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jueves, 31 de octubre de 2024

Difuntamente hablando


Allegri: Miserere 

Dícese que Mozart oyó por primera vez el Miserere de Allegri, secreta música cuya interpretación estaba prohibida fuera de la Capilla Sixtina, en 1770, cuando contaba 14 años. Al día siguiente, el joven Mozart interpretó de memoria los 15 minutos de esta obra maestra de la polifonía. El Papa, en vez de excomulgarlo, le otorgó un alto nombramiento.

El Miserere ejerció una gran atracción en Mozart, quien compuso su Ave Verum Corpus inspirádose en él. Lo mismo ocurrió con otros compositores, entre ellos Liszt, quien lo transcribió para piano varias veces y compuso igualmente un Ave Verum

Lástima que tan excepcional y pura música se deba al sentimiento de culpa que el Dios Castigador engendra en todo hombre.

Probablemente, sería más adecuado, en un día de difuntos, escuchar el Requiem mozartiano. 

He aquí los Kindertotenlieder de Mahler, obra que, por estar dedicada a los niños muertos, resulta más doliente:

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martes, 29 de octubre de 2024

En Roma


Mozart: C. piano 23 (Adagio)

Estancias de El Vaticano

¿Qué convierte un poema -una pintura, una música- en un ente perdurable? ¿Que no agreda al lector sino que le agrade, que satisfaga su sed de satisfacciones, que todos puedan identificarse en él porque no hay terruñerismos ni particularidades excluyentes ...? 

Para no agredirme ni desagradar me ejemplifico (discúlpeme -o no- el lector):

Me pregunto por qué en tantas ocasiones se ha reproducido, en papel como en internet, mi breve poema El secreto. 

Poco tiene de particular y, menos, de grandioso. ¿Entonces? 

Debo preguntarme, para contestar, qué nos atrae de un texto, qué tiene este, si algo tiene, qué llama la atención de los "antólogos" aficionados o profesionales. Y la respuesta me viene inmediata y sencilla, como tantas veces que he pensado sobre este tema: ¿un poema breve y directo a lo esencial humano, sin circunstancias, digresiones, anacolutos, en ritmos simples como unos pocos endecasílabos y un heptasílabo? ¿O acaso el clasicismo es un arcaísmo? O sea: ¿todavía atrae el equilibrio expresivo, la sencillez, la diafanidad expositiva, la ausencia de retórica, lo sustantivo frente a lo adjetivo, la hondura metafísica sin filosofismas, la voluntad de quedar entre los vivos mientras la muerte sigue devastando, el arte como una fuente de perennidad, el eclepticismo sin retorcimientos, la autosuficiencia sin soberbias, el apartamiento del mundo que solo enseña a autodesconocernos y mercadearnos, la huida de la poética del amiguismo grupuscular, el refugio en la soledad buscada -con el zahorí de la pluma, identificatoria, mitigante y redentora- como enriquecimiento y concienciación senequista de que la rendición no existe ...? 

Creo que un poco hay de todo ello en El secreto. Quien repase su léxico y estructura encontrará reverberaciones de cuanto he dicho: el mundo que "derrota" y contra el que no debe lucharse, pues la necedad, por muy quijote que se pretenda ser, es un fanatismo incombustible que solo puede esquivarse construyendo hacia adentro "un castillo interior" en el que acomodar, mediante la belleza y la templanza, aquello que han hallado los pocos sabios que en el mundo han sido a través del estudio y la contemplación: "cuadros", músicas ("clavecín"), "libros", "escritura"... Solo hay meollo, no abalorio; solo sustancia, nunca circunstancia; nada de prédicas o manifiestos; lejanías y no aproximaciones a Gerundios campazanos; ni ardor militanciero sino escueta confidencia -porque el tú es, en verdad, un yo- de unas conclusiones o confesiones que han brotado de premisas experienciales, ajenas tanto al sentimentalismo como al logicismo marmóreo, que es leve enumeración emotiva ... Solamente quien no siente en profundidad (millones y millones de millones...) se desconoce en él ... ¿Pero quién no acepta que tratar de convertirse en Arte es aupar a todo hombre y a sí mismo a la más exacta reisiliencia?

El poema nació sin premeditación, pero sin duda es el charco limpio nacido del goteo de cuantos manantiales y arroyos van germinando en el alambique -"alquitara pensativa"- del tiempo sicológico. Es el descubrimiento de la luz íntima, de que el locus amoenus solo existe en un lugar llamado corazón. Y ese es el imán, probablemente, que atrae al buscador de humildes panaceas:

El secreto

                            Para Á. L. Prieto de Paula

Cuando sientas que el mundo te derrota
no intentes combatirlo.
Edifica un castillo en tu interior
Y cuelga terciopelos y templanza
en sus muros. Dispón un fuego manso
junto a la mesa de la biblioteca.
Mira el cielo brillar entre las llamas
y los libros. Inúndate de luz
en la frágil belleza de los cuadros.
Escucha el clavecín mientras tu pluma
persigue en la escritura algún sosiego.

* El poema apareció por primera vez en La epopeya interior, y lo leí, junto a otros cinco, en Roma, en la Embajada de España ante la Santa Sede, Vaticano, arropado por el sabio Cardenal Poupard (quien me regaló dos corbatas de seda para que pudiese entrar en el recinto), mientras otro juglar entonaba su versión al italiano. Era el año en el que el Premio Mundial Fernando Rielo, además de con la edición del libro, lo premiaba por primera vez con 7 mil euros y no con 1.000.000 de "rubias" (que hubieran sido demasiadas). Dediqué el poema a Ángel Luis Prieto de Paula porque, aun siendo experiencia mía, sé que también es suya -y de tantos que creen que no lo saben- y porque tanto se ha esforzado en comprenderme por escrito en prólogos y etcéteras. (Aprovecho para insistirle en que escriba -ya- mi elegía para darle el "visto bueno": o si no, no me muero). 


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domingo, 27 de octubre de 2024

Antonio Gracia - La brasa incandescente - Manuela García


La brasa incandescente 
                    ("... me ties piyá ...")

Los dos cuerpos desnudos en el lecho
brillando como un astro enfurecido; 
el corazón como un corcel herido 
trotando desde un pecho al otro pecho.

El amor recorriendo cada trecho
de distancia carnal; cada latido
igual a un fruto ardiente florecido.
Saciada el alma, el cuerpo satisfecho.


Toda lucha sexual que emprenden dos
desde el anhelo de sus corazones
es un viaje a la espiritualidad. 
 
Y sin embargo no aparece un dios
en ese paraíso de pasiones
que anhelan conquistar la inmensidad.

sábado, 26 de octubre de 2024

Decir o no decir...

Chopin: Nocturno nº 1

Querida Elena:
Si vas por Vilella nos encontraremos en algún lugar de un verso. Mientras tanto te digo:

     Todo creador tiene un problema que, a veces, desconoce: la dificultad de distinguir lo que importa a todo lector, como cuestión entrañable humana, y lo que le importa a sí mismo simplemente porque forma parte de su vida. Es necesario el bisturí para extirpar el yo circunstancial del yo auténtico y esencial.
     Todo cuanto sentimos tiene sus consecuencias, que son causas de otras. El sentimentaloidismo -el campoamorino, o el faceburgués, por ejemplo- nos hace verborrear, hiperbolizar, convertir las quintaesencias en fárragos, y nos ciega para lo imprescindible: la idoneidad ante el sentimiento, el pensamiento y su expresión definitiva (a ello me he referido en varias ocasiones, aludiendo a Poe, Bécquer, Valéry...,  y lo estudié en mi libro "La construcción del poema").
     Muchos autores se empecinan en esconder la luz tras sus palabras, en vez de iluminar con ellas. El descubrimiento del monólogo interior es un medio, no un fin: nos hace accesible la identidad, la mismidad, desde los soliloquios racionales de Robinson Crusoe hasta los irracionalismos de Joyce. El inhumanismo nos abre, pues, las puertas de los humanismos: son jeroglíficos, laberintos que nos enseñan a encontrar puertas. Los juegos con el tiempo de la modernidad novelística o cinematográfica, el ludismo de las últimas artes, son acertijos que la sinrazón nos pone para que los descifre la razón; y esta es la que, siendo una facultad del homo habilis, prevalece como finalidad del homo sapiens.
     Uno de los aciertos de "El Quijote" es su construcción en breves capítulos, una vez establecido su punto de partida. Si hubiera sido una narración sin capitulillos evolutivos probablemente habría sido inaguantable -como ocurre con el "Persiles"-.
     No es extraño que "La tierra baldía" fuera podada de más de la mitad de sus versos por Pound, o que Puccini borrase un millar de compases de una de sus óperas. 
     Ya se sabe: "el mejor consejero del escritor es la papelera", que dijo Hemingway.

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jueves, 24 de octubre de 2024

Gary Cooper, Charles Bickford, El proces...

Pacific 231.

 

Honegger: Pacific 231

Algún oyente se extrañará ante esta pieza por ruidosa y "poco musical", como ocurrió con La consagración de la primavera, entre otras tantas, diez años antes. Otros oyentes pensarán que quien utilizó este "movimiento sinfónico" de Honegger para ilustrar unos cuadros no acertó demasiado.
Cuando los Lumiére, en 1896, proyectaron sus imágenes de un tren, los espectadores echaron a correr porque sentían que aquella masa de hierro los iba a atropellar. Empezaba el cine mostrando la realidad y compitiendo con ella:
Lumiére: Llegada de un tren

También la música tiene su vertiente descriptivista. Y ejemplo de ello es este retrato de Honegger titulado Pacific 231:

"Retrato" de un tren desde que arranca lentamente hasta que es lanzado al galope como una fiera a toda velocidad y vibran todos sus enseres y artefactos, tal como detalla esta visión fílmica, y frenética, de Jean Mitry (desde el minuto 2:35):
Honegger / Mitry

Otra versión más lenta y menos ilustrativa:

Seguramente era un tributo al progreso, haciéndose eco de Marinetti: "Un coche de carreras es más hermoso que La victoria de Samotracia".
He aquí cómo los diferentes instrumentos traducen la carrera trenística y cómo la orquesta desbroza sus sonidos:

miércoles, 23 de octubre de 2024

La brasa incandescente

Schumann: S. 2, Adagio


La brasa incandescente 
                    ("... me ties piyá ...")

Los dos cuerpos desnudos en el lecho
brillando como un astro enfurecido; 
el corazón como un corcel herido 
trotando desde un pecho al otro pecho.

El amor recorriendo cada trecho
de distancia carnal; cada latido
igual a un fruto ardiente florecido.
Saciada el alma, el cuerpo satisfecho.


Toda lucha sexual que emprenden dos
desde el anhelo de sus corazones
es un viaje a la espiritualidad. 
 
Y sin embargo no aparece un dios
en ese paraíso de pasiones
que anhelan conquistar la inmensidad.

martes, 22 de octubre de 2024

LA HISTORIA DE LA MÚSICA (la guía definitiva)

El mejor profesor


El mejor profesor es el que enseña que los límites del mundo están allí donde empieza la ignorancia, y que el libro es la única arma pacífica en la conquista de la felicidad.

Tal vez, si el profesor no tuviese que luchar contra las instituciones educativas, que representan el Poder y no el Saber, el mundo avanzaría hacia el verdadero Estado de Bienestar, que es el del enriquecimiento de la noble personalidad.

La mente es una pizarra magnética en blanco: absorbe y escribe en ella todo cuanto ocurre a su alrededor, y jamás lo olvida: aquello que no puede guardar en primer plano lo almacena en sus sótanos, en espera de tener que utilizarlo. Allí va lo que parece no interesarnos y lo que nos interesa demasiado pero nos daña. Ordenar bien o mal ese laberinto de emociones, sentimientos, impulsos y racionalizaciones es lo que hace a cada ser humano diferente. Ahora bien: en esa labor de creación de nuestro yo hay un sustrato: el que nos enseñan nuestros padres, vecinos, instituciones: ellos son nuestros verdaderos maestros y los auténticos responsables, puesto que la educación es un entramado en el que intervienen todos los agentes de la sociedad. De manera que somos producto de unos genes naturales y otros factores que actúan, con similar fortaleza, como genes sociales. No siempre están de acuerdo unos y otros, y su choque es lo que nos provoca generosidad, egoísmo, honestidad, desentendimiento, traumas, sociopatía... Basta con alimentar la capacidad infantil y adolescente (amar el conocimiento, cultivar la autoestima y la solidaridad, conocer los cimientos y engranajes de la Historia...) para que la escalera de la inteligencia nos suba más o menos en la comprensión del ser y estar en la existencia.

¿Qué puede hacer un profesor en ese laberinto?

- Para enseñar bien hay que aprender mucho: principalmente, a transmitir lo que sabemos.

- Enseñemos el amor por la lectura y cambiaremos el mundo: porque el libro es la palanca de Arquímedes del progreso.

- Error es imponer el conocimiento; acierto, contagiar el amor que sentimos por él.

- Menos interesan los hechos aislados que deducir de ellos una sensata conclusión.

- Solo aprende quien se siente atraído por el saber: esa es la principal metodología del educador: mostrar vitalmente su amor por lo que enseña y por los enseñados.

- No olvides que si la libertad nos concede el derecho a ignorar, la responsabilidad nos exige la obligación de aprender. Quien trata a sus alumnos como a soldados que deben conquistar el bastión de la sabiduría, y no como a personas capaces de amar y odiar, está imponiendo, no enamorando; y todos odiamos a los déspotas y amamos, en mayor o menor medida, a quienes nos aman.

- Solo hay un paso entre considerar que la educación es una dictadura y mostrar que es una amable consejera de la vida.

- Antes de visitar un país hacemos acopio de cuanto le concierne: la cultura es la mejor guía turística del país de la existencia, su mejor cicerone.

- Cualquier equipaje pesa demasiado, menos la maleta del conocimiento: que hace más liviano y agradable el viaje de la vida.

- No enseñes chovinistamente que lo propio es lo mejor, sino que tal vez nuestra opinión puede mejorar el mundo.

- Enseña que tal vez se necesite alguna inteligencia para ser rico; pero que es de idiotas considerar que ser rico es una meta noble e inteligente.

- Aceptemos que la relación entre los menores y los adultos tiene una consecuencia progresiva: son como los hacemos, y nos hacen como son. Y calculemos qué futuro estamos perpetrando entre todos.

lunes, 21 de octubre de 2024

Canción trágica del desamor

Mandolina y Mandolino se amaban -o algo así-. Uno de ellos -o el otro- se enamoró nuevamente -y no de uno de ellos-. Este es el telegrama que se cruzaron: deseándose -ma non tropo- un feliz nuevo romance:

                                Schumann: C. violonchelo

Canción del desamor 
                  (para Dulcinea del TE BESO y el pastor Quijotiz)

Hoy he visto en tus ojos que no me amas 
como ayer: que tal vez amas a otro.
Procura ser feliz. Ámalo mucho.
Esfuérzate para que no descubra 
tus traiciones y descoyuntamientos 
de la verdad. Tal vez sea dichoso 
antes de descubrir tus tartufismos. 
Yo estoy triste. Mas tú
sé feliz como yo lo fui contigo.
El amor es así: nos sube al cielo 
y de pronto nos deja en el infierno. 
Mientras tanto es el mar el que retumba 
y gorgotea sobre el corazón.
Siento la desventura de perderte,
aunque mucho apacigua mi tristeza 
saber que nuestro amor perdura en ti
y algo queda en tus labios de mis labios 
que buscas en su boca.
Pues mueren los amantes, no el amor.

sábado, 19 de octubre de 2024

El abrazo dulcífago.

Chaikoski: Sinfonía Manfred

Fue en Aguadulce: no sé muy bien por cuáles méritos, nos habían invitado a un congreso de escritores. Allí fuimos 6 ó 7, a cuenta del Estado, y anclados en un hotel en el que bohemizábamos tal vez 200 aprendices de la pluma y mucho sabioentodo -menos en escribir-. 

Mefistofélico como era, a mi pesar, en aquel tiempo, pronto estuve callejeando y sorprendiendo con mi -al parecer- heterodoxia, seguro e inconsciente señuelo para que, en aquella noche, Irene encadenase su corazón al mío y me persiguiese sin saberlo. Recuerdo su belleza y su apasionamiento.

De madrugada escuchamos las piedras en el ventanal y, junto a los otros dos que compartían mi habitación, ayudé a trepar a Irene hasta mi cama. La alzábamos en vilo, y en vilo estuve yo toda la noche.

Unas horas después, los golpes en la puerta despertaron mi noctambulismo y en seguida dejé la rubia compañía para atrincherarme en el colchón de uno de los dos, quienes me aconsejaban que me defenestrase si quería vivir.

Pero el marido de Irene, opiómano y chuláceo, olvidó su violencia cuando la vio dormida, sola como una virgen. 

Es verdad que algún tiempo después apagó su cigarro en el dorso de mi mano, que, aferrada a la de Irene, soportaba el dolor de la crujiente hoguera mientras miraba yo, impertérritamente y puñalmente, al otelo nefasto como si el fuego aquel fuese un beso de aquella boca innúmera.

Historia de la pintura

viernes, 18 de octubre de 2024

100 años de Luces de bohemia

 


España tiene el dudoso honor de haber creado algunos prototipos literarios, como los pícaros y Celestina, que no dudan en vivir al margen de la ética y la justicia. Tampoco el arquetípico Don Juan es un personaje digno. Sí lo son, con gran altura, Don Quijote, Sancho, o Segismundo.
     Hay otra personalidad entreverada de dignidad y alevosía que es, pese a todo, una figura atractiva: Max Estrella, icono de la bohemia, escritor que conoce sus limitaciones y no teme indignificarse en un mundo de indignidades. 
     Un viaje de una noche por la realidad madrileña y nacional que no esperpentiza ni deforma sino que mantiene actual la injusticia de los tiempos.
     Cuántos artistas y escritores se definen en el retrato que de ese carácter hace Valle-Inclán en Luces de bohemia. Qué luto, el de vivir rodeado de mediocridades que ocupan altos cargos, y saberse más cualificado y no obstante postergado por tanto licenciado en ignorancia. Condenarse a ser paria y francotirador, vivir en la indigencia por ver más claramente que quienes creen ver y son los verdaderamente ciegos.
     Qué lucidez la de saberse loco entre los cuerdos de la impunidad y la estulticia mientras el mundo se hace añicos porque lo estructuran los que desafinan en la orquesta social.
     Qué hecatombe, saber que el triunfo es de los necios.

jueves, 17 de octubre de 2024

Juan Gil-Albert.



INSULA
Misceláneo. Número 595-596. Julio/Agosto 

ANTONIO GRACIA/ UNA POÉTICA PARA JUAN GIL-ALBERT

todo lo que anhelé y que no he vivido. 
Un alto muro a veces me separa del mundo.

La actividad literaria de JGA nace de su inactividad social. Su radiografía mental puede ser esta: 1) se reconoce distinto (clase social, cultura, sensibilidad sexual...); 2) se aísla por ello; 3) tal aislamiento es una defensa, una coraza frente a los otros —lo ajeno—; 4) pero también es una automarginación; 5) que conduce a una marginación condenatoria del mundo; 6) y que encuentra una reciprocidad marginatoria; 7) el autoexilio, el enclaustramiento, la contemplación son las consecuencias; 8) la aceptación del paraíso perdido, la literatura como mundo sustitutorio de la realidad huida y la muerte considerada como reciclamiento de otra vida, son los resultados. 9) El autocontemplativismo y la contemplación de «lo otro», que no existe más que cuando entra en el ámbito de su mirada, conforman su identidad.
    
    El ocio
El ocio es una consecuencia del desahucio interior, precisado de una liberación mediante la escritura, a través de la cual el ocio se convierte en la única tarea y también en la premisa reflexiva de que la primavera juvenil es el único edén y la vejez un acabamiento de la vida al tiempo que una preparación para otra existencia. La misteriosa presencia de lo irreal fascinador deviene las transformaciones a que la vida, como meta-física, está sujeta. Porque la vida se muere: la juventud es un tránsito y una belleza que hay que renovar; por eso la vejez, más que una senilidad, es la antesala de la palingenesia, y la muerte su bautismo. La muerte es «esa sombra / de un mortal ya dichoso» («La fidelidad, VI»). El amor inicial a la vida —abortado— germina el «Amor, amor, amor, amor, amor» («Anacreonte o el enamorado») y concluye en el quevedesco «polvo amoroso, olvido eterno» («Balada»). La aceptación y la celebración de la vejez (como plenitud y desciframiento de la identidad) es paralela a la del enciclopedista, cabalista del verbo y creador de universos literarios Borges el memorioso: «La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) / pueder ser el tiempo de nuestra dicha... Pronto sabré quién soy.» Y el amor redentor, más poderoso que la muerte, está presente en Salinas: «Por ti creo / en la resurrección, más que en la muerte.»
    Convaleciente de ilusiones ha sido siempre JGA. El ocio es un descanso del desencanto, y el lujo de la escritura una serenidad en el desasosiego. Al saberse apartado del mundo, decide apartarse de él. Rehuyó el mundanal ruido porque se acomodó, después de la consideración del fraude de la existencia y de la primera fuga en busca del acomodo de la soledad como refugio ante el adverso mundo, a una estabilidad que podía ser perturbada por cualquier seísmo emocional o brisa exterior. Porque cuando escondemos el espejo —los otros— podemos creer que somos como nos sentimos, no como nos reflejamos. Así que el mundo queda para mirarlo, no para que nos mire: de las ideas o pasiones ajenas sólo toma como compañía la de los libros, que se pueden cerrar cuando perturban. Pero esa decisión voluntaria o inconscientemente asumida conlleva la deserción de lo más preciado y que, no obstante, ciegos en la huida del fracaso, despreciamos o abandonamos: la misma vida —cuya negociación imposible, o su reverso, se persigue en la página, la partitura, el lienzo—. Esclarecedora es una frase dicha en conversación a J. C. Rovira (Fuentes de la Constancia, Cátedra, p. 28): «viví sin que nadie me molestara». Y en Crónica General (vol. I, p. 183): «Vivir ha sido para mí recibir sensaciones.» Igualmente en la Introducción a FC: «Reintegrado a mi tierra, y más que nunca en diálogo silencioso con ella, no con sus hombres...» Apartamiento, pasividad. Porque su íntima esencia es la de «una incierta / vocación de vivir ensimismado / dejando hacer al tiempo» («Concertar es amor, XLV»). Difícil es, así, no caer en el autismo torremarfilista. El mundo no existe en Gil-Albert más que como en la caverna platónica: lo que ocurre fuera no le interesa. Con el tiempo, el inicial egocentrismo defensivo será una egolatría autoestimativa, y el individualismo insolidario una fraternidad intelectualizada. Había partido de una concepción —mejor: percepción— catastrofista inductora de la misantropía: y acaba, huyendo de los hombres por temor a cada uno en concreto, hallando y amando —deseando, necesitando— al hombre como abstracción. Refugiado en su mismidad, atrincherado en su mente, recuerda que será sólo un recuerdo cuando muera; y se acuerda entonces que aquellos que lo recordarán: «sola está el alma sola en su proceso / de vida y muerte... pero cómo olvidar / lo que es más dulce, acaso, que la vida: / la humana convivencia» («Lo póstumo»).

    Una «mortal ilusión»
Su realidad, que percibe como verdad incuestionable, no existe más que en su mente. Su evocación es la de un tiempo ido, no vivido, sino observado; y el presente tampoco lo vive: lo escribe. Para lo mismo acontecer mañana. Ha dedicado su vida a contar su vida no vivida; a no vivirla más que en palabras. (Algo semejante le ocurre a la mayoría de los poetas creadores; pero no sustituyen la vida, sino que la complementan con su verbo.) Ha dedicado su vida a contarse para cantarse. Y, como Narciso, ha caído en la página en la que se miraba: no para permanecer levitante, sino devorado por ella. Es el instante en el que la paligenesia se cruza en su camino como salvación, por continuidad, de la existencia como inmortalidad después de la vida mortal concluyente en la muerte: «siente la muerte / como una inevitable trascendencia» («Omnímodo»). «Todo avanza lentamente / hacia transformaciones infinitas...» («Las transformaciones»): esa continuidad en la disolución, tal materialización de lo que se inmaterializa, la reencarnación de lo que prevalece entre las muertes sucesivas constituye la esperanza; lo que se es y lo que se fluye conjuntados (Parménides y Heráclito hermanados en la moneda —el óbolo— de la existencia) son la clave de la inmortalidad. Es la diversidad de la esencialidad, el estar en el ser (el ser en el estar), lo que fluyendo vario permanece como fluido estático: «Esta congregación que se disgrega...» («Las trasformaciones»).
    Porque a pesar del timbre odesco e hímnico, la joie de vivre de JGA es —o me parece— una sonrisa de las que quedan cuando la alquimia del cerebro acaba su engañoso elixir de la alegría. Lo que realmente hay en esa euforia es una «mortal ilusión» («Cincuentenario»). Tras la mueca jovial hay un rostro severo que considera rostro la jovialidad y que se engaña cada vez, lentamente, menos. «Ser un hombre, / un hombre escuetamente aunque vencido» («El amor propio»), «Esta zona clemente del espacio / donde la enfermedad se llama vida» («Los átomos»): la existencia sentida como tragicidad, con algún «trastorno de placidez», es la exaltación eufórica de quien descansa de un dolor unamuniano más que un júbilo vitalista, un reposo en el tedio más que una cima de la alegría. El tiempo es una melancolía; aunque el instante pueda ser un optimismo. Como Quevedo («sólo lo fugitivo permanece y dura») «sabe que sólo vive lo fugaz» («Omnímodo»). Así se entiende sin exasperación que sea un lujo estar ocioso: sereno, olvidada la agonía de estar vivo. Estar ocioso es estar libre para poder mirar, y entonces el contemplativismo es una profesión de fe que tiene como plegaria y exorcismo la escritura. En lo que se refiere a su exaltacionismo vitalista, Gil-Albert se comporta como un galanteador de la naturaleza que coquetea con la grecolatinidad para piropear la mediterraneidad: lejos de ser un activista, como Hernández, es un pasivista. Se comporta con la vida como un amante que, ante la sensualidad de la amada, la requiebra y corteja con palabras sin actos temiendo herir su honestidad, que es lo que la dama quiere evitar precisamente porque la carne no se sacia con piropos sino con el tacto de otra carne. Su actitud me recuerda la anécdota de Neruda en la que cuenta cómo, en medio de la noctambulia y bacanal, García Lorca permanecía ajeno, entre místico y cándido, con ojos beatíficos y puros.
Apartado del mundo por distintos motivos, desde el alejamiento y la soledad ejercita una misantropía a veces clandestina, a veces manifiesta. «Cuando veo a los hombres sepultados / unos en sus trabajos y tormentos, / otros en sus riquezas, infelices... / Qué solo el hombre / se siente en esta selva indescifrable / con el nombre pomposo de cultura» («El pecado original»), «La gran ciudad es selva y sólo selva» («Panorama»), «La tierra es un ruido, el cielo calla» («Alegoria»). Versos significativos. Esa «selva» es la que le lleva a reivindicar el ocio como sinónimo de fuga de la contaminación social, como un infierno: para buscar el lujo de la autenticidad, un paraíso, en un mundo en el que todos «fingimos urbanamente al menos» («Tres cantos, II»). El autoostracismo (el refugio en el rincón horaciano-luisiano) es la consecuencia de la identificación del hombre social como «un ser ponzoñoso» («Bíblica»). ¿Es el ocio una paz y por eso un lujo? ¿Es ese sosiego el que sintió de niño en los lugares donde nadie le contrincaba la serenidad? ¿Por eso la casa de campo y su homónimo griego, el monasterio, es su nostalgia y su melancolía, su proustiana recherche?

    Grecia
Tales consideraciones le inducen a un particular «menosprecio de corte y alabanza de aldea». La corte es la cultura espuria (la civilización persecutora del dinero); la aldea, la inocencia, la primigenieidad (asible en el enclaustramiento). La aldea sabia, no contaminada en su pureza, es Grecia, el solar infantil, la infancia. En esos tres espacios mentales perdura la inocencia, la genuinidad, como una ociosa inercia que deviene un paraíso, un «lujo» de serenidad y ensoñación. Los cantos del «carretero que cantaba», el «monasterio griego», la casa nostalgiada y elegiada, el arado que el joven cabalgó... son voces que emergen desde ese paraíso perdido. Y Quirón es la utopía inevitable: el conocimiento, la sabiduría. Los pájaros, la siesta bajo el árbol en verano, el gorjeo de la naturaleza, todo un beatus ille mental, un luisismo implícito (que se trasluce, por ejemplo, en «Mi nostalgia». De «Elegía a una casa de campo» dice que es «mi voz» (OPC, vol. I, p. 11); del poema «A un monasterio griego» que es «mi retrato más feliz» (OPC, vol. II, p. 13). Dos lugares señoriales, dos paraísos perdidos, dos cunas: del autor y de nuestra (su) cultura. Escribe en el segundo: «Volver quiero al lugar donde es posible / mecerse en el ascético deleite / de la hermosura; allí quiero entornarte / mundo de mi pasión, como una siesta / que he de dormir en pleno mediodía.» La siesta, tantas veces presente en su poesía, es sentida como un sueño, un dormitar relajante; el sueño, como un olvido o paréntesis de esta vida. («Olvido manso», dijo Quevedo del sueño; pero también: «a más honroso / sueño entregó los ojos, no la mente».)
    Del lujo así considerado surgen los aciertos, los errores: el ansia de crear y la —en mi opinión— contumaz estética. La creación es un lujo paradójico: el ocio del esfuerzo. La lectura, la meditación, la contemplación desembocan en la escritura, que es refugio, trinchera y panacea —también exorcismo, porque evoca la pureza de lo que aconteció— frente a la «tregua pavorosa» de la existencia: «Sólo el hombre sentado ante su mesa / con sus libros abiertos y el lucero / brillándole a través de su ventana / parece dominar con su sonrisa / la tregua pavorosa» («Omnímodo»).
    Como digo, estar ocioso es estar libre de sufrimiento o tedio (Meléndez Valdés: «Doquiera vuelvo los nublados ojos, / nada miro, nada hallo que me cause / sino agudo dolor o tedio amargo»; Bécquer: «Hoy como ayer, mañana como hoy...) para poder mirar, y entonces «contemplar» equilibra la vocación vitalista: el pájaro que canta, el arriero nostalgiador, el «pétalo encendido» sobre el libro... significan vidas vividas con las que olvidar o iluminar la propia vida gris desencantada. El luisismo horaciano y el pindárico himno son lógicos entonces. Y se entiende que el oxímoron o la paradoja sean frecuentes: «Brota de la fuente / de los placeres... un algo amargo» («La ilustre pobreza»), «estar enfermo es dulce» («Nocturno n.o 1»), «lamento gozoso» («Y sin embargo»), «una maravillosa pena oscura» («A un carretero que cantaba»), «vivir es más dulce que las mieles más amargas» («El paso permanente»), «sentirnos cuerpo, / leve y larga caricia dolorosa» («Sensación de siesta»), «y de ese gozo / sube a mi faz con débiles destellos / una espléndida sombra de tristeza» («Canto a la felicidad»). Y se acepta el homenaje admirativo por quienes lucharon contra el destino adverso, la náusea sartriana o la abulia existencial, aquellos que encontraron placer entre el dolor mediante la escritura o el arte: Proust, Cervantes, Unamuno, Chopin, Mozart... Muchos poemas se apoyan en la evocación de sujetos heridos (condecorados) de melancolismo: «Una sonrisa / pon en tu labio triste y oye el golpe / de su júbilo herirnos las entrañas / ¿Se puede ser más dulce que esa muerte?» («El corazón de Chopin»): con lo cual el sentimiento evocado se trasiega a la evocación que es el poema (y aquí una causa del culturalismo; otra: la apoyatura referencial en la literatura ajena como embarazo y parto del texto propio). Porque existe la «melancolía estimulante, ornato de su especie» («Lo que cambia»).
Los poemas de JGA no suelen exponer emociones directamente, sino a través de una anécdota; es un narrador sin historia que contar o un poeta cuyos sentimientos quieren mostrar la historia de la que nacen. Ese contar sin cuento, ese deambular desde la introspección, es lo que facilita al lector de la alta poesía la lectura, porque encuentra un apoyo concreto en la abstracción que es todo lirismo. La música de la lírica nace de la melodía interior, la idea fluyente que no emerge como filosofía, sino como vibrante chispa. Porque la poesía es la conclusión de una filosofía liberada del silogismo. No obstante, la poesía gilalbértica se detiene demasiado a menudo en retóricas plúmbeas, organiza meandros expresivos, se vetusta en un léxico anodino, se quebranta en hipérbatos tortuosos, en melismas afónicos, en enclitismos viejos.

Decadentismo
Conceptualmente, es una poesía de la confidencia, de la experiencia íntima, que es tanto como decir lectora —pero lectólatra—, porque ésta determina la rememoración y expresión de aquélla. El poeta cerca con su verbo un episodio de su mente y lo expone ante sí y, por ello, al lector. En este sentido es una poesía —de intención— moderna porque conecta con la de siempre. Estilísticamente, es la experiencia libresca en su aceptación verbal —la versolatría, la rapsodofagia— la que acosa la pluma y le dicta un lenguaje demasiado cercano a otros instantes literarios del pasado como para no parecer decadentista. La dicción parece surgida de otro tiempo, un Frankenstein hecho con retazos modernistas, románticos, neoclásicos. Decadentismo que a veces se asume o se identifica involutariamente con la vetustez. Tiene Gil-Albert el ojo proustiano, la boca neoclásica.
    Aunque hay muchos ejes conceptuales (amor, nostalgia, exilio, belleza, ensimismamiento...) el tema principal de su poesía es la mirada sobre sí mismo y su escritura, de uno a través de la otra y al revés; es decir: su vida es una poética de la pasividad y la observación, y su poética literaria es una vida con la que pretende justificar, suplantar o sustituir la primera. Otea, observa el escaso movimiento de su vida y el anclaje de su pluma, y contempla, se autocontempla: de ahí el contemplativismo (muchas veces un musarañasismo) como inductor o primer motor inmóvil, tan cercano y lejano al de Unamuno, porque no es crítico, rebelde, revelador, creador, sino conformista. Ha vivido el tiempo suficiente para revivirse y escribirse como poética a posteriori, aunque la fuese derramando in medias res, nunca a priori.
El paso de JGA, como tantos otros, de la lectura a la escritura la expone bien Cadalso (quien, humildemente, llamó a sus «obrecillas» «Ocios»): «Por remedio a mi tristeza / de Ovidio y Garcilaso la terneza / leí mil veces... Huyendo de los hombres y su trato / cuántas horas pasé con los sentidos / en tan sabrosos metros embebidos! Mi tristeza en consuelo convertía / y mis males yo mismo celebraba / por la delicia que en su cura hallaba... Así los tristes versos que leía / templaban mi fatal melancolía.»
    «¿Por qué lo que otro dice nos consuela?», escribe en «El cajista de imprenta». Porque la escritura puede ser —es— una solidaridad íntima. Y, tal vez, en ello encuentra una justificación para su ociosa escritura: «Un ser puede / con sólo abrir sus labios encantados, / haber brotar de sí la dicha ajena» («Canto a la felicidad»). No obstante, JGA, puesto a decir, olvida que (Cándido María Trigueros): «todo lo que es exceso es pernicioso».
                                        A. G.—ESCRITOR
Insula: revista de letras y ciencias humanas

martes, 15 de octubre de 2024

El mal ejemplo.

Webern: Bagatelas

Siempre fui un mal estudiante. Ansioso de saber y ajeno a cualquier obediencia. El día anterior al examen, por la noche, solía colocarme ante el libro de texto y fotografiar cada página con un flax de los ojos; durante el ejercicio examinístico me ensimismaba en un viaje interior y buscaba con el escáner de la mente el lugar del libro donde estaba la respuesta. Era una buena “chuleta”, e invisible. Siempre me decía cínicamente a mí mismo, para justificar el hastío -que otros llamarían vagancia-, que ningún mérito tenía aprobar estudiando. Además: en lugar de perder el tiempo con aquel material huero que de poco servía, me dedicaba a leer la fuente del saber: libros y libros, y más libros. 
El método daba tan buen resultado que seguí practicándolo en el palacio de Anaya salmantino: cuando me cansaba de molestar a mis compañeros, bromeándoles sin gracia en la biblioteca, empezaba la sesión fotográfica. Seguí dedicando mis días a luchar contra mis demonios y a leer las obras sobre las que los manuales teorizaban. Si algo aprendí en la Universidad fue que quien quiere aprender algo tiene que aprenderlo por sí mismo. 
Ahora creo que lo voy olvidando todo lentamente. La vida, como la memoria, es también un fraude. Solo por ser pasado se convierten en nostalgia las cosas. Hay tantas cosas convertidas en recuerdos que si no olvidásemos nos convertiríamos en galaxias que acabarían estallando. De modo que es como si la muerte, generosa, quisiera mitigar con el olvido el sufrimiento de la despedida. 


Antonio Gracia - Teselas - Manuela García




Teselas 


Cuando llegue mi muerte no sabré despedirme 

de las cosas que amé:

los pájaros, la luz, 

los libros en el alba, la música constante, 

la soledad buscada para encontrar mi nombre, 

la escritura azarosa, 

el poema escondido que no logré escribir, 

los besos olvidados en bocas entregadas, 

el amor que tardé tanto en hallar, 

el corazón del viento 

pulsando tus cabellos y triscando en tu blusa, 

el azul de los montes, el color de tus senos, 

el sabor del crepúsculo y la luna, 

el aroma del cielo en las noches sin Dios, 

la infancia repetida en sueños rotos, 

las páginas del tiempo devastando mi vida, 

las hojas del otoño forjándome a su imagen,

la vida que no amé y que quise amar, 

la rosa fugitiva y el manantial inmóvil, 

tanto dolor caído sobre mi corazón, 

el dolor de no amar más que utopías, 

las respuestas que siempre me engendraron preguntas, 

la carta que jamás llegó hasta mí, 

las gaviotas huyendo de mi desolación, 

tus manos que me alzaron desde la oscuridad, 

el arpegio del cosmos sonando en nuestros besos, 

los fósiles del alma queriendo renacer, 

la nube inesperada como un barco de sueños, 

y sobre todo, Amada, 

el firmamento azul de tus entrañas.