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miércoles, 29 de abril de 2026

El canon

    

                                                           Pachelbel: Canon

 Para un amante de la verdad lírica pocos azares o determinaciones hay más tristes que los que llevan a hojear las antologías que durante años se han considerado definitivas y nucleares de lo que es la poesía y el poeta. Percibir que lo que ha sido enarbolado como bandera de la gran poesía -o música o pintura... - solo fue un criterio temporal que la ceguera ha elevado a la categoría de intemporal. Y, así, los libros, poemas, cuadros... y autores que habíamos tenido como mentores de la vida no son más que fragmentos de una identidad que no debimos admitir y debemos apresurarnos a delimitar. Todo canon es temporal. Seguir una estética y no admitir su temporalidad solamente es corroborar que nuestras percepciones son antojadizas y no definitivas. (En realidad las artes siguen el devenir de la ciencia, que progresa negando o constatando los anteriores cientifismos).

Cuando revisamos un libro que contiene autores de décadas o siglos concluimos que hay un tema principal que siempre renace como un Guadiana eterno. Y ese tema es el del hombre como sujeto de la historia: su aspiración a lo más elevado de su espíritu en el tiempo, en la vida, en cualquier vida. El hombre como predeterminador y demiurgo de su vida y el hombre como esclavo de la existencia. Esto es lo que permanece aunque se disuelva en diferentes metros, ritmos, estéticas, bellecismos, feísmos etc. Hay que revisar los cánones teniendo en cuenta que también el hombre es objeto de la historia y que quienes la establecen son ojeadores más y menos diestros, sensatos o contumaces -a los que les cuesta mucho echar a consagrados y admitir desestimados-. Y es que la tradición es un camino que anda. Lo repito:  La originalidad consiste en apropiarse de la tradición y renovarla. 

(Pero revisar la subjetividad es otra subjetividad. Porque no es "pienso, luego existo" -válido para establecer un firme principio deductivo-, sino que pienso porque existo -ya que vivir no es una actividad del pensar sino que pensar es una función del vivir.

domingo, 15 de marzo de 2026

La condición sinestésica.


Scriabin: Mysterium

Creo en la condición sinestésica del arte: que el impulso creador es único y que solo cambia la vía en que se expone: palabra, pintura, música. Más aún: que la más noble y notable sensación es la que conjuga la música, la pintura y el verbo. 

Creo que todas las artes son diferentes manifestaciones de un mismo yo que pretende identificarse y sobrevivirse. Ese impulso de supervivencia cósmica se traduce en palabra, pentagrama, pincel, simetría, número… pero siempre es la búsqueda, y a veces el hallazgo, del rostro individual trascendido a lo universal. 

Poca distancia existe entre la experiencia mística y el estremecimiento y fascinación de Einstein al contemplar la fuga cósmica, las líneas de fuerza de Faraday, los vórtices del firmamento de Van Gogh o el 3º movimiento de la Novena: todos son éxtasis. 
Ninguna diferencia hay entre la semilla artística de Miguel Ángel, Wagner, Dante, Freud … Solo cambia la estrategia del lenguaje: verbal, musical, plástico… 
Ya lo he dicho: todas las obras del hombre son escaramuzas de la mente para hallar la imposible eternidad.

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Reubicar 17-5-22

miércoles, 11 de marzo de 2026

Para ti, que no sé quién eres, de mí, que no sé quién soy,

Origen de la lírica (55 segundos)

1.- Cuando me preguntan por qué escribo, o para qué, y cuestiones similares, solo se me ocurre decir que para encontrar mi nombre verdadero: para identificarme y librarme de mí.
     El origen tal vez esté en que yo fui un niño triste y solitario que solo contaba sus indefensiones al papel y al lápiz, es decir -ahora lo sé-, a sí mismo -a mí mismo-, que era a su vez un otro que pudiera comprenderlo, abrazarlo, tal vez quererlo. Supongo que en buena medida sigue siendo aquel infante el que vive y escribe hoy y se mantiene lejos, sin interlocutores, dueño de su solitariedad, esclavo de ella. 
     Esa es la verdadera razón de la palabra: hallar la identidad, buscar una razón para seguir viviendo como debiéramos ser y no solo como somos; disculpar al demiurgo que nos dio la existencia, aceptar la orfandad de nuestro ser, el sinsentido del vivir, amar nuestra precariedad bajo el triste infinito prometido: amarnos a nosotros mismos, que es la más ardua tarea. No es extraño que ahora recuerde que Mozart confesaba componer para que lo quisieran, y que García Márquez decía escribir con el mismo fin... Lo cierto es que solo he sentido cierta redención y sosiego las escasas veces que he escrito algo que me parecía digno y consideraba de validez universal.
     2.- Las otras consideraciones sobre la escritura son racionalizaciones para entender o etiquetar el laberinto: éticas, poéticas, estéticas... Todo cuanto viene tras la escritura íntima y solitaria pertenece al oficio artesanal, necesario para que lo que se dice esté mejor dicho. Tras la escritura y publicatura de un libro llegan las poéticas a posteriori: lirismo, prosaísmo, hermetismo, sencillez... Y la repercusión social, el éxito o fracaso, y otras lindezas mundanales, son falsos resplandores que tal vez ayuden a la autoestima, aunque solo sean perspectivas analíticas. 
     Pero, como digo, el primer impulso -al menos para mí- es el del hallazgo del yo, su desentrañamiento, aunque se traten temas que en principio son o parecen tangenciales a esa búsqueda. Porque toda escritura -todo arte- es autobiografismo síquico. Supongo que lo mismo hace el lector, y yo como lector: leo para encontrar en los otros lo que mi yo necesita para reconocerse y construirse.  Por eso quien más lectores tiene a lo largo de los siglos es aquel que aúna en sus textos los rasgos distintivos del ser humano. Y por eso el libro más cabal es el que el lector siente que ha sido escrito para él, aunque sepa que el autor lo escribió para sí mismo.
     No es casualidad que mi dedicatoria durante años a quienes me la han pedido haya sido: "Para ti, que no sé quién eres, de mí, que no sé quién soy".
     Quien no escribe para sobrevivir íntimamente está muerto, o solo tiene la vida que los demás le prestan.

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lunes, 9 de marzo de 2026

Condenados a pensar

Haendell: Zarabanda


El hombre necesita creer en algo. Alimenta su mente con el legado cultural que recibe de sus predecesores. Y con la coartada que tanta innúmera humanidad le confiere saca conclusiones y cree estar en posesión de la verdad.
    Pocos se cuestionan los postulados de su herencia cultural. Convierten su aprendizaje en un criterio inamovible y todo lo juzgan según ese criterio, considerándolo un canon desde el que salvar o condenar a quienes lo siguen o lo alteran. Así, dividen a los demás en ortodoxos y heterodoxos, lógicos y absurdos.
    Sin embargo, toda lógica es el resultado de una conclusión nacida de unas premisas consideradas válidas in aeternam. ¿Y quién no ha concluido ya que todo es mutable y que la realidad es otra apariencia real que modifica la que consideramos definitiva? Lo que desechamos por absurdo adquiere, a veces, con el devenir, su esencia de principio cósmico, de lógica inmutable, y aquello que admitimos como lógico inmutable muestra su transitoriedad como verdad absoluta.
    De modo que la lógica es un edificio síquico y diacrónico construido con irracionalidades y elementos del absurdo sincrónico.
    Por lo tanto: quien no ve inexorablemente que el único principio por el que regirse es la ausencia de un canon absoluto y definitivo -es decir: que lo absurdo es un prólogo y epílogo desechable de la lógica- jamás comenzará a entender. Y convertirá su vida y la de los demás en un caos.
    Aunque también es verdad que, conociendo que es imposible comprenderlo todo y que aceptar que hay cosas incomprensibles ya es comprender, el más feliz es el que no se cuestiona lo impenetrable. 
    Sin embargo, ¿quién desea esa clase de felicidad? La no aceptación de ese conformismo constituye la tragedia del ser humano y lo conduce al escepticismo como única fe: a la Filosofía, la Literatura, el Arte.

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sábado, 21 de febrero de 2026

Escribir para la luz


Es imprescindible una revisión y reescritura permanente de toda la Historia, la personal, la actual y la universal, para liberar nuestras conciencias: para superarlas. Es decir: hay que poner en orden a los hijos de Homero, reconsiderar sus actitudes y aptitudes. No puede negarse el penar de este efímero infinito que es la vida, pero anclarse en él es un error. Cervantes lo resume bien: “Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si las sienten demasiado también los hombres se vuelven bestias”. Es preferible tomar como referencia momentos en los que la adversidad se transforma en voluntad de superación. Porque es cierto que algunos vivimos en el infierno; pero siempre mirando al cielo y sus estrellas.
    He aquí, por ejemplo, tres momentos culminantes y ejemplares: entre torturas y cárceles, Boecio teje su Consolación por la filosofía; mientras espera ser detenido y ejecutado, durante la Revolución francesa, Condorcet escribe su Historia del progreso del espíritu humanoMessiaen compone en los campos nazis su Cuarteto para el fin de los tiempos. Actitudes así deben ser las premisas para un mundo justo: sobreponerse a los errores del pasado y sufrimientos del presente para que cada vez queden más verdades que mentiras: más hechos objetivos que interpretaciones de los mismos.
    En fin: en las salas de autopsia hay una inscripción: “Este es el lugar donde la muerte se alegra de ayudar a la vida”. Debiera ser una declaración de principios. Porque también es necesaria una renovación del espíritu del arte y la escritura: una autopsia del cadáver artístico sustentado en la concepción de la existencia como un valle de lágrimas cuyo caudal conduce al paraíso: un ejercicio de voluntarismo para convertir el llanto en canto hasta cantar como un método para que el corazón se llene de alborozo.

jueves, 19 de febrero de 2026

Redescubriendo a los clásicos

                        Redescubriendo a los clásicos

Dvorak: La rueca de oro
Miro mis bibliotecas, los recintos que han mantenido viva mi existencia, los refugios en donde consolaba mi indefensión y ... 
    Tocar un libro, aspirar su fulgor, era apropiarme del talismán, el manantial donde las almas perdidas satisfacían su sed de infinitud.
     Siento tristeza al ver esta hogaza de libros: porque si el progreso los hizo posibles para ennoblecer la mente, también es el progreso el que va a convertirlos en humo del pasado.
     Faltos de perspectiva, nos preocupamos de los nuevos títulos que los reseñistas profesionales vocean por doquiera. Como si los “clásicos” no fuesen más nuevos, vigentes testigos del presente y enunciadores del porvenir. Creemos haberlos leído y en realidad solo los leímos hace mucho: volver a ellos es descubrir que la pluma sabia se ennoblece con el tiempo.
    Ahora nos asalta la pantalla internética con títulos ineptos. Hemos cambiado el mundo porque el mundo nos cambia. Y al revés del revés.

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miércoles, 14 de enero de 2026

Luis T. Bonmatí: La edad de las piedras





Luis T. Bonmatí
La edad de las piedras
Huerga &Fierro, 2018

1.- El lector tal vez piense que el autor de este libro desconoce las corrientes poéticas actuales, o que las conoce tan bien que ha sabido esquivarlas. Sea así o de otra manera, una cosa demuestra: la singularidad de su escritura: que la originalidad no consiste en ser distinto, sino en poseer rasgos distintivos capaces de insertarse en la tradición y renovarla puesto que esta es un camino que anda.

2.- Dos libros hay en este único libro: los titularé antojosamente “Alijo de vivencias” y “Trajín de reflexiones”, por ejemplo: un relator que observa su relato y medita sobre él y desde él. Así, puesto ya el pie en el estribo, “la mano de la edad” devana una épica breve y reflexiva sobre los sentimientos que construyen la personalidad del homo moriens: el ser para la muerte. Si a Proust le nacía el pasado desde el humo dormido de una taza, los grandes sentidores y pensadores suelen iluminarse desde el dolor que les nace al concluir que la existencia es una derrota.
    Tras una doble afirmación del narrador poético de que ya es un otro que escribe sobre el que fue y lo que se fue para volver como el agua de un tántalo, el primer libro -o conjunto- pasa a hacer la autopsia del tiempo inalterable en su tortura. Desde la potencia expresiva del poema “La noche joven”, expositora de cuanto fueron sueños y serán devastaciones, todo lo que fue vida anhelante -y premonitoria de su podredumbre- va cayendo en las fauces del animal del tiempo, que todo lo devora: la juventud, las amistades, el amor, la familia, la escritura… en un proceso guadiánico y reconstructor de una autobiografía cuyo lirismo trágico es una evocación doliente que no procede del "cualquier tiempo pasado fue mejor", sino de la conclusión experiencial de que ya, mientras se vivía lo poematizado, esa vivencia contenía un tempus fugit intrínseco vivido como anticipación de lo que, aun sin conciencia de saberse, se sabía y será más que premonición: única realidad definitiva. De modo que el existir es una nostalgia melancólica premeditada por el demiúrgico inconsciente colectivo, una constatación -o atribución- de que el presente que fue futuro ya estaba contenido en el pasado -y en el origen de la vida- y que el próximo futuro yace fatalmente en el efímero presente. Un verdadero engranaje, artífice del peor locus horribilis. Entre la fluencia de Heráclito y el estatismo de Parménides, Crisipo avisó de que “solo existe el presente”. Y este para nuestro autor es un instante interminable en el que “vivir / no es más que una desgracia en crecimiento”.
     En este tragicismo es donde crecen los poemas más elocuentes de la sabiduría del poeta narrático: un periplo vital expuesto sobre el ritmo heptasílabo, geminado en alejandrinos y resuelto en endecasílabos-, que a veces abandona su contundente y sabia narratividad (recordemos que el autor es un diestro contador de historias, como demuestra, por ejemplo, La llanura fantástica) para huir del anecdotario elegíaco hacia un segundo conjunto -o libro complementario e inserto en el primero, del que es consecuencia- en el que enhebrar un discurso fragmental sobre el desengaño: lo que fueron y ya no son “verdades eternas" porque devinieron en paraísos ansiados, esperados y perdidos: que vivir es constatar el íntimo fracaso, y escribir -por mucho que pretenda convertirse en un acto redentor- es revivir, sin redimir, la vida fracasada. 
     De modo que si el eje central es una autobiografía sostenida por unos pocos poemas que la insinúan o la cuentan (“La noche joven”, “La tarde roja”, “Tabaco y colonia…”), este vertebramiento abandona la compacidad que formaría para emulsionar su discursividad con otro conjunto de poemas intercalados -divagaciones emanadas de las vivencias expuestas- que meditan lírica o metapoéticamente, o como divertimentos -hijos del excepticismo existencial-, sobre esa concatenación de singladuras. Tal vez sea un recurso para aliviar la tragedia expansiva; pero no se engañe el lector: tanto el narrador lírico como el poeta divagante formulan la aventura de un yo odiseico que adolece de la misma agonía que la esencial del pre-existencialismo: el "dolorido sentir" garcilasiano y sus continuadores, -incluido Unamuno-: el “fastidio universal” de Meléndez Valdés, la “pena” negra o bruna lorquiana y hernandiana… Aunque aquí no subyace solamente la feroz y genética ananké, sino, con mayor rotundidad y fortaleza, también la experiencia cotidiana de los “años y leguas” -los trabajos y los días- alforjados durante la concienciación de la madurez y ancianidad. Bien lo resume Pérez de Ayala: “¿A qué buscar sentido al universo / y perseguir vereda si ando a oscuras?”.

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martes, 16 de diciembre de 2025

Carta sobre Poesía

Schumann: Adagio Segunda Sinfonía 


(Elisabeth C ...  "Antonio, cómo sabe un poeta que es Poeta de verdad y qué hace cuando llega al tope de su mismidad").


La poesía, como el Amor, tiene tantas definiciones porque ninguna consigue definirla más que aproximativamente. En el mundo hay dos clases de personas: las que se dejan calificar por los demás y las que van autocalificándose para imponer a los otros el retrato que quieren que tengan de ellas. Pocas cosas me resultan más ridículas que escuchar "yo soy poeta", que es probable que solo signifique "soy versolari, versófago, macareno del verso"; pero el hábito no hace al monje. Y es verdad que hoy hay demasiados autocalificados "poetas" sin más coartada que "porque soy macarrónico del verso". Incluso dos autores que podemos sentir como poetas tontificaron sobre su raza poética: García Lorca dijo: "soy poeta por la gracia de Dios ... y del esfuerzo..."); y Miguel Hernández, cuando aún era un fanfarrón, escribió: "los poetas somos viento del pueblo...".
     El poeta auténtico no sabe que lo es porque no se lo pregunta, ya que vivir no es una profesión, sino una identidad, y escribirla, lo mismo. Sabe que no puede evitar escribir, pero no para que los demás lo aplaudan, sino para decirse a sí mismo, y sin buscar más premio que el de no negarle a la naturaleza lo que le pertenece y debe trasvasar a la palabra. Si los demás le ponen nombre a su personalidad es otra cosa.
     Eso no implica que no tenga conciencia de la realidad y sepa cuándo lo que dice para sí mismo -y para quienes necesiten semejante dicción- es un eco de lo que ya dijo, y que repetirlo es necedad porque ya lo descubrió anteriormente. Entonces es cuando ha llegado a su techo intelectual. La mismidad de un creador está dentro de él y se asoma al exterior a través de su escritura. Esa necesidad de exteriorizarse no se ejecuta para los demás, sino para re-conocerse, descubrirse, al diseccionar sus fragmentos de mismidad: Fragmentos de identidad yFragmentos de inmensidad son dos títulos que publiqué tratando de recolectar al invisible y laberíntico que hay en mí: pero no los escribí como "poeta" sino como hombre que testificaba sobre sí mismo y ante sí mismo para salvarse o condenarse.
     Un poeta no es un nombre, ni un calificativo con el que los demás compartimentan el mundo a fin de entenderlo: es un hombre -o una mujer- que busca y no se satisface con lo que encuentra. Por eso necesita crearlo con su verbo, aunque tampoco este se lo ofrezca. Es un hombre -o una mujer- común que no se contenta con ser un hombre -una mujer- común.    
    No vive ni escribe para el público, aunque como habita junto a él, tampoco le es ajeno. Ve más cosas, o de distinto modo -qué triste es tener que mirar de modo diferente para poder "ver"-, que los otros. Unos lo admiran, otros lo detestan. Platón desterró de la República a los poetas porque todo lo cuestionan; Mecenas los protegió porque son quienes añaden mundos a este mundo. Hoy, tal vez, son más necesarios que nunca, pero este mundo ya es un tren indetenible y el Arte es solo un joyero con el que la muchedumbre engalana sus ocios.

     Así que, Elisabeth querida, si escribes, pintas o compones, mira hacia adentro y conviértete en tu propio lector: con una autocrítica tan feroz que te impida publicar -salvo cuando te vaya en ello la vida-. 

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jueves, 4 de diciembre de 2025

RINOCERHOMBRE (De Guillermo Bellod)

 

Rinocinante (Un cuadro cervantino)


Solía visitarlo por la tarde
en su estudio, en la Plaza de Lucía.
Hablábamos de dichas y desdichas,
de remes y de amores sin remedio.
El suelo era un gran cuadro diseñado 
por el azar y la improvisación 
de las gotas caídas como pétalos.
Se retiraba a veces con las lentes
manchadas de pintura y visionaba 
-usándolas cual lupa y telescopio-
los trazos y bocetos pergeñados.
Yo, espectador y a veces pergeñante,
sugería un color, algún dibujo
visionario que él rechazaba en vano
porque ya la pupila lo guardaba
en el sótano de la desmemoria.
No quería deberle nada a nadie.
Tras recoger pincel, paleta y útiles
ordenaba las obras y decía: 
¡Hasta mañana, trastos!; y paseábamos 
con la conversación trastabillante 
en el atardecer oscuro o sobrio.
Un día nos llegamos hasta el Puente 
de Hierro; y al mirar su metal negro
le dije: de esa herrumbre cenagosa
sería el caballero del gran lienzo
que antes te demiurgiaba, jineteando 
con su pico de pájaro un león 
o, mejor, un voraz rinoceronte
corneando la vida, rodeado 
de muertes como ovejas trasmutadas,
émulo del lidiar de don Quijote
en la Primera parte, XVIII.
Por eso es un paisaje cervantino.

Audio: Palabras a Guillermo

Pulsar para leer las Palabras a Guillermo.

Guillermo Bellod

sábado, 29 de noviembre de 2025

Palabras a Guillermo.


Audio: Palabras a Guillermo

Bellod

(Enero 1976)

"Creo que el arte es una búsqueda, nunca un hallazgo definitivo. Todo hallazgo es la germinada conclusión que se convierte en premisa de un nuevo hallazgo en un inextricable proceso de búsqueda infinita. Eso convierte al artista en un ser incansable y sin sosiego por su insaciabilidad. El arte es un sistemático método de comprensión del hombre. Por eso nos interesa: porque el hombre halla en cada manifestación artística -pintura, poesía, música...- una radiografía de su yo desconocido. Pintar -escribir, componer- es una espeleología lanzada a las cavernas de nuestro yo luchando por conquistar el fuego rupestre individual, y nuestro nosotros debatiéndose por encontrar su nuevo yo.  Un cuadro es un espejo que nos mira; un poema es un texto que nos calla; la música es un ruido que nos oye; El arte, en fin, es un poema que nos canta con imágenes -físicas o síquicas-. 
     No nos interesa el arte porque es arte, sino porque, además y sobre todo, es el arte de averiguar al hombre, la mágica manera de ponerle los nombres exactos a la vida, la irrenunciable forma de hallarle geometría a la existencia. Crear, ser artista, es introducirse en sí mismo tan al fondo de nosotros que tocamos al otro, que nos convertimos en él -y por eso nos siente- a fuerza de ofrecerle nuestro yo. Cuando esto ocurre el arte permanece porque un cuadro, por ejemplo, no lo ha pintado un pintor sino un hombre cargado con todo el atavismo de la humanidad descifrándose a sí misma. El arte es el único cordón umbilical que une al hombre con su pasado y su futuro. El hombre no existe: existe el arte. El hombre es el arte".

jueves, 27 de noviembre de 2025

En el mercado del arte.



Justo es que el artista pretenda vivir de su arte. Lo que no parece tan justo es que el artista sea injusto con el Arte prevaricándolo para mercantilizar su obra. 
     No todo artista es capaz de ser fiel a sí mismo como creador, sin perturbar los principios flexibles de la creación artística, y al mismo tiempo contentar a quienes configuran la opinión de las mayorías para hacer accesible su creación al gran público. Que una cosa es el íntimo taller del creador -el laboratorio donde el espíritu hilvana sus ecuaciones pictóricas, musicales, verbales...- y otra la sala de exposiciones, el auditorio o el libro. Pocas veces el autor no entremezcla en su paleta, el pentagrama o la pluma los elementos que considera necesarios para vender cuadros, entradas al concierto o miles de ejemplares. No todos subordinan el afán de éxito al ansia de crear en libertad y equilibrio, aunque esto les suponga el aislamiento y la falta de aplauso. 
     Para eso primero hay que tener conciencia de si se es artista o artesano, consumado maestro o contumaz aprendiz, si se posee exceso de autoestima o feroz autocrítica: conciencia de que vive para crear y no de que crea para vivir de su creación; de que está poseído por la pulsión creativa y no por la de poseer fáciles entusiastas.

     ¿Cuántos consiguen aunar la fidelidad a su arte y la aceptación del público, como Lope o Shakespeare? ¿Cuántos, como Orson Welles, se rigen por el criterio de la creatividad responsable -aunque le supusiera el desdén de los magnates del cine-? ¿Cuántos, ajenos al mercantilismo, ahondan en su espíritu creando, como Van Gogh en su búsqueda introspectiva, un cuadro al día, sabiendo que ese ensimismamiento les hará vender, tal vez, solo un cuadro a lo largo de su vida? Sin embargo, ¡cuánto Avellaneda hay que confunde el valor con el precio y el arte con el éxito de masas, hasta valorar su obra como si fuera un objeto pensado para la subasta universal! Cuando una obra se lanza al público este se convierte en dueño de su interpretación: ¿y ni siquiera va a ser el autor dueño de su creación?
     No se corresponde con la realidad síquica la afirmación de Picasso "Yo no busco, encuentro". Porque para encontrar se necesita saber qué se busca: y eso precisa toda una vida de esfuerzo, indagación y preparación a fin de desechar caminos que ni siquiera son sendas; entonces la mente, obstinada en sortear dilemas y alumbrar la luz, ve la verdad incluso cuando apenas mira. Así es como resulta fácil encontrar fácilmente hasta cuando parece no buscarse.
     El arte no es una profesión elegida sin más ni, tampoco, solo una dedicación. Es intuición y reflexión, sentimiento sometido a la técnica, libertad -sin libertinaje- para concebir la obra y responsabilidad para ejecutarla. Es un producto irracional que la razón purifica. No es un creador auténtico el que se aparta de la tradición con sus innovaciones y experimentalismos, sino el que enriquece con estos la clasicidad y la actualiza: porque la referencia del arte es el hombre en busca de armonía, no la paleta, el cincel, la partitura o la pluma deshumanizados o lúdicos. 

     ¿Alguien cree que los autorretratos de Rembrandt o Van Gogh, y los sucesivos acosos al icónico retrato El grito de Munch, son repeticiones sin más, en vez de esforzadas tentativas de hallar el rostro de una verdad humana, tras apartar las mentiras de los contentadizos artistoides? ¿Alguien cree que la Novena de Beethoven nació espontáneamente y no fue la culminación de 20 años de inspirado trabajo pertinaz, sin dejarse llevar por los relumbrones cacofónicos?
     Créese para el individuo, no para la muchedumbre; para el hombre sintiente, no para el teórico erudito; para el corazón objetivo, no para la razón caprichosa. Para la Historia, no para las modas. Para los Velázquez, Bach, Cervantes, innovadores desde su tiempo para todos los tiempos.
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lunes, 17 de noviembre de 2025

Homo Poeticus.

 

Homo Poeticus

No le preguntéis por qué escribe a quien escribe poesía lírica. La lírica nace de un impulso irracional que la razón se esfuerza en pulimentar para que su decir sea el exacto: el que conmueva la racionalidad y la irracionalidad. 
    Por eso, cualquier respuesta que os den se referirá al método, a la poética, al intento de pulir lo presentido o clarividenciado, no a la intención o al porqué de la vislumbre. El poeta lírico es un vidente que esculpe su visión para tratar de verla con los ojos.
    Pero no es un visionario. Es un oteador de sensaciones; y a fuerza de su continua introspección llega a veces al fondo de lo que le sustenta y pertenece como humano y, a la vez, pertenece y sustenta a todos los humanos. Ese es el instante en el que todo lo ve -el instante privilegiado-, concentrado en un signo; y si consigue escribirlo para que lo vean y sientan todos como propio, consigue el poema, la música, el rostro universal. La absoluta solidaridad.

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lunes, 10 de noviembre de 2025

Obras maestras. - El síndrome de Stendhal


Shostakovich: Cuarteto nº 8, adagio

Hay, incluso en los mejores poetas, unos pocos poemas que pasan a ser referentes y explicación de toda su obra, y que los definen como necesarios en el venero de la cultura. Porque si un punto del universo contiene todo el universo -en afirmación de Galileo de la que luego se han apropiado tantos, Borges p. e.-, también un poema contiene todos los poemas y a su autor. Igual ocurre en la pintura y la música, y cualquier arte. El autor teje su mundo, y lo crece y decrece. Al final ha conseguido unas pocas obras que son el signo digno de su búsqueda y hallazgo. 
     No hay dos Giocondas en Leonardo, ni dos Sixtinas en Miguel Ángel, ni dos Preludios en Wordsworth; tampoco dos Hamlets en Shakespeare, ni dos conciertos para violoncelo en Schumann... 
     Y agradezcámoslo, en vez de lamentarlo. Porque, de multiplicarse esas genialidades, ¿quién sería capaz de sobrevivir a tanta belleza?


martes, 14 de octubre de 2025

La soledad del creador.


G. Bellod

La creación -artística o científica- y la convivencia pocas veces son compatibles. El artista nace con unas cualidades diferentes a las de la mayoría y desde ellas va perfilando sus experiencias hasta adquirir una visión del mundo igualmente distinta. Esa dedicación a su mundo interior le exige un espacio íntimo excesivo para los demás, quienes difícilmente comprenden y soportan ese apartamiento. 
     Se rige, así, conscientemente o no, por unas normas que lo hacen chocar con sus alrededores hasta automarginarse o ser marginado. Incluso cuando encuentra otro artista, el choque de sus mundos parece inevitable porque el universo de la creación es semejante pero con fronteras. Ni siquiera los gigantes se reconocen entre sí, como ocurrió en los encuentros de Góngora Quevedo, Mozart y Beethoven, Van Gogh y Gauguin, y tantas guerras literarias.
     De modo que solo en la soledad de su retiro introspectivo puede el creador fraguar su obra, pues solamente desde su mismidad, por muchas experiencias externas que acumule en ella, puede la inteligencia armonizar su visión y plasmarla en una obra.
     La obra, su obra, es el constante interlocutor que absorbe su conversación, monólogo que lega a los demás y que lo encadenan a lo que tantas veces he nombrado como solitariedad.

jueves, 2 de octubre de 2025

Anotación apresurada

 

Si hubiera de salvar algunas obras porque se avecinara una catástrofe universal que acabase con el ser humano, no salvaría aquellas que suponen un hito artístico, sino las que potencian el conocimiento del hombre y ensalzan la bondad, generosidad y auto-supervivencia del ser humano: porque esos son los rasgos que las hicieron posibles y los que podrían hacer de este mundo renacido una estancia mejor.


Por decir, apresuradamente, unas pocas: Los hermanos Karamazov, Don Quijote, La montaña mágica, Robinson Crusoe, Hamlet, el Canzoniere. Casi todas las demás son, simplemente, literaturas: afluentes hacia la verdad. 

lunes, 29 de septiembre de 2025

La poesía causal.

Borodin: Nocturno

A) El hombre es un animal emocional que piensa para ordenar sus sentimientos. 
B) Por lo tanto, solamente influyendo en la raíz y causa del pensamiento, que es el sentimiento, puede cambiarse la forma de pensar. 
C) Por eso, por muy peregrino que parezca, la poesía auténtica -el sentimiento genuino, como esencia de toda literatura escrita por el hombre ético y no solo estético- es la que dicta los cambios sociales: porque las filosofías e ideologías se suceden unas a otras en el devenir de la Humanidad, pero los sentimientos nacen y se mantienen cada vez que nace un hombre.

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jueves, 28 de agosto de 2025

Entre la lucidez y la locura.

Schumann: Adagio Segunda Sinfonía

Creo no exagerar si afirmo que el sufrimiento es el mayor autor del mundo y el que más grandes obras ha creado. Quiero decir: el sufrimiento de un hombre -o mujer- sensible, inteligente y fortalecido por el afán de superación y resiliencia.
     Eso no significa que haya que cultivar el dolor y renegar de la alegría. Significa que solo quien sufre encauza su creatividad hacia la conversión del dolor en serenidad y a la estimación de la alegría como una conquista de la voluntad y no como un ludismo efímero y circense. 
     No es fácil trazar la frontera entre la lucidez y la locura, ese viejo tema: pero Dostoieski o Poe no hubieran escrito sus laberintos síquicos si no los hubiesen padecido y, no obstante, hallado un equilibrio entre sus cielos e infiernos. Ya se sabe que Goethe afirmó que escribió su Werther para desplazar su propio suicidio al de su personaje -como tantos que utilizan su obra como mejor terapia-. En cambio, Bach era un hombre que parece haber controlado insuperablemente sus impulsos, mientras que Beethoven necesitó titánicos esfuerzos para dominarlos.
     El umbral de la sensibilidad y la inteligencia deja paso a la prisión del otro lado, de la que es difícil escapar sin una férrea  fortaleza y disciplina: eso les ocurrió a Schumann y Van Gogh, quienes caían y se levantaban de sus crisis visionarias hasta que cayeron engullidos por el desequilibrio de su genio.
     Hay mentes hipersensibles y otras insensibilizadas. La hiperestesia percibe desde el ruido del silencio hasta el clamor del universo: una infinita gama de matices que, como un diluvio de ígneos aerolitos,  alteran, para bien y mal, la sensatez y la armonía. 
     Que el dolor ha regido el mundo es un axioma que se deriva de la observación de la Historia, lo cual explica que existan unas pocas odas frente a millares de elegías. 
     Una terrible observación se deduce: Si eliminásemos la neurosis del mundo estaríamos infligiendo a la humanidad un  triste flamigerio: el deshojamiento del Arte y la Filosofía -y aun de la Ciencia-. Estaríamos trepanando a quienes son demasiado cuerdos y transgreden la línea emocional e intelectual.
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miércoles, 13 de agosto de 2025

La muerte de Gutenberg (Una elegía)

 

Rachmaninov: Rapsodia ...


El instinto de supervivencia injerto en nuestros genes nos impulsa a sobrevivir: a evitar el dolor, la enfermedad y la muerte. 

Algunos trazan estrategias artísticas para burlar la mortalidad y crean efigies de sí mismos que pretenden ser inmortales: los pintores, músicos, poetas, los gladiadores de palabras, pentagramas, dibujos...

Aquel que se derrama en la palabra, por ejemplo, sueña con verse manuscrito gutenberguianamente en libro para decir: este soy yo, a pesar de vosotros y de mí; nadie me matará, viviré siempre.

Huele a imprenta su carne, sueña ya que es un libro...

Pero ya ha muerto Gutenberg para gloria, o desgloria, de la página internética. 

El hombre y la mujer que hoy aparecen editados son otros hombres y otras mujeres, distintos todos: porque no ha muerto el mundo, pero sí nuestro mundo. Ya no corre la misma sangre, ni funcionan igual nuestras neuronas: dan vida a otros humanos que construyen con criterios distintos. 

Hemos muerto hace tiempo y no lo recordamos. El virus fue la primera errata de ese nuevo mundo.

He aquí un fragmento de Informe pericial:

VII

Eran siglos oscuros. Tenebrarios, 
lamparillas y aceites alumbraban
los garabatos mágicos, pulidos
por manos despaciosas que tallaban
diamantes de papel, códices de oro,
talismanes para la eternidad
como un legado hacia un renacimiento.
Tal fervor amanuense forjó imprentas 
y aquel tesoro enriqueció a millares
al mostrarles los mundos de este mundo.
Fue como si un gran sol amaneciese 
y descubriese luz en las tinieblas.
Pasó un tiempo. En el año Mil quinientos
cuarenta y tres un hombre agonizaba
y en su lecho de muerte recibió
un título temido y exultante:
“De los cuerpos celestes y sus círculos”.
Solo mil ejemplares se imprimieron, 
y tardaron dos siglos en venderse.
Pero algunos abrieron otros ojos 
que hubiesen retrasado el porvenir
de haber tenido que esperar un códice.
Tan solo el libro es subversión pacífica 
y muestra que en un hombre hay muchos hombres.

[Gutenberg, Copérnico]


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