudir al arte para huir de la prosa cotidiana, sino de luchar para que irrumpa la lírica interior, el corazón que ansía mejorar el mundo. ¿Cuál es la realidad, la que vemos con nuestros ojos o a través de los del creador de cuadros, música, poemas? 
     Y ya todo es así. Por ejemplo: oímos un alegato contra la guerra; ¿y no nos conciencian más el War Requiem, el Guernica o Senderos de gloria (Britten, Picasso, Kubrick) que cualquier invectiva contra los misiles? 
     Hay muchas obras del hombre que nos dicen que luchar por la utopía es mejor que no soñarla, sobre todo cuando algunos de esos sueños se constituyen en el auténtico referente de la condición humana, tanto individual como social. 
     Eso es lo que hay que mostrar -empezando en las aulas-: que el hombre lleva dentro un firmamento con más fulgor que cualquier otra galaxia, que la pulsión creativa del ser humano es tan fuerte e inevitable como la hipnosis del fútbol o los juegos de ordenador, aunque estos los patrocine el arte intrascendente de la Economía. 



domingo, 12 de febrero de 2017

El Libro de Teluria (III)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)


Purcell: Lamento de Dido

5.-
Era de noche. El río de la pluma,
armonioso y sediento, se expandía
como un rumor al traducir los versos
en el silencio de la biblioteca.
Vencidos, los troyanos
cedían a la astucia y a la espada,
y el fragor ascendía hasta el cuaderno
donde rememorabas su epopeya.
Páginas adelante, yo escuchaba
el mar dentro del pecho lujurioso
de Circe y Odiseo. Un vendaval
brizó mi corazón y el tuyo; fuimos
arrastrados entre los anaqueles
igual que dos guerreros cuyas armas
fueran muerdos y besos.
Éramos, en aquel silencio oscuro,
argonautas del cuerpo, y encontramos
el alma en nuestro abrazo.
El ruido de los astros penetraba
como un bajel por la ventana abierta.
Nadie observó el prodigio, nadie vio
la transfiguración de aquel instante.
Y en aquella penumbra esplendorosa
regresamos al cauce de los libros,
donde Dido y Eneas esperaban,
contagiados tal vez de nuestro fuego,
para que nuestros ojos los unieran.


6.-
A veces no recuerdo si fui contigo o vas
conmigo en la mañana solitaria,
contando nubes, descubriendo naves
que el horizonte acerca entre las dunas de agua,
o mirando en los templos vidrieras que parecen
viejos escaparates de los cielos
o, tal vez, cuando hallamos, sorprendidos,
pequeños palafitos sobre el Tormes,
bajo el romano puente,
torres de catedrales, verdes álamos,
tantos rostros de la naturaleza
que fuimos encontrando cuando éramos felices
y el mundo era una casa
que llamábamos nuestra.


viernes, 10 de febrero de 2017

jueves, 9 de febrero de 2017

Homo homini lupus (Plauto, Hobbes)

Charpentier: Nacimiento de Nuestro Señor

Bien está que a los creyentes acomodados en los bienestares de sus vidas les parezca que la vida es un don divino que deben agradecer mientras les llega el supremo bienestar de los celestes cielos. 
     De lo que no estoy seguro es de que consideren un regalo de los dioses esta existencia los millones de seres que se mueren de hambre y de miseria mientras aguardan que la muerte acabe con sus malestares.
     Tampoco sé por qué no nos ponemos de acuerdo en darles un poco de lo que tenemos, a fin de paliar los sufrimientos de quienes carecen de todo. Ni siquiera los gobiernos consideran un deber esa solidaridad vital. 
     Unos se escudan en que "mi ayuda no les va a llegar porque en medio están los malvados que se las quedan": no se dan cuenta de que quienes en realidad se las quedan son ellos -nosotros- , que no envían esa ayuda, y que la forma más cierta de que no llegue es que no salga de sus bolsillos. Las buenas intenciones no convertidas en acciones son las excusas tras las que escondemos nuestra culpa. 
     ¿Nos basta con dar unos céntimos a mendicantes, tullidos y demás sufrientes que adornan los suelos de nuestras calles?
     No sé si hay un Dios creador del mundo; pero sería mejor que no existiese tal como se manifiesta: porque, por lo creado, más parece un enemigo de los hombres -y estos, enemigos de sí mismos-.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"¡Quién supiera escribir!"

Villalobos: Bachiana brasileña nº 5

Queridos Angélica y Miguel:
     ¿Se ríen de cuanto escribís?
     Cuanto más postergados nos sentimos más vigor nos inunda. Porque nada nos fortalece tanto como las injusticias con las que nos acosan. A veces es un escudo sicológico que rechaza cualquier daño que quieran infligirnos los mortales de mala catadura; otras veces es una fortaleza impenetrable que nos empuja a rebelarnos contra todos los dioses despiadados. Y cuantas más saetas nos llegan, más impenetrable es la coraza.
     Hay quienes se doctoran en menospreciar y herir, creyéndose más fuertes: en realidad tal menosprecio demuestra que son más débiles, puesto que el fuerte no necesita demostrárselo, y menos con públicos intentos de humillación: siempre son los demás los que terminan dejándolos solos en medio de su pordiosería excremental. 
     Si se ríen de cuanto escribís es que envidian vuestra necesidad de escritura y carecen de una propia. El que sabe escribir conoce la dificultad de hacerlo bien y solo tiene comprensión para con quienes no encuentran la expresión idónea. 
     Cuanto más rebuzna el asno más asnalmente demuestra que lo es. 
     No escuchéis sus rebuznos, sino oíd bien lo que sentís, procurad afinar tal sentimiento, dadle voz con profundidad y llaneza, leed mucho -que solo quien lee aprende a escribir-, volved sobre el escrito algún tiempo después, releedlo como si fuera ajeno, rectificad, tachad, añadid cuanto sea necesario para que vuestras palabras formen un pequeño universo. Habréis logrado lo que pocos consiguen. Lo demás -crear obras maestras- es cosa de los genios; y esos no saben que lo son.
  

martes, 7 de febrero de 2017

El abrazo al maltrato

Franck: Sonata

- Te he dicho que lo siento. ¿No vas a disculparme? No puedo ser como tú quieres.
- No quiero que seas como yo quiero, sino que dejes de ser lo que nadie querría que fueras; ni siquiera tú, si te encontraras con alguien igual a ti. 
- ¿No he estado siempre a tu lado? Te doy todo lo que me pides...
- Y también todo lo que te digo que no quiero. En realidad, es una sola y misma cosa, y provoca situaciones insufribles. Eres la persona más noble que conozco: pero anulas tus muchas virtudes cuando te posee ese otro ser interior que te ha convertido en un monstruo de dolor.
- Si es así... lo siento...
- Lo sientes hoy, y lo sentiste hace poco, y hace mucho, y lo volverás a sentir mañana, y son ya demasiados mañanas y demasiados ayeres... Parecemos un edificio condenado a caerse que siempre estamos reconstruyendo. Te refugias en que no puedes cambiar; aunque lo realmente cierto es que continúas pensando que yo exagero y tú haces lo correcto ... Ni por un momento te miras como si fueras alguien ajeno que se observa objetivamente. No te lo digo para hacerte daño, sino para que no te lo hagas tú ni me obligues a repetir las mismas palabras. De nuestras vidas han desaparecido el afecto, la confianza, el erotismo expreso...
- ¿Te gusta machacarme? ¿Es eso? ¿Y tú? ¿Nunca te equivocas? ¿No eres excesivamente perfeccionista? 
- No estamos compitiendo para ver quién es peor o mejor. A nadie le pido lo que no me exijo a mí. No pretendo ser tu dueña, sino que seas dueño de ti. Yo también me equivoco, pero intento acertar, y rectifico. Tú no quieres admitir un probable error porque sería para ti tanto como aceptar que tu vida lo ha sido. Y no es así: si rectificar es de sabios, no querer hacerlo es de contumaces. ¿Crees que te lo digo por maldad? Si no me importases no me dolería tener que decirte lo que sé que no quieres oír: pero detén un momento la necesidad de huir de estas palabras y analízalas sin miedo: ¿Puedes negar su verdad? Tampoco tú tienes maldad: es que los fantasmas y humillaciones de tu pasado te transforman en un ser encerrado en una tumba de la que nadie puede sacarte porque está llena de espinas por dentro y por fuera: y cuando te revuelves te las clavas y se las hundes a quien se acerca. Tu temor al fracaso provoca tu fracaso porque tu inseguridad te genera una ansiedad que anula tu buen juicio y te ciega para ver que tu "estar" suplanta tu "ser"; caes en una especie de histeria que se apodera de tu sensatez. Entonces se levanta un muro infrangible que solo lleva a la incomunicación. ¿Cómo confiar en quien siempre levanta esos muros y siempre dice que es el último?
- Hago todo lo que puedo.
- Menos creer que tal vez no me equivoco porque significaría admitir que te equivocas, y, por lo mismo, no intentas rectificar. No creas que no quiero aceptar tus disculpas, como yo te pido que disculpes las mías. Lo que importa es que si te disculpase sin decirte lo que te digo estaría dándote permiso para que sigas maltratándome cada vez que no quieras reconocer que tu conducta conmigo se llama maltrato: estaría diciéndote que puedes maltratarme cuando y cuanto quieras. 


lunes, 6 de febrero de 2017

Si yo supiera decir


Por una elevada senda

1.- Hace años. Una noche salí a perderme en medio de la noche. Sentado, contemplaba la muchedumbre buscando su individualidad perdida en este mundo en el que han desaparecido las identidades. Me sentía solo bajo las estrellas, como tantas otras veces. Y quise gritar, decirme algo. Lentamente, fueron apareciéndome, verso a verso, los que luego conformarían este poema:

Si yo supiera decir
cuanto, sin palabras, dice
mi corazón a las cosas,
al mar y al viento, a la lumbre
de los íntimos sentidos
que me escuchan y responden
como la piedra a la piedra
y el agua al agua, o la luz
al puro ensimismamiento,
mis labios pronunciarían
los secretos y vislumbres
que el alma guarda en la sombra
desde el principio del tiempo
y que tan solo conocen
la flor, el pájaro, el alba,
esos instantes ocultos
como dones misteriosos
en los que se transfigura
el anhelo en realidad,
la claridad en pureza.
Entonces, la clara bruma
del presagio estallaría
como una revelación
en la estancia donde habita
mi ser esperando ser
inmensidad, transparencia.
Y con los ojos cerrados
abiertos hacia la luz,
contemplaría los fuegos
y los glaciares que agitan
el espíritu y lo elevan
allí donde la pluma se detiene.
                                                               (Del libro El Mausoleo y los pájaros)


2.- Como suele ocurrirme, los versos surgían igual que telegramas mentales, y cada cinco o seis me los repetía para no olvidarlos, junto a los anteriores. Luego suelo esperar dos o tres semanas, y si la memoria sigue repitiéndomelos deduzco que quiero decirme algo que me importa demasiado. Entonces, los escribo. 
     ¿Qué me decía a mí mismo en ese texto? Que hay un territorio en nuestra mismidad, pleno de misterios y revelaciones, al que apenas tenemos acceso y que es intraducible al pensamiento. Que lo esencial es invisible para la pluma; que la palabra no está capacitada para expresar todo lo que sentimos; que la plenitud y la clarividencia están "allí donde la pluma se detiene" porque se sabe impotente para reflejar el pozo visionario al que se asoma.
     ¿Es la palabra una herramienta inadecuada para nombrar cuanto somos? ¿Es incapacidad de quien escribe? ¿O verdaderamente existe la inefabilidad y el nombre de ciertas cosas es el silencio verbal? Recordemos el "rebelde, mezquino idioma" del que se quejaba Bécquer porque no consigue sino ser eco del "un no sé qué que queda balbuciendo", que constata Juan de Yepes.
     Me pareció curioso que el último verso, por ser endecasílabo, cerrase, como un aldabonazo inesperado, la serie de octosílabos que le precede, combinación esta inusual, y aun arrítmica. Seguramente porque quería resaltar formalmente el contenido: la imposible o chirriante relación entre emoción y razón, anhelo y logro. 
     Todos sentimos una estancia oscura en nuestra identidad oculta que se asoma a las barandas de nuestra conciencia por una grieta y nos permite entreverla. Es la irracionalidad queriendo formar parte de nuestro yo racional. Y solo a veces la palabra consigue ser testigo de esa fuga emocional del paraíso o el infierno que habita en nuestro ser. Para ello hay que mirar hacia arriba, hacia el tabor de nuestra inmensidad indescifrable. Tal vez por eso titulé el poema, "Por una elevada senda", tangente con la mística.
     Y porque sé que la música es la única palabra que expresa lo inefable.