Visitas

Seguidores

lunes, 20 de noviembre de 2017

Para qué sirven las artes...


Shumann: Ensueño

Para qué sirven las Artes

     ¿Cuántos hombres y mujeres, observando El muchacho azul de Gainsboruch, o el Master Hare de Reynolds, han sentido la vida renacer mientras se les iluminaba el corazón?
     ¿Cuántos, contemplando La libertad guiando al pueblo de Delacroix, o el Guernica de Picasso, han descubierto su desprecio por las esclavitudes y guerras, más fuertemente, incluso, que al recordar el horror de Hiroshima?
     ¿Cuántos, leyendo la Elegía de Hernández, han consolado su silencio porque no sabían cómo expresar el dolor ante la muerte de un ser querido? 
     ¿Cuántos, ante la Novena de Beethoven, se han esforzado por vencer la melancolía que inundaba sus vidas?
     Para calibrar la importancia de una obra basta con preguntarse: ¿Sería igual el mundo sin Miguel Ángel o Velázquez, Bach o Wagner, Shakespeare o Cervantes?
     ¿Cuántos han descubierto que en algún lugar de un cuadro, un libro o una partitura hay una respuesta a las muchas preguntas del vivir? 
     ¿No sirve para nada el Arte? ¿No es un camino para llegar a nosotros mismos y hasta los demás? ¿No es cada artista un portador de luz en esa carrera de relevos?

                                                     Leer completo en el 



viernes, 17 de noviembre de 2017

Dieterlie: Retrato de Jennie



Castellano. Completa

La magia de la pintura y la leyenda en un cuento tan lírico como fantástico.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Los infieros guerreros del eros


Bach: Aria

Siendo la pulsión erótica la imposición primordial de la Naturaleza, cuya función es la de la supervivencia mediante el ejercicio de la sexualidad, resulta sorprendente que el erotismo haya sido uno de los asuntos más perseguidos por las ortodoxias de todos los tiempos, como si fuera ajeno al hombre y la mujer, o una perversión, hasta el punto de convertirse en tema clandestino.
         Si no hay grandes obras eróticas, sí hay mucho erotismo en no pocas. Por recordar algunas, basten dos bien distintas: “Las once mil vergas”, de Apollinaire”, o “Historia del ojo”, de Bataille; aunque pocas historias más jocosas por eróticas que el relato que Bocaccio hace de Alibech. Escasos poetas han evitado alguna incursión explícita en este tema, siendo Pietro Aretino uno de los más decididos y destacados.
Pietro Aretino nació en Arezzo, en 1492, y fue “periodista”, panfletario y pornógrafo. Paradigma de la burla y el libertinaje, su leyenda incluye el hecho de que mantenía un harén de jovencitas, salvadas de la miseria y el hambre para que se lo comieran a él de vez en cuando, así como el de que los cielos lo castigaron con su misma filosofía, puesto que, ya que se rió de todo, “muore nel 1556, a Venezia, per un colpo apoplettico pare dovuto a un eccesso di risa”.
El biempensante Nicolás Fernández de Moratín debe mucho a Aretino, aunque nunca lo cita. Tampoco es ajeno a él el Espronceda apócrifo. Pero es el Abate Marchena, egregio traductor de Lucrecio en verso endecasílabo, quien dejó la versión del poema que sigue. Dice Marchena que perdió el original, copiado de un manuscrito que encontró en Italia. Si esta pérdida es una argucia, como parece, el poema sería obra del Abate -que no tuvo que ver con la clerecía sino el desdén por lo eclesiástico-, quien soñó en verso, a la manera de los “Sonetti lussuriosi” del Aretino, lo que -por ser físicamente tan feo como “una falta de ortografía de la naturaleza”, en expresión de Madame de Staël- no alcanzaba a lograr su cuerpo; aunque se le atribuyen numerosas amantes.

He aquí el poema (atribuido también, por su golgotariez indifusa, a J. Cantero), conocido con el título que se indica y cuyo significado, por si alguna duda hubiese está en el subtítulo: La chupación:

No descansa el guerrero

 

Igual que el espolón de una galera

he penetrado en ti; y, al ser hendida,

no has sido tú quien ha quedado herida,

porque mía la blanca sangre era.

Y sin embargo, tú, fiera pantera

durante la batalla, caes rendida

y quieres, nuevamente sometida,

que mi espada te hiera por doquiera.

Con cuánta dignidad tu humillación

convierte mi derrota en tu victoria

y me declara vencedor vencido.

Llegue mi espada hasta tu corazón

primero por la boca, y que la gloria

la alcance quien más veces fuese herido.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

716 - 725

Barber: Adagio para cuerdas

Welista: Despojamiento lacónico

716.- Increíble, pero cierto: en un concurso en el que se premiaba el peor libro de versos ganaron todos.
***
717.- La verdadera educación empieza cuando nos enseñan a saber unas pocas cosas esenciales que nos despiertan el amor por saber más.
***
718.- Tal vez para enriquecerse sea necesaria alguna inteligencia; lo que no admite dudas es que se necesita ser idiota para considerar que ser rico es una meta noble e inteligente.
***

719.- Para alcanzar la serenidad es preciso equilibrar los anhelos y los desengaños, las devastaciones y los sueños.
***
720.- Admitir el miedo es empezar a vencer la cobardía de escondernos
***
721.- No hables más que para ennoblecer el silencio.
***
722.- La belleza -la grandeza- solo adquiere su verdadera dimensión si se conoce la fealdad -la pequeñez- desde la que se consigue.
***
723.- El fin de toda ley es la exclusión de cualquier fanatismo en las conductas, y por lo tanto la aceptación del principio de igualitarización universal. 
***
724.- Cada vez que no se cumple la ley se incumple la Justicia.
***
725.- No se imita a los dioses -demasiado perfectos para ser imitados-, sino a los hombres que se comportan como ellos.
***

martes, 14 de noviembre de 2017

Dos sonetos de Darío

Villalobos: Descubrimiento...

Ciento cincuenta años cumplió Darío hace unos meses
     Rubén Darío es uno de esos autores fascinados por la lengua que la interrogan y muestran nuevas posibilidades expresivas, y el tiempo les enseña que vale más como fin lo que se expresa que considerar finalidad el medio de expresión. No es, como Garcilaso, un autor que funde novedad del instrumento dictivo con perennidad de lo dicho, salvo en ocasiones.
     Las obras de Darío pertenecen al hombre lúdico investido de poeta que encuentra al hombre trascendente al margen de su ludismo versal. Un poema tan sencillo como Lo fatal tiene mayor vigencia que sus ritmos poderosos o sus delicadezas de cuentos de hadas. ¿O alguien prefiere La princesa está triste... o Ya viene el cortejo...? Acudimos a estos para descansar del trabajoso vivir en la cotidiana metafísica del desencanto, y vamos a aquel para reconocernos como hijos de la condición mortal. Estos dos son "poéticos"; aquel es bello y verdadero, aunque su belleza sea dolorosa.
     He aquí dos sonetos de Darío: el arquitectónico Caupolicán, y el metafísico Lo fatal:


Caupolicán

Es algo formidable que vio la vieja raza: 
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón 
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza 
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón. 

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, 
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, 
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza, 
desjarretar un toro, o estrangular un león. 

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, 
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, 
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. 

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. 
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta», 
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

     El soneto, "formidable" en su arquitectura, retrata al héroe en el momento en que demuestra su reciedumbre -episodio que Darío toma de la Araucana de Ercilla-, tras la cual es aclamado como una especie de mesías. Las hazañas del héroe -la sujeción del árbol, el poder sobre los míticos Hércules y Sansón-, apoyan su imponderable fortaleza, de tal modo que su casco lo forman sus propios "cabellos" y su "coraza" su misma musculatura pectoral. La hipérbole con la que se construye el retrato encuentra credibilidad ante la espectacular demostración verbal de Darío, hábil constructor de rítmicos heptasílabos geminados en alejandrinos -que juegan con el más una y menos una sílaba de finales esdrújulos y agudos- (Hércules, Sansón, por ejemplo), además de con la estructura trimembre ("anduvo"..., "le vio...") que hace avanzar inexorablemente al esforzado personaje hacia su clamorosa victoria sobre lo increíble.
     En cambio Lo fatal renuncia a ese poderío verbal adelgazando la escritura hasta su sencillez natural, porque de poco sirve la altanería frente al destino que conduce a la muerte: el tedio que aplasta al hombre le hace escribir -aparentemente- con descuido, escondiendo el soneto que en realidad conforman los versos, dejando caer con ordenado desaliño el encabalgamiento (versos 8-9), buscando la premura de la temporalidad en el continuado y pertinaz polisíndeton (y...): hastiando su existencia y su expresión, deseando la insensibilidad para evitar el sufrimiento de la conciencia ante el sinsentido de la batalla interior entre eros y tánatos (la "carne", la "tumba") que forjan un vivir sin causa ni consecuencia conocidas: 

A René Pérez

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos, 
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, 
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos...!

Caupolicán

Lo fatal