Chiruca (fue ella quien me lo dio a conocer al regalármelo) me dijo más de una vez que yo le recordaba al Principito: por la sonrisa trágica, cuando merodeábamos por los claustros de Anaya y la Plaza Mayor se encendía con nuestros cantos en medio de la noche. Hace ya algún millón de besos y de versos. Me enamoró enseguida aquel librito para adultos que no han dejado de ser niños, su sabia filosofía disfrazada de inocencia, la rosa insustituible entre los millones de rosas y planetas del innúmero universo, el farolero, el crepúsculo, el monarca, el banquero, el hallazgado y zorrizoso zorro, la infancia descubridora de las cosas, y la madurez que las olvida, su lírica visión (en castellano pierde su lirismo), la deliciosa crítica de un mundo al que se zarandea, el verbo "aprivoiser", tan necesario entre los hombres...
Saint-Exupèry me constató la suavidad del verbo, la profundidad de la delicadeza, la eternidad de la nostalgia de infinitos.
Brevísima gran obra que acaricia el corazón y emociona la inteligencia.
Estaba yo mirando la existencia de otro modo: sus colinas para atisbar la luz, y ya no solo sus abismos con su acechante oscuridad.
Abrí La montaña mágica con desgana en sus primeras páginas; pero me ganó ese mundo en el que Thomas Mann opone a la mortalidad un canto a la existencia.
La fuente de los libros es la vida; y darla es su desembocadura. Por eso los libros que no transmiten vida mueren rápidamente. El autor crea alternativas a la existencia en sus utopías, o la satiriza con distopías: ofrenda lo mejor probable o avisa del posible peligro. El arte lo crea el hombre para el hombre, no el artista para el artista. El autor que permanece vivo es porque da vida al lector, no porque lo distrae de su vida.
Eso ocurre con La montaña mágica.
Imposible escapar de su fascinación: de cómo el joven Hans Castorp ingresa en un balneario para pasar unas vacaciones de 15 días y acaba atrapado, durante siete años, por la hipnosis y magia de ese rumor de vida apartada del mundo.
La minuciosa aventura interior de los muchos personajes teje una inabandonable necesidad de seguir leyendo: y la historia se convierte en una excelsa novela de aprendizaje, tanto para el protagonista como para el lector, que asiste a un canto a la existencia a través de la continua presencia de unos seres aparentemente desahuciados por la enfermedad.
Inolvidables Castorp, Settembrini, Claudia... y las innumerables digresiones sobre la vida, la muerte, el amor, el arte...
Como toda gran obra, un universo con sus propias leyes.
La lectura requiere el olor de la imprenta, el tacto de la página, el timbre de la voz interior de quien lee. Aun así, he aquí un fragmento inicial:
Yo había leído un par de años antes Guerín el Mezquino, una seudonovela "de caballerías" que me había seducido adolescentemente y que hoy, al hojearla, me parece tan horrenda como la mayoría de las que escriben los plumíferos que buscan el aplauso.
Un profesor me regaló, un día entre otros a lo largo del Bachillerato Elemental, un libro de muchas páginas a pesar de su pequeña letra. Y lo estuve leyendo a lo breve de tres días, tumbado en una cama, en un caserón en medio de almendros y cerezos, en las afueras de la localidad de Crevillente.
Cuando llegué a las páginas desde las que se alza Clavileño con sus fuegos y truenos, sentí que el calor del verano me empujaba hacia la balsa de regadío. Acabé de leer la aventura y abandoné la cama. El calzón de baño estaba abierto en el suelo y puse los pies sobre los huecos de sus perneras para erguirlo hasta la cintura. Mis brazos empezaron a subirlo... y ¡oh fatalidad y luengo escalofrío!
Como a cámara lenta lo recuerdo: ¡el bañador iba ascendiendo con mis piernas dentro, y cuando estaba a la altura de mis rodillas, inclinado como estaba yo, vi un escorpión, acomodado en la entrepierna telar, que trepaba con él hasta mi inquieta y pudenda lanza de la virginidad! ¡Vive Dios: algunos encantadores malandrines, de los que convierten molinos en gigantes, habían puesto allí el fieroso escorpión y este dirigía contra mí sus pinzas y su fálico aguijón, dispuesto a trincharse un revuelto de huevos con chorizo! Menos mal que el amor de Dulcinea me hizo saltar mientras el bañador se deslizaba al suelo arrastrando al maligno en su caída. El sandaliazo fue caupolicánico.
Repito: ¡Vive Dios! A punto estuve de entonar aquello que citase Sancho Panza: "Ya me comen, ya me comen / por do más pecado había!". Desde entonces no he desaprovechado la ocasión de envainar la presunta tortilla para resguardarla de enemigos y amainar su furibundez empenecinada. (Por cierto: ese sí es un libro: El libro de la vida; y nadie que pretenda comprenderla debe renunciar a leerlo).
Afortunadamente, los verdaderos bestsellers no los crea la cantidad de lectores coetáneos de su autor, sino los que suman los siglos: aquellos que leen algo más que palabras y encuentran trascendencia en su decir. ¿Por qué es Don Quijote uno ellos?
Porque lo que pretende Don Alonso Quijano El Bueno es realizar el sueño de la Humanidad: establecer un orden social justo y solidario tratando de convencer uno a uno a cuantos corrompen la convivencia con su comportamiento. Don Alonso es un hombre que vive en una sociedad injusta, y la integridad propia que pretende trasladar a los demás es lo que queda más allá y a pesar del humor y la tragedia de su fracaso. Su error, visto desde hoy, consiste en tratar de imponer la justicia por la fuerza, aunque ese fuese el único medio en un mundo en que eran necesarias Armadas Invencibles y batallas de Lepanto. Y por eso don Alonso se convierte en Don Quijote. Era el método ancestral de la guerra -hoy superado solo en teoría-. (El propio Cervantes consideraba su mayor gloria haber perdido el uso de su mano izquierda como consecuencia de tres arcabuzazos defendiendo la cristiandad). No obstante, pocas dudas hay de que el libro es el arma más pacífica y que más territorios mentales ha conquistado.
Esa nobleza de carácter y de pacto consigo mismo -ayudar a los demás- es lo que ha visto la Historia en el hidalgo. Y así, innumerables son los autores que han mezclado su sangre con la cervantina y han tomado su obra como fundamento de la suya. No es casual que El Quijote haya servido de inspiración a centenares de creadores. Basta citar a Defoe, Fielding o Dostoiewski. Nada más que en el siglo XVII hay, al menos, 35 obras teatrales inspiradas en él. Tal vez sea Richard Strauss, con sus Variaciones sobre un tema caballeresco quien mejor lo ha recreado. Telemann, Purcell, Salieri, Paisiello, Massenet, Mendelssohn, Ibert, Ravel... compusieron suites, óperas, canciones basadas en sus textos. Rafael Gil, Orson Welles,G. W. Pabst, Picasso, Dalí, Daumier... dibujaron su rostro y sus hazañas. El tiempo, que es el único filtro que impide el paso a los embaucadores y convierte en clásicos a los íntegros del arte, ha hecho de Cervantes un hito en la Historia.
Sin El Quijote -la novela más moderna e innovadora de cuantas conozco- el decurso de la narrativa universal no hubiera sido el mismo. Los autores hubiesen seguido otro rumbo, los lectores no hubiesen reaccionado como lo han venido haciendo, la sociedad, falta de esa reacción determinada, sería diferente. Estaríamos, como digo, en otro universo social. Y eso convierte El Quijote en imprescindible para la comprensión de la Historia y el hombre actual.
¿Sin embargo, por qué es tan poco leído hoy? Porque ningún consejo es peor, para aborrecer una lectura, que el de imponerla. Y ahí radica el hecho de que pocos conozcan El Quijote: su imposición en las aulas como lectura obligatoria en una enseñanza igualmente obligatoria y minusválida que invita a rechazar la lectura y el estudio.
Una obra no es válida porque esté bien escrita, sino porque su buena escritura descubre un paradigma humano universal. Y esto no ocurre, por ejemplo, con la historia de un “poeta enamorado de un burro” (que eso es Platero y yo), por mucho que los pedagogos se empeñaran hasta hace poco en elevarla a las alturas "por su prosa exacta y limpia". Pero la historia del hombre bueno que quiere hacer el bien y es el propio mundo el que se lo impide -porque este desconoce la bondad- sí es familiar y esencial al ser histórico. Tanto que es la divisa y herencia de Sócrates, Buda, Confucio, Jesucristo…
España tiene el dudoso honor de haber creado algunos prototipos literarios, como los pícaros y Celestina, que no dudan en vivir al margen de la ética y la justicia. Tampoco el arquetípico Don Juan es un personaje digno. Sí lo son, con gran altura, Don Quijote, Sancho, o Segismundo.
Hay otra personalidad entreverada de dignidad y alevosía que es, pese a todo, una figura atractiva: Max Estrella, icono de la bohemia, escritor que conoce sus limitaciones y no teme indignificarse en un mundo de indignidades. Un viaje de una noche por la realidad madrileña y nacional que no esperpentiza ni deforma sino que mantiene actual la injusticia de los tiempos.
Cuántos artistas y escritores se definen en el retrato que de ese carácter hace Valle-Inclán en Luces de bohemia. Qué luto, el de vivir rodeado de mediocridades que ocupan altos cargos, y saberse más cualificado y no obstante postergado por tanto licenciado en ignorancia. Condenarse a ser paria y francotirador, vivir en la indigencia por ver más claramente que quienes creen ver y son los verdaderamente ciegos. Qué lucidez la de saberse loco entre los cuerdos de la impunidad y la estulticia mientras el mundo se hace añicos porque lo estructuran los que desafinan en la orquesta social.
Qué hecatombe, saber que el triunfo es de los necios.
Una obra es imprescindible cuando comprobamos que sin ella el mundo hubiera avanzado más despacio o mejorado menos.
Sin Cervantes, la utopía solidaria sería menos creíble, así como que Ulises no necesita océanos para sus desventuras descubridoras de los cíclopes y las circes del mundo.
Sin Shakespeare, ni Defoe y Dostoiwesky el paisaje interior, la mente humana, se hubiese retrasado la llegada de Freud. Sin embargo, la gran tragedia de la Humanidad, que es el nazismo, se hubiera evitado si se hubiese leído "Mi lucha", de Hitler: en ella, muchos años antes, se teorizaba lo que luego se practicó.
Nos empujaban, nada más entrar al colegio de Santo Domingo, a la "misa". Yo me consolaba porque los alumnos internos decían sufrir más eclesiastismos que yo.
Confieso que aquel silencio era atronador. Sin embargo, me aburría durante la media hora que el sacerdote teatralizaba su personaje ante el altar. Así que, como no podía llevar ningún otro libro, leía una y otra vez un pequeño ejemplar del Evangelio de Mateo. Allí existía un hombre bueno que había sido torturado y muerto yo no sabía muy bien por qué. Y la crucifixión se levantaba diariamente, cada vez que empezaba la lectura.
Qué sabio aquel hombre, y qué héroe aquel hombre que renunciaba a defenderse de la perversidad de los hombres. Para mí era como un caballero andante que hubiese descubierto que es de necios luchar contra los necios. Y así quedó en mi memoria aquel libro: Aventuras y desventuras del caballero Don Jesucristo de Palestina. Aquel librito era, simplemente, la historia de un asesinato impune. Allí estaba una Dulcinea llamada La Magdalena. Se conocía desde el principio al asesino, y no obstante jamás el lector se queda con tantos misterios cuando acaba su lectura.
Ese hombre bueno fue lo único que salvó mi adolescencia: porque el gran malvado era aquel Dios que echaba a su bondadoso hijo a la palestra de los torturadores de este mundo.
Terrible lectura que ha marcado tantos corazones. Probablemente, el libro que más ha influido en la conciencia humana occidental durante los dos últimos milenios.
Igual que mi experiencia melancólica me llevaba a las lecturas en las que reconocía mi ser damnificado por la vida, y fui de Dostoiewski a Poe, por ejemplo, de Garcilaso a Dante, por ejemplo, así llegó un momento en el que mi voluntad vitalista me llevó a otras lecturas en las que se encadenaba el optimismo. Mis sentimientos conformaban pensamientos que hallaban su adecuación en ciertos libros: y así pasé a Montaigne y de este a Emerson -también, por ejemplo-.
Qué esplendor de búsqueda y sosiego la introspección tallada en los Ensayos de ambos, siempre allanando el yo y sus circunstancias -que solo son una inmensa pequeña parte de nuestra mismidad, pero la determinan-, ahora atrapando el sol, ahora la luna, siempre enrumbando un horizonte alegre. Siempre bajo la sentencia del "Conócete a ti mismo". Siempre desgranando las células de la carne y el espíritu que nos conforman: allí encontré los gemelos de mi introspección.
Del "yo soy la única materia de mi obra" al gozo de la obra del hombre y la Naturaleza; del conocimiento de los propios entresijos para ordenarlos al vislumbramiento de las causas naturales y culturales para la alegría y el entusiasmo.
Supongo que, subterráneamente, eso derivó mi vida hacia la luz y, más tarde, al imperativo propio de convertir en himno la elegía.
Compendio del corazón humano y la razón social es El Quijote. Ahí continúan el personaje y su utopía: triunfando sobre los molinos disfrazados de gigantes,esperando con su voluntad empecinada que los estrategas de la sociedad den su vida por los débiles simplemente haciéndoles justicia en vez de ser solidarios y altruistas solamente consigo mismos.
En sus páginas viven más de trescientos personajes y miles de conceptos para todos los gustos: los idealistas hallarán en Sancho un contertulio que les haga poner el pie en la tierra; los realistas disminuirán su materialismo al compás de DonAlonso; las feministas hallarán premisas para sus intereses en el episodio de Marcela (Parte I, cap 11-13); los amantes del amor encontrarán piropos por doquier; los celosos tal vez dejen de serlo con El curioso impertinente (I, 32-35); los jueces aprenderán de la sensatez de Sancho durante su estancia en Barataria (II, 45); los contadores de chistes se solazarán a cada paso, y los amantes de las gorrinerías verbales admirarán el episodio más guarro sin una sola palabra porcina en la aventura de los batanes (I, 20); quienes creen que los consejos son buenos, aunque pocos los sigan -porque solo aceptamos los que nos dicta nuestra experiencia-, agradecerán una breve y sabia colección (II, 42-43); aquellos que admiran el verdadero valor lo encontrarán en Roque Guinart (II, 60) y en las palabras del vencido Don Alonso Quijano en las playas de Barcelona (II, 64); los descontentos de la sociedad comprobarán que cualquier tiempo pasado fue igual, si no peor; quienes necesitan cambiar de libro constantemente, o leen varios intercalando unos con otros, hallarán, en uno solo, una novela de caballerías, otras moriscas, picarescas, amorosas...
¿Quién dice que Don Quijote y Don Alonso murieron en el último capítulo?
... Vino a sumarse a mi íntima rebelión adolescente -la de que hay que "matar" a todo padre para hilvanar libremente nuestro propio criterio- el encuentro con Vida de Jesús, de Renán; y allí había suficientes apoyaturas como para dar por válido mi desenmascaramiento de que los dioses no eran más que hombres disfrazados de la eternidad que les concede la leyenda: nuestra necesidad de que existan.
Tras esa heterodoxia, inmediatamente me tropecé con otro libro heterodoxo y despertador de mentes ávidas de descreer para creer solo en las probables posibilidades de la lógica, por muy autodestructivas que fueran. El retorno de los brujos, de Pauwells y Bergier, era un extenso catálogo de descreimientos de lo establecido, y abría otras ventanas para mirar el mundo y la existencia, tratando de comprenderlos sin hipocresía ni adulterios de la realidad, sin desechar lo oculto ni los ocultismos.
Lo recuerdo con un placer añadido: fue mi primer contacto con algunos cuentos de ficción científica que se insertaban en sus páginas de vez en cuando: El Aleph, Cacharro y Los nueve mil millones de nombres de Dios (Borges, Bradbury, Clarke), si no recuerdo mal...
Aquí abajo puede descargarse el libro y saber, en cuatro minutos, su gestación:
¿Un mundo sin libros, sin arte, sin pensamiento? ¿Un mundo sin más mundos que este mundo? Insufrible páramo sería nuestro cerebro, invivible existencia. Esa es la antiutopía que imaginó Bradbury al relatar la aventura de Montag, un bombero que empieza a dudar de su oficio, que es el de quemar libros para que el pensamiento no se contamine con libertades. La utopía consiste en saber si encontrará a los hombres-libro, capaces de resolver esa dictadura del poder memorizando las grandes obras escritas por el hombre. Si en la orweliana 1984 existía la policía del pensamiento y se acomodaba la Historia a la conveniencia de El Gran Hermano, aquí ese nazismo anula toda cultura, que es tanto como trepanar el cerebro universal. La astucia de Bradbury consiste en hacer que sea el mismo ciudadano el que denuncia a quien posee libros porque -se predica- leer es pensar y pensar hace infelices a los hombres.
Antes tal vez están los "hombres que son libros", de Gracián; después El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
La prédica se resume en que todos debemos ser iguales: pero iguales en analfabetismo, no en cultura.
He dicho distopía: debo añadir que cada vez parece más una realidad, puesto que los ministros de cultura han encontrado la forma de esclavizar al hombre reformando la Educación y reduciéndola a unos planes de estudio en donde el niño aprende que lo único que hay que saber es cómo ganar dinero, a cualquier precio y despreciando todo lo demás.
A los descubridores de América -Colón y Compañía- les costó mucho comprender que habían llegado a unas tierras inesperadas, a otro mundo, y que su descubrimiento les obligaba a aceptar que la existencia ya no sería la misma desde ese instante. Todo iba a ser diferente porque cuando una parte del todo cambia se altera el todo y ya nada es lo mismo: pensamiento, costumbres, perspectivas...
Así puede afrontarse esta novela de Arthur C. Clarke: una ejemplificación de cómo el hombre, adentrado en la nueva tierra del Espacio Infinito, deja de ser él mismo para limitarse o completarse con otras energías y elementos que alteran su materia y su espíritu. Eso entreví, creo recordar, al leer 2001, una odisea en el espacio, cuando Salvat -durante dos años- publicaba semanalmente sus libros para culturizar a las masas.
Desde el origen del hombre hasta un futuro futurible, el lector asiste al relato del devenir de la criatura humana entre arcillas y estrellas. Desde la hominización a la robotización. Inteligencia extraterrestre causante o vigilante de la nuestra, y rebelión de las máquinas, suplantadoras del hombre.
La novela cuenta, además, con una versión ilustrada inmejorable: el film que Kubrick ideó mientras se escribía el relato, siendo, en buena medida, anfibia la autoría de esta novela.
Nacemos sin porqué, morimos sin porqué; y entre tanto, vivimos sin saber por qué vivimos mientras la vida fluye hacia la muerte.
Es ese sinsentido, y el intento de encontrárselo, el que coloca al hombre en el abismo de la indefensión al convertirlo en el lugar con el que chocan, destructivamente, el corazón y la razón, la necesidad de comprender y la imposibilidad de aceptar la falta de comprensión.
Sueña el hombre ser un dios y la realidad le dice que es apenas un ser para la muerte en busca de alguna salvación o redención: el poder, el amor, el cumplimiento de los sueños, la felicidad efímera, la gloria, la posteridad...
De todo eso hay en Calígula. Camus dirá en El mito de Sísifo que la única pregunta de la filosofía digna de ser contestada es "si la vida merece la pena, o no, vivirse". Calígula viene a ser la representación de tal existencialismo. "Los hombres mueren sin haber sido felices", dice. Sin duda es el desengaño la causa de la infelicidad. El desengaño que la humanidad arrastra desde que el pensamiento griego lo manifestó abiertamente y calificó al ser humano como ser melancólico. Si, según Karamazov, "si Dios no existe todo está permitido", Calígula se permite actuar como un dios pretencioso de corregir el mundo, oponiendo al sinsentido y al caos un poder divinal caótico y caprichoso para mitigar el desaliento de vivir. Y tampoco en él halla solución. El suicidio por depresión es el mal que más muertes causa en la actualidad, muchas más que la suma de otras muchas enfermedades. Eso, junto a otros temas como el poder absoluto, los límites de la libertad, o la corrupción, hacen de Calígula un título necesario para entender el mundo "por de dentro" actual.
Todos pertenecemos a todos y la felicidad es para todos. Esas son las divisas.
Para resolver los conflictos de un mundo en ruinas sociales, Huxley idea en Un mundo feliz la metodología para el olvido del sufrimiento y el hallazgo de la felicidad: matar el individualismo y agrupar todos los grupos sociales en un solo tipo de sociedad, categorizada en varios estamentos encargados de estabilizarla. La matanza de las humanidades y el imperio de la tecnología.
Basta con conectar la mente al aprendizaje igualatorio durante el sueño y la alimentación mediante el "soma".
La palabra es el rostro de los hombres. Si es así, pocas obras encarnan ese criterio como Cyrano de Bergerac, el caballero feo que enamora con su decir hermoso. Su autor, Rostand, escribe una obra en la que se considera cuál es el mayor valor: la belleza del cuerpo o la del alma -y, por ello, la inteligencia o la frivolidad-.
Todos deseamos -necesitamos- ser amados. Por eso quien da o dice sentir amor, lo despierta. Es la palabra de Cyrano -la sensibilidad, la inteligencia, que es el mayor afrodisiaco- lo que ama Roxane, no al hermoso galán que la corteja sin el verbo).
El amor es ilusión, esperanza de que se cumpla el sueño. El amor es el verbo, la palabra que lo pronuncia. Esta dice lo que pretende hacer quien la formula y hace soñar a quien la escucha. La palabra es en sí una promesa que ejerce la fascinación de su cumplimiento con solo pronunciarse. Pero es también una distancia entre lo prometido y lo que se realiza. Quien domina en el arte de decir tiene el poder sobre el otro. Subyuga porque ofrece y da un misterio. Doña Inés dice que Don Juan posee la “palabra seductora”. Cyrano, por su fealdad física, se ve condenado a gozar con el cuerpo del otro lo que conquista con su espíritu verbal.
El corazón se enamora más por el oído que por los ojos: no atrae tanto la belleza física como la verbalidad convertida en profecía de felicidad. Por eso los grandes amantes, más que hermosos, han sido grandes decidores, grandes magos de la palabra susurrante. Es esta una obra que ensalza la palabra como poder conquistador.
Grande es la novela El retrato de Dorian Gray, como lo era Oscar Wilde. Sin embargo es este uno de esos autores que se extralimitan en el uso de sus virtudes y llegan incluso a convertirlas en defectos. Eso me parece cuando en esta novela Wilde se emborracha de cinismo y paradojas y no sabe ponerle freno a su uso, convirtiéndose en esclavo de su paradojismo, cansado bordón que persigue al lector. Tampoco el confundir los espacios narrativos con escenarios de teatro favorece la trama: una narrativa y una dramaturgia sin normas y esclavizadas simultáneamente. Prefiero la desnudez de Salomé.
A los descubridores de América -Colón y Compañía- les costó mucho comprender que habían llegado a unas tierras inesperadas, a otro mundo, y que su descubrimiento les obligaba a aceptar que la existencia ya no sería la misma desde ese instante. Todo iba a ser diferente porque cuando una parte del todo cambia se altera el todo y ya nada es lo mismo: pensamiento, costumbres, perspectivas...
Así puede afrontarse esta novela de Arthur C. Clarke: una ejemplificación de cómo el hombre, adentrado en la nueva tierra del Espacio Infinito, deja de ser él mismo para limitarse o completarse con otras energías y elementos que alteran su materia y su espíritu. Eso entreví, creo recordar, al leer 2001, una odisea en el espacio, cuando Salvat -durante dos años- publicaba semanalmente sus libros para culturizar a las masas.
Desde el origen del hombre hasta un futuro futurible, el lector asiste al relato del devenir de la criatura humana entre arcillas y estrellas. Desde la hominización a la robotización. Inteligencia extraterrestre causante o vigilante de la nuestra, y rebelión de las máquinas, suplantadoras del hombre.
La novela cuenta, además, con una versión ilustrada inmejorable: el film que Kubrick ideó mientras se escribía el relato, siendo, en buena medida, anfibia la autoría de esta novela.
España tiene el dudoso honor de haber creado algunos prototipos literarios, como los pícaros y Celestina, que no dudan en vivir al margen de la ética y la justicia. Tampoco el arquetípico Don Juan es un personaje digno. Sí lo son, con gran altura, Don Quijote, Sancho, o Segismundo.
Hay otra personalidad entreverada de dignidad y alevosía que es, pese a todo, una figura atractiva: Max Estrella, icono de la bohemia, escritor que conoce sus limitaciones y no teme indignificarse en un mundo de indignidades. Un viaje de una noche por la realidad madrileña y nacional que no esperpentiza ni deforma sino que mantiene actual la injusticia de los tiempos.
Cuántos artistas y escritores se definen en el retrato que de ese carácter hace Valle-Inclán en Luces de bohemia. Qué luto, el de vivir rodeado de mediocridades que ocupan altos cargos, y saberse más cualificado y no obstante postergado por tanto licenciado en ignorancia. Condenarse a ser paria y francotirador, vivir en la indigencia por ver más claramente que quienes creen ver y son los verdaderamente ciegos. Qué lucidez la de saberse loco entre los cuerdos de la impunidad y la estulticia mientras el mundo se hace añicos porque lo estructuran los que desafinan en la orquesta social.
Qué hecatombe, saber que el triunfo es de los necios.
Sales de la adolescencia envuelto en los harapos de los paraísos de la infancia, derrotados por la realidad. Los sueños de eternidad y plenitud que nos provoca el instinto de supervivencia se hunden ante el fracaso de lo cotidiano, efímero y prosaico. Mueren las esperanzas razonables, el amor se convierte en compañía contra la indefensión, crece la soledad frente al innúmero Universo, aparece la muerte. El relato de TolstoiLa muerte de Iván Ilich expone en toda su crudeza los últimos días de un enfermo con el que el lector se identifica: como final de su horror, a sus preguntas sobre la muerte se da respuestas que nos sirven para vivir mejor. También ahonda en la condición de que si la muerte es una certeza la vida puede haber sido una mentira hilvanada por las convenciones. No me interesa Guerra y paz, pero sí la guerra y la paz entre las que se debate el hombre durante su existencia. Eso sí es un combate y una historia interminable: hallar el enemigo dentro del propio cuerpo y no poder vencerlo siquiera con la mente. Durante milenios hemos vivido en una cultura de la muerte. Nos han enseñado a temerla, y a temer las enfermedades como sus preludios. Sobre todo a temer la agonía.
¿Cómo consolarnos frente a la muerte? Todo el pensamiento antiguo, moderno y futuro se ha encaminado y ha de encaminarse a resolverla o mitigarla. Y parece evidente que La Antigüedad la sobrellevaba con estoicismo y no con el existencialismo actual. Epicuro, Sócrates o Séneca nos aconsejarían bien. Pero de poco sirven las filosofías sobre la muerte que no se practican durante la vida. Y lo cierto, y lo que hay que afrontar, es que todos padecemos una enfermedad llamada Muerte, de la que nos contagiamos al nacer.