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lunes, 10 de noviembre de 2025

Algo así como entrar en el infierno



Durante mis años adolescentes, comprar un libro era para mí un lujo que podía permitirme solo cuando vendía un puñado de los tebeos que con paciencia y ahorro había ido acumulando. Después descubrí la biblioteca de Teodomiro y la convertí en la catedral de mis lecturas y mis soledades. Me acompañaba -ya lo he dicho- La Diablesa, un "paso" semanasantino de Orihuela que se guardaba en una pequeña sala solemnemente escondida para que no nos lujuriase el erotismo de sus pechos. 

    Aquellas tardes y otros días semejantes en otros escondites, con mi pequeño cúmulo de libros, forman la mitología de mi felicidad.
    Ahora tengo dos bibliotecas. Una es la que ha ido creciendo desde aquella primera, y sigue siendo mi refugio el tacto de sus páginas, escogidas anhelosa y amorosamente a lo largo de décadas. Ellas me mantienen en mi tiempo, que es el de todos los que han utilizado la pluma con sabiduría, y continúan siendo mis actuales vecinos, mis coetáneos, mi comunidad, mi humanidad, mi nación, mi identidad. Constituyen ese espacio que llamaré La Vigencia. 
    Y sin embargo hoy los libros son menos hombres que máquinas; el tiempo nos convierte en nuestra propia prehistoria: Nadie quiere heredar esos libros. Dicen que muestran una existencia espuria, que no reflejan el hoy (como si existiera un hoy). Han vencido los quemadores de las bibliotecas: el cura y el barbero, Montag... El Progreso más inhumanoide.

lunes, 21 de julio de 2025

Paseando entre libros.



Compré hace años una maravillosa estantería y la abarroté de libros -como las otras, menos maravillosas, con baldas y no estantes-. Trajinaba a su alrededor, hace tres noches. De pronto sentí un estruendo que me pareció el gruñido de un seísmo: pero eran los libros, derramándose como riscos del pasado y la sabiduría; y todo el placer que había obtenido durante mi existencia se me vino encima como una babilonia tratando de vengarse con mi confusión y sueños rotos.
     Era de noche, hace tres noches, como digo, y luché desaforadamente para que los estantes no se resquebrajasen como ya había ocurrido con uno, cuyo centro partido derramó en catarata sin niágara ni monroe sus astillas de cerámica y fierro sobre los otros, alfombrando el suelo y las páginas con añicos y esquirlas. 
     ¡Claro -pensé- tantos cerebros sentidores, pensadores y escritores reunidos equivalen a un universo con más gigas y toneladas que un dinosaurio fósil infinito!
     Recordé los versos cervantinos en "El curioso impertinente" (creo que del cap. XXXIII, 1ª parte de El Quijote) referidos a la mujer, pero que podían ser retrato de aquel instante:
                                      Es de vidrio la mujer
                                      y no se debe probar
                                      si se puede o no quebrar,
                                      porque todo podría ser...

     ¿Había intentado yo que sostuviese el catafalco aquel demasiados mostrencos sapienciales? Llamé y grité en mi auxilio a los garcilasos y cervantes, los borges, dostoiewskis y otros gárgolos y cía; y nada: que me las arreglase, que ellos ya habían agotado sus esfuerzos.
      Así que me sentéme y la miréla -la estantería, digo-, roja como un corazón tibio desangrándose. Y aún sigo contemplándola: igual que si esperase que la sabia catástrofe encuentre un bucle en el tiempo y retroceda hasta recuperar el gran rostro de esfinge que tenía. (Sin embargo y no obstante y por consiguiente no les parece a vuesarcedes que aquel catastrofismo era una semejantización del devenir de la cultura---?.


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jueves, 10 de julio de 2025

Cuando yo quise ser Lope de Vega

Borodin: Nocturno

Fui un adolescente que se sintió una errata en el libro del mundo. Buscando otra existencia en la que hallar digna identidad me sumergí inconscientemente en las de aquellos cuyas temporalidades, trascendidas al margen de los dioses y religiosismos, habían merecido un trasunto de eternidad: escritores, músicos, pintores ... que no eran sino voluntades contra lo efímero y vulgar a pesar del dolor del esfuerzo y del exilio de la comunidad. Por eso yo quería ser Lope de Vega, por ejemplo, triunfador en su tiempo y -sobre todo- en el tiempo; amado, respetado, inmortal por sus obras. Nada de esgrimir solo dones de la naturaleza, sino de merecimientos por lo alcanzado con esos dones y la voluntad. Así entendía yo la vida y la posteridad: la consecución meritoria de una existencia renovada, vigente, no el aplauso de la famamundia sincrónica. También quería ser un Fray Luis sosegado consciente de que mi vida retirada era una entrada en el wallhala de los inmortales porque su obra -su vida- era indeleble.
     Amaba a Mozart, Beethoven y Wagner porque eran distintos escalones de liberación de la muchedumbre y superación de ella: la sociedad persigue al individuo por no atenerse al pensamiento único, y quiere absorberlo. Sin embargo cada artista pretende ser autor de su pensamiento y biografía, no un espectador de dictadores. Mozart había luchado por la independencia artística que Haydn intentara, que Beethoven consiguió y Wagner conquistó.
     Como digo, amaba a Lope porque su palabra había conquistado el mundo femenino y masculino, el amor y la amistad, el respeto y la gloria. También yo me creía "monstruo de la naturaleza", pero en su significado monstruoso, no creativo. Mi autoestima era tan destructiva que huía de mí mismo -o sea: de los demás- para no ver mi fealdad. Viví solo y solitario y, como consecuencia, solo hablaba de mí mismo conmigo en un cuaderno que era mi confidente y mi amistoso enemigo porque me decía las verdades y me consolaba, a veces. Como siempre estaba enamorado del amor no tenía tiempo para enamorarme de alguien, y cuando lo hacía me cristalizaba en una afasia inmóvil. Así durante muchos años; hasta que descubrí que sufría tanto o más alejado por mí mismo de quienes amaba que si me hubieran rechazado tras confesarles mi pasión. Una vez que creí amar celestialmente, ella murió. Así que, para que nada me hiciera daño, blindé mi corazón -eso creo-: sin caer en la cuenta de que, insensible, no sentía lo doloroso, pero tampoco lo placentero. El caso es que me lancé al mundo y su aventura: decía amar a quien se aproximaba; pero no amaba; lo cual provocaba más amor en quien se sentía desechada.  
            Y así moría diariamente.


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lunes, 3 de marzo de 2025

Una razón para seguir viviendo


Liszt: Libestraum, 3


Este blog nació azarosamente, y no contaba sino 24 horas cuando empezó a andar, titubeante y sorprendido de que le prestasen atención seres lejanos y desconocidos.
     Y aquí sigue, caminando día tras día, recogiendo la lluvia que se derrama de mi pluma, o mi teclado, sin orden y con bastante desconcierto. Ya es como un diario sin forma de diario en el que me confieso abierta o encubiertamente, vistiéndome de verso, prosa, llanto y risa, para que los fantasmas se disipen. Además: muchas veces he dicho que algo hay que hacer mientras la vida fluye hacia la muerte.
     Me sirve, tal vez, como al deportista: para quemar las toxinas que de otra manera arderían conmigo, dentro de mí, y me convertirían en una antorcha viva y una muerte sin fin. Ojalá ese fuego sirva, al menos, para dar algo de luz a quienes de vez en cuando se asoman a estas páginas desganadas pero que aún no puedo abandonar. Me han servido, además, para unir la música, la imagen, la palabra, en un todo de origen sinestésico, como si mi sueño de ser Wagner o Scriabin se acercase a su materialización y acariciara la obra total. 
     Algún día tal vez sienta que he escrito una entrada que me parezca digna y en la que encuentre al menos una breve respuesta que me dé algún sosiego. Entonces podré colgar la pluma como hizo Cide Hamete: sabiendo que todo está consumado. 
     ¿Qué será de mí entonces, si solo soy mi pluma?

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