Carlos Fenoll: Cristo Yacente
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martes, 31 de marzo de 2026
Poemas en Akra Leuka (XXXIV) Carlos Fenoll
Como un haz de silencio solo y puro
sábado, 7 de marzo de 2026
Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez
Quien recuerde el soneto "La sandía", de Salvador Rueda, tal vez sentirá ahora, también, el encendido sabor, y su perfume, de la granada esplendorosa, su fulgor de colores al desgranarse en perlas o rubíes. También es probable que le estallen en la mente las sombras del "poeta de Orihuela", las octavas del Miguel Hernández de Perito en lunas, aquí sin rimas, pero endecasílabas y sin laberínticos gongorinismos, si bien con apostróficas imágenes y en cascada de enumeración caótica que se va cadenciosamente arromanzando, describiendo el disfrute ritual del fruto como si el bodegón del título se dibujase en los sentidos del descriptor sensual y debussyano del placer frutal y rojo. Placer tan intenso que acerca al degustador al orgasmo místico del sanjuaniano Cántico espiritual, confeso en el verso cursivo y el mosto de granadas gustaremos.
Miguel Ruiz Martínez es autor de varios libros sobre su amada tierra oriolana, sus campos y escritores. El lector tal vez le reproche que haya dejado la poesía como una labor secundaria entre sus ocupaciones.
Bodegón de las granadas
Sobre la mesa, blanco, hay un mantel.
Encima, una fuente verdiblanca
muestra cuatro granadas ya maduras.
Están de pie. Trabajadoras manos
las cogieron del árbol. Cuidadosos
dedos en terracota las plantaron.
Frutas de otoño. Testas de astros rojos
coronadas con puntas en zigzag.
Colores encendidos, cutis tersos,
tanto tiempo colgaron las granadas
de las ramas pacientes y maternas.
Rubores permanentes. Rutilantes
ceras creadas por soles cotidianos.
Ocres, rojos, de Rubens la paleta,
mejillas sonrosadas de retratos
de niños, de cupidos y aldeanas.
Derechas van mis manos a coger,
a tocar las granadas una a una.
Sonríen las mejillas agraciadas.
Tacto agradable sentirán las yemas
de mis dedos. Esféricos planetas,
luceros. Verticales hemisferios
saludables. Sostengo los frutales
pesos sobre los cuencos de mis manos.
Colores granadinos y brillantes,
llegan luces de todos los rincones,
esferas que reflejan otros mundos
de clarores en curvas superficies.
Las ventanas se doblan, resplandecen
en espejos convexos. Me retrato,
mi cara solitaria está presente
en las frutas erguidas en el plato.
Odres, balaustres, cántaros, olores
del néctar de los dioses. Se aglomera
la saliva en mi lengua, esperando
que rueden las cabezas coronadas
tras tajos de cuchillos afilados.
Rodarán bustos regios por el suelo
y en el blanco mantel de la gris mesa
los granos rojos aún serán más rojos.
Espero que se abran las granadas
por donde las heridas verticales
y se cumpla del todo el sacrificio.
Una lenta explosión, y misteriosa,
abrirá ricos gajos desgajados
por el ansioso impulso de mis dedos.
Se rasgarán los velos interiores,
llorarán los rubíes vegetales.
Evoco las granadas ofrendadas
por tantos escritores granadinos.
Ricas frutas del campo y de la huerta,
que dibujó con tanto amor, a lápiz,
trazo a trazo, el poeta de Orihuela,
recomendables, ricas, prietas, dulces,
cabezas de frutales monarquías
surgidas de humildes saladares.
Pasarán de los gallos a mi mano
los dulces granos quietos, arrancados
de los tiernos cordones ombligales
que unidos los tenían a la madre.
Estallarán por dentro de mi boca,
apetecibles bayas interiores,
regando generosas las papilas.
Y el mosto de granadas gustaremos.
Se acuerdan de sus ramas las granadas,
de los verdes colores herrumbrosos,
de las hojas nacidas en la infancia,
de las yemas brotadas de la mano
de la luz, transparente primavera,
bailando entre las gotas cristalinas
en los haces, de nieblas que quedaron
tumbadas a los pies de los granados.
Del verde agrio, del verde ácido y fuerte
al rojo de los pétalos de amores.
Llegó el polen, el polvo enamorado,
a estallidos, placer por el pistilo
de flores que tejían sus coronas.
Mundos redondos, lunas tan crecientes,
primavera y verano, por la senda
del dulzor colorado y las semillas.
Ahora que el otoño se termina
camino del invierno solitario,
tienen ansia los frutos de la fuente
de los huertos de árboles desnudos,
de los troncos en filas ordenados,
de las hojas mojadas por la lluvia,
tumbadas en la tierra ya dormida,
que se besan de amores con el barro.
Sobre torneados tiestos, terracota
enterrada desde hace tantos años,
un alfarero, con paciencia y ocre,
granadas dibujó con fuerte trazo.
Granadas escondidas que esperaron,
bajo el beso amoroso de la tierra,
que manos inclinadas sobre el suelo
los granos de su sueño despertaron.
Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán
Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán
10321
viernes, 6 de marzo de 2026
Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez
Como una estatua líquida, sonríes,
devanación de esfinge alborozada,
y un día te encontré.
Me dibujé en tus ojos,
que me llamaban como negras lunas.
Tu sonrisa me hizo sonreír
y entró en mi corazón
como una luz serena
cargada de promesas.
Yo soñaba que estaba en una isla,
abrazado a tu cuerpo y a las olas.
Náufrago del dolor,
me buscaba en tu boca,
y en la mía tú hallabas
el beso, talismán que nos unía.
Ahora, ya despierto, yo me digo:
tal vez tú eres mi isla,
y en ti quiero adentrarme
hasta amarrar mi sexo en tus entrañas.
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Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán
Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán
Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls
Poemas en Akra Leuka (IV). Carlos Sahagún
Poemas en Akra Leuka (V) - Manuel Molina
Poemas en Akra Leuka (VI) - Luis T. Bonmatí
Poemas en Akra Leuka (VII) - Angélica Sevilla
Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez
Poemas en Akra Leuka (IX) José Luis Zerón
Poemas en Akra Leuka (X) - Tina Pastor
Poemas en Akra Leuka (XI) - José María de Mena
Poemas en Akra Leuka (XII) Mariano Sánchez Soler
Poemas en Akra Leuka (XIII) - Consuelo Jiménez de Cisneros
Poemas en Akra Leuka (XIV) - Carmelo S. García
jueves, 5 de marzo de 2026
Poemas en Akra Leuka (Diego Torres - XXIII).
1)
Greuze: La jarra rota
2)
Dánae
Mística, lujuriosa, y extasiada
en la contemplación del oro ardiente,
delirios bebe Dánae, que siente
sobre su piel la lluvia eyaculada.
Siente mil veces que una roja espada,
presa de una pasión incandescente,
atraviesa su carne transparente
y, al hacerlo, también el orbe horada.
Vorágines de esperma y de ceniza
sacuden sus entrañas, mientras suena
la furia de un celeste cataclismo.
Un resplandor el cosmos fertiliza
con músicas y estrellas; y se ordena
todo según la ley del erotismo.
(De Bajo el signo de Eros)
La párvula belleza de la rosa
Qué fulminante luz la esplendorosa
Qué diré de tus hombros y tu pecho,
Qué batalla de amor habría en tu lecho
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Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán
Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán
Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls
Poemas en Akra Leuka (IV). Carlos Sahagún
Poemas en Akra Leuka (V) - Manuel Molina
Poemas en Akra Leuka (VI) - Luis T. Bonmatí
Poemas en Akra Leuka (VII) - Angélica Sevilla
Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez
Poemas en Akra Leuka (IX) José Luis Zerón
Poemas en Akra Leuka (X) - Tina Pastor
Poemas en Akra Leuka (XI) - José María de Mena
Poemas en Akra Leuka (XII) Mariano Sánchez Soler
Poemas en Akra Leuka (XIII) - Consuelo Jiménez de Cisneros
Poemas en Akra Leuka (XIV) - Carmelo S. García
Poemas en Akra Leuka (XV) - Diane Boucher
Poemas en Akra Leuka (XVI) - Helena Vilella Bas
Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez
Poemas en Akra Leuka (XVIII) - Francisco Mas-Magro y Magro
Poemas en Akra Leuka (XIX) - Clemencia Miró
Poemas en Akra Leuka (XX) - Josemanuel Ferrández Verdú
Poemas en Akra Leuka (XXI) - Pilar Duet André
Poemas en Akra Leuka (XXII) - Ángel Luis Prieto de Paula
jueves, 8 de enero de 2026
SELECCIÓN 1900-1960- Poesía en Alicante
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LA POESÍA EN ALICANTE (1950-1959)
III SELECCIóN
10.—«La pura voluntad, que no la pluma» (Lope de Vega).
Puesto que todo poeta desea escribir el gran poema, he escogido aquellos que se acercan más —se alejan menos— a este deseo, dejando de lado si eran representativos de una obra o de una tendencia.
Oda a los falsos
Vosotros los ruines, los mediocres,
los que tenéis el alma carcomida
por los siete pecados capitales,
sois dignos de este cuento.
En vuestras voces huecas resplandece
el vinagre esquelético y mugriento
de un mísero betún de grasa fría
para la piel esquiva del gusano.
Sois muertos sin nacer al sol radiante,
hijos de nadie, padres sin especie,
sombras sin apariencia, humo en polvo,
desolados fantasmas sin sonido.
Por vosotros la tierra está podrida
del mineral estéril de la baba
que va pringando el aire más reciente
con su humedad de corcho renegado.
Por vosotros la sangre se desgarra
y se envenena el beso de la espiga
y la ceniza puebla las ciudades
donde el fuego y el pájaro enmudecen.
Por vosotros, fachadas sin figura,
cuerpos sin fondo, almas sin espíritu,
se desmorona el mundo paso a paso
un espacio mortal de indiferencia
un reinado polar de ciego frío,
escombro arruinado en la mentira.
Sois dignos de ocupar un trono hueco,
donde nadie recuerde vuestros nombres.
(M. Molina: Versos en la calle, p. 10-11)
Junto al gorrión que salta en el asfalto
me nace la esperanza, y se remonta
persiguiendo su vuelo incomprensible
sobre andamios valientes,
sobre nuevos cementos y viejas siluetas,
del caballo al tranvía, desde el hombre
dolorido a la novia que se inclina
con aire de ilusión sobre el muchacho.
Desmenuzado el corazón y en trance
cotidiano de hallar la primavera sobre los adoquines,
siempre tengo un grito de ternura sobre el alma
y una canción de amor en cada brazo.
Soy un sentimental que bruscamente
se ha despertado enamorado un día
de esto hermoso y terrible que es la vida.
Esta vida aritmética y muy tierna,
y casi embrutecida y casi dulce,
que brota como niña inconsecuente
ante un hombre que ríe, sin recodos,
el último fracaso de sus lágrimas.
hasta anegar las aceras diarias
que llevan al taller y a la oficina,
hasta empapar el cine donde cada domingo
nos sirven nuestra copa de ilusiones ajenas,
hasta hacerse riada sollozante
en todas las alcobas donde muerden
los hombres su dulzura v donde velan
a los muertos los niños desolados.
Y tejados rojizos. Y miradas
que sorprenden los ojos siempre abiertos.
Y tejados rojizos. Y miradas
que sorprenden los ojos siempre abiertos.
Y manos apretadas sobre rostros herméticos
llamando a la esperanza como cosa imposible.
Y palabras muy tenues junto a labios mojados.
Y risas restallantes. Y mujeres que entregan
una esperanza nueva entre alaridos.
(No intentéis sobornarme.
Yo soy sólo un poeta. Pero sé dónde hiede
la vida y es amargo vivir entre los hombres.
Sé dónde se repite, como un ritmo, la muerte,
y dónde la ternura
se suicida de pronto sin dar explicaciones.
Siento decepcionaros. Pero hoy tengo
recién nacida el alma y la voz como
un tallo que no quiere morir, que está dispuesto
a florecer en mayo, tercamente.
Aún sigo enamorado.
Me invento los motivos, pero cumplo mi empeño
de amar a todas horas la vida que nos llega
por todos los suburbios y por todas las calles).
Ahora ofrezco
mi voz riente y dolorosa de hombre
dispuesto a repetirse en las acacias
y en la lluvia más fría y en el aire
más común y más libre.
(¿Lo veis? Hoy me he ganado a pulso un nuevo oficio:
amar sin vacaciones).
(E. Contreras, p. 57-59)
(*) En el original se lee hoy: corrijo por evidente errata.
Ángel humano
Ellos, sobre el puro cristal de sus espejos,
arrullados por azucenas y misterios,
navegan lluvias de oro que el sol imita.
navegan lluvias de oro que el sol imita.
No hablo de los blancos espíritus diáfanos,
surcando mares de seda.
Tampoco, aunque más cercanos, nombro
a los jóvenes amantes,
ni a sus palacios con brillo de luna,
ni a sus azules llamas perfumadas.
Yo os digo: entrad. Entremos todos,
con los altos sentidos bien abiertos,
por ese otro aroma de las calles en silencio,
de las huellas animales, claras y en silencio.
Dejad el alma que os siga transparente,
y limpiad el corazón de sus largas noches.
Un olor y unos leños ardiendo;
una mano que a tierra huele;
un pan cocido con míseras cosechas.
Un murmullo. Un beso profundo:
también los pobres se besan.
Y son otros rayos
y otros cuerpos minerales.
Hay un niño que brota de la noche:
un ángel de sangre derriba las paredes.
Fuga
sí salirme de mí, rozar tu orla
para probar tu espuma desatada,
deshecha tú por el espacio, hirviendo,
acumulada en libertad hondísima,
blanca de sal y de ansiedad, tonante
como el labio del mar. Me voy saliendo
de mi cauce, mi límite sonoro,
rota mi cárcel de quietud. La rompe
mi voluntad de ser en el silencio,
de no ser ya de mí ni en mi contorno
ser sino imposible, desposeído
de morada y norma,
de horizonte tenaz, como increado.
Como increado, como sombra oculta
sin yugo de la luz que la limite
de horizonte tenaz, como increado.
y a medida y a tránsito la exalte.
Posible sólo de tu hallazgo, huido
del contenido exacto al continente
donde pueda encontrarte sin recuerdo,
donde ya prodigiosamente exista.
Y exista sobre ti.
Y exista sobre ti, por ti, vertiéndome
como cielo en tu piel, ala intangible,
a compás de tu ritmo en los instantes,
a compás de tu paso y tus estrellas.
Yo, perdido mi yo, tuyo e inmenso,
campo de tu mirada insostenida,
borde de tu constancia e inminencia,
vasto temor, abismo, fuente magna
o rutilante océáno que surcan
naves de fuerza y esperanza, vida,
fuego veloz en flor
vasto temor, abismo, fuente magna
o rutilante océáno que surcan
naves de fuerza y esperanza, vida,
fuego veloz en flor hacia la muerte.
Así borrar de mi palabra el surco
y recobrar tu orilla en el milagro,
volver al antes del origen, patria
de donde fuera en ecos impelido.
Y ser contigo siempre, todo, nunca, nada.
volver al antes del origen, patria
de donde fuera en ecos impelido.
Y así, vuelto al silencio, poseerte,
escapar a mi ausencia, liberarme
donde confluyas tú, donde refluyas.
Y ser contigo siempre, todo, nunca, nada.
(S. Moreno, p. 28-29)
La oración del oriente
cuando estás mimbral y perspectiva
y es de talco el laminar de versos.
Te vi, Señor, cereza estabas,
en la blenda, en la aurora y el almendro;
qué gozo estabas y qué trigo;
estabas regañado de evangelios.
Te vi, Señor, soltabas liebres
y alondras de vidrio y alfarero;
y eras de pan, de pan de Marta;
y eras un lienzo entre mis dedos.
Y estabas tan Claudio en el terrado;
y estabas tan ciego entre los perros;
y estabas de lilas,
y estabas de Enero.
Te vi, Señor, eras de humo,
en el alba, en el pan, y en los senderos...
Te vi cuando volvías —atajo por el aire—,
con prisa y son escarcha, en el sombrero.
(F. Navarro, Alcalá)
A una diamela
o recibiendo el llanto de una nube,
—tan diminuta estrella en nieve pura,
pequeño mundo en flor, tenso el aroma—,
lleva a sus labios esa dulce gota
que ha de venir después al labio mío.
En esta noche que en su pecho duermes,
transmite mi mensaje a su silencio...
Siente el calor y el palpitar humano,
no importa que tu vida sea breve
si conociste ya su leve mano.
(Clemencia Miró, p. 85)
Estás aquí, conmigo
llamándome, llamándote
Y estás quí, entre todos,
cotidiana presencia
que vivo, que defiendo.
Cercada de ti mismo,
si voy a mí te encuentro.
Ya no puedo evadirme
No puedo desligarme
del lazo que me tiendo
—me tiendes—, porque somos
los dos un mismo centro.
Que estoy aquí, contigo,
y estás conmigo, aquí,
(Trina Mercader, p. 95)
Fiat lux
de una luz que nos ciega y nos desvela,
inmensa luz desconocida, intacta,
que gira como rosa, dulce y lenta... ¿
Desde cuándo, hasta dónde, la luz gira?
Y nadie puede ungirla, detenerla,
tocar su entraña de amorosos hilos,
desnudar en el aire su materia.
Eco de Dios que de los cielos vino,
Eco de Dios que de los cielos vino,
abismo cegador que al alba llega.
Nunca fue una palabra obedecida
de tan hermosa y ejemplar manera.
De Su palabra al rayo, un breve instante
generador de un éxtasis de almendra,
una mañana desde dentro y pura
que ignoraba su eterna primavera...
Y nada que rozar y nada en tomo...
¡Sólo la luz, sobre la nada inmensa!
Más tarde, la luz pura y detenida
sobre el arroyo, el árbol
sobre el arroyo, el árbol y la tierra.
(R. Azuar, p. 70)
Poema final
por donde pasó lento, melancólico,
es hoy tan clara que el silencio grita
estallando de amor...Camino solo
desde hace siglos, solo con mi angustia
dulcísima de ser, de amarlo todo
—luna, murmullo, pájaro, delicia...—.
Y ahora la luz me llega a lo más hondo.
Un ansia de vivir, tras el silencio
de la noche pasada, gira en tomo
de mi canción, y me traspasa el alma
de la noche pasada, gira en tomo
de mi canción, y me traspasa el alma
con un acongojado, ardiente gozo.
Llevo ya siglos de camino, llevo
muchos siglos de amor sobre los hombros.
muchos siglos de amor sobre los hombros.
Pero en estos instantes de hermosura
no sé si soy el mismo o si soy otro
que no conoce más que la nostalgia
de lo que ya perdió...
de lo que ya perdió...
de lo que ya perdió...
del aire nuevo, el agua del arroyo,
los árboles, la escarcha, aquella nube
Camino solo.
(La flor sin marchitarse, la caricia
que ocultaba el vuelo limpio de las aves,
pueblan de luz la noche de mi asombro).
Camino solo hace ya siglos.
Ahora la luz se yergue de los campos,
ahora la luz me llega a lo más hondo.
(J.L. Gorgé, p. 41-42)
Soneto a la esposa
del árbol de mi sangre. Con tu aliento
sube a mi amor, mis ramas y mi viento
una dulzura nueva y prodigiosa.
Va a ti mi corazón como a una rosa
de cuyo néctar libo mi alimento
y amo en ti a Dios, porque al amarte siento
Su Bondad en la tuya caudalosa.
Cosciente de mi amor y mi ventura,
gozo de contemplarte y de tenerte
ya para siempre a mi querer unida,
que, por ansiar la eternidad segura,
con nuestro amor frutal, sobre la muerte,
hemos tendido un puente hacia la vida.
(V. Mojica, p. 14)
Cuerpo desnudo
Y vienes y te quedas
blanca, casi de mármol,
como un escalón puro
blanca, casi de mármol,
como un escalón puro para subir a Dios.
No sé qué hacer, dónde ponerme
la tristeza mortal, cómo decirte
que llevo en la mirada reflejado tu pecho,
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
Voy hacia ti como hacia el mar, despliego
las velas, ay, las alas
las velas, ay, las alas de mi infancia,
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como una estrella húmeda y parada.
Rodeado de naranjos, asombrándome
de ver los pájaros de oro,
era yo niño, comí
pan duro entre las manos vivas de mi madre,
y los zapatos rotos me hacían sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin remedio
y los zapatos rotos me hacían sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin remedio.
Quisiera haberte visto entonces, cuando
las calles bombardeadas. Ven,
dame la mano, sube
conmigo al monte negro de la pena.
Dame la mano, dime
si he de morir, si voy a ser eterno,
déjame repartirte como un pan por mis brazos.
Pero qué importa, ya qué importa,
ya para qué acordarme, si hoy te quedas
desnuda, blanca, inmóvil,
si hoy has crecido tanto
que olvido
que olvido y rompo aquella infancia de humo
y voy a ti en silencio como un rayo de luz.
(C. Sahagún, Profecías, p. 42-43).
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