Nacido en cualquier lugar y cualquier tiempo, el autor que traigo hoy existe también en Akra Leuka, con imnúmeros nombres de todos conocidos, incluso si los callan.
Y como la mejor publicidad que puede hacérsele a los impostores es el silencio, póngales nombre aquel que así lo quiera:
Oda a un falso poeta Estupra los conceptos, ludibria la belleza, regurgita palabros y rebuzna cadáveres: necrofágiate en versos de prosa cotidiana. Jamás te sinestesies, pronúnciate liróforo. Ignora que realmente eres un ignorante. Aprende la liturgia del aplauso sin méritos. Arrímate a los ciegos, que son los que demuestran su solidaridad con lo mediocre y frívolo, virtudes esenciales de la gran multitud. Sé digno de su herrumbre y agrúpate con ellos: te seleccionarán para una antología si has sabido esquivar la dignidad. Si no, no existirás hasta que te hayas muerto y los hijos de quienes preterieron tu nombre prefieran preterir al que no se les rinda.
No pocas veces se ha intentado practicar una poética de la epilírica: una escritura que aunase el lirismo con la narrativa. Desde el Romancero; o los romances del Duque de Rivas y Zorrilla; y García Lorca; o El estudiante de Salamanca, de Espronceda; o La tierra de Alvar González de A Machado...
No sé si eso es lo que pretende la colección inédita de "Cuentos en verso" que la francesa afincada en Ibi, fundamentándose en pasajes literarios, escribe por estas fechas. Este ejemplo toma como premisa "El curioso impertinente" inserto en el Quijote. No hay aquí lírica, sino moraleja. En el último tramo, cuando la esposa admite la deslealtad, los endecasílabos cambian a octosílabos para atenerse, sin duda, a los versos cervantinos.
El buscón de su deshonra
En un lugar, que puede ser cualquiera porque en todos ocurre que el amor manda en hombres y hembras, sucedió que había dos amigos, tan fraternos que todo era de ambos. Uno de ellos se enamoró de una mujer hermosa y se casó con ella; y fue feliz. Pero Anselmo -porque este era su nombre- empezó a sentir pronto la desdicha de no ver con la misma asiduidad a su amigo Lotario; y aunque este le explicó que en el dos no cabe el tres, hubo, ante el mucho ruego y pertinacia, de seguir visitando a los casados como si no lo fueran.
Tanto Anselmo insistió en que las gentes no importaban, ni sus habladurías -y además, que el amor de su esposa era imbatible y su fidelidad a toda prueba-, que Lotario no pudo decir no a las insensateces de su amigo, ya empeñado en probar con claros hechos el honor inmutable de Camila. Y así, la visitaba el buen Lotario,
y hasta la requería y requebraba con requiebros que el propio esposo urdía y ya había olvidado repetir. En fin: pues que la dama, tras negarse una vez y diez veces, a la onceava prefirió a quien de tanto amor le hablaba;
y obedeciendo a su esposo
-aunque este nunca lo supo-
entró al su amigo en su cama
y lo tomó por amante. Que es de vidrio la mujer -el hombre no le va en zaga-
Conocí a Carmelo S (antiago) García en Elche, en tiempos de la revista Tabala. Juntos estuvimos en un congreso en Aguadulce, patrocinado por la Reina Sofía. Intercambiamos algunos textos. Me interesaron los suyos. Le interesó mi The Lady of Ilici, que apareció en Tabala. Y en ella se quedó, pruebas de imprenta ya corregidas, su largo poema-libro "Los cíclopes de Ifach".
Enseguida nos reconocimos semejantes y, más enseguida, separamos nuestra incipiente amistad; quizá porque nos parecíamos demasiado...
Tuve tiempo, poco después, de pedirle unos poemas para Algaria O, en un momento -debo confesarlo- en el que carecía de colaboraciones. El siguiente es uno de aquellos poemas; en él la invasión de lo místico es evidente desde el título; reconozco que alentó mi también encrespado trascendentalismo:
La escala de Jacob
1.-
El dolor que me azota y el amor anudado después de tanta niebla sobre mis ojos lirios, la música quebrada, los pájaros del ansia, tanto suicidio incruento para burlar la muerte y la profanación de lo prohibido saben a sentimiento derrotado, a fracaso extendido del ángel imposible.
2.- El corazón golpea como una aldaba amante a las puertas del alma y no respondo. ¿Qué bayoneta dulce rezumando epitafios se introduce en mi sangre y me convierte en dios? Pues con mis manos agarrando nubes, trepando estrellas, desvelando dudas, como una yedra de metal divino me voy trenzando sobre un árbol de ámbar y un torbellino de cristal desnudo me envuelve entre sus alas silenciosas. Asciendo como un dardo enloquecido ciego en el vuelo inmóvil de mis ansias...
Hay quienes presumen de inteligencia o belleza: ¿No saben que ni una ni otra son un mérito sino un regalo de la Naturaleza? Por esa misma causa, no es culpable la fealdad o la inabundancia mental.
Lo meritorio es el esfuerzo de quien siendo apenas nada, o siendo mucho, se empecina en ser algo por encima de su buena o mala suerte en el reparto azaroso de los genes.
Y lo detestable es que el presuntuoso presuma de sus logros y, peor aún, que haya tantos que incluso se arrogan méritos de los que carecen. (¿Nadie ha oído a un imbécil decir "soy poeta, soy artista, soy..." como si eso fuera cuestión de querer?).
La humildad consiste simplemente en dejar que sean los demás quienes aprecien nuestros méritos; la necedad es la autoproclamación de nuestro yo como si fuera el mejor.
Ya lo decía aquel macareno que era yo para acallar a un inepto presumidor de alta sapiencia: "Nerón tuvo dos maestros: Séneca y Burro; puedo aseguraros que vos no sois Séneca".
He descubierto algo mágico: al conectar el rúter al televisor -porque en este solo hay diluvios de basura- me ha aparecido You Tube; y en él innumerables vídeos de todas las especies.
He podido escuchar y ver hasta una docena de diferentes interpretaciones de la misma sinfonía, sonata...: se acabó el sustituir el dvd para encontrar los matices de los otros directores y orquestas. Qué maravilla, el rumor de la música. Ya no maldeciré el progreso de la tecnología espacial aplicada a lo cotidiano.
Lo único que siento es que ya no puedo dirigir, como mientras escuchaba Radio Clásica -cuando aún era clásica su música-, la invisible orquesta que yo solo veía. Me entusiasmaba hacer brotar lo mejor de los músicos con mis aspavientos contenidos, y quemaba muchos demonios desjarretándome entre batutazos o acunando la orquesta.
Ahora me averguenza reconocer -porque los tengo delante- que Berstein, Furtwaengler, Masur, Osawa... dirigen mucho mejor que yo. Pero escuchar el paraíso: esa es la magia.
Toda la Historia del Arte puede resumirse con el título de una serie de conciertos de Vivaldi, cuyos cuatro primeros conocemos como "Las cuatro estaciones": Il cimento dell` armonia e dell` invenzione (La lucha entre la armonía y la invención), o, lo que es equivalente: el enfrentamiento entre tradición y vanguardia. Esa lucha y la búsqueda de un nuevo equilibrio -la inserción de la vanguardia en la tradición- es la constante en música, pintura, literatura... y el pensamiento mismo.
Pocos homenajes y descripciones de la Primavera como la que dedica Vivaldi en el primero de esos conciertos, inspirado, como los otros, en uno de los cuatro sonetos que -se dice- él mismo escribió (lo cual demuestra que hizo bien en dedicarse a la música y no a la poesía). Helos aquímente:
La primavera
Llegó la primavera, y los rientes pájaros la saludan con su canto.
Bajo el soplo del céfiro, las fuentes con dulce son discurren entretanto.
Cubren el aire con su negro manto, nuncios electos, trueno y rayo ardientes.
Callados éstos, las aves silentes tornan de nuevo a su canoro encanto.
Y así, sobre el florido ameno prado, al caro murmurar de la arboleda duerme el cabrero con su can al lado.
Pastor y ninfas, en la choza amada, danzan al son de la zampoña leda en esta Primavera iluminada.
El verano
Bajo dura estación que el sol enciende -mustios hombre y rebaño-, arde el pino.
Suelta el cuco la voz; cuando la entienden, la torcaz canta y da el jilguero un trino Céfiro dulce sopla, mas la emprende Bóreas, sin tardar, con su vecino. Llora el zagal, pues temeroso atiende una fiera borrasca y su destino.
Roba a sus miembros laxos el reposo del relámpago el miedo, y truenos fieros y de las moscas el tropel furioso. ¡Ah, que son sus temores verdaderos! Truena y fulmina el cielo y, granizoso, desmocha los trigales altaneros.
El otoño
EI rústico, con bailes y con cantos, celebra la vendimia y su alborozo del licor de Baco encendidos tantos terminan en el ensueño su gozo.
Se entregan a los bailes y los cantos, al aire que, templado, da alborozo, a la estación, que está invitando a tantos de un dulcísimo sueño al bello gozo.
Cazadores al alba van saliendo con cuernos, escopetas y jaurías.
Huye la fiera, mas la van siguiendo; pasmada y laxa por la algarabía de escopetas y perros, va muriendo herida, y amenaza todavía.
El invierno
Entre la nieve, tiritar helado al severo soplo de hórrido viento, correr, siempre los pies en movimiento castañear cuando el hielo es extremado.
Los días quietos, ir del fuego al lado mientras fuera la lluvia moja a ciento; caminar sobre el hielo a paso lento; por temor de caer, ser avisado.
Ir firme, resbalar, caerse al suelo, levantarse, corriendo presuroso sin que se rompa y resquebraje el hielo. Sentir que del cerrado calabozo Bóreas, Siroco y todos alzan vuelo. Esto es Invierno, pero traiga gozo.
Me envía Mariano Sánchez Soler tres textos y pienso al leerlos: Un periodista tan preocupado por denunciar los disparates de la sociedad -los desvíos de la razón social, los derroteros de la corrupción-y luego, en las entrañas de la privacidad, se disparata en versos irracionalistas, más lúdico que esteta, con la receta de la libre asociación de léxico y semántica, sin leyes escriturales -aunque sujetas por el ritmo y por la rima-, como si recordase y homenajeara el postismo, por ejemplo... Buena dicotomía para quien sabe que el hombre social se debe a unos principios y el hombre individual principia por el autorrespeto que no daña a los otros, el íntimo individualismo que llamamos responsable libertad ...
Y aquí emergen tres sonetos, uno sin rima y dos arrimados a la cadencia estrófica:
PASAJES DEL MASCARAT Eléctrico el amor bajo montañas vertidas a la mar, en los pasajes del Mascarat, herido por anclajes y lenguas de cemento tan extrañas. Viajeros, expropiaron las entrañas de la tierra, cubrieron los paisajes con labios de motores y voltajes, sin besos que nos tiendan telarañas. En el oscuro túnel, con los trajes rodantes, hilvanadas a los nombres etiqueta de adiós, sin oleajes, arrastran sus pesados equipajes de consumo y dolor ¡Ay de los hombres que jamás levantaron andamiajes! ES MAR
El mar que diseñaron los sopletes dominando la luz a fuego lento: rodante mar de tuercas y cilindros donde lo fácil es ir naufragando. No hay buques en tu mar, sólo chatarra, códigos, hemorragias de silencio, con tiburones ciegos que señalan cuál es el cauce de las marejadas. Es mar que sin espuma ni gaviotas -apenas tres gorriones desdentados- muerde tu realidad de cuerpo libre y en nuestro navegar nos atropella con sus lunas de cheques-gasolina, con su honor de semáforos vencidos. LOS TRENES Los trenes carcomidos, deshilados, flores de fierro viejo sin corbata, ancianas maquinarias de hojalata, ferrobuses de amor descarrilados, angustiosos vagones apartados, perdidos en el túnel que desata la muerte para siempre y desbarata los otoñales besos pronunciados. Vapores, alquitrán, locomotoras, sin humo y corazón en las raíces, sin temor al progreso irreparable. Las eléctricas garras vencedoras del veneno letal, sin cicatrices. ¡El verano ya no es recuperable!
En la vida de toda obra de arte hay dos tramos: el que va desde la conciencia creativa del autor a la creación, y el que, una vez acabado el proceso creativo, pertenece al antojadizo o noble perceptor.
El primer tramo es el que importa y en el que el autor es el único demiurgo. Sus dudas, sus esfuerzos por convertir la inspiración en reflexión emotiva, el borrador en pulimentación, lo vislumbrado en ser concreto ... son los elementos que consiguen superar toda dificultad hasta lograr el fragmento de identidad humana que es, o debe ser, toda obra nacida de los hombres que pretenden redimir el mundo con el arte.
El segundo tramo nada tiene que ver con el autor y todo con el mercantilismo y la fanfarria del mundanal bullicio, ese invencible monstruo que es, precisamente, el que devora al individuo y da muerte al artista. Por eso cuando este inserta los intereses de la obra (consecución del éxito...) en su creación está podredumbrando y malversando la nobleza artística.
Tal pintor, músico, novelista, poeta, escultor y similares homínidos del arte son sus matarifes. El arte es una necesidad síquica, no una circunstancia del factor económico o ególatra.
Aprovecho los comentarios recibidos sobre los poemas de ayer (pulsar 9 + 1) para explicar lo siguiente:
Pocas cosas hay peores que la impostura. Por eso cuando atribuyo a otros autores textos que yo he escrito no es porque sea un impostor, sino porque soy defensor del palimpsestismo (*): del reconocimiento de que cuanto escribimos ya está dicho, y mejor, por nuestros ancestros, y que solo podemos reescribir, añadir matices, fundamentarnos en la escritura de la Humanidad para tratar de ser hombres -y mujeres- dignos de ella. Así que mis presuntos heterónimos, seudónimos o como quiera calificárseles, no son disfraces ni burlas -aunque también hay ludismo y escondite- sino simples ejercicios prolongatorios, escritos sobre lo escrito.
Tales tentativas son muestras de lo antedicho: que por muy nuestro que creamos lo nuestro siempre hay alguien del pasado dirigiendo y caligrafiando nuestra pluma, escribiendo con nuestra voz, demostrando que esos álguienes fueron profetas o amanuenses de nuestra versión: que probablemente sobra nuestro escrito si no es digno de ellos: que somos sus borradores a posteriori. Son nuestros arbotantes, y nuestros homenajes.
¿Son mías mis palabras, son del diccionario o son de quienes ya las utilizaron? Contestar a eso ya es obtener una gran respuesta. Las palabras siempre son connotativas, multimillonarias en connotaciones, huérfanas de un solo padre, hijas de cuantos las han dignificado.
Cuando suena "La consagración de la primavera", de Strawinski, ¿está sonando este o también todos aquellos de los que aprendió, cuantos desechó, cuantos integró en su pentagrama, todos los que hicieron que cambiase el rumbo de la música? Todo poema es un viaje desde los anteriores viajes hasta las sucesivas ítacas y citereas.
Yo he versificado los sonetos que siguen; pero lo que en ellos digo, aunque sea autobiografismo síquico, creo que también lo fue de los autores que menciono -y otros muchos-; porque ellos, como yo, podemos y debemos decir aquello de "soy humano y nada de lo humano me es ajeno". Todos hemos pasado por gemelas sensaciones y experiencias.
Es una identificación de muchos, un hermanamiento de identidades porque en un hombre hay muchos hombres, y en un escrito muchas plumas que han buscado la idoneidad expresiva para que sea igualmente idónea del pensamiento y sentimientos de quienes nos suceden. Frente o junto al "todo poema tiene el rostro de mi mente", que implica un individualismo exacerbado, está el diacronismo humano, el que es factor común de la Historia, del hombre de cualquier tiempo: siempre hay en él un fragmento de identidad semejantemente idéntico al de otro y otros hombres, el de todos, el que debe pulsar con su palabra para que suene hasta integrar el uno en el todos y lo de todos en uno.
En estos poemas yo me retrato a través de muchos y muchos se retratan en mí (¿Quién no ha sufrido similares cogitaciones?). Pero el proceso, en verdad, fue como el de mi título "Hijos de Homero": escribí los poemas en diferentes épocas; me pregunté a quiénes podía atribuírseles o semejar su semblanza: y lo hice. Al que más me costó encontrarle rostro fue al de la escultura; el único escrito con la imagen como modelo, el de Böcklin.
Si es verdad que "cuando leo a Quevedo soy Quevedo" "y cuando pienso en Roma soy Virgilio", tema de la reencarnación, también lo es que "escribimos para permanecer".
Los reproduzco por si el lector desea revisar:
Diez Sonetos (Autorretrato en otros)
1.- El desencanto (Quevedo)
Aceptar que una estrella silenciosa
es, en verdad, el fuego de un infierno,
y que en el resplandor del alba hermosa
nace la noche con su breve invierno.
Admitir que la muerte lujuriosa
se engendra ya en el cíngulo materno
y florece en el lirio y en la rosa
porque todo es fugaz y nada eterno.
Comprender que son vanos los empeños
del vivir por huir de un fin amargo
y que al hombre lo rige el desengaño.
Saber que el corazón inventa sueños
para sobrevivir: y, sin embargo,
no poderse engañar con ese engaño.
2.- Bajo la pluma (Lope)
Solo en la inmensidad del universo,
bajo el párpado azul del alto cielo,
el corazón tan solo halla consuelo
en el cuadro, la música y el verso.
Por sosegarme, con la luz converso
del músico paisaje, del desvelo
del viento al salmodiarse, del anhelo
de infinitud, y en versos me disperso.
En las constelaciones prodigiosas
de la frágil palabra me persigo
sin esperanza, pero incontinente.
Las luciérnagas arden como rosas
alumbrando senderos, y las sigo
armado con la pluma solamente.
3.- Liturgia del poema (Góngora)
Primero es un rumor a un ritmo asido,
un aroma, una luz aprisionada
en la sombra, una hoguera dilatada
que asoma su fulgor desconocido.
Luego encuentra su música el sonido
en la frágil palabra revelada;
y la voz, caudalosa o mesurada,
la pluma ordena, pule y da sentido.
En la página hermosa y fatigada
la mano alza la luz desde la bruma,
porfiando darle vida a cuanto nombra.
Quedan, bajo la herrumbre calcinada,
palabras sostenidas por la pluma
y sueños derribados en la sombra.
4.- Yacente sobre el fuego (Ilaria del Carretto)
Está sobre la tumba el cuerpo echado,
pero mantiene la cabeza erguida;
y su efigie de piedra, ennoblecida
por el cincel, el tiempo ha derrotado.
La mirada yacente y sostenida
parece, en su quietud, haber hallado
la senda de la muerte hacia la vida
y, en el sosiego, el paraíso ansiado.
La mano mortecina y delicada
abraza el aire y su otoñal perfume,
mientras fulge la luz su incandescencia.
En su desolación esperanzada,
la escultura de pórfido resume
la frágil potestad de la existencia.
5.- Böcklin (La isla de los muertos)
Como un enigma en el ocaso erguido,
yace el islote, leviatán varado:
si por el cuarzo, sueño iluminado,
por los cipreses, túmulo florido.
Umbral de luz en piélago dormido,
torre frugal, barquero amortajado,
aire en quietud y remo desnortado
en el espacio el tiempo han detenido.
El fantasmal y onírico paisaje
-clara desolación, febril sosiego-
muestra a Caronte al conducir su presa.
¿Pero hacia dónde se encamina el viaje?
A la esperanza y sinrazón me entrego:
la Muerte hacia la vida nos regresa.
6.- Razón de la palabra (Fray Luis)
Sueño que un día alcanzaré la cumbre
de la serenidad y la firmeza.
Pero el oro del tiempo es solo herrumbre,
ruina de sueños, vida sin nobleza.
Nunca escribí para buscar belleza,
sino para aliviar la pesadumbre;
pues, al verbalizarse, mi tristeza
halla consuelo, encuentra mansedumbre.
Sé bien que la existencia es una herida
que sólo con la muerte se sutura,
y cada cual se entrega a una esperanza.
Yo leo el manuscrito de la vida,
trato de descifrarlo en mi escritura
y aprendo a ver la muerte con templanza.
7.- Non serviam (Garcilaso)
Cansado de morirme cada día
sin hallar el descanso de la muerte,
renuncio a refugiarme en la elegía
como consuelo ante la adversa suerte.
Rompo la tradición de la poesía
de quien en versos su dolor convierte,
y me esfuerzo en hacer de la alegría,
de entre todas las musas, la más fuerte.
En vez de recrear con amargura
la aventura fatal de la existencia,
quiero hacer de mi pluma mi destino.
Tal vez plantando paz en la escritura
la existencia, por fin, tome conciencia
de que solo la luz es un camino
8.- Meditación (Yepes)
A veces, cuando sueña la conciencia
en el umbral del enardecimiento,
siente en su beatitud y acendramiento
la transfiguración de su existencia.
El alma se despoja de su esencia
y, como si surcase el firmamento,
llega a la fuente del conocimiento
y allí se inviste de clarividencia.
Regresa luego de la estancia hermosa
ataviada de luz y de armonía,
y despierta callada y fervorosa.
Desde ese instante el corazón rebosa
sed de inmortalidad, y sólo ansía
una metamorfosis venturosa.
9.- Opus postumum (Schumann)
En los atardeceres, cuando el alma
se suaviza, y se va alejando el día,
siento que en mi dolor deja su calma
el resplandor de la melancolía.
Me invade una quietud avariciosa
de desasirme y de transfigurarme
en el pétalo hermoso de una rosa
para, luego, en estrella reencarnarme.
Hoy esa dulcedumbre me atenaza
con sus amables brazos y sus besos,
y se estremece el universo en mí.
Siento una luz oscura que me abraza.
Va trepando la muerte por mis huesos.
Se ilumina la nada. Sé que fui.
POSDATA
Sonetazo de 154 sílabas (J. Cantero)
Poetas que escribís versos de viento,
ruiseñores de la versolatría
que juglariáis la gran algarabía
aprendida en la hiel del excremento:
¿Qué músicas seguís en el intento
de almibarar vuestra disentería,
si escribís versos, pero no poesía,
con sílabas sin pies, alma ni aliento?
Prosisómanos son vuestros poemas,
estangurrios, caníbales y tísicos,
como nacidos de parlante afasia.
Famamundiarse a base de lexemas
estupradores, chancros, sifilíticos:
tal es, poetas, vuestra idiosincrasia.
(*) Buen ejemplo de palimpsesto es la elegía de M Hernández, construida magistralmente con emociones, conceptos y formulaciones de otros, cuyos bien engranados fragmentos constituyen todo un icono. Más claro es el caso de los sonetos, aquí ya aparecidos, que reescriben el carpe diem desde la antiguedad (La construcción del poema).