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sábado, 23 de marzo de 2024

Montaigne, Emerson


Mendelssohn: Canción sin palabras


Igual que mi experiencia melancólica me llevaba a las lecturas en las que reconocía mi ser damnificado por la vida, y fui de Dostoiewski a Poe, por ejemplo, de Garcilaso Dante, por ejemplo, así llegó un momento en el que mi voluntad vitalista me llevó a otras lecturas en las que se encadenaba el optimismo. Mis sentimientos conformaban pensamientos que hallaban su adecuación en ciertos libros: y así pasé a Montaigne y de este a Emerson -también, por ejemplo-. 
     Qué esplendor de búsqueda y sosiego la introspección tallada en los Ensayos de ambos, siempre allanando el yo y sus circunstancias -que solo son una inmensa pequeña parte de nuestra mismidad, pero la determinan-, ahora atrapando el sol, ahora la luna, siempre enrumbando un horizonte alegre. Siempre bajo la sentencia del "Conócete a ti mismo". Siempre desgranando las células de la carne y el espíritu que nos conforman: allí encontré los gemelos de mi introspección.
     Del "yo soy la única materia de mi obra" al gozo de la obra del hombre y la Naturaleza; del conocimiento de los propios entresijos para ordenarlos al vislumbramiento de las causas naturales y culturales para la alegría y el entusiasmo.
     Supongo que, subterráneamente, eso derivó mi vida hacia la luz y, más tarde, al imperativo propio de convertir en himno la elegía.


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