The Shadows: Sleepwalk
El último carpe diem
En los últimos meses estás triste.
Dices que ya ha pasado el tiempo dulce
y que nadie se libra de los años
en los que solo existe la nostalgia.
Olvidas que si fuiste rosa ayer
hoy todavía aromas mi existencia.
Vives en una gran mentira, amada.
No somos quienes fuimos, pero somos
como aún queremos ser. La turbia muerte
solo nos mata el cuerpo, no el espíritu,
y es este tan carnal como la carne,
hasta que la agonía lo marchite
definitivamente.
No te rindas ante quien solo es joven
pero no sabe serlo al cumplir años.
El tiempo pasa inexorablemente
y es su corcel el que nos alza al cielo
con el galope de su carpe diem.
No creas ser infiel a tu recuerdo
-el que conserva todos tus amores-
porque sigues amando en tu presente.
¿Qué has perdido? ¿La voluntad, la fuerza,
el vigor, el deseo? ¿O es temor
a que nada sea igual a como fue?
¿Qué nos impide prolongar la dicha?
Si podemos tener uno en el otro
la fuerza de dos almas encendidas,
¿por qué no arder en ellas y dejar
que las ascuas se apaguen como leños
que convierten sus brasas en ceniza?
Nuestros cuerpos ya no son cuarzos, pero
aún guardan el fulgor de los diamantes:
porque el amor es como un astro eterno
que brilla cada día si los ojos
saben ver cómo y dónde hay que mirar.
Tan solo el erotismo trascendido
prolonga la existencia.
Así que ama la sombra
como una nueva luz desconocida.
¿Qué dirás si la muerte nos pregunta
"qué hiciste con tu cuerpo, vuestro cuerpo"?
Morir no es entregarse a la agonía,
sino cantar mientras la luz perdura.
Eso es lo que pretende al convertir
el llanto en canto: sonreír, tallar
el corazón a imagen de la luz.
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