Visitas

Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta En Akra Leuka. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En Akra Leuka. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (XXXIV) Carlos Fenoll

Carlos Fenoll: Cristo Yacente

Una ingente cantidad de internautas se empeña hoy en "ser poeta" y acosar con libros e internautismos al lector y al esclavo del ordenador. Poemas -texticulillos así apellidados- adornan o martirizan la pantalla.


    Carlos Fenoll huyó, sin embargo, de la escritura, precisamente porque tuvo la humildad de reconocerse insuficientemente dotado para la noble poesía. Algunos poemas escribió, no obstante -solicitado por sus amigos tertulianos, cotahoneros y cohernandianos en su sacralización de Hernández-. 


    El titulado "Cristo yacente", escrito como creyente y no como simple versificador -evitando versografiar-, huye de la retórica y se pliega en la dicción llana de una descripción y una súplica; próximo es este poema, en la estrofa y la contemplación, a los místicos renacentistas, si bien el último verso tiene raíces hernandianas y rompe la estructura de cuatro de las precedentes. El símil del comienzo ("como un haz de silencio") y unas pocas metáforas ("solitaria estrella", "avarienta lumbre", "garra cruel") confiesan su devoción. (Obsérvese el verso 13: el deseo de incluir algún endecasílabo en cada estrofa ha reduplicado la expresión "y esa mano"; ello hace que las 11 sílabas no construyan un endecasílabo sino un simple oncesílabo arrítmico; sin embargo, suprimiendo la segunda "y esa mano", queda una estrofa de cuatro heptasílabos, tan buena o mala como las anteriores). El autor insistió diez años después, en el poema "Reflorecer", en su plegaria al Cristo.

Cristo yacente

Como un haz de silencio solo y puro
yace el cuerpo divino del Amado.
Tiene el peso seguro
de la muerte; el gran peso aplomado.
Es un cuerpo lavado
donde no está la sangre ni su huella.
Es una limpia y solitaria estrella
la herida del costado.
Esa avarienta lumbre,
esa garra cruel que es el dolor,
no le pudo arrancar su dulcedumbre.
Su rostro es una flor...
¡Y esa mano,  y  esa mano que, muerta,
mas no del todo fría,
levemente entreabierta
bendice todavía!
¡Oh hermosura del arte que impresiona
al alma y la conmueve!
Tu imagen, ¡oh Señor!, no me abandona.
¡Permite que la lleve
hasta ser polvo y nada mi persona!

Gabriel y Galán: La pedrada

Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Ramírez 

Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán

Poemas en Akra Leuka (III) - Vicente Valls

Poemas en Akra Leuka (IV). Carlos Sahagún

Poemas en Akra Leuka (V) - Manuel Molina

Poemas en Akra Leuka (VI) - Luis T. Bonmatí

Poemas en Akra Leuka (VII) - Angélica Sevilla

Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez

Poemas en Akra Leuka (IX) José Luis Zerón

Poemas en Akra Leuka (X) - Tina Pastor

Poemas en Akra Leuka (XI) - José María de Mena

Poemas en Akra Leuka (XII) Mariano Sánchez Soler

Poemas en Akra Leuka (XIII) - Consuelo Jiménez de Cisneros

Poemas en Akra Leuka (XIV) - Carmelo S. García

Poemas en Akra Leuka (XV) - Diane Boucher

Poemas en Akra Leuka (XVI) - Miguel Ruiz Martínez (1957 - 2009) 

Poemas en Akra Leuka (XVI) - Helena Vilella Bas

Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez

Poemas en Akra Leuka (XVIII) - Francisco Mas-Magro y Magro

Poemas en Akra Leuka (XIX) - Clemencia Miró

Poemas en Akra Leuka (XX) - Josemanuel Ferrández Verdú

Poemas en Akra Leuka (XXI) - Pilar Duet André

Poemas en Akra Leuka (XXII) - Ángel Luis Prieto de Paula

Poemas en Akra Leuka (XXIII) - Diego Torres

sábado, 7 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (VIII) - Miguel Ruiz Martínez

 

Granados: Goyecas

Quien recuerde el soneto "La sandía", de Salvador Rueda, tal vez sentirá ahora, también, el encendido sabor, y su perfume, de la granada esplendorosa, su fulgor de colores al desgranarse en perlas o rubíes. También es probable que le estallen en la mente las sombras del "poeta de Orihuela", las octavas del Miguel Hernández de Perito en lunas, aquí sin rimas, pero endecasílabas y sin laberínticos gongorinismos, si bien con apostróficas imágenes y en cascada de enumeración caótica que se va cadenciosamente arromanzando, describiendo el disfrute ritual del fruto como si el bodegón del título se dibujase en los sentidos del descriptor sensual y debussyano del placer frutal y rojo. Placer tan intenso que acerca al degustador al orgasmo místico del sanjuaniano Cántico espiritual, confeso en el verso cursivo y el mosto de granadas gustaremos.

Miguel Ruiz Martínez es autor de varios libros sobre su amada tierra oriolana, sus campos y escritores. El lector tal vez le reproche que haya dejado la poesía como una labor secundaria entre sus ocupaciones.

Bodegón de las granadas 

Sobre la mesa, blanco, hay un mantel.
Encima, una fuente verdiblanca 
muestra cuatro granadas ya maduras.
Están de pie. Trabajadoras manos
las cogieron del árbol. Cuidadosos
dedos en terracota las plantaron.
Frutas de otoño. Testas de astros rojos
coronadas con puntas en zigzag.

Colores encendidos, cutis tersos,
tanto tiempo colgaron las granadas
de las ramas pacientes y maternas.
Rubores permanentes. Rutilantes
ceras creadas por soles cotidianos.
Ocres, rojos, de Rubens la paleta,
mejillas sonrosadas de retratos
de niños, de cupidos y aldeanas.

Derechas van mis manos a coger,
a tocar las granadas una a una.
Sonríen las mejillas agraciadas.
Tacto agradable sentirán las yemas 
de mis dedos. Esféricos planetas, 
luceros. Verticales hemisferios
saludables. Sostengo los frutales 
pesos sobre los cuencos de mis manos.

Colores granadinos y brillantes,
llegan luces de todos los rincones,
esferas que reflejan otros mundos 
de clarores en curvas superficies.
Las ventanas se doblan, resplandecen
en espejos convexos. Me retrato,
mi cara solitaria está presente
en las frutas erguidas en el plato.

Odres, balaustres, cántaros, olores
del néctar de los dioses. Se aglomera
la saliva en mi lengua, esperando
que rueden las cabezas coronadas
tras tajos de cuchillos afilados.
Rodarán bustos regios por el suelo
y en el blanco mantel de la gris mesa
los granos rojos aún serán más rojos.

Espero que se abran las granadas
por donde las heridas verticales
y se cumpla del todo el sacrificio.
Una lenta explosión, y misteriosa,
abrirá ricos gajos desgajados
por el ansioso impulso de mis dedos.
Se rasgarán los velos interiores,
llorarán los rubíes vegetales. 

Evoco las granadas ofrendadas
por tantos escritores granadinos.
Ricas frutas del campo y de la huerta,
que dibujó con tanto amor, a lápiz,
trazo a trazo, el poeta de Orihuela, 
recomendables, ricas, prietas, dulces,
cabezas de frutales monarquías
surgidas de humildes saladares.

Pasarán de los gallos a mi mano
los dulces granos quietos, arrancados
de los tiernos cordones ombligales
que unidos los tenían a la madre.
Estallarán por dentro de mi boca,
apetecibles bayas interiores, 
regando generosas las papilas.
Y el mosto de granadas gustaremos.

Se acuerdan de sus ramas las granadas, 
de los verdes colores herrumbrosos,
de las hojas nacidas en la infancia,
de las yemas brotadas de la mano
de la luz, transparente primavera,
bailando entre las gotas cristalinas
en los haces, de nieblas que quedaron
tumbadas a los pies de los granados. 

Del verde agrio, del verde ácido y fuerte
al rojo de los pétalos de amores.
Llegó el polen, el polvo enamorado,
a estallidos, placer por el pistilo
de flores que tejían sus coronas.
Mundos redondos, lunas tan crecientes,
primavera y verano, por la senda 
del dulzor colorado y las semillas.

Ahora que el otoño se termina
camino del invierno solitario,
tienen ansia los frutos de la fuente
de los huertos de árboles desnudos,
de los troncos en filas ordenados,
de las hojas mojadas por la lluvia,
tumbadas en la tierra ya dormida,
que se besan de amores con el barro.

Sobre torneados tiestos, terracota  
enterrada desde hace tantos años, 
un alfarero, con paciencia y ocre, 
granadas dibujó con fuerte trazo.
Granadas escondidas que esperaron, 
bajo el beso amoroso de la tierra,
que manos inclinadas sobre el suelo
los granos de su sueño despertaron.


Ir a

Poemas en Akra Leuka (I) M. Carmen Sacristán 

Poemas en Akra Leuka (II) Esther Abellán

 10321

viernes, 6 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez


Debussy: El mar (Baile de olas)


Enamoradiño de Susana estaba Pedro, aquel verano en Torrevieja. Fue por allí durante tres o cuatro años, en los meses de agosto. Y, cuando un día ambos salieron del mar, como dos peces brillantes jugando a perseguirse, y se sentaron sobre la toalla, él le dijo a ella con su voz susurrante y melancólica: "Se te han quedado dos gotas de océano en los ojos, y son como dos olas que me inundan. Qué hermosa es la tormenta que hay en mi corazón".
    Así la enamoró.
Escribió prosas y versos que tal vez solamente yo conservo; y, tras algunas cartas, desapareció con su amorosa estatua y sus inviernos. No sé más.
    (Sospecho que al menos uno de los dos poemas que aquí copio no fueron dirigidos a la misma ninfa de la playa: los ojos de la destinataria del segundo son "negras lunas", no del color de las marítimas olas como las gotas del océano de Susi).

La estatua

Como una estatua líquida, sonríes,
carámbano de cielo, frente al mar,
mientras las olas leves te persiguen
para abrazarte con tu propio abrazo.
Playas sin horizonte, errante piélago
que se acerca y se aleja igual que un péndulo
precipitado a la desolación.
Pareces de coral y carmesí,
devanación de esfinge alborozada,
y brillas como un chorro de alegría.
El agua se deshoja entre sus olas
y teje su guirnalda ante tus pies.
Triste melancolía la del mar,
que no te alcanza y deja al retirarse
su corazón como un dibujo muerto.


Mensaje en una botella
                             

Me dolía la vida 
y un día te encontré.
Me dibujé en tus ojos,
que me llamaban como negras lunas.
Tu sonrisa me hizo sonreír
y entró en mi corazón
como una luz serena
cargada de promesas.
Yo soñaba que estaba en una isla,
abrazado a tu cuerpo y a las olas.
Náufrago del dolor,
me buscaba en tu boca,
y en la mía tú hallabas 
el beso, talismán que nos unía.
Ahora, ya despierto, yo me digo:
tal vez tú eres mi isla,
y en ti quiero adentrarme
hasta amarrar mi sexo en tus entrañas.

                      
 © Pedro Ramírez

jueves, 5 de marzo de 2026

Poemas en Akra Leuka (Diego Torres - XXIII).


Amante del arte, dedicó varios textos a cuadros y músicas, a menudo en forma de sonetos. Más abajo, comento el tercero.


1)

Greuze: La jarra rota



La frágil levedad de la mirada
ha dado luz al aire, sombra al viento,
y espaciosa quietud al movimiento
de la doncella gris enamorada.

Con pétalos y cántaro ataviada
sobre el vestido ajado y ceniciento,
el pincel no escondió el arrobamiento
de la azucena púrpura violada.

No es flor ni es manantial cuanto acompaña
su desmayada soledad marchita,
sino aroma perdido, fuente rota.

Quien sueña un sueño azul se desengaña
ante la oscura realidad, que incita
al agua negra y a la flor remota.

                    (De una carta personal)
 Greuze: La jarra rota

2)

Dánae


Mística, lujuriosa, y extasiada
en la contemplación del oro ardiente,
delirios bebe Dánae, que siente
sobre su piel la lluvia eyaculada.


Siente mil veces que una roja espada,
presa de una pasión incandescente,
atraviesa su carne transparente
y, al hacerlo, también el orbe horada.


Vorágines de esperma y de ceniza
sacuden sus entrañas, mientras suena
la furia de un celeste cataclismo.


Un resplandor el cosmos fertiliza
con músicas y estrellas; y se ordena
todo según la ley del erotismo.

                                  (De Bajo el signo de Eros)

Tiziano

3)
Son tantos, y algunos tan excelsos, los sonetos que se han escrito en castellano, desde que Boscán y Garcilaso adaptaran los de Petrarca, que han convertido esa estrofa en la más noble y exquisita, y la más difícil. Sin duda, ninguno como los de Lope, Góngora y Quevedo. Y son escasísimos los autores que no han escrito alguno, incluso cuando se impuso el verso libre; probablemente porque el soneto, además de un desafío, exige cuanto debe tener un poema: precisión, síntesis, sobriedad, profundidad, eliminación de la retórica. Cosas estas que el cómputo, el ritmo y la rima dislocan, conduciendo hasta el ripio, y que solo el buen poeta pule hasta convertir su voz en un diamante.

Este es una presurosa tentativa de vencer el desafío, tratando de detener en la cárcel de la estrofa la torrentera verbal sobre el tema también más tratado por la pluma y el más vívido en la vida, que es el amor, aquí concretado en la descripción de un rostro, torso, retrato a la manera de un pintor.
                  Una pintura verbal

               La párvula belleza de la rosa
               ha ascendido a tu rostro sonrosado
               mientras el albo lirio ha dibujado
               su blancura en tu frente luminosa.

               Qué fulminante luz la esplendorosa 
               claridad de tus ojos, qué dorado
               frenesí tu cabello, y qué encrespado
               enigma el de tu roja boca hermosa.

               Qué diré de tus hombros y tu pecho,
               almenas y esplendores que quisiera
               conquistar y arrasar beso tras beso.

               Qué batalla de amor habría en tu lecho
               si porque te amo tanto consiguiera
               hacerte prisionera y ser tu preso.

El texto va enumerando las bellezas físicas de la amada (rostro, frente, ojos, cabello, boca), atribuyéndoles la hermosura de los elementos de la naturaleza con los que se asocia entre hiperbólicas metáforas (rosa, lirio, luz, frenesí, enigma), galope enumerativo y pasional al que apunta el encabalgamiento del segundo cuarteto, deteniendo pudorosamente su retrato en los hombros y los pechos (almenasesplendores), y desatándose finalmente en el ensueño de un erotismo tan sugerido como en el límite de la explicitud de la copulación: lecho, arrasar beso tras beso, prisionera / preso. 

El poema no oculta su empaque clasicista, sino que lo exhibe, puesto que es un homenaje a los Siglos de Oro. Como él dice: "Ningún poema mío estará nunca en una antología esencial; ¿por qué no homenajear lúdicamente a los que sí lo están?".


jueves, 8 de enero de 2026

SELECCIÓN 1900-1960- Poesía en Alicante

Pulsar para leer antes  

LA POESÍA EN ALICANTE (1950-1959)


 III SELECCIóN

10.—«La pura voluntad, que no la pluma» (Lope de Vega).

Puesto que todo poeta desea escribir el gran poema, he escogido aquellos que se acercan más —se alejan menos— a este deseo, dejando de lado si eran representativos de una obra o de una tendencia.

Oda los falsos

Vosotros los ruines, los mediocres, 
los que tenéis el alma carcomida 
por los siete pecados capitales, 
sois dignos de este cuento.
En vuestras voces huecas resplandece 
el vinagre esquelético mugriento
de un mísero betún de grasa fría
para la piel esquiva del gusano.
Sois muertos sin nacer al sol radiante, 
hijos de nadie, padres sin especie, 
sombras sin apariencia, humo en polvo, 
desolados fantasmas sin sonido.
Por vosotros la tierra está podrida
del mineral estéril de la baba 
que va pringando el aire más reciente 
con su humedad de corcho renegado.
Por vosotros la sangre se desgarra
y se envenena el beso de la espiga
y la ceniza puebla las ciudades
donde el fuego el pájaro enmudecen.
Por vosotros, fachadas sin figura, 
cuerpos sin fondo, almas sin espíritu, 
se desmorona el mundo paso a paso 
un espacio mortal de indiferencia
un reinado polar de ciego frío,
escombro arruinado en la mentira.
Sois dignos de ocupar un trono hueco, 
donde nadie recuerde vuestros nombres.

(M. Molina: Versos en la calle, p. 10-11)



Hoy tengo un nuevo oficio

Junto al gorrión que salta en el asfalto 
me nace la esperanza, se remonta 
persiguiendo su vuelo incomprensible 
sobre andamios valientes,
sobre nuevos cementos y viejas siluetas, 
del caballo al tranvía, desde el hombre 
dolorido a la novia que se inclina
con aire de ilusión sobre el muchacho.
Desmenuzado el corazón en trance 
cotidiano de hallar la primavera sobre los adoquines, 
siempre tengo un grito de ternura sobre el alma
y una canción de amor en cada brazo. 
Soy un sentimental que bruscamente
se ha despertado enamorado un día 
de esto hermoso terrible que es la vida. 
Esta vida aritmética y muy tierna,
y casi embrutecida casi dulce,
que brota como niña inconsecuente
ante un hombre que ríe, sin recodos,
el último fracaso de sus lágrimas.

hasta anegar las aceras diarias
que llevan al taller y a la oficina,
hasta empapar el cine donde cada domingo 
nos sirven nuestra copa de ilusiones ajenas,
hasta hacerse riada sollozante
en todas las alcobas donde muerden 
los hombres su dulzura v donde velan
a los muertos los niños desolados.

Y tejados rojizos. Y miradas
que sorprenden los ojos siempre abiertos.
Y tejados rojizos. Y miradas
que sorprenden los ojos siempre abiertos.
manos apretadas sobre rostros herméticos 
llamando a la esperanza como cosa imposible.
palabras muy tenues junto a labios mojados. 
Y risas restallantes. Y mujeres que entregan 
una esperanza nueva entre alaridos.
(No intentéis sobornarme.
Yo soy sólo un poeta. Pero sé dónde hiede
la vida y es amargo vivir entre los hombres. 
Sé dónde se repite, como un ritmo, la muerte, 
y dónde la ternura
se suicida de pronto sin dar explicaciones.
Siento decepcionaros. Pero hoy tengo
recién nacida el alma la voz como 
un tallo que no quiere morir, que está dispuesto
a florecer en mayo, tercamente.
Aún sigo enamorado.
Me invento los motivos, pero cumplo mi empeño
de amar a todas horas la vida que nos llega
por todos los suburbios por todas las calles).
Ahora ofrezco
mi voz riente dolorosa de hombre 
dispuesto a repetirse en las acacias
y en la lluvia más fría en el aire
más común más libre.
(¿Lo veis? Hoy me he ganado a pulso un nuevo oficio:
 amar sin vacaciones).

(E. Contreras, p. 57-59) 

(*) En el original se lee hoy: corrijo por evidente errata.


Ángel humano

DEJEMOS en el sueño a los Ángeles celestes. 
Ellos, sobre el puro cristal de sus espejos, 
arrullados por azucenas misterios,
navegan lluvias de oro que el sol imita.
navegan lluvias de oro que el sol imita.
No hablo de los blancos espíritus diáfanos, 
surcando mares de seda.
Tampoco, aunque más cercanos, nombro 
a los jóvenes amantes,
ni a sus palacios con brillo de luna, 
ni a sus azules llamas perfumadas.
Yo os digo: entrad. Entremos todos,
con los altos sentidos bien abiertos,
por ese otro aroma de las calles en silencio, 
de las huellas animales, claras en silencio.
Dejad el alma que os siga transparente,
y limpiad el corazón de sus largas noches.
Un olor unos leños ardiendo;
una mano que tierra huele;
un pan cocido con míseras cosechas.
Un murmullo. Un beso profundo: 
también los pobres se besan.
Y son otros rayos
y otros cuerpos minerales.
Hay un niño que brota de la noche:
un ángel de sangre derriba las paredes.

(V. Ramos: Elegías de Guadalest, p. 22-23)


Fuga

Rebasaré mi voz; no quiero hablarte,
sí salirme de mí, rozar tu orla
para probar tu espuma desatada, 
deshecha tú por el espacio, hirviendo, 
acumulada en libertad hondísima, 
blanca de sal y de ansiedad, tonante 
como el labio del mar. Me voy saliendo 
de mi cauce, mi límite sonoro,
rota mi cárcel de quietud. La rompe
mi voluntad de ser en el silencio,
de no ser ya de mí ni en mi contorno 
ser sino imposible, desposeído 
de morada y norma,
de horizonte tenaz, como increado.
Como increado, como sombra oculta
sin yugo de la luz que la limite
de horizonte tenaz, como increado.
a medida y tránsito la exalte.
Posible sólo de tu hallazgo, huido
del contenido exacto al continente
donde pueda encontrarte sin recuerdo,
donde ya prodigiosamente exista.
Y exista sobre ti.

Y exista sobre ti, por ti, vertiéndome
como cielo en tu piel, ala intangible,
a compás de tu ritmo en los instantes, 

a compás de tu paso y tus estrellas.
Yo, perdido mi yo, tuyo e inmenso,
campo de tu mirada insostenida,
borde de tu constancia e inminencia,
vasto temor, abismo, fuente magna
o rutilante océáno que surcan
naves de fuerza y esperanza, vida,
fuego veloz en flor 
vasto temor, abismo, fuente magna
o rutilante océáno que surcan
naves de fuerza y esperanza, vida,
fuego veloz en flor hacia la muerte.
Así borrar de mi palabra el surco
recobrar tu orilla en el milagro,
volver al antes del origen, patria
de donde fuera en ecos impelido.
Y ser contigo siempre, todo, nunca, nada.
volver al antes del origen, patria
de donde fuera en ecos impelido.
Y así, vuelto al silencio, poseerte,
escapar a mi ausencia, liberarme
donde confluyas tú, donde refluyas.
Y ser contigo siempre, todo, nunca, nada.

(S. Moreno, p. 28-29)


La oración del oriente

Tú lo sabes, Señor, cómo te quiero 
cuando estás mimbral y perspectiva 
y es de talco el laminar de versos. 
Te vi, Señor, cereza estabas,
en la blenda, en la aurora y el almendro;
 qué gozo estabas y qué trigo;
estabas regañado de evangelios.
Te vi, Señor, soltabas liebres
alondras de vidrio alfarero;
eras de pan, de pan de Marta;
y eras un lienzo entre mis dedos.

Y estabas tan Claudio en el terrado; 
estabas tan ciego entre los perros; 
y estabas de lilas,
estabas de Enero.
Te vi, Señor, eras de humo,
en el alba, en el pan, en los senderos... 
Te vi cuando volvías —atajo por el aire—
con prisa son escarcha, en el sombrero.

(F. Navarro, Alcalá)


una diamela

Mejor que estar prendida en verde rama
o recibiendo el llanto de una nube,
—tan diminuta estrella en nieve pura, 
pequeño mundo en flor, tenso el aroma—
lleva a sus labios esa dulce gota
que ha de venir después al labio mío.
En esta noche que en su pecho duermes, 
transmite mi mensaje a su silencio... 
Siente el calor y el palpitar humano,
no importa que tu vida sea breve
si conociste ya su leve mano.

(Clemencia Miró, p. 85)


Estás aquí, conmigo

Estás aquí, conmigo, 
corazón de por medio, 
llamándome, llamándote 
con la voz del silencio.
estás quí, entre todos, 
amigo de lo nuestro, 
cotidiana presencia
que vivo, que defiendo.
Cercada de ti mismo,
si voy a mí te encuentro. 
Ya no puedo evadirme 
de mí, de ti, en el tiempo.
No puedo desligarme
del lazo que me tiendo
—me tiendes—porque somos 
los dos un mismo centro.
Que estoy aquí, contigo, 
corazón de por medio,
y estás conmigo, aquí, 
ceñidamente dentro.

(Trina Mercader, p. 95)


Fiat lux

Rodeados de sombra luminosa,
de una luz que nos ciega nos desvela, 
inmensa luz desconocida, intacta,
que gira como rosa, dulce y lenta... ¿
Desde cuándo, hasta dónde, la luz gira? 
Y nadie puede ungirla, detenerla,
tocar su entraña de amorosos hilos, 
desnudar en el aire su materia.
Eco de Dios que de los cielos vino, 
Eco de Dios que de los cielos vino, 
abismo cegador que al alba llega.
Nunca fue una palabra obedecida
de tan hermosa y ejemplar manera.
De Su palabra al rayo, un breve instante 
generador de un éxtasis de almendra, 
una mañana desde dentro pura
que ignoraba su eterna primavera...
nada que rozar y nada en tomo...
¡Sólo la luz, sobre la nada inmensa!
Más tarde, la luz pura y detenida
sobre el arroyo, el árbol 
sobre el arroyo, el árbol la tierra.

(R. Azuar, p. 70)


Poema final

La luz, la hermosa luz de los sembrados 
por donde pasó lento, melancólico,
es hoy tan clara que el silencio grita 
estallando de amor...Camino solo
desde hace siglos, solo con mi angustia
dulcísima de ser, de amarlo todo
 —luna, murmullo, pájaro, delicia...—
Y ahora la luz me llega a lo más hondo.
Un ansia de vivir, tras el silencio
de la noche pasada, gira en tomo
de mi canción, y me traspasa el alma 
de la noche pasada, gira en tomo
de mi canción, y me traspasa el alma 
con un acongojado, ardiente gozo.
Llevo ya siglos de camino, llevo
muchos siglos de amor sobre los hombros. 
muchos siglos de amor sobre los hombros. 

Pero en estos instantes de hermosura
no sé si soy el mismo o si soy otro
que no conoce más que la nostalgia
de lo que ya perdió...
de lo que ya perdió...
de lo que ya perdió...
del aire nuevo, el agua del arroyo,
los árboles, la escarcha, aquella nube 

Yo solo, con mi angustia con mi gozo. 
Camino solo.
(La flor sin marchitarse, la caricia
que ocultaba el vuelo limpio de las aves, 
pueblan de luz la noche de mi asombro).
Camino solo hace ya siglos.
Ahora la luz se yergue de los campos, 
ahora la luz me llega a lo más hondo.

(J.L. Gorgé, p. 41-42)


Soneto a la esposa

Eres raíz de la ternura, esposa,
del árbol de mi sangre. Con tu aliento 
sube a mi amor, mis ramas mi viento 
una dulzura nueva prodigiosa.
Va ti mi corazón como a una rosa
de cuyo néctar libo mi alimento
y amo en ti a Dios, porque al amarte siento 
 
Su Bondad en la tuya caudalosa.
Cosciente de mi amor y mi ventura, 
gozo de contemplarte y de tenerte 
ya para siempre a mi querer unida,
que, por ansiar la eternidad segura,
con nuestro amor frutal, sobre la muerte, 
hemos tendido un puente hacia la vida.

(V. Mojica, p. 14)


Cuerpo desnudo

... muchas veces me pregunto qué hacíamo tú yo antes de queremos...
(John Donne).

vienes y te quedas
blanca, casi de mármol,
como un escalón puro 
blanca, casi de mármol,
como un escalón puro para subir Dios.
No sé qué hacer, dónde ponerme
la tristeza mortal, cómo decirte
que llevo en la mirada reflejado tu pecho,
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre. 
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre. 
Voy hacia ti como hacia el mar, despliego
las velas, ay, las alas 
las velas, ay, las alas de mi infancia,
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como 
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como una estrella húmeda y parada.
Rodeado de naranjos, asombrándome
de ver los pájaros de oro,
era yo niño, comí
pan duro entre las manos vivas de mi madre,
y los zapatos rotos me hacían sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin remedio
y los zapatos rotos me hacían sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin remedio.
Quisiera haberte visto entonces, cuando 
las calles bombardeadas. Ven,
dame la mano, sube
conmigo al monte negro de la pena. 
Dame la mano, dime
si he de morir, si voy a ser eterno,
déjame repartirte como un pan por mis brazos.
Pero qué importa, ya qué importa,
ya para qué acordarme, si hoy te quedas
 desnuda, blanca, inmóvil,
si hoy has crecido tanto
que olvido 
que olvido rompo aquella infancia de humo 
y voy a ti en silencio como un rayo de luz.

(C. Sahagún, Profecías, p. 42-43).

159

page161image7576480