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viernes, 17 de febrero de 2012

Guillermo Bellod: Un pintor dentro de un cuadro (Efigies, III).





La voz de Ester, esposa del pintor José Aledo, me dice desde el contestador que ha muerto en Orihuela Guillermo Bellod, nuestro común amigo en aquella isla que pareció querer hundirse para que naufragásemos nosotros.

Éramos, entre otros que la urgente memoria no divisa, los Ferrández, las Lolas y la Blanca, el Susarte y el Sánchez, la Carmen y la Rosa, la espátula y la pluma, la Chiruca y la Mandri, el Sesca, el Javaloy, el Zerón, los Cantero y los Ruiz, la Pilar y la Sama, el Muñoz y Atanasio... y aquel lugar en el que podían vivir sin conocerse la soledad y el desamparo, la rebelión y el tedio, el orgasmo y el éxtasis, el dios y el satanás, la soberbia y la furia, el dipsómano de artes o de absenta.

Escribí para él y sobre él en varios catálogos de sus exposiciones. Los hojeo y me encuentro con acercamientos seudosicoanalistas y algunos protopoemas solo recordables porque lo recuerdan. Más tarde le pedí las ilustraciones para mi aventura de Algaria O y Viaje.

Puesto que no puedo llegar a despedirlo, anoto su presencia en este pequeño catafalco y volandera página, como la vida misma que acaba de fugársele.
Dos cuadros, dos seudopoemas y otro suyo, en la Galería Heller de Madrid.











Y un texto reciente de un libro en imprenta que viene, como llovido del infierno, para esta ocasión:




Un epitafio

Mientras mi vida fluye hacia la muerte
van muriendo los seres que más amo:
el pájaro, la flor, el buen amigo,
la esperanza, la luz de otra existencia.
Me refugio en mí mismo persiguiendo
el íntimo lugar del regocijo.
¿Me salvará el amor, el verbo, el éxtasis?
Surge en el horizonte
el resplandor fugaz de un infinito
o el regreso final hacia la nada.
La pluma solo escribe ya epitafios.
La arrebatada música de Scriabin
y el cielo acongojado de Van Gogh
acompañan mi noche silenciosa.