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lunes, 10 de julio de 2017

Libro de Teluria, XIII (Final)

Purcell: Lamento de Dido

Sueño todos los días que vagamos
por la pradera mágica del cielo
y hallamos manantiales y sonrisas.
Un corcel atraviesa el horizonte
cargado de amapolas
azules, crisantemos
y estrellas derrotadas; y su trote
suena en el corazón como un presagio.
Tú caes de repente en las tinieblas
y dejas en mis manos un murmullo
de hermosas profecías
que nunca han de cumplirse;
yo quedo en la penumbra, ángel caído
desde los paraísos de tus ojos,
condenada al silencio, la nostalgia
y la desolación.
La tierra abre su abismo
como una sepultura que me espera.
Pero pienso en tus labios,
en tu voz luminosa,
y decido ser tú, sembrar tu voluntad
entre mis desalientos.
Si  todo cuanto fui se fue contigo,
también cuanto eras tú perdura en mí.
Y te reconstruiré para salvarme.

lunes, 5 de junio de 2017

Cuando mueren... (Libro de Teluria, XII)


Purcell: Lamento de Dido

Una excavación litúrgica en el horizonte patagónico ha dejado al descubierto las ruinas de un monasterio regido al parecer, in illo tempore, por el Arzobispo de Constantinopla, y en él un cofrecillo con diademas y textos. Por ellos parece colegirse que tanto Los versos de Trovadorius como El libro de Teluria no son solamente dos series de poemas que se corresponden y parlamentan de un amor entre dos amantes concretos. Causa dan para pensar que, más allá de su contenido autobiografista, son un intento de convertir en icono la historia del amor universal: la tentativa de reflejar el enamoramiento anhelado e imposible de toda mujer y todo hombre. Lo que todo autor quisiera alcanzar con su obra: unos Adán y Eva no expulsados del paraíso erótico.
     Algunos mestureros afirman que soy yo el autor de estos versos, y aun de los de Trovadorius, recurriendo al fácil tópico del manuscrito ajeno encontrado -como hicieran Cervantes o Bécquer, por ejemplo-. Bien quisiera yo ese humilde honor, pues que aunque sin pretensiones literarias, Teluria y Trovadorius dieron con su correspondencia una breve y discreta lección. Comoquiera, afirmo yo la mentirosidad y alevosía de quienes esos infundios esparcen por doquiera.
     Dicho lo escrito, he aquí otros dos poemas:

26
Cuando mueren aquellos por los que moriríamos,
un inmenso sepulcro se abre en nuestro pecho
y enterramos la vida como a un cadáver triste
que cuelga de nosotros insistente.
Siempre decías que vivir es sólo
tratar de recordar otra existencia
en la que fuimos todo cuanto queremos ser,
porque la muerte es una puerta ignota
tras la que abandonamos los recuerdos.
Tú que alumbraste mis marchitos ojos
y le diste razón a mi existencia,
vuelve un instante y dime que aún es tiempo
de entregarme a la vida y no a la muerte.


27
Nada perdura. Mueren las estrellas.
Los amantes se olvidan o se tornan ceniza.
Las glorias enmudecen, y tortura el fracaso.
La belleza es efímera; y su gozo, fugaz.
Sólo por ser pasado se convierten
en nostalgia las cosas;
y tan sólo nos queda la memoria,
falso palacio y vivo cementerio
de lo que fuimos y quisimos ser.
Todo cuanto anhelamos lo devora la tierra.
Todo zozobra y cae, y todo es un naufragio.
Las hojas se marchitan igual que sueños rotos
y el mundo de los vivos nos recuerda a los muertos.
De nada sirve hallar consuelo en dioses
o en transfiguraciones de esta vida,
pues todo es podredumbre tras la muerte.
Y tampoco llorar vale de nada:
las lágrimas se funden con la lluvia
en el diluvio universal del llanto.
No existen paraísos, sólo infiernos.
Y la escritura es siempre un mausoleo.
En el último instante, en todo instante,
el corazón se abraza a la existencia
y quiere seguir siendo
cuanto fue, cuanto es, cuanto no ha sido.

domingo, 21 de mayo de 2017

La muerte de los dioses... Libro de Teluria (XI)

Purcel: Lamento de Dido

24

La muerte de los dioses nos dejó
fríos infiernos en donde hubo cielos,
y la íntima hecatombe nos empuja
a ordenar nuestras ruinas.
Cava su túnel la melancolía
y nos hace sentir
que vivir es un duelo con la muerte
y morir la derrota más ansiada.
¿Qué fue de tanto edén y tanta fe
que nos transfiguraban la existencia
y convertían en volcán la vida?
¿Y la gravitación emocional
que juntaba los cuerpos y las almas
con el vigor de las constelaciones?
¿Sólo hay fuego, ceniza y sueños rotos?
¿Es la nada la arcilla que nos forja?
¿Será el amor el solo dios que queda
cuando mueren los dioses?
¿Y si muere el amor, qué manantial
saciará nuestra sed?


25

Envidio a quienes creen que hay un lago apacible
en el que desembocan las aguas de la vida
para saciar la mutua sed de aquellos que mueren
sin haber satisfecho su amor en cuanto amaron.
Mucho me gustaría despertar de la muerte
y encontrarte inmortal, para siempre a mí unido.
Pero diera gustosa tan dulce eternidad
si pudiese volver a los días aquellos
en que la dicha era un hallazgo sin búsqueda,
un gozo sin conciencia de que todo se acaba.
En aquel mundo plácido sin eterno retorno
no existía la muerte ni existían más dioses
que los que cada uno, inocente y feliz,
arrancaba en el alma y en el cuerpo del otro.



martes, 9 de mayo de 2017

El libro de Teluria (X)

Purcell: Lamento de Dido

19

Nada perfuma la existencia como
los aromas de la felicidad
entrevista o soñada, pues la dicha
es la creencia de que ha de llegarnos
según la dibujaron nuestras ansias.
Un pálpito escuché llegar un día
hasta mi corazón, y lo sentí
concertado a mi alma. Caminamos
cogidos de la mano y conocimos
el tiempo fértil y el amor hermoso.
Cuántos sueños forjamos y con cuánta
placidez fecundamos el futuro.
Después derribó el tiempo sus murallas
y entre las ruinas apresó tu nombre.


20

Hoy he estado mirando tus grandes ojos claros,
tan claros que parecen transparentar tu alma,
tan verdes, tan azules, como si el mar hubiese
amado sus pupilas con dos besos de agua.
Y la cadencia triste de tus ojos
la amé tan hondamente como aman el dolor
los espíritus dulces de atormentadas vidas
a quienes siempre mana nostalgia el corazón.
Mirando tu sonrisa tan clara, como un beso
perdido en el camino de la alegría al llanto,
fue mi melancolía quien soñó
que el tiempo regresaba hacia nosotros.
Pero me desperté y supe, doliente,
que no sabe soñar la muerte y nunca
despertará para que tú regreses.


viernes, 28 de abril de 2017

Ojos como los tuyos (El libro de Teluria, IX)

Purcell: Lamento de Dido


17

Ojos como los tuyos los he visto,
amor, en esta tarde junto al río.
Cauces de luz dejaban en los álamos,
mientras el viento deshojaba estrellas.
Y ha caído la noche, y me mirabas
desde todos los ojos de la noche,
porque naces allí donde yo miro
y todo me devuelve tu mirada.
Sólo quien sabe amar se transfigura.

           
           
18

  Se aproxima el invierno con sus pétalos fríos.
  Por las noches escucho al lobo hendir
  las tinieblas. El viento trae la brisa
  del alejado mar. Tu nombre eleva
  torres y talismanes que crecen en mis ojos.
  Las estrellas diluyen su fulgor en mi alma
  y un diamante de enhebro estriado por jazmines
  florece entre mis dedos, junto a las caracolas
  que entonaban su música cuando le preguntábamos
  al Tiempo qué sería de nosotros.




miércoles, 12 de abril de 2017

Aquella noche, mientras los caballos (El libro de Teluria, VIII)

Purcell: Lamento de Dido
15

Aquella noche, mientras los caballos
piafaban bajo el rayo y la tormenta,
burlamos centinelas y murallas
y al fin huimos del castillo aquel.
Después de tanta ausencia y tanta cárcel
llegamos por senderos y colinas,
lejos de intrigas y separaciones,
hasta el lago apacible, bajo el cielo;
y el anhelado abrazo nos unió
para siempre y sin tiempo.
                                            Eternidad
que siento cada día hasta que el gozne
de la puerta herrumbrosa me despierta
y me veo llorando ante tu tumba.


16

Amanecía en nuestros corazones
un universo nuevo:
                                   la felicidad,
ese país lejano, se acercaba,
y en medio de tan claro sortilegio
éramos sus estrellas más brillantes.
“Un himno melodioso rige el orbe,
la perfección es infinita, somos
fragmentos de una urdimbre luminosa
que nos conduce hacia la luz”, dijiste.
De pronto anocheció en tu sangre y fue
como un eclipse astral, una invasión
oscura. Me dejaste
sola frente al umbral del resplandor.
Al despertar de aquella muerte dije:
el mundo no es un cosmos sino un caos,
el equilibrio universal no existe,
el corazón no tiende a la armonía.
Somos demiurgos de nuestros infiernos.




martes, 4 de abril de 2017

El libro de Teluria, (VII)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

El Libro de Teluria (II)

El Libro de Teluria (III)


Purcell: Lamento de Dido

13
Comprendo ahora que debí arrancarte
de mí, igual que una serpiente
abandona su piel para seguir creciendo
libre de la que fue
y renacer siendo la misma en otra.
Te fui dejando en los arroyos claros
y en las palomas, en los albañales,
en los caminos, en los viajes, mapas,
cartas y libros,  entre cuantas cosas
tocaba o despedía para huir
de tu presencia amante y dolorida.
Pero el amor es frágil y no supe
decirte adiós, quedarme en otros brazos
en los que te busqué y de los que huí;
no conseguí volver a ser quien era
antes de que tus manos y tu voz
me hicieran como soy, como aún anhelo
seguir siendo, pues tú me descubriste
que la luz está dentro de nosotros.


14
Se estremecen los besos en mi piel
y ruedan, ya marchitos, como tristes
cadáveres nacidos de unos labios
con los que enajenaba soledades,
indefensiones y ansias. Las palomas
que embriagaban mi cuerpo en el crepúsculo
quedaron en la esquina de la noche,
y pertenecen ahora a tantas cosas
como creía amar, en un instante
en el que hallaba un dios que me invitaba
a soñar, a vivir una existencia
ajena al desengaño, aunque después
sólo desolación y oscuridad
quedó a mi alrededor. Y la esperanza
de conquistar los sueños muere lenta,
cada día más lentamente muere
envuelta en el fragor de los anhelos,
herida por la urdimbre del fracaso
que se acumula, un día tras de otro,
sobre mi corazón riente, uncido
a un edén que tal vez  nunca regrese.



viernes, 24 de marzo de 2017

El libro de Teluria, (VI)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

El Libro de Teluria (II)

El Libro de Teluria (III)


Purcell: Lamento de Dido


11

Nos dimos todo cuanto pueden darse
quienes quieren ser dioses para el otro,
 y construimos tantos paraísos
que se transfiguraron nuestros cuerpos
en materia inmortal.
                                   “Soy un fragmento
del cosmos, y jamás podré morir
porque la muerte es otro nacimiento;
pronto seré una estrella”.
Como ofrendas del alma, nos decíamos
en mitad del amor susurros, sueños.
Y miro el alto cielo cada noche,
ahora, con los ojos enredados
entre los astros por si reconozco
tu mirada diciendo que me esperas.
         
  
12    

  Ruinas son las que fueron monumento 
  de la memoria alzada a la belleza,
  tumba y ceniza el fuego y la oquedad
  que aquella tarde nos brindó la lluvia.
  La piedra rota y la marchita hoguera
  no recuerdan la historia de una noche
  en la que se encendieron nuestros cuerpos
  bajo el agua celeste que inflamaba
  el furor del abrazo.
                                      Miro ahora
  la tierra gris, las hojas calcinadas,
  y sé que ahí yacen nuestros sueños rotos,
  en la silueta que grabó el amor
  como un bajorrelieve sobre el tiempo.
  No escucho las palabras susurradas
  ni brilla aquel fulgor.
                                      Pero quisiera
  desesperadamente haber sabido
  que la felicidad consiste sólo
  en vivir cada instante como si fuera el último.


lunes, 6 de marzo de 2017

El Libro de Teluria (V)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

El Libro de Teluria (II)

El Libro de Teluria (III)


Purcell: Lamento de Dido

9.-
Porque te fuiste sin poder decirme
siquiera un dulce adiós, pongo en tus labios,
a veces, las palabras que quisiera
haberte oído. Y suenan despedidas
nobles como la noche,
mientras de nuestro abrazo se separan,
como la uña de la carne, cuerpos
dolientes; y oigo
gemir a Héctor y Andrómaca,
plañir a Hero y Leandro,
a cuantos castigó la suerte adversa
dividiendo su ser en dos mitades
que eran tan sólo un alma.
Me he convertido en una isla desierta
rodeada de duendes y naufragios.
Y sé que nunca volverás a mí
porque nadie regresa de la muerte.

10.- 
Toda la noche recogimos astros
mientras el firmamento caminaba
alrededor de nuestros ojos, y eran
ramilletes de sueños
los que aromaban nuestro corazón.

El olor de la tierra entretejía
el universo en nuestra carne, ungiendo
un cosmos constelado en cada beso.

Cuánta belleza es el recuerdo dulce
de lo que, mientras dura, es inmortal.

La dicha es el lugar al que llegamos
cuando la suavidad de la memoria
olvida cuanto no pudimos ser.



miércoles, 22 de febrero de 2017

El libro de Teluria (IV)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)

Una excavación litúrgica en el horizonte patagónico ha dejado al descubierto las ruinas de un monasterio regido al parecer, in illo tempore, por el Arzobispo de Constantinopla, y en él un cofrecillo con diademas y textos. Por ellos parece colegirse que tanto Los versos de Trovadorius como El libro de Teluria no son solamente dos series de poemas que se corresponden y parlamentan de un amor entre dos amantes concretos. Causa dan para pensar que, más allá de su contenido autobiografista, son un intento de convertir en icono la historia del amor universal: la tentativa de reflejar el enamoramiento anhelado e imposible de toda mujer y todo hombre. Lo que todo autor quisiera alcanzar con su obra: unos Adán y Eva no expulsados del paraíso erótico.
     Algunos mestureros afirman que soy yo el autor de estos versos, y aun de los de Trovadorius, recurriendo al fácil tópico del manuscrito ajeno encontrado -como hicieran Cervantes o Bécquer, por ejemplo-. Bien quisiera yo ese humilde honor, pues que aunque sin pretensiones literarias, Teluria y Trovadorius dieron con su correspondencia una breve y discreta lección. Comoquiera, afirmo yo la mentirosidad y alevosía de quienes esos infundios esparcen por doquiera.
     Dicho lo escrito, he aquí otros dos poemas:

7.-
Fijos en mí tus ojos se quedaron

cuando la muerte te abrazó, de pronto,
y te hundiste en la nada.
Dulce melancolía
la del otoño y las gaviotas tristes
como tristes pañuelos en la tarde
despidiendo los barcos,
clamando a las estrellas.
La derramada lluvia, entre la bruma,
pareció levitar por un instante,
como si pretendiese
detener el ocaso y su fulgor,
dibujar tu silueta
y elevarla entre las constelaciones
que la noche traería,
tal vez para que yo pudiera hallarte
cuando, desorientada,
necesitase luz en mis tinieblas.



8.-
Aquel día tu muerte te sepultó en mi vida
y te sembró en mi pecho: yo soy tu sepultura.
A fuerza de abrazarnos tantas veces,
has crecido en mi carne
y sólo soy la efigie de un recuerdo,
una estatua erigida en tu memoria
en este atardecer en que no estás
y me dejas desnuda frente al tiempo.
No hay amor que no duela más que el placer
                                                       / que otorga,
y eso me queda hoy: tu imagen renacida
fluyendo interminable
como un manantial fértil que deja un surco estéril.