La mayoría gozamos de un constante placer del que apenas tenemos conciencia más que cuando lo perdemos: salud. Entonces se nos enturbia el futuro, todo se vuelve pasado y el presente parece tener solo una desembocadura: el dolor, la tristeza, la muerte.
La necesidad, y esperanza, de otras vidas presupone que esta es insuficiente, infeliz, injusta: un fracaso del Hacedor y de quien la sufre. Por el contrario, la creencia en que esta es la única evita las supersticiones, las dictaduras y chantajes eclesiásticos; aunque acrecienta los materialismos, pues solo la carne puede gozar: y esta se muere, con lo cual no tiene tiempo para el espíritu.
En realidad, más que a la muerte, tememos a la agonía que a veces le precede. Y ese miedo nos impide vivir en paz. La obra de Poe está signada por ese terror. Unamuno vivió atemorizado por ella y murió como todos quisiéramos: "repentinamente". Valle-Inclán, en cambio, decía en sus últimos momentos: “Cuánto tarda en llegar”. Y J. R. Jiménez se debatía histéricamente sobre su lecho. Sirvámonos, como siempre, de las experiencias de otros para enriquecer la nuestra: el relato de Tolstoi “La muerte de Iván Ilich” expone en toda su crudeza los últimos días de un enfermo con el que el lector se identifica: pero, como final de su horror, a sus preguntas sobre la muerte le da respuestas que nos sirven para vivir mejor.
¿Cómo consolarnos frente a la muerte? Todo el pensamiento antiguo, moderno y futuro se ha encaminado y ha de encaminarse a resolverla o mitigarla. Y parece evidente que La Antigüedad la sobrellevaba con estoicismo y no con el existencialismo actual. Epicuro, Sócrates o Séneca nos aconsejarían bien. Pero de poco sirven las filosofías sobre la muerte que no se practican durante la vida. Y lo cierto, y lo que hay que afrontar, es que todos padecemos una enfermedad llamada Muerte, de la que nos contagiamos al nacer.
¿Cómo consolarnos ante la muerte? Aprendiendo a aceptar lo inevitable. Sin duda, considerando lo que es: el último instante de nuestra vida y, como tal, un desasosiego o una serenidad según la hayamos vivido. Tomemos la muerte como el último deber y cumplámoslo bien, serenamente. Porque saber que el gozo de vivir se acabará no debe impedir que gocemos del placer de estar vivos. Por eso, en “Muerte y transfiguración”, Richard Strauss orquesta para el alma unas cadencias que la apaciguan. Incluso en el “Réquiem” de Mozart siempre he oído un clamoroso canto a la vida más que un tributo a la muerte. Y sobre el cuadro de Boekhlin “La isla de los muertos”, Rachmaninov compuso la música del mismo título, triste, pero serena en vez de horrorizante.
Aceptemos que es el miedo el que crea monstruos y que, por ello, son más terribles en nuestra imaginación que en la realidad. No es la muerte un castigo, un preludio del infierno, un país de fantasmas; ni una liberación; es el fin que hay en todo principio. Y si lo admitimos así, se reduce a uno más de los, afortunadamente, pocos malos tragos que nos brinda la existencia. Consideremos también que, probablemente, la muerte, como el nacimiento, nos cogerá por sorpresa. Que tal vez la Naturaleza haya dispuesto para esos momentos tanta insensibilidad que ni la razón piense ni los sentidos sientan; y que la medicina ha avanzado tanto como para hacérnosla llevadera y conseguir que incluso la agonía apenas sea agonista.
Ojalá viviésemos en un mundo en el que no existieran la necesidad de la eutanasia ni el impulso suicida. Pero, excepto los ciegos mentales, todos vemos que no es así. Por lo tanto, vivamos; y respetemos la presunción de inocencia de quien decide acabar con su vida como un acto de legítima defensa contra ese inocente, implacable e impune asesino en serie llamado Naturaleza.
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