La fervorosa hermana Virgo Nuria -cual si la prepuciase algún demonio- ordeñaba labialmente al Antonio, posesa de una indómita lujuria.
Lascivia era, en verdad, casta y espuria, pues tan solo curaba así su insomnio, que ya el abad, el padre Celedonio, le adormilaba igual tan fiera furia.
Con ese genital medicamento se aficionó a dormir la insomne hermana,
y el biberón sorbía noche y día.
Sabido que se supo en el convento el milagro semántico, pagana y devota fue siempre la abadía.
Al otro lado de la espiritualidad está la salacidad, y duermen juntas aunque se obstinen en yacer en camas separadas. ¿Se ennoblece el sexo con el amor? ¿Se envilece este con aquel? Logaritmos mentales que no debieran importarle más que a los matemáticos de sus cuerpos y espíritus. Los demás ni siquiera debiéramos ser mirones de sus actos. Qué admirable honestidad la de quienes miran la relación amorosa plena como un don y no como una delincuencia, a la manera del medieval "Cuando aspiro tu seno / y bebo de él / bendigo al vinatero / y al arcillero / que pusieron en ti / el cielo".
El siguiente soneto del argamasillesco Nurio Nirikovna no evita la pintura del acto sexual que va derivando en hallazgo de sosiego al saciarse el frenesí. Y lo que empieza siendo lascivia se va trocando "rúbrica de amor". Es otra constatación de la dualidad misticismo-erotismo.
Los que buscan sosiego en compañía (sicalipsis I)
Con los brazos abiertos, extendida sobre la cruz desnuda de tu cama, tu sexo incandescente me reclama y te clavo mi espada enfurecida.
Me crucifico en ti, sajo tu herida, entro en tu cripta azul y se derrama mi fiera sangre blanca, como llama en rúbrica de amor ya convertida.
Nos debatimos en salaz combate devorando la carne, el alma, el beso con la voracidad de la lujuria.
El corazón como un volcán nos late; antes de que me tragues te atravieso; y en paz se transfigura nuestra furia.
También el hernandico celebró el jalogüín, y prueba de ello es este jaloguón magnificático: Doctor, esmérese en la operación: quiero que mi nariz sea un topacio perfumado, y mi boca un gran palacio que lubrique la fagocitación. Los dientes, de diamante y corindón -insinuando que sorbo muy despacio-; el cabello frondoso, un poco lacio; los ojos que hipnoticen con pasión. ¡Qué hermosura de rostro, qué cabeza más cualichaletápera, qué pómulos, qué achuchones románticos tendré!
¡Qué ejemplo de bellezas mi belleza! Y aunque no encuentre rima para pómulos cuántos pánfilos felacionaré!
(Garcilaso de la Verga Baja.- de Obras maestras a granel)
Mal vicio, como todos, es convertir la conversación en disputa; sobre todo cuando el malentendimiento surge sencillamente porque los hablantes -o uno de ellos- dicen lo primero que les pasa por la mente o interrumpen al otro porque lo que tienen que decir les parece más importante que lo que están escuchando y temen olvidar cacarearlo.
Así, llega un momento en el que se dicen: "pues será mejor que dejemos de hablar".
Pero no. Porque la solución no es callar, sino hablar bien para ser bien entendido y escuchar bien para no interpretar mal. Eso es conversar. Lo otro es ansiedad, descortesía, falta de educación... contumacia. Además de ignorancia: pues el sabio sabe que casi todo lo ignora, y el necio cree que todo lo sabe -y como tal se comporta-.
El siguiente poemilla burlesco lo muestra incluso en ese encabalgamiento forzado adredemente:
Monólogo interrupto Estaba Dulce conversando un día
Déjame que te diga que te quiero aunque ya hayas dejado de quererme... (J. Cantero).
Tú dime que me amas, que me quieres más que a todas las cosas de este mundo, y que has sido tan solo un vagabundo buscándome entre todas las mujeres.
Dime una vez, y mil, que me prefieres porque has hallado en mí el amor profundo que no encontrabas, que con él inundo tu corazón, y que sin él te mueres.
Yo te diré que sí, que creo en ti, que nada es falso de cuanto me escribes, que escribes para mí y para mí vives.
Confío en ti lo mismo que tú en mí. El amor es la única mentira que el alma acepta y por la cual suspira.
- Palinuro: ¡Matrimóniame, Individua! - Lesbia: ¡Matrimóniame tú a mí! - Palinuro: ¡El que no te conozca que te compre! - Lesbia: ¡Pos anda que...! ¡Prefiero morir sola que mal acompañá! - Palinuro: ¡Pos me via aconsejar del Lucanor! Y se fuese el Namorao al Lucanor, quien consultó al Patronio sobre la Namorá. Aconsejó, pues, Patronio a Lucanor ordenando a Trovadorius que compusiera un poemoide con el suo consejo y su bramancio y todo. Y le díjole Trovadorius sabiamente, acompañado de laúd, cimitarra y cirrosis, aqueste ripio intitulado Mi amada Lesbia no me ama: