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viernes, 27 de febrero de 2026

Estado del Blog - Hoy

 Mientras mi vida fluye hacia la muerte // antonio gracia

237 seguidores   

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Las vidas que no fuimos.



Fragmentos de identidad

¿Dónde estarán todas aquellas vidas 
que quisimos vivir y no vivimos?
El amor que callamos, el dolor
que, ciegos, infligimos al callarlo;
la incierta voluntad, la ociosa muerte
de un presente que no nos atrevimos
a abrazar por temor a su futuro.
No eres tú, ni soy yo; somos fragmentos
amputados del que quisimos ser.
¿Y seguirás viviendo sin vivir?
El que yo fui se obstina en seguir siendo,
y lucha contra aquel que quiero ser;
el que seré me dice que no sabe
todavía su nombre; y entre tantos 
vagidos de mí mismo me diluyo
inexacto, inconcreto, inacabado.
¿Y seguiré viviendo sin vivir
las vidas con que sueña el corazón?



jueves, 26 de febrero de 2026

Cataclismos celestes.


Beethoven: "Tercera" (Marcha fúnebre)

Tres epitafios órficos, 1
La muerte universal

Yo estaba, no sé cómo, subido a una alta torre
en medio del sereno firmamento.
Miraba las estrellas,
sumido en el fervor de la contemplación,
y mi pluma trataba de entender.
Sembraba de preguntas
la infinita belleza de la noche, 
la estelar telaraña donde el hombre se prende
en la fascinación del Gran Enigma.
Veía los secretos del espacio
y el tiempo, y vi el crisol
de las crepitaciones de la carne.
Contemplé la vorágine inconsútil,
ubicua y sin lugar,
estática y errante,
sobre mi frente erguida. Vi
los dioses encrespados
que se gestaban en la inmensidad
y los que, ya cadáveres, servían
de arcilla misteriosa
para divinidades sucesivas;
vi la frágil infancia
caminando hacia la decrepitud
sin saber por qué nace y por qué muere;
vi mis células
desjarretarse entre palpitaciones,
caer como aerolitos
al osario abisal;
vi las sirenas émulas de soles
nadando en el océano
del firmamento como
dragones encendidos
devoradores de la luz; miré
el aleph donde todo se esclarece
desde su barbacana vislumbrante:
la hecatombe
de la Conflagración Universal
promulgaba su horror: toda existencia
es la semilla de su propia muerte
y toda muerte engendra nueva vida
carente de pasado y de futuro.

De pronto, un estallido sinuoso
conmocionó los astros, me sumió
en una inexorable
caída hacia el abismo
que me alejaba de los dioses y
me enterraba en el vértigo. ¿Qué ocurre?
¿Acaso el Universo se disuelve en cenizas?
Mi conciencia me dice que debe haber un orden
en la naturaleza.
Pero sigo cayendo y no aparece
un Dios que ponga bridas al destino.
Antes de mi caída, la belleza
le daba algún consuelo
a la existencia. Pero ante la muerte
nada tiene sentido.
Mirando alrededor, buscando alguna fe
que justifique el hecho de vivir,
encuentro solo ruinas, conciencias desoladas
y la asechanza de la indefensión.
¿Qué debo concluir de esta orfandad sin nombre?
¿Dónde queda el fulgor
de nuestra inteligencia desatada?
La muerte es un cadáver que sueña en nuestro cuerpo
y emerge lentamente,
hasta tomar la forma de esta cripta
que hemos llamado vida.
Existir es estar, ser en el tiempo
el inasible rostro de una efigie
que es la concitación de sus metamorfosis:
somos caducidad, mortalidad:
Todo en el universo combate contra todo
y nada queda al margen del combate.
Las estrellas son fuegos quemando otras estrellas
y todas las criaturas alimentan sus vidas
con la muerte darwínica de las otras criaturas.
Así el lobo degüella al antílope altivo
y el hombre se convierte en lobo contra el hombre.
Así la antimateria devora la materia
y sobrevive el arte que humilla al que lo causa.
Solo existe la vida porque existe la muerte.
Qué inútiles los sueños,
las ansias de escrutar y de escribir
como revelación y profecía
el destino del hombre, confesé;
el perfecto Universo es nada más que un átomo
y la infrangible eternidad es solo
un fugitivo instante sin memoria.
Toda conciencia dura apenas nada.
La sustancia del cosmos es fungible,
igual que lo es la carne o el espíritu.
Yo estaba, como digo, mirando las estrellas,
los arriates de estrellas crecidas en la noche,
y mi pluma trataba de entender
la infinita tristeza que depara el vivir.
De repente, lo supe:
también la pluma es otro ser muriente.
Y antes de abandonarme al gran osario,
anoté, persiguiendo algún consuelo:
también
todo dolor desaparecerá.

miércoles, 25 de febrero de 2026

A la orilla del Tormes

                                    Respighi - Pines Of Rome - Toscanini


Cuántas veces recuerdo que, a la orilla del Tormes,
soñaba que tu rostro era el lago más bello,
cuando me zambullía por la noche en tu carne.
Tus húmedas guedejas, el gorgoteo lánguido
de tu piel como seda sobre mi piel tremante,
las palabras de amor bajo la luna estática
y el gélido silencio del pasado
-que vuelve con murmullos y nostalgias-
trepan hasta mis ojos con su lluvia 
y renacen las huellas de los pájaros 
por mi espalda y tu pecho en la mañana,
piando amaneceres y rocío. 
Aquel dulzor hermoso se repite en el prado 
de la memoria súbita, y ahora que contigo
sueño que el mar es dulce y amaranto,
golpea nuestra piel ola tras ola 
para que mi arrecife penetre en tu caverna
y la espuma parezca un ópalo de fuego
incandescente.

 

martes, 24 de febrero de 2026

De la divinidad .

  

Katchaturiam: Adagio de Spartacus

De la divinidad 




Todos buscamos algo en lo que apoyar nuestro desamparo ante algunos momentos de la vida y, sobre todo, ante la muerte. Vivir resulta mucho más fácil para los creyentes que para los escépticos. De lo cual se deduce que quien no cree es a su pesar, y ningún dogmatismo, clerical o no, debiera condenarlo. Quien no duda no acierta; pero, preso en su fe, el creyente vive más dichoso porque se sabe protegido por un ser superior que garantiza su andadura, incluso el perdón de sus errores. Por el contrario, el incrédulo persigue una verdad que lo sostenga, y hasta la ciencia, incrédula por definición, le niega ese consuelo.
No es la fe obtusa, sino la razón intuitiva la que empuja a admitir la existencia de un Artífice Supremo. La vida no es admisible como consecuencia de un acto creador prestidigitatorio desde la nada. El cosmos no se basta con un milagro o un trabajo de seis días. Necesita un proceso evolutivo en el que lo que nace se desarrolla, se perfecciona, se deteriora, se transforma, ya que nada se crea o se destruye. El universo no es un experimento surgido hace seis mil años, como quería el obispo Ussher, quien, en 1658, estudiando las sucesivas generaciones de la Biblia, llegó a la divina conclusión de que el universo había sido creado el 23 de octubre del 4004 a. de J. C., a las 12:00 horas. Es comprensible este fanatismo en quienes sienten tal libro como un documento científico y ex cathedra. Lo increíble es que matemáticos del cielo como Kepler y Newton admitieran sin inmutarse tal “origen” como una verdad inamovible. 
 Si Aristóteles concibió un universo estático, Lucrecio lo necesitó expansivo. Ya San Agustín supuso, rozando, entonces, la herejía, que Dios tenía que estar “haciendo algo” antes de la creación, que había un tiempo antes de lo que cuenta el Génesis. Y así lo ve la ciencia. La memoria demostrable de nuestra sustancia se remonta a unos quince mil millones de años, cuando el Big Bang inició su estallido y la nada -que alguna cosa sería- se llenó de materia incandescente, implacable, que fue ordenándose desde el caos hasta un cosmos aún inacabado. 
Son quince mil millones de años transcurridos desde el Big Bang. ¿Y antes? El individuo es un microtiempo en ese océano intemporal, en el que las estrellas nacen y agonizan a lo largo de millones de milenios. Y ante tal inmensidad no es extraño sentir que la vida es un lugar oscuro y solitario, un locus horribilis en el que transcurre la agonía de sabernos mortales. Por eso la necesidad de un Ser Garante nos empuja a creer en él, o a inventarlo. ¿Tiene algo que ver el Dios piadoso y despiadado de los cristianos con la verdad científica y lógica? Más: ¿Se parece en algo el Jesucristo comprensivo de los evangelios al de los fanáticos obispos que excomulgan la democracia? 
Es fascinante saber que estamos hechos de materia estelar, de estrellas y de simios, de pájaros y flores, que las infinitas partículas viajeras por el firmamento y yacentes en la piedra se conciliaron para configurarnos y bullen girando en nuestra carne, y que la música del cosmos dejó su ritmo en nuestra sangre, que llevamos un trovador íntimo que conmueve nuestras emociones y canta mediante el arte y la naturaleza. “Este armazón de huesos y pellejo” -como definió Bécquer al hombre sufriente- ya no basta para identificarlo, sino que hay que sentir al ser humano como la conciliación de todos esos fragmentos de inmensidad que conforman su identidad. Y por eso el corazón sigue latiendo a la espera de reunirse con su ancestral origen.


Erótica del destino

                                    Gustav Holst - Mars


La conocí porque ese era el destino.
Me dijo: "Estoy casada"No me importa,
dije yo. No te pido en matrimonio.
Y pasaron los meses y los años,
y la vi tan hermosa como ayer, 
no sé si unida de algún modo a alguien; 
pero aquello que tiene que pasar 
pasa; y nos fuimos 
adonde no podíamos huir 
uno del otro.


lunes, 23 de febrero de 2026

Soy la felicidad cuando te abrazo

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Soy la felicidad cuando te abrazo

Voz : Toñi Lozano

Los límites de Dios


Ser feliz es hallarle 

sentido a la existencia

o ignorar que debemos encontrárselo.

El innombrable Artífice Supremo

que nos alzó a la vida 

fracasó en su deseo de otorgarnos 

la inmoribilidad, la identidad feliz,

pues implantó maldad junto a inocencia.

Criaturas limitadas somos; no

podemos sino ansiar la perfección:

nuestras limitaciones nos alejan

del claro amor, y solo

la hímnica voluntad nos dignifica

si la orientamos hacia el claro amor.

Y sin embargo observa el trazo cósmico

en su bucle infinito:

Diógenes prosigue en estos días 

azules y este sol buscando la nobleza

de un ser puro 

en medio del gran burgo del averno. 

En cuanto se aproxime a iluminarte

tal vez distinga tu fulgor salvífico:

la plena identidad, la dulce 

amada en el amado 

transformada.

Para mí se ha guardado tanta dicha:

pues en tu corazón late el relámpago,

y para mí tú eres

el ser que da sentido a mi existencia.

Soy la felicidad cuando me abrazas.


domingo, 22 de febrero de 2026

Terapia de pareja.

PurcellDido y Eneas. Lamento.

- Fue entonces cuando le dije: Creo que ha llegado el momento de separarnos.
- ¿Separarnos? Naturalmente, si es para estar mejor que juntos; igual que cuando nos unimos fue porque estábamos mejor juntos que separados. 
- No es fácil convivir. Hay que hacer compatibles los gustos propios y ajenos. Hay que compartir los derechos y deberes, aceptar las diferencias de carácter, sacrificar los egoísmos, limar las asperezas del individualismo, ser generosos, hallar y dar satisfacción sensitiva, sensual, sexual, intelectual..., superar el desencanto inevitable, hacer que cada día nos necesite más la otra persona ... No  se puede empezar una convivencia irresponsablemente, ni abandonarse sin haber luchado por mantenerla viva.
- Sí. Hay que preguntarse algunas cosas: ¿Cómo estaba yo antes de nuestra unión, cómo estaré después, qué hubiera sido de mí sin él, o sin ella? ¿Quién era yo, qué tenía yo cuando empezamos, qué tengo ahora? ¿Qué voy -qué vamos- a ganar y perder con la separación? 
- Y también: ¿Espero a dar cuando ya me han dado o doy para que me den? ¿Convivir es una lotería o un esfuerzo cuyo resultado es la alegría de vivir?
- Convivir es igual que construir una casa: ladrillo a ladrillo y día a día, a partes iguales, sin forzar ni desesperar, procurando admitir que la felicidad es un mito y que lo que hay que conseguir es un bienestar conjunto, una dicha recíproca... 
Y una vez disuelta la relación, ¿vendrán de nuevo las decepciones, los problemas... con la nueva pareja?
- Pero también es cierto que si ya no hay amor...
- ¿Y después de Equis años no sabes superar el enamoramiento inicial para reconocer que amar no es permanecer en un cuento de hadas? El amor empieza cuando se acaba el enamoramiento. Qué esperas sino que se haya muerto el romanticismo y se imponga la realidad, la prosa cotidiana, la mutua aceptación de un hombre y una mujer que vencen las dificultades diarias a fuerza de voluntad y afecto... porque otra cosa es que haya surgido algún resentimiento, odio...
- Vivir es fácil mientras estás solo: tienes mucha libertad y solo responsabilidad contigo mismo. Cuando empiezas a convivir es cuando todo resulta difícil si no posees comprensión, tolerancia, inteligencia para las estrategias del día a día.
- Todo fracaso de uno es el fracaso de dos.
- ¡Qué tragedia!
- ¡Qué comedia!
- !Qué belleza vivir sabiéndose vivido!
- ¡Escuchad!: 
(Leer original)

Canción de la Bienamada

Qué glorificación de los sentidos
saber que soy amada, que alguien sueña
con una vida plena porque existo.
Todo exige una causa y todo tiene
su consecuencia: ¿y yo
inspiro amor, el gozo más sublime?
¿Cuál es el sortilegio, el milagroso
tañer de las campanas que me dice
que un corazón sonríe porque ve
a través de mí el cosmos?
¿Y qué merecimiento tengo sino
preferir el asombro de la vida,
el esplendor a la fugacidad,
y cantar el fulgor de las criaturas?
Acaso todo es sueño y esos ojos
que se llenan de júbilo al mirarme
me inventan; y tal vez,
cuando yo amo, embellezco a la criatura
por la que siento que la vida tiene
al fin sentido, dicha plena, luz.
¿Mas por qué hacer preguntas que destruyen
el sentimiento, si es mejor vivirlo,
y tendrían respuestas imperfectas?
Me quedo con lo exacto: ¡Qué
dulce satisfacción de los sentidos
saber que solamente por amar
alguien errante encuentra
el íntimo lugar del regocijo!
31319

sábado, 21 de febrero de 2026

Escribir para la luz


Es imprescindible una revisión y reescritura permanente de toda la Historia, la personal, la actual y la universal, para liberar nuestras conciencias: para superarlas. Es decir: hay que poner en orden a los hijos de Homero, reconsiderar sus actitudes y aptitudes. No puede negarse el penar de este efímero infinito que es la vida, pero anclarse en él es un error. Cervantes lo resume bien: “Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si las sienten demasiado también los hombres se vuelven bestias”. Es preferible tomar como referencia momentos en los que la adversidad se transforma en voluntad de superación. Porque es cierto que algunos vivimos en el infierno; pero siempre mirando al cielo y sus estrellas.
    He aquí, por ejemplo, tres momentos culminantes y ejemplares: entre torturas y cárceles, Boecio teje su Consolación por la filosofía; mientras espera ser detenido y ejecutado, durante la Revolución francesa, Condorcet escribe su Historia del progreso del espíritu humanoMessiaen compone en los campos nazis su Cuarteto para el fin de los tiempos. Actitudes así deben ser las premisas para un mundo justo: sobreponerse a los errores del pasado y sufrimientos del presente para que cada vez queden más verdades que mentiras: más hechos objetivos que interpretaciones de los mismos.
    En fin: en las salas de autopsia hay una inscripción: “Este es el lugar donde la muerte se alegra de ayudar a la vida”. Debiera ser una declaración de principios. Porque también es necesaria una renovación del espíritu del arte y la escritura: una autopsia del cadáver artístico sustentado en la concepción de la existencia como un valle de lágrimas cuyo caudal conduce al paraíso: un ejercicio de voluntarismo para convertir el llanto en canto hasta cantar como un método para que el corazón se llene de alborozo.

viernes, 20 de febrero de 2026

Obras maestras a granel

                            Mendelssohn: Overture 'The Hebrides' 


Sincronía diacrónica

Dice Lucio que está leyendo un libro 
que es el más novamás de la escritura.
Quién tuviera la suerte de encontrar 
siempre libros que fuesen novamases. 
Me criticáis porque yo nunca alabo 
novelas o poemas, u otras letras:
como si yo quisiera horrorizarme 
ante cada creación con la que topo. 
Le rezaría yo a todos los dioses 
si tropezase con obras maestras 
como las que alabàis. Acaso sea 
que yo sufro de anedonía; o que el mundo 
ve montañas en donde hay precipicios; 
o que el hambre nos lleva a ver jamones 
allí donde ni hay cerdos que plantar... 
Y aún hay otra razón que echa por tierra 
la acusación de que soy criticón 
solo de autores vivos. Por ejemplo: 
¿es que no viven con salud creciente 
los que siguen leyéndose tras siglos 
-y esos sí son bestsellers en la historia?-. 
Y además: ¿cuál es el factor común 
de la humana entidad, la inteligencia 
cultísima o el fácil conformismo?


jueves, 19 de febrero de 2026

Redescubriendo a los clásicos

                        Redescubriendo a los clásicos

Dvorak: La rueca de oro
Miro mis bibliotecas, los recintos que han mantenido viva mi existencia, los refugios en donde consolaba mi indefensión y ... 
    Tocar un libro, aspirar su fulgor, era apropiarme del talismán, el manantial donde las almas perdidas satisfacían su sed de infinitud.
     Siento tristeza al ver esta hogaza de libros: porque si el progreso los hizo posibles para ennoblecer la mente, también es el progreso el que va a convertirlos en humo del pasado.
     Faltos de perspectiva, nos preocupamos de los nuevos títulos que los reseñistas profesionales vocean por doquiera. Como si los “clásicos” no fuesen más nuevos, vigentes testigos del presente y enunciadores del porvenir. Creemos haberlos leído y en realidad solo los leímos hace mucho: volver a ellos es descubrir que la pluma sabia se ennoblece con el tiempo.
    Ahora nos asalta la pantalla internética con títulos ineptos. Hemos cambiado el mundo porque el mundo nos cambia. Y al revés del revés.

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El arte de Sarima


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El arte de Sarima

La pesadilla 

La pluma planta esquejes de poemas 
sobre tus ojos y tu corazón. 
Se traducen en fuegos abrasivos.
Y la verdumbre enamorada prende 
como creciente llama, inacabable. 
El crepitar de todas las  estrellas
crea un infierno celestial de amor, 
y luzbeles y arcángeles disputan 
la potestad de ese dolor gozoso 
que da la vida mientras da la muerte.
Así tú, amada mía, hipnotizaste
mi amanecer, mi anochecer, mis días. 
Y cuando el ascua de tu cuerpo y alma 
ardió como una brasa en mi existencia 
te sumergiste igual que un mar de olvido 
en las estigias.
Tu cuerpo se alejaba y yo sentía
tu ausencia. Quizás otro te esperaba:  
y el infierno se apoderó de mí.
Grité liturgias, fabulé caminos
por los que uno hacia el otro vaiveníamos
el sendero de la felicidad.
Pero al fin me dejabas junto al mar 
y te abrazabas al Neptuno aquel,
como un navío anclado a su destino.
Enloquecí y le disparé un arpón
trizando su cabeza de medusa.
Aquí te espero, junto al arrecife.

miércoles, 18 de febrero de 2026

El acoso

                                        Holst: Los Planetas, Saturno

Mirar en el diamante el barro humano
y en la rosa fugacidad tan solo
porque el tiempo es también solo una rosa
que se abre en un jardín llamado muerte.
Distinguir en la muerte inexpugnable 
el puñal que nos salva del dolor,
y en el dolor el manantial oscuro
que nos hace saber que estamos vivos.
Escribir para eternizar el alma
y sentir que no hay dioses sino hombres
aceptando el destino que ellos forjan
con sus preguntas o con su silencio.
Errar de una esperanza a otra esperanza
sin nada que esperar más que un final
semejante a un principio inescrutable
que la conciencia obliga a recordar. 
Columpiarse entre cunas y entre tumbas,
la frente coronada de jazmines, 
y el sol, como azagaya penumbrosa,
domeñando los cíngulos: morir.


martes, 17 de febrero de 2026

En el aula del librepensamiento


Homenaje


Durante casi dos horas, por la tarde, los alumnos que así lo han decidido -casi todos- han visto El planeta de los simios, la gran película especulativa de Schaefner / Heston basada en el épico-lírico libro de Pierre Boulle. Este dato lo recuerda, al día siguiente, Andrés. Y añade:
- La moderna versión trata de monos, y esta de hombres. 
- Profesor: Gran diferencia. ¿O no? 
- Andrés: Esta te hace pensar, siguiendo el libro. La otra te invita a que no pienses, como, según mi padre, hacen los políticos. 
- María: Lo que más me ha llamado la atención es la frase que dice el protagonista: que estaría dispuesto a lanzarse a un volcán en erupción si eso le asegurase que iba a comprender algo nuevo.
- Profesor: Sin duda es una exageración; pero no tanto. En realidad casi todos cuantos han pretendido ir más allá del saber establecido  en su tiempo han dado su vida por ese nuevo aprendizaje. 
     ***
El profesor apunta que el mundo podría dividirse en dos grupos: los que piensan y los que se esclavizan al pensamiento de los demás: los que biempiensan hacia el futuro y los que malpiensan desde el pasado: los progresistas y los retrógados. Y que la Historia es una alternancia de unos y otros. Lo cual ha producido que la Historia sea, también, una sucesión de guerras separadas por treguas.
- Es difícil desacomodarse de una forma de vivir a la que te has acostumbrado: tienes que cambiar tus principios, costumbres, leyes... y resulta más fácil continuar sin cambios: sobre todo cuando nos excusamos pensando que todo es un error y cualquier cambio no cambiará nada.

Se apagan las luces: Lo que ahora ven, durante cinco minutos, los estudiantes es un fragmento de La herencia del viento, de Stanley Kramer, sobre lo que se llamó el "Juicio del mono", que tambaleó la sociedad americana porque se prohibían las enseñanzas de la Teoría de la Evolución. En el film Spencer Tracy defiende la libertad de aprendizaje. 

- Profesor: En la anterior película hemos visto una distopía (Pepa lee en el Diccionario: visión catastrófica del futuro, contrautopía): un mundo en el que se le ha dado la vuelta a nuestro presente: el hombre procede del mono y está esclavizado por él. Si cualquier cambio en vuestra rutina os enfurece, imaginaos aquellos que atañen a los principios de una sociedad que hasta hace un siglo se creía dueña del universo, protegida por un Ser Superior llamado Dios: le decís de repente que es hija de un animal y vive sobre una piedra lanzada al azar -entre otras miles de millones- por no se sabe qué gigante estelar y juguetón que hace malabarismos con ellas o tiene un plan secreto. ¿Quién no se conmocionaría ante esa teoría o realidad, cuando incluso la ficción del cine aterroriza? ¿Cómo no van a ser perseguidos los renovadores del pensamiento, si el mismo Sócrates fue “asesinado” por el noble hecho de enseñar a pensar? 

- María: ¿Y tú qué piensas, profe?

- Profesor: Lo que yo piense no es más que otra opinión, no una creencia infalible. El pensamiento se renueva cuando se actualiza la información. ¿Quién podía prever que el fuego, la rueda, o Marx, cambiarían la sociedad? Pero fijaos en estos cuatro hechos o premisas, y sacad conclusiones sobre el camino hacia la libertad:

1) Se deduce de Copérnico: si la Tierra no es el centro del universo, tampoco el hombre vive en el centro del cosmos; y, por lo mismo, Dios no es el eje universal que vertebra cualquier infinitud y eternidad, sino un Alienígena más.
2) Viene a decir Darwin: si el hombre es hijo del mono, el Gran Padre Dios también es El Gran Simio.
3) Dice Freud: el hombre no es plenamente dueño de su mente, sino que su voluntad está determinada por el Gran Inconsciente, el árbitro arbitrario del vivir.
4) Ahora el Papa, al decidirse a abandonar su cargo, del que solo la muerte puede -podía- liberarlo, está proclamando que es posible desobedecer a cualquier Divinidad porque no existe la infalibilidad del Gran Dios, o el Gran Simio, o el Alienígena, o la Iglesia. ¿No es el definitivo hachazo a las milenarias dictaduras, si todas las dictaduras tienen su fundamento en la inefable infalibilidad del dictador?
    ¿No acaba el Papa de partir en dos la Historia? Hasta hoy hemos vivido la prehistoria del Hombre (la dictadura teocrática); desde hoy solo queda que el ser humano sepa convertirse en un Gran Hombre: para sí mismo y para los demás. Y eso no os lo dará más que un libre y responsable aprendizaje, forjador de vuestro criterio independiente. De vosotros depende ser padres o hijastros de ese Porvenir.

   






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domingo, 15 de febrero de 2026

El sol también se levanta

 


"Yo que creí que la luz era mía" (Miguel Hernández)



  • Lo más leído:
  • «Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado». Un artículo de Antonio Gracia.

por El Cuaderno

/ por Antonio Gracia /

Consustancial es al hombre la búsqueda y hallazgo del rincón de la mente donde levita la paz que el mito del edén ha despertado en la conciencia universal. Ese lugar interior lo llaman unos dios y otros lo llaman diosa, todos amor, ausencia de dolor. En esa zona erótica caben tanto la sublimación del trovador como la divinización del asceta. Iguales desasosiegos del júbilo gozoso encarnan los éxtasis del corazón, presuntos en el «muero porque no muero» (Teresa de Cepeda, Juan de Yepes), la «muerte que das vida» (Luis de León) o la «blanda muerte» de Celestina: todos son túneles que desembocan o trasiegan el «amor dulce» melibeico. Más lejos, pero igualmente cerca en el concepto, Shakespeare, por boca de Romeo, afirma la esencial contradicción del amor, «hiel que endulza y almíbar que amarga» (Acto I, 1ª). Nada sorprende que el amor divino sea sentido con la misma desazón que el humano, porque son jánicos latidos de un mismo corazón. La diferencia entre el amor profano y el divino estriba en que el primero puede saciarse en el ser amado, la otra persona semejante a quien ama, y en el segundo el amante se esquizofreniza en la proyección de sí mismo sin identidad tangible. Esa creación del hombre utópico provoca la paranoia de un Tú Supremo que alcanza su frenesí en el misticismo y el trovadorismo.

El amor como perpetuación

Parece indudable que el interiorismo lírico de los años de cárcel de Hernández está determinado, además de por la nerudización del petrarquismo, por su tangencia con la mística. Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado. Enjaulado el animal erótico que fue Miguel Hernández, sentiría en aquella soledad la «mordedura de una punta de seno duro y largo» y la «picuda y deslumbrante pena» (El rayo que no cesa, 4) de su ausencia. La lava sensual precisa derramarse: y Hernández proyecta la concupiscencia del acto sexual al hecho paternal, fructificando la energía amorosa en la materia grávida de la esposa y el hijo. El interiorismo hernandiano es una introspección amorosa, un misticismo sin divinización. El proceso es como la ascesis: el vacío interior de quien todo lo ha perdido («Ausencia en todo siento, / ausencia, ausencia, ausencia»; «A mi lecho de ausente me echo como a una cruz». Cancionero, 29; «Orillas de tu vientre») es semejante al de quien se ha liberado de las pasiones: «Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón», afirma Juan de Yepes (Avisos, 15), anticipándose al matar la voluntad de vivir de Schopenhauer. Y el hueco abierto por esa renuncia se llena con sueños, recuerdos, dioses, personas. La cárcel, al impedirle andar por los caminos del cuerpo, hace volar a Hernández hacia adentro por los paisajes sin fronteras de la esperanza. En el poderoso poema «Antes del odio» se reúnen las conclusiones de las constantes y recurrencias de tantos autores que han creído en la salvación por el amor y en el amor como redención. Desde que Dante se sobrevivió en Beatriz, Petrarca en Laura, Rojas en Melibea, Cervantes inventando a Dulcinea, Lope garcilaseando a tanta Dorotea, Quevedo en Lisi y besos convertido, Goethe acosando a Margarita, Beethoven soñando con la Amada Lejana, Hölderlin ensimismándose en Suzette, Schumann reciclándose en Clara, Wagner trascendiéndose en Isolda, incluso Leonardo transfigurándose en Gioconda… Esas mujeres, hechas de sueño y arte, fueron la panacea mental de sus creadores. Y Miguel Hernández se inscribe, superándola al carnalizarla, en esa tradición. No otra cosa respiran —a través del Quevedo de «Amor más poderoso que la muerte»—, devolviendo la temática a su origen, muchos de sus últimos poemas.

De Quevedo procede la eternificación del amor como esencial y pura biología: si en este el amor ha ardido en las «médulas», en Hernández hay «una revolución dentro de un hueso» (El rayo…, 20), y si aquel sigue enamorado en su muerte, es decir, si Quevedo siente que será una ceniza sintiente, una muerte enamorada, Hernández no perdona «a la muerte enamorada», esto es, al amor que perdura en la muerte o tras ella. He aquí algunas expresiones del gran misógino a su pesar (porque, enamorado del amor, odia el ser —la mujer— que no entraña la estatura erótica que ansía): «La llama de mi amor/…/ ni mengua en sombras ni se ve eclipsada», «Llama que a la inmortal vida trasciende,/ ni teme con el cuerpo sepultura,/ ni el tiempo la marchita ni la ofende», «Señas me da mi ardor de fuego eterno», «Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo»… Afirmaciones que tienen ilustres valedores: en Lope, porque «Amor que todo es alma será eterno» (La Dorotea, V), y en Carrillo y Sotomayor, pues los efectos del amor, como «hijos del alma son, son inmortales» («Hambriento desear…»). Ya Garcilaso había anhelosamente escrito que iría hasta Isabel, puesto que «muerte, prisión no pueden, ni embarazos,/ quitarme de ir a veros, como quiera,/ desnudo espíritu u hombre en carne y hueso» (soneto IV).

La ceniza sintiente —el «polvo enamorado»— engendra el «polvo liviano» de «los enamorados y unidos hasta siempre» que «aventados se vieron,/ pero siempre abrazados» («Vals»), como en la «Balada» de Gil-Albert será «polvo amoroso». «Hasta siempre» porque la boca amante ya es una boca inmensa y succionante (como «La dulce boca que a gustar convida/ un humor entre perlas destilado», del otro cortesano nemoroso que fue Góngora), y ya su amor es un «beso que viene rodando/ desde el primer cementerio/ hasta los últimos astros» («La boca»). Pues si un hombre es todos los hombres, como en un punto del universo se concentra todo el universo, una boca es todas las bocas y un beso todos los besos. El amor es, de este modo, una energía renovándose, indestructibilizándose, reviviéndose en cada pareja, como un ejército de amantes que avanza desde la prehistoria hasta el futuro. Por eso, cuando «he poblado tu vientre de amor y sementera,/ he prolongado el eco de sangre a que respondo» («Canción del esposo…»).

Reconstrucción del amor

Arraigadamente perdura entre los coetáneos hernandianos la negatividad amorosa, consecuencia de una prevaricación del erotismo: la Belleza provoca una invasión de los sentidos que sumerge al sentidor en ansias de inacababilidad del sentimiento sensitivizado. Tal detenimiento y apropiamiento del instante y tal dulce agresión rememoran el locus amoenus más entreverado en el inconsciente individual y colectivo: el paraíso edénico, el gozo de la paz ilimitada e indesaparecible. Adquiere —y lo ambiciona— el rostro de la intemporalidad y la divinidad. No es extraño que J. R. J. sinonimizase la Belleza con un dios deseado y deseante, en intercambio mutuo de jubilosa identidad y posesión. La belleza física es sinestésica de la emoción síquica, y ambas despiertan la voluptuosidad de cuerpo y alma, del juglar y del místico. Así, Dámaso Alonso sonetiza una «Oración por la belleza de una muchacha» y plantea la dicotomía —el dilema— mortalidad, inmortalidad (carnalidad, espiritualidad): «Mortal belleza eternidad reclama./ ¡Dale la eternidad que le has negado!». Es la misma perentoria necesidad trascendentalizadora, y de la estirpe quevedesca arriba recordada, de A. Machado cuando pregunta en sus Soledades: «¿Y ha de morir contigo el mundo mago/…/ Los yunques y crisoles de tu alma/ trabajan para el polvo y para el viento?». La contemplación de la hermosura inspira a Alonso un pálpito que desea inacabable. Y quizá por la dolorosa decepción ante la imposibilidad de tal deseo es por lo que su concepción del erotismo carnal (precisamente porque lo siente como antagonista del erotismo místico) se estanca en una Oscura noticia del amor, puesto que lo continúa entendiendo como «monstruo fugaz, espanto de mi vida,/ rayo sin luz…/ amor, amor, principio de la muerte» («Amor»). Similar expresión hay en G. Lorca: «Amor de mis entrañas, viva muerte»  («El poeta pide a su amor que le escriba»). También Cernuda, por los distintos caminos de Los placeres prohibidos, llega al mismo punto de tragedia: «Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman…». Y Salinas: «Amor, amor, catástrofe./ Vamos,/ a fuerza de besar,/ inventando las ruinas/ del mundo,/ por entre el gran fracaso…» (La voz a ti debida). La personalidad regeneradora de Hernández y su diferente resolución del tema erótico se constatan al constrastarlo con Aleixandre, quien en «Unidad en ella» permanece, inserto entre los topoi conceptuales, en la claustrofobia trovadórica del amor como autodestrucción: «Muero porque me arrojo, porque quiero morir…/ quiero amor o la muerte,/ quiero ser tú». Ese aleixandrino es aún muerte, no vida, no es la renovación, sino la contumacia del dolor del desamor entendido como amor (entendimiento que tanto ha maculado la conciencia de la cultura occidental, y que aún persiste en El rayo).

Contrariamente a ese fatalismo ancestral, me parece «Antes del odio» uno de los textos más esperanzados —más vivos— de cuantos se hayan escrito: un hombre encarcelado descree de la cárcel y afirma la libertad como su identidad. En esa cárcel física, y «roto casi el navío» de la vida, Hernández sentiría como propia la clara voz luisiana: «Un día puro, alegre, libre quiero», parece respirar palimpsésticamente bajo el verso «alto, alegre, libre soy». La sustancia amorosa le hace sentirse parte sustancial del amor (la tesis de Quevedo; no en vano Machado recuerda presocráticamente, en «Rosa de fuego»: «Tejidos sois de primavera, amantes,/ de tierra y agua y viento y sol tejidos»), concebido como un todo del que la amada es la otra parte. De modo que, al estar el todo en cada parte, en cada parte (más allá de los sofismas eleáticos, porque en la mente, tanto o más que en el universo expansivo, caben la materia y la antimateria) está el todo: Hernández es un ser libre porque la amada es libre: «en tus brazos donde late/ la libertad de los dos». Y por eso, la risa del hijo, fruto del amor, mantenedor y levitante de sus atributos, «hace libre» y «arranca cárcel» a Hernández, y el planto alegre de las «Nanas» ya no es una jaculatoria sonriente y desgarrada, sino una densa metafísica. Y por lo mismo igualmente, quien dijera «Para qué quiero la luz/ si tropiezo con tinieblas» («Guerra»), concluye que hay «un rayo de sol en la lucha/ que siempre deja la sombra vencida» («Eterna sombra»). Solo por amor. Admirable victoria sobre sí mismo de quien se había asediado en el pozo de amargura que es el Cancionero.

Así, el «polvo enamorado» vencedor de la muerte engendra una «muerte reducida a besos» («La boca»): la muerte es otro amor esperando ser resucitado en otras bocas de otros cuerpos de otros amantes de otros tiempos; y siempre: «Proyectamos los cuerpos más allá de la vida/ y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada» («Muerte nupcial»); «Te quiero en tu ascendencia/ y en cuanto de tu vientre descenderá mañana» («Hijo de la luz y de la sombra»). En cada pareja coexiste y se revive la humanidad. En cada beso resucitan y se suman, además de las bocas —los labios besadores— de los amantes, todos los besos de cuantos han amado, como una bola de nieve rodando por la historia y engarzándola, como un ejército de salvación por el amor, como una carta que el hijo interminablemente reescribe y refunde con su vida heredada y legadora: la esperanza. El «Beso soy» con que comienza «Antes del odio» ya es un gigantesco beso cósmico. La abstracción independentista del beso («Ayer te besé en los labios/ …Hoy estoy besando un beso», La voz…) de Salinas ha tejido su fruto. Por ese beso, amor purificado en puro amor, el mismo Salinas podrá decir: «Por ti creo/ en la resurrección, más que en la muerte» (Largo lamento). Al fin y al cabo, la sabiduría del pueblo ya lo había descubierto: en el anónimo romance de «El enamorado y la muerte» aquel, queriendo mitigar esta, busca a su amada y le dice «la Muerte me está buscando,/ junto a ti vida sería». Es decir: que la amada, porque es la concreción del Amor (y este es más poderoso que la muerte), puede convertir la muerte en vida.

La inextinguibilidad del amor forma parte de la conciencia universal. Tolstói escribe en Infancia, adolescencia, juventud: «Sé que mi alma existirá siempre porque este amor tan intenso no habría nacido si hubiera de cesar alguna vez». Y Unamuno: «Tú no puedes morir aunque me muera;/ tú eres, Teresa, mi parte inmortal./ …/ Es que viviste en mí/ y así entraste en la edad del corazón» (Teresa, 48). Sobre la identificación de los enamorados baste recordar el Tristán wagneriano (tal vez el mayor hito amoroso, porque la música es la única poesía capaz de verbalizar la inefabilidad), en el que los amantes se definen con el nombre —la sustancia— del otro, transustanciándose las identidades: «Tristán: “Yo soy Isolda, ya nunca más Tristán”. Isolda: “Yo soy Tristán, nunca jamás Isolda”» (II, 3ª). Incluso el misántropo Beethoven, en una carta «A la Amada Inmortal», escribe ejemplificando esa dualidad unificatoria universal: «Amor mío, mi yo». Y antes, Juan de Yepes: «Amada en el amado transformada» («Noche oscura»). Y después, Aleixandre: «Quiero ser tú» («Unidad en ella»). Esa ecuación identificativa mediante el amor, en la que un yo es igual a un tú, incluso si estos yo y tú son un autre rimbaudiano, es la que hace posible la encarnación de la vida muerta en la que perdura; traduzco un soneto de M. Yourcenar:

Tú no sabrás jamás

Tú no sabrás jamás que tu alma viaja
como un corazón dulce refugiado en el mío
y que nada —ni el tiempo, ni la edad, ni otro amor—
impedirá que tú hayas existido.
La belleza del mundo tiene ahora tu rostro,
vive de tu dulzura, brilla en tu claridad;
y el lago pensativo que fue nuestro paisaje
ha grabado en mis ojos tu gris serenidad.
Tú no sabrás jamás que yo llevo tu alma
como lámpara de oro que me alumbra al andar,
que un poco de tu voz ha pasado a mi canto.
Tus rayos —suave antorcha— y tu llama —dulce hoguera—
me guían por caminos que tú seguiste un día:
y tú sigues viviendo porque vives en mí.

Pero ese universalismo del amor inmortal y solidario no menoscaba la originalidad hernandiana: es Hernández (con el magisterio inmediato del genesíaco Neruda) quien se evade del trovadorismo para incrustar en él la vida, quien concreta en una mujer hecha de carne y hueso la abstracción de la amada, quien confía en el hijo la permanencia del amor. Ama a la mujer, no solo su intelección sublimatoria. Ama la realidad cotidiana a pesar del desengaño quevedesco. Se libera del paradisíaco infierno artificial en el que se amamantó. Se sobrepone, con su humanización, a toda una legislación literaria sobre el amor promulgado como dolor, lamento, automoribundia, que en su propio verso se verbalizaba como «pena». Se sobrepone a la cadena existencial que cosmogonizó el amor como un «planto», ya que nacer era empezar a morir, porque la vida tenía su cuna en la sepultura. Se sobrepone a la concepción del amor como una parafernalia luctuosa, premisa necesaria para constituirse en energía poética. Se libera de la «pena» trabajada y recreada con tanto ingenio, masoquismo —y contumacia— por Manrique («el placer en que hay dolor»), Melibea («agradable llaga»), Herrera («la dulce perdición»), Yepes («regalada llaga»), Lope («divino basilisco»), Góngora («Ángel fieramente humano» que destila «dulcísimo veneno»), Quevedo («herida que duele y no se siente»), Villamediana («lisonjera pena», «alivio que castiga»), Gerardo Lobo («mezclar fúnebre queja y dulce canto»)… hasta categorizarse —la pena amorosa— como existencialismo en Meléndez Valdés («Doquiera vuelvo los nublados ojos/ nada miro, nada hallo que me cause/ sino agudo dolor y tedio amargo/ y este fastidio universal que encuentra/ en todo el corazón perenne causa») y que aún recoge Pérez de Ayala cuando, ante una «Amada muerta», se dice a sí mismo: «¿A qué buscar sentido al universo/ y perseguir vereda si ando a oscuras?». Premonición, refundición y deformación esos ejemplos del «dolorido sentir» de Garcilaso. A todos se sobrepone Hernández cuando siente a la mujer como un arco desde el que lanzar como una flecha al hijo y con él el «beso soy», el anagrama del amor (más poderoso que la muerte) en que se ha convertido.

El hijo como reencarnación

Para Hernández cada hombre es una gota en el manar continuo, y es inmortal porque siempre habrá un hombre vivo en el flujo de la vida. La madre es un útero que reintegra la existencia desde el útero cósmico, como la esposa es, sobre todo, la mujer dispuesta para la maternidad; y el hijo es la prolongación y constatación del devenir del río vivífico. La vida —el amor— es un «Beso que viene rodando/ desde el principio del mundo…/ beso que va al porvenir» («El último rincón»). Por eso —porque el beso es el cónclave de la humanidad—, «besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,/ se besan los primeros pobladores del mundo»; y, por lo mismo, «seguiremos besándonos en el hijo profundo»: el hijo es engendrado, por lo tanto, también por todos los hombres agrupados en un hombre, todas las mujeres resurrectas en una mujer. Semejantes palabras utiliza Borges hablando «Al hijo»: «No soy yo quien te engendra. Son los muertos./ Siento su multitud. Somos nosotros/ y, entre nosotros, tú y los venideros/ hijos que has de engendrar…/ Soy esos otros/ también». De esta manera, la vida nunca muere, y lo emblemático de la existencia, lo que potencia su creación, su recreación constante, que es el amor, es imperecedero. La intuición hernandiana consiste en que, si en un instante se concentra la totalidad del tiempo y en un solo lugar se hace ubicuo el espacio, toda la humanidad corporal y temporal se da cita, a través de los cuerpos de los amantes y en el momento de la fecundación, en «el rincón de tu vientre,/ el callejón de tu carne» («El último rincón»), para regenerarse todo ello en el hijo: tiempo, espacio, hombre, mujer, vida, amor, energía fluyente. El éxtasis de la carne engendra la contemplación y advenimiento del hijo. La cópula es la vía unitiva entre pasado, presente y futuro, la comunión y solidaridad de todos los hombres. Elacto amoroso-sexual (Neruda: «Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace brotar al hijo del fondo de la tierra». 20 Poemas, 1) se convierte en un acto creador semejante al de Dios, puesto que crea desde la nada el hombre al fundirse con la mujer. Y así, el amor es lo más divino de los hombres, lo más humano de los dioses en que se convierten el hombre y la mujer en el instante de la fecundación: «Pero no moriremos… /Somos plena simiente./ Y la muerte ha quedado con los dos fecundada» («Muerte nupcial»). Espiritualidad y carnalidad son interdependientes. ¿No viene a ser una transcripción del «Amada en el amado transformada» la afirmación «Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos/ se veían, más en uno fundidos»? («Muerte nupcial»). Si es así, la cópula es el éxtasis («¡Qué absoluto portento!/ ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados!») que proporciona la visión contemplativa de la fe en el hombre: el hijo, la vida que renace y perpetúa, el único amor más poderoso que la muerte («Porvenir de mis huesos/ y de mi amor», dicen las «Nanas»). Lejos de la tradición inculpatoria de la sexualidad, el sexo alumbrador viene a ser la culminación de la redención por el amor, la auténtica transustanciación: la contemplación del hijo, síntesis sinóptica de la existencia, es para Hernández como la visión de Dios para el místico. En «Vida solar», al hijo, «fruto del cegador acoplamiento», exhorta como un ruego imperativo y redentor: «Ilumina el abismo donde lloro./ Fúndete con la sombra que atesoro/ hasta que en transparencias te consumas»: no es sólo el espíritu, sino la carne unitiva la que origina la continuidad de la existencia, la salvación de la individualidad en la perennidad filial. El hijo es como un advenimiento, la total palingenesia; y por eso duele más su muerte, porque no muere solo el hijo, sino de nuevo el padre en él: «Se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces» («El niño de la noche»).

Trascendencia

Construye Hernández otra historia de amor: la natural, después de atravesar los laberintos de los trovadores y los místicos. Abre una mirada a otros autores que se inscriben en ese nuevo flujo conceptual en el que una mujer y un hombre son dos seres humanos y las palabras tienen menos tinta de verso que sangre cotidiana, sin abandonar por eso la poesía. Ángel González ya no quiere ser el sufriente propietario de una dama inefable ni el feudal hacedor de la amada sublime, sino el compartidor de la realidad más próxima a la piel: «Si yo fuese Dios/ y tuviese el secreto,/ haría/ un ser exacto a ti…/ Existes. Creo en ti. Eres. Me basta» («Me basta así»). Lejana queda la Guiomar machadiana, todavía semblanza de la midoms provenzal. Si es cierto que «no prueba nada,/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás», sí prueba sobre la verdadera sustancia amorosa que la amada existe y da amor sin que el hombre poeta haya de inventarlo como una vida que quisiera no tener que inventar. «Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,/ a ti en esta hora húmeda evoco y hago canto», había dictado Neruda en la «Canción desesperada». Y es en esa corporalización del sueño inmaterial, en esa hernandización del nerudismo, en donde Carlos Sahagún encuentra  la compañera de carne y no solo de verso, explícita en «Dedicatoria»: «Mi corazón te debe/ haber hallado juntos la verdad más humana…»). Pues la amada, definitivamente, es «Tú, mi esperanza cuando no hay consuelo» («Tiempo de amar»). Y el hijo es «este niño que llega de mí mismo,/ vencedor de mi tiempo» («El hijo»). Los hombres apoyados en lo humano y no en la divinal cosmogonía del eterno femenino sin mujer. Y es que ya pasó el tiempo del hombre y el juglar inmersos en su corazón y en su poema, de espaldas a la vida: el amor ya no puede ser un paraíso o una tortura autistas, porque «nada tiene/ sentido en soledad» («La casa»).

[EN PORTADA: Huellas de Miguel Hernández en la ficha policial portuguesa realizada tras su apresamiento en aquel país, adonde había huido en 1939]

Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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1 comment on “Miguel Hernández: la construcción del amor”

  1. José Manuel Ferrández Verdú
    octubre, 2020

    En este erudito artículo que Antonio Gracia dedica a la dramática elaboración de los últimos poemas de Miguel Hernández, ya en la cárcel y seguramente sintiendo el sombrío destino que lo esperaba, expone la oposición entre el amor y la muerte como el hecho más indeseable de la vida y que ha tratado por todos los medios, literarios o no, de ser soslayado a través de la historia de los hombres.
    Y lo hace rindiendo tributo a uno de los mejores poetas de nuestro idioma en el mismo acto de interesarse una vez más por los intrincados caminos conscientes o emocionales por los que a lo largo de la historia de la lírica el poeta ha intentado resolver lo que no tiene solución.
    El deseo de amar, y el amor, nos conduce directamente a la necesidad de prolongar ese triunfo del espíritu sobre la materia hasta los límites mismos de lo posible o imposible.
    Pero la materia es precisamente la trampa que el alma encuentra en su deseo de hacer ilimitado su sentido y su sentimiento.
    Y ese es el leit motiv principal del excelente artículo de Gracia, lleno de referencias a las diferentes opciones que se pueden adoptar ante un problema que no debería serlo, pero que lo es.
    No hay ningún poeta lírico que no haya buscado fórmulas para expresar la condición dramática del deseo, que no haya intentado darle una forma tal que exprese algo que sabe que no va a ser más que en la palabra y su sentimiento.
    Porque el amor no puede prescindir de la materia y esta es efímera, y además el alma también tiene los días contados fuera de un sistema de eternidades elaborado a base de amasar una falacia encima de otra.
    E incluso quienes se proponen públicamente como creyentes en algún tipo de eternidad inconcebible, no son capaces de superar tampoco la desilusión y angustia de los versos de Machado:
    Señor ya me quitaste lo que yo más quería
    Oye, Dios mío, mi corazón clamar
    Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía
    Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

    Pero a Miguel Hernández no le quedó ni siquiera la posibilidad de sobrevivir y verse a sí mismo sufriendo por la falta de los suyos.
    De ahí que algunos filósofos y fundadores de religiones, atentos a todo este embrollo, hayan decidido cortar por lo sano y hayan declarado cualquier debilidad sentimental como perjudicial para la salvación.
    Otros, como Jesucristo, encumbró el amor, pero convertido en algo que no tiene nada que ver con lo que se entiende modernamente por tal, como eros sensible, sino meramente una actitud moral hacia el otro también llamado prójimo.
    Y el autor Raymond Carver, con gran sentido del deber, preguntó por fin, a ver si ya de una vez se resolvía la cosa, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
    Porque estamos docenas de siglos hablando de algo que nadie sabe en demasiado bien qué es.
    Lo que hace Antonio Gracia es encontrar esas perlas de los poetas que de alguna manera han intentado buscar algún modo de convocar nuestra atención hacia algo de lo que prácticamente nadie se ve libre, y analizar con notable agudeza la industria espiritual del desolado Hernández en los días de su encierro fatal.

  2. José Manuel Ferrández Verdú

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Miguel Hernández: la construcción del amor


por El Cuaderno

«Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado». Un artículo de Antonio Gracia.

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El Cuaderno | octubre, 2020 a las 10:15 am | Etiquetas: San Juan de la Cruz, Teresa de Cepeda | Categorías: Estudios literarios | URL: https://wp.me/p8BKjo-cJE


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