El paraíso perdido
Conocí a una mujer de cabello leonado.
Sus ojos parecían dos hogueras radiantes,
y a veces eran dos cataratas de luz.
Por su pelo trepaban gladiolos a su frente,
y bajaban arándanos al pecho.
A veces yo quería amarla y que me amase,
y otras veces sentía que viviera
en aquella ciudad levítica y dolosa
que le robó en su infancia la inocencia.
Su mundo la enseñaba a huir de los fracasos,
pero no a superar los miedos que provocan.
Y es horrible quedarse ciego y triste
por estar maniatado desde niño
a ritos y costumbres que torturan la mente.
Luego pasan los años y la íntima belleza
queda oculta y sin luz bajo férreos arietes
con los que, sin saberlo, defendemos
la oscura identidad que nos forjaron.
Entonces -cuando amas- te preguntas
por qué el cuerpo y el alma sufren tanto
que no saben siquiera por qué sufren,
y no obstante pudieron -si no hubieran tenido
astillado y sangrante el corazón-
ser felices amando y siendo amados.
Pero el corcel del llanto ya trota por su espíritu.
Con el tiempo soñé que son los sueños
las profecías de la realidad.
Y busqué entre las sombras sus lirios encendidos.
Aunque cuando logré hallarlos un día
y empecé a construir un palacio celeste
albergador de nuestros corazones,
la serpiente de Eva silbó desde el Edén:
Aspira el alma a conquistar la dicha;
pero el hombre es un ser que se define
como un camino hacia ningún lugar.
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