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jueves, 4 de marzo de 2021

Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls

 

O. Esplá: Sonata homenaje a Chopin



Vicente Valls (1957-2014). 
Autor de poemas de sobria arquitectura, en 1996 apareció su libro Treinta poemas, que yo le había pedido para la colección "Indicios", tras mi aventura con "Algaria O" y los pliegos para la antología "Alimentando lluvias", todo ello bajo el patrocinio del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert. 
     He aquí un poema que él mismo seleccionó, entre otros, para tal antología: una combinación de heptasílabos y endecasílabos, junto a un alejandrino, formulan una imagen del amor más como deseo que como satisfacción, como desengaño de una sensualidad a la que solo el tiempo pone el nombre de ternura.

Imagen del deseo

Te hubiera dado el mundo

al caer de la tarde, cuando octubre
sacudía el deseo y la memoria
con el oro irisado de los árboles.

Reflejo de tu imagen era el día

e ignoraba el dolor, la larga espera,
el precio que el amor
impone en sus dominios
como una lenta llama
que ciega cuando toca.

Entonces no sabía

la celada que guarda la imagen del deseo,
la imagen de la sombra cuando el viento
enciende el corazón entre las ruinas
y el ansia entre la noche
busca un cuerpo rendido en la ternura.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Carlos Sahagún (1938-2015)


Sahagún leyendo dos poemas

Conocí a Carlos Sahagún en casa del poeta Manuel Molina, también alicantino. Allí habíamos quedado para una entrevista. Yo debía escribir un libro sobre su poesía para el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert; llevaba unas cincuenta o sesenta páginas cuando decidí que no me sentía capaz de darle la calidad y dimensión que deseaba y abandoné la escritura, a pesar de que su publicación estaba anunciada. Algunas de esas páginas antedichas salvé para la revista Algaria 0 (en un ensayo demasiado barroco que creo que titulé pomposamente Carlos Sahagún: la transgresión de una contumacia.
     No sé si Sahagún era tan autoexigente -aunque así parece indicarlo la brevedad de su obra-, pero sí tan introspectivo y huidizo de las masas y los círculos literarios. A finales de los 90 rechazó la invitación que le hice para que interviniese en el ciclo Alimentando lluvias.
     Había recogido el autor sus libros, salvo el último, en uno breve, si bueno, titulado Memorial de la noche. Pero ya se sabe: quien no grita en medio de la multitud no es vociferado por ella. 
     Ha muerto hace unos días, tan silenciosamente como vivió.
     Aquí dejo un poema enjuto y limpio que me envió para Algaria 0 y que apareció en Primer y último oficio:

Invierno y barro

Sé que, por mucho fuego que ahora ponga,
la adolescencia transcurrió conmigo
y del fragor de sus mitologías,
frente a los altos muros combatidos,
sólo quedaron evidencias vagas,
ecos ahogados bajo el cielo efímero.
Mas removiendo a fondo estas cenizas
regresa a veces un fervor perdido
y unos focos alumbran a intervalos
el aguacero en el suburbio, al filo
de la honda madrugada. ¿Vuelves tú,
difuminada imagen de mí mismo,
vuelves apenas a entregarme sólo
la ambigüedad al fin, no el contenido
tenaz de aquellos años sin fronteras
en que íbamos descalzos, insumisos,
y era verdad la vida solidaria
aun con invierno y barro en los caminos?
Pues fracasó la realidad de entonces,
no sucumba el poema, no haya olvido.

sábado, 11 de julio de 2015

Vicente Valls (1957-2014)


Autor de poemas de sobria arquitectura, en 1996 apareció su libro Treinta poemas, que yo le había pedido para la colección "Indicios", tras mi aventura con "Algaria O" y los pliegos para la antología "Alimentando lluvias", todo ello bajo el patrocinio del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert.
     He aquí un poema que él mismo seleccionó, entre otros, para tal antología:

Imagen del deseo

Te hubiera dado el mundo

al caer de la tarde, cuando octubre
sacudía el deseo y la memoria
con el oro irisado de los árboles.

Reflejo de tu imagen era el día

e ignoraba el dolor, la larga espera,
el precio que el amor
impone en sus dominios
como una lenta llama
que ciega cuando toca.

Entonces no sabía

la celada que guarda la imagen del deseo,
la imagen de la sombra cuando el viento
enciende el corazón entre las ruinas
y el ansia entre la noche
busca un cuerpo rendido en la ternura.


sábado, 26 de julio de 2014

Antología póstuma: Pascual Pla y Beltrán

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Hoy: El holandés errante
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Shostakovich: Sinfonía Leningrado

De Pascual Pla y Beltrán nada sabía yo en 1981 sino su nombre. Sin embargo, me concedieron una beca de investigación y pronto fui descubriendo algunos datos que me convertían en detective de una vida y una obra, que era tanto como decir de todas, sobre todo la mía. 
     A lo largo de un año un dato me llevó hacia otro: escribí cartas a diferentes países, recibí textos, fotografías y correspondencia de aquel desconocido a sus amistades, visité a sus amigos, cuevané archivos... Finalmente, entregué un mamotreto un tanto deslavazado que, sin yo tener noticia, se publicó a la carrera, sin que pudiera ordenarlo y roído por las erratas, por no sé qué ajustes de presupuestos del Instituto de Estudios Alicantinos. Ese desencorsetado libro, de escasa entidad, ha sido la fuente callada de quienes se apropian subrepticiamente de lo ajeno aunque sea para mejorarlo. Muchos documentos y poemas inéditos conservo en el cajón de mi abulia y mi creencia de que no hay que añadir innecesariedades al mundo. 
En su casa de Caracas, con Neruda

     Fue Pascual Pla y Beltrán un hombre afeado por la naturaleza, luchador contra su falta de estudios oficiales, autodidacto y cantor de la rebelión social. Cuestiones estas que lo condujeron a la cárcel, al exilio y a su muerte en Venezuela. 
Fruto de estas preocupaciones y experiencias son, por citar algunas, su cuento "Los pasos de los hombres del castigo", su teatro "Seisdedos" o sus libros de poemas sociales; si bien, su mejor libro es "Poesía", publicado, para evitar la censura franquista, bajo el seudónimo de Pablo Herrera. 
He aquí un poema de su libro Narja:

100.000 voltios rodados de poleas más ágiles. 
Que la luz, la impaciencia, la imagen y el retorno. 
Mediodía de grúas encendidas de grillos. 
Fuego de hierro y fragua. 
Yunque en constelaciones de martillos sin sueño. 
Bajo el brazo tendido de músculos 
y de puras distancias. 
Entre mares de hulla se consumen 
los cerebros más vivos. 
En la niebla, la niebla que confunde 
la ruta de los astros sin cielo. 
Con el mudo cansancio de estos hombres de cobre. 

Ilumina el sol lunas en los espejos de los hornos. 
Roja lumbre se agita en las poleas impacientes. 
Y el canto sin gracia de los obreros 
con voluntad de bayonetas. 

Abecedario ardido en las esquinas 
de los yunques calcinados de hierro. 
Humo oxidado en las espadañas de los crepúsculos. 
El cansancio olvidado de la vida de 
los obreros se despereza sobre la playa de los siglos. 

¡Hierro, martillo y yunque! 
¡Hombre, trabajo y alba!

Imagen de la librería
PASCUAL PLA Y BELTRAN, vida y obra.
Editorial: Instituto de Estudios Alicantinos, Alicante, 1984
ISBN 10: 8400056108 / ISBN 13: 9788400056100
Usado / Tapa blanda / Cantidad: 1
Librería: Librería DANTE (Alicante, ., Spain)
Disponible en otras librerías

lunes, 31 de marzo de 2014

Tina Pastor Ibáñez (1947-2013).

Un homenaje a Tina Pastor

La recuerdo en una noche junto a la carretera, frente a la casa en la que yo vivía entonces, y hasta donde se acercó para llevarme unos poemas con destino a Algaria 0. Después, años de niebla y distancia. Laberintos de tierra y luz.

A modo de proemio

Te vas quedando sola 
como una esfera azul de orilla seca
frotando con tu piel pequeños besos
que arañan insaciables
insaciables abrazos prolongados
más allá de estas vidas.

Estás abriendo el centro de tu hermosa
carne de arena húmeda
hacia el fondo de un lecho como el mar
y quieres apretar con mayor ansia
la infinitud lejana
de un sufrimiento que es también el tuyo
porque así se consuma
esa unión que te abisma más al centro.

lunes, 21 de octubre de 2013

Noticia de José cantero (1946-1993)


Schumann / Du Pré: C. celo.

             En varias ocasiones he citado a José Cantero. Algunos me preguntan sobre él, y yo, poco perplejo ya por sabedor de que nadie es profeta en su tierra -en su tiempo, sería más exacto-, no quiero eludir la ocasión de dedicarle unas líneas.
              Lo conocí en 1967, en Salamanca. Allí residía desde su adolescencia. Había nacido “a cuatro pasos de Orihuela”, en diciembre de 1946, y vivido en una calle cercana al Colegio Santo Domingo, a cuyas aulas asistió durante algunos cursos, aunque ni él ni yo nos recordábamos viviendo en los recuerdos del otro. Nuestras afinidades se explicitaron enseguida y, a pesar de que no volvimos a vernos después de 1988, mantuvimos durante 25 años una correspondencia para mí tan enriquecedora como atormentada. Deudor me siento de Cantero. Nunca he olvidado las mañanas en que nos dedicábamos a entorpecer el estudio, en Anaya, de nuestras condiscípulas, y a escribirles sonetos acrósticos “en catorce minutos”, como los versos, más uno “para repasarlos”. Tampoco olvido -jamás lo olvidaré- un atardecer crucifixante y golgotado subiendo al cementerio de Ávila en busca de una tumba que no llegamos a encontrar.
               Repaso esa correspondencia y la tristeza y la nostalgia se sientan a mi lado como amigos que me hieren al compás que me consuelan. Hay en ella persecuciones en que las batutas de “los grises” nos imprimían pentagramas discordantes en la espalda; hay tercas evasiones de las clases de Lázaro Carreter, mientras sus ojos polifémicos nos busconeaban para criticarnos algún poema en la edición anotada del día siguiente; hay acordes de guitarras lastimeras en las madrugadas bajo los balcones de muchachas que a veces, solo a veces, callaban nuestras bocas con las suyas mientras el ruido de El General pasaba en ronda nocturna y dispersante, poniendo, sin saberlo, el toque de queda en nuestros besos clandestinos; hay tardes junto al Tormes, bajo el Puente Romano, con olores a invierno y mucho frío, jugando a ser Calixtos de bellas Melibeas mientras la noche hacía de Celestina y el toro del Lazarillo mugía como un viento centinela; hay recitales, vértigos, dolor, amor, y risas, y llantos apagados por el vino; hay un fray Luis amaneciendo ebrio, desperezándose con un vaso en la mano, en brindis con el cielo, y un rector Unamuno que no podía gritar su autoridad porque un cigarro impertinente amordazaba su voz tantas mañanas; hay juventud vivida con angustia; hay poemas. 
                Solo pretendo dar un escorzo de José Cantero. Y como un autor vive para escribir y hace de su escritura su única vida, prefiero mostrar fragmentos de esa vida -su obra- a otros datos externos “imprescindibles” solo para los eruditos -entre los que no me cuento- que eligen “saber” eruditamente sin comprender tras esa erudición. Por eso copio este texto (marzo, 1972):
Vía cognitiva (Homenaje en La Flecha)

Hay un lugar detrás del horizonte,
y junto al corazón, de paz serena
y suave amenidad y gozo lleno.

Baja la nube y trepa al cielo el monte
en esos verdes prados donde suena
la música del cosmos dulce y pleno.

Allí brota clarísima fontana
con el agua más pura, y el espliego
perfuma allí la vida cada día.

Allí la claridad es cotidiana,
allí se mece el alma en el sosiego
y promulga la luz su epifanía.

La oscura y blanda hormiga allí construye
la máquina del orbe en miniatura
que al ideal del hombre se asemeja;

y para aquel que lo mundano huye,
en mágica y severa arquitectura,
                              la laboriosa abeja su miel deja.

Delicada mesura hay en la rosa,
fulgor y rojo aroma en su belleza,
y la fugacidad de su pureza

resumen es del ansia, codiciosa
de eternidad y plenitud, gloriosa
al elevarse en su naturaleza.

Entre libros y amores dividido,
paso mi tiempo fugitivo en una
eterna primavera dilatada.

Fervoroso y ardiente, y trascendido,
ni temo al llanto ni a la gris fortuna
en el solaz azul de esta morada.

Voy a su paz colmada de infinito
cuando de la verdad pierdo el sendero
y me tientan los falsos esplendores.

La soledad templada necesito;
y del resto del mundo sólo quiero
un pájaro, una fuente, algunas flores.

               Debo decir al lector que ni este ni el siguiente poema que rescato figuran en la edición de Poesía total (1993), libro que él mismo preparó y que no quiso ver impreso. Quizá estoy traicionando la memoria del amigo al difundir sus confidencias que, por otra parte, él desestimó en la antedicha obra por juzgarlas, sin duda, primerizos poemas, de corte clasicoide, y ajenos a la estética que asumió. Ciertamente, la poesía de José Cantero navega -y la amistad, náufraga, no me ciega- por otros derroteros más exigentes y herméticos. Pero ya he dicho que estoy apuntando al hombre y no solo al poeta, aunque este absorbiera y vampirizase a aquel.
            Una autocrítica severa le llevó a decir en una entrevista, consciente de su alejamiento de la poesía al uso: No espero nada de la crítica; en todo caso, descalificaciones. Y con el tiempo fue abandonando la escritura (deduzco que hacia los 35 años), su profesión de bibliotecario, su familia, toda vida social (hacia los 40) y hundiéndose hacia dentro de sí mismo. (Ya no leo porque solo se publican libros, igual que no voy al cine porque solo ponen películas). Y la soledad física conduce a la soledad síquica, en un solipsismo inextricable: algún amor secreto y poco venturoso consumió sus últimos años. Murió el 8 de marzo de 1993: Newton -la fuerza de la gravedad- lo asesinó contra el suelo 25 años después de otra muerte que estigmatizó toda su vida. En su ensayo Los poetas suicidas (1990) afirmaba: El suicidio es la ejecución de Dios: por haberse atrevido a crear una obra imperfecta. Y en su última carta había escrito con una letra rota: Envidio a los condenados a muerte: ellos no tienen que elegir. Y acompañaba este poema, al parecer dirigido a MDM:
          Amanecer

Mira 
mi 
sexo 
anclado 
entre 
tus 
ingles
y dime que no escuchas el fragor
del 
cosmos
renaciendo
en 
tus 
entrañas.

           Hasta aquí el breve apunte de este hombre que nació para escribir su muerte. Nunca supe su segundo apellido: como si hubiese ocultado su verdadera identidad (Soy hijo natural, y huérfano). Lázaro Carreter, en el prólogo al libro citado, tampoco aclara nada. Otros dirán de él lo que yo no he sabido -y, por doloroso y próximo, no he querido- decir.