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jueves, 16 de febrero de 2012

Francisco Brines (Efigies, II)

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La desolación anticipada de F. Brines

            Francisco Brines es un poeta de la desolación. Siente la vida como si ya hubiese pasado o, mejor, como si la hubiera ya perdido. Claro está que con ese pre-sentimiento solo la memoria puede devolver parte de lo que fue o debió ser, solo el recuerdo se constituye en vida. Destinado a recordar, “no repite / los hechos como fueron, ... los piensa más felices” (“Está en penumbra el cuarto...” Las brasas). No obstante esa inclinación a embellecer la existencia mediante la rememoración, “es doloroso ver que, aun con engaño, / hay un mismo final de desaliento” (ídem). Con tales premisas, un poeta no puede ser más que elegíaco: “De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha / saqueo avaramente/ siempre una misma imagen” (“Aquel verano”. Insistencias en Luzbel).
             Incapaz de mirar lo que no sea semilla de la muerte, son frecuentes las expresiones fatalistas: “en el presente / no vive la esperanza” (“Está en penumbra...”); “Hoy lo que ven mis ojos / es el profundo cambio de la vida en la muerte” (“Otoño inglés”. Palabras a la oscuridad). Incluso la constatación de la obviedad muestra el catastrofismo: “todo muere / sobre este mundo vivo” (“Días finales”. Insistencias...).
             La desolación cohabita en Brines y aparece incluso en instantes expresivos de apariencia exclusivamente retórica: “en el campo / hay demasiada noche”, “las estrellas / en el cielo vacío” (“La nueva estación”. Insistencias...). Esa noche excesiva y ese “cielo vacío” son hojas que caen desde la concepción de que el hombre es nada, solo “un bulto de sombra” (“Está en penumbra el cuarto...”), nada más que “el hueco profundo de una sombra” (“Mere Road”. Palabras...). Ni siquiera, al acercarse a la juventud -la de los otros- puede ver la vida en ella: contempla su futura vejez, como la presintió o premeditó en sí mismo siendo joven.
            Hay en Brines una compulsión que parece llevarle a negarse el bienestar y la serenidad: vivió su propia juventud “presintiendo los días venturosos de vejez”. Pero esta, como aquella, es también una mentira, “el último engaño”, “la abolición del entusiasmo” (“Días finales”. Insistencias...), “un árbol sin hojas” (La despedida”. El otoño de las rosas). Es obsesiva su concepción de la vida como engaño -autoengaño- y sueño imposible: “Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia / ... Hoy vivo esta carencia, / y apuro del engaño algún rescate/ que me permita aún mirar el mundo” (“Aquel verano...”. Insistencias...); “Hoy parece un engaño que fuésemos felices / al modo inmerecido de los dioses” (“Los veranos”. El otoño...).
           Tal funebridad de la existencia humana alcanza a la naturaleza: y así, por ejemplo, el otoño parece ensayar muertes incluso para renacerse, a través del invierno, en primavera, como el árbol modernista y machadiano renacido de su podredumbre en el poema “Otoño inglés”. De este modo, la vida es un presagio de la muerte, y la escritura un patetismo de la belleza, consistente en amar la vida que se escapa: “mi corazón, más pobre ahora que nunca, / pues más ama la vida”. La huella de la poesía fúnebre de Quevedo se constata incluso en un verso de “Mere Road”, en el que se esconde un endecasílabo palimpséstico de éste: “Cavan en mi vivir mi monumento”, dice Quevedo; y Brines : “un día y otro día cavan en mi memoria este recuerdo”. En cuanto al amor, siempre fuente de la esperanza, tampoco es suficiente para olvidar la cripta solitaria: “desnudaré mi cuerpo, y en las sombras, / he de yacer con el estéril tiempo” (“¿Con quién haré el amor?”. Aún no).
            Contra la muerte solo cabe oponer la inmortalidad. Y en medio del abatimiento, la soberbia del humillado por la realidad reclama aquella para el hombre: porque ya que “no hay merecimiento en el nacer”, tampoco “nada justifica nuestra muerte” (“Alocución pagana”. Aún no). Pero también puede oponerse la insensibilidad o el estoicismo, que encuentran una afirmación categórica y lacónica, como una verdad experiencial anticipada a quienes empiezan a vivir: “ningún hombre es feliz” (“La perversión”. Insistencias...). Un viaje es la vida hacia la muerte, y “La última costa” parece, por eso, un viaje con Caronte.
            Se diría que Brines ha ejercido de nostálgico, que yace y ha yacido en una nostalgia prospectiva y retrospectiva, negándose la vida y recuperándola en el verso, como Gil-Albert, con quien guarda tanto apareamiento: “Regresa, con la tarde, aquel futuro / de una vida que habría de venir / ... Valió más el momento de esa tarde / que el pasado venido. / El poema regresa hasta el calor / de una tarde arañada, se cobija / en una soledad no amada y dura, / en una tierra extraña palpa vida” (“Las campanas de St Peter”. El otoño de las rosas).   
           Toda la poética de Brines se halla anticipada en el poema “Está en penumbra el cuarto”, de su primer libro (Las brasas): en él un hombre solitario y contemplativo rememora desde su habitación la vida que no tuvo y se sabe cadáver en el tiempo. De nuevo Quevedo (“si mis párpados, Lisi, labios fueran”) susurrándole a Bécquer (“el alma que hablar puede con los ojos / también puede besar con la mirada”) determina su verso: “sabe / que una mirada allí es como un beso”. Y Machado presta su caróntica nave (“Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar...”) para que pueda despedirse de una existencia gris: “un día partirá del viejo pueblo / y en un extraño buque, sin pesar, / navegará”.
          Brines siente la vida como si ya hubiese pasado o, mejor, como si la hubiera ya perdido, he escrito al empezar. Al fin, lo que Manrique ya escribiese: “Pues si vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / y acabado, / si juzgamos sabiamente / daremos lo no venido / por pasado".



(Fuente: A. Gracia: Ensayos literarios)