La Fundación Miguel Hernández y algunos amigos oriolanos de Miguel Ruiz Martínez reunieron casi toda su poesía en el volumen El corazón del claroscuro. Y han hecho bien; aunque, como en tantas ocasiones, el autor no se entere de que cuantos lo apreciaban esperaron a su muerte para manifestar su aprecio suficientemente. Esta inconsciente estrategia -ya asumida por el mundo- no quita mérito a los editores -vaya en nombre de todos el del prologuista, J. L. Zerón-.
Tal vez fui el único -eso decía el reivindicado- que lo trató con asiduidad en sus últimos años, a veces por la tarde mientras laboreaba la tierra, otras hasta la madrugada, soliloquiándonos cada uno carencias y esperanzas, algún logro y muchas pérdidas. Y, para ser exactos, desplumando yo, más que ensalzando, sus textos. (Antes había ocurrido lo mismo con motivo de la publicación de Ladera de tu hondo y el pliego de Alimentando lluvias).
Desde esa trinchera nocturna y auroral me atrevo a decir que Miguel Ruiz no fue ni un "maldito" ni un "grande". Será -o no- todo lo que el lector quiera encontrar en su lectura; pero los epítetos y las hipérboles, gratuitos, acaban dañando al hiperbolizado. Mejor es decir que era humilde y sufriente perseguidor de una dicción poética identificatoria. El hecho de no encontrar amor en la vida ni en el verso lo convirtió en un huraño esclavo del cantueso. Este, y similares, se convirtieron en su lenta cicuta, el veneno y la triaca, la experiencia y conciencia de su fracaso.
El "maldito" era aquel que luchaba, con todas sus consecuencias, contra el sistema por mantener su individualidad; eso lo convertía en desertor de las convenciones y, por tanto, era condenado al ostracismo. El malditismo implica una aceptación, incluso regodeo o ufanía, del estado de paria social, cosa ajena a Miguel. Miguel Ruiz era sencillamente un autodesterrado que padecía sus frustraciones, las cuales, como un bumerang, volvían a él en forma de reincidencia. Ya no quedan personajes baudelerianos. Han sido sustituidos por los que juegan con el término y viven de la leyenda santificada, convertidos en efigies putrefactas de una bohemia que en realidad es un disfraz de golfemia, viviendo del cuento de la golfería, impostando la rebelión y transformándola en pose para la muchedumbre.
Carente Miguel Ruiz de identidad satisfactoria, la buscó -igual hizo otro personaje paralelamente contrario, Antonio Ferrández Verdú- en la escritura a fuerza de irracionalizarla y dar manotazos verbales como quien se ahoga: tal agonía (que también había conocido yo, amenazado endógenamente por La Metáfora) les hizo aferrarse a lo más próximo a su propia condición mortal: concebir la incomprensibilidad expresiva como un lenguaje cuyo único sentido era el aceptar -y cultivar- el sinsentido. El descoyuntamiento, el automatismo, la pluma mojada en la tinta de la embriaguez y otras fugas de la diritta via, ya smarritta... la desfiguración de lo figurativo.
Sin embargo, el buscador cegado por la búsqueda no se da cuenta de que, para encontrar, basta escribir como hombre -y no como poeta- y no para el poeta -sino para el hombre-. (Hablo de mi experiencia, y la generalizo sin acusaciones ni exaltaciones). Esa diafanidad serena que se persigue no está en la invención de una identidad verbal, sino en la asunción del fracaso personal y su superación.
Un poema no es disgregación, sino congregación, urdimbre ecléctica; trazado de un camino claro, no amontonamiento de adoquines inconexos. Transformar el caos en orden: esa es la poética. El desorden locuaz o verborreico de la escritura automática mallarmeana ya cumplió su función.
Valgan como tentativa de esto último (ma non troppo) los tres textos que siguen: son presencias ignoradas de esa aceptación de la naturalidad expresiva, resumen y llave de la contumaz y adrededemente laberíntica.
Reproduzco el fragmento inaguardentoso de una de las muchas cartas aguardentadas que conservo; y dos poemas (no exentos de ese titubeo expresivo), uno inédito y no recogido en libro y otro con una evidente errata que indico entre paréntesis.
1)
Redován, 1 de junio 96
Mi querido amigo:
Una noche nos interrumpió sin querer un niño... era mi sobrino Toni, para mí algo así como para ti tu Pablo... La ternura que traslució la sonrisa que le dirigiste es la más hermosa imagen que conservo de ti, el gesto que más agranda tu figura en mi memoria. Esto he tenido ganas de decírtelo muchas veces...
Pepe Aledo se ha comprometido a ilustrar mi libro "En tu punta lugar". De todos mis poemarios es el que más fuerza de unidad tiene... espero que lo presentes tú... Dale recuerdos a ... tanto si sigues como si no sigues con ella... y recibe un abrazo de un amigo que te bienmalbienquiere y admira sobre todo... 2) Regla Camina la resonancia que transmuta tu sendero en ignición de humedad quebrada como los muros de la luna que acaricia rebelde inercia de ramas y tu amoroso deber te dé del tiempo el aroma que odia buscar. ¡No podemos, solitaria espiritual, estar aquí menos solos: vivir es haber hallado!
(De una carta de Miguel, 1 de junio, 96)
3) Oración
Venenosos sarcófagos de las procesionarias colgando de los pinos, algodonosa borra tejida por la niebla de nadie. Cielo muerto de noche: estrella viva de amor, sólo de amor, hazme fiel a la tierra que (si) silencia los huesos, con tu sed, de mis sombras: resécame la música, avéname las venas de existencia esenciada.
Comprende, amada mía, que es difícil conciliar los gladiolos con las rosas o los narcisos y las azucenas. Une en un ramo uvas con arándanos y sus colores cegarán los ojos
como estrellas que extinguen su fulgor.
Así nuestras virtudes son defectos
si no las rige la serenidad.
Del mismo modo y por igual motivo debemos separarnos: porque juntos, aunque esplendentes, nuestros corazones convierten su ebriedad en un infierno.
El mundo camina tan deprisa que a menudo el ser humano no puede seguirlo y se estanca en su carrera interminable. Antes se necesitaban siglos o décadas para que se alterase nuestro alrededor y, por tanto, se reciclase adecuadamente nuestro interior. Ahora el progreso anquilosa de un día para otro nuestra mente en el día, el año o la década pasada. Y ya somos peregrinos de un desierto en el que pocas arenas movedizas se comprenden. Convivimos -de mala manera- aquellos que piensan como en el siglo pasado, los que piensan en 1984 y los que fantasean con el futuro: irreconciliablemente. Somos nuestros propios alienígenas.
La proliferación de medios comunicativos, paradójicamente, ha distanciado a las personas y sustituido la enriquecedora conversación por superficiales telegramas electrónicos.
No se puede detener el Progreso; pero parece innegable que deshumaniza. El individuo ha sido suplantado por la muchedumbre, y el valor del corazón por la moneda y el precio del dinero. Las tecnologías han alargado la vida, pero los longevos no saben qué hacer con ella. El "estado de bienestar" no quiere -o no es capaz de- acabar con el "estado de malestar": y los cadáveres del hambre continúan creciendo.
Se han cambiado los valores que rigen la conducta, hay menos guerras cruentas... pero el sufrimiento no ha decrecido...
¿Tan difícil es conciliar el inevitable avance social con el avance humanitario y el reparto de la riqueza para acabar con la pobreza?
¿Cuándo se creará, por ejemplo, un Ministerio Universal de la Solidaridad?
y no saber cómo dejar de amarlo porque anhelas que un día llegue a amarte: el amor se transforma en sufrimiento y el sufrimiento empuja a amarlo más. De ese modo he caído en tal abismo que cuanto más te alejas más me acerco
y cuanto menos me amas te amo más, pues más amor espero cada día sin causa ni esperanza ni razón.
Qué doliente pasión, qué oscura luz. Qué triste que amor funda vida y muerte.
Para vivir nos basta con haber nacido y seguir unas normas sociales.
Amar es otra cosa: es una fiera que de pronto nos topa el corazón y nos muerde la carne.
Convivir sí es difícil. Primero hay que vencer al egoísta que hay en nuestro interior, hacerle comprender que las masas no cuentan, que lo que importa es la solidaridad de dos que se completan y toleran, que mantienen su individualidad sin interferir en la del otro y al mismo tiempo forman una unidad de dos interdependencias. Es preciso haber vencido a la fiera del amor que nos enfebreció, domarla, domesticarla, convertirla en animal de compañía, quitarle su agresividad, meternos en su piel como en un traje cómodo que nos ayuda a vivir con alegría y también sin cupidos, ni hadas, príncipes o princesas. Volver a enamorarnos, sí: enamorarnos de lo cotidiano, de la dicha del sosiego.
No es difícil conseguir que nos amen; lo difícil es lograr que nos sigan amando.
Decididamente: no es fácil convivir. Sobre todo cuando se espera que sea el otro, la otra, quien lo dé todo.
En los años cincuenta alicantinos predominaba, junto al tema social (Manuel Molina, Ernesto Contreras...), el religioso, más eclesiástico que espiritual (Santiago Moreno, Vicente Ramos...). Fue RafaelAzuar (*) quien, con un espíritu proteico, más helenístico y sensual, juntó lo pagano y lo cristiano, el amor hogareño y el amor pánico a la existencia, tratando de conciliar a Dios con los dioses. Dios está en la Naturaleza, como se observa en el siguiente poema.
El título inicia una estampa del origen de la creación. 20 endecasílabos arromanzados -y no muy inspirados, pero sí algo deslabazados, como si el poema estuviera sin finiquitar- pretenden ilustrar el instante en que empezó el mundo: milagrosamente, una luz, "eco de Dios", intemporal, abisal y cegadora, como un "éxtasis de almendra", ilumina, creadora, los elementos arcillescos: "el arroyo, el árbol y la tierra".
Fiat lux
Rodeados de sombra luminosa, de una luz que nos ciega y nos desvela, inmensa luz desconocida, intacta, que gira como rosa dulce y lenta ... ¿Desde cuándo, hasta dónde, la luz gira? Y nadie puede ungirla, detenerla, tocar su entraña de amorosos hilos, desnudar en el aire su materia. Eco de Dios que de los cielos vino, abismo cegador que al alba llega. Nunca fue una palabra obedecida de tan hermosa y ejemplar manera. De Su palabra al rayo un breve instante generador de un éxtasis de almendra, una mañana desde dentro y pura que ignoraba su eterna primavera... Y nada que rozar y nada en torno... ¡Solo la luz, sobre la nada inmensa! Más tarde, la luz pura y detenida sobre el arroyo, el árbol y la tierra.
(*)
Hace años enviaba yo a diferentes alumnos a entrevistar autores, a fin de que viesen que la literatura no era un cementerio de cadáveres del pasado sino también una ciudad de vivos del presente. Conservo una vídeograbación de Azuar, entre otras, hecha en su casa -a la que él me había invitado para entrevistarme años antes y cuyo coloquio publicó, junto a algún poema, en un periódico alicantino.
Mi nombre es Odiseo, el que divisa desconocidos horizontes, légamos de otras maneras de entender, vivir y circunferenciar el universo. Amo la lejanía, en la que hallo a quienes, como yo, quieren ser otros para ser uno ecléctico de todos. Mi camino es el mar, cuyas orillas me descansan del viaje de la búsqueda. Mi bitácora apunta mundos nuevos, fecundas realidades, argonáuticas lejanías. Las olas son caballos, émulos del troyano, que me abisman en torbellinos mientras me dirijo a mi origen, la cruel constatación de que ayer y mañana son otro hoy. El tiempo es un camino inexorable y el pasado regresa como un túmulo. Yo soy un cinegético animal. Busco el amor en cada singladura mientras Penélope en sus brazos mi cárcel va tejiendo y destejiendo.
y no saber cómo dejar de amarlo porque anhelas que un día llegue a amarte: el amor se transforma en sufrimiento y el sufrimiento empuja a amarlo más. De ese modo he caído en tal abismo que cuanto más te alejas más me acerco
y cuanto menos me amas te amo más, pues más amor espero cada día sin causa ni esperanza ni razón.
Qué doliente pasión, qué oscura luz. Qué triste que amor funda vida y muerte.
Cuando a los estudiosos les da por perseguir y exhumar a un autor no lo dejan en paz. A buen seguro que este poemilla elemental que sigue no nació de la pluma de Trovadorius -aunque bien pudiera ser-. Aquí lo copio, por si quizás, tal vez y acaso...
Un homenaje y recordatorio de Nemesio Martín; y una lectura del propio autor.
Ante tanto testimoniazgo, me limitaré a decir que
"Los libros son los seres humanos que más amigos tienen".
(La construcción del poema)
1)
Hay autores que trasvasan la escritura de otros a la propia, y autores que atribuyen su vida -y su escritura- a otros. A veces la literatura acaba colonizando la existencia y usurpándola. Aunque "la vida no la dictan las palabras", sino que, al revés, siempre acabamos autobiografiándonos: desnudos o con disfraces.
En Nemesio Martín Santamaría hay esas dos plumas que confluyen en una, dictadora o esclava de la otra, pero libres ambas como ejercicio de confesionalismo involuntario y de voluntaria devoción por los muchos poetas que en el mundo profesoril han sido. Ya el título de su primer libro, "Innumerable sonrisa", procede -o no- de un verso de Juan Ramón Jiménez: "... mar pleno, innumerable sonrisa", que a su vez procede -o no- del "Prometeo encadenado" de Esquilo: "... fuentes de los ríos, y sonrisa innumerable de las olas marinas...". ¿Sonríe innumerablemente la poesía de Nemesio? ¿Es elegiaco o hímnico? La vida es erotismo y óbito, fragmentos de fuego y de ceniza. Y la escritura es eco de esa dicotomía.
Me pregunta su viuda qué poemas me envía, de qué tema, si largos, cortos, publicados, inéditos... No hay -no debería haber- más que poemas buenos: los que nacen regulares deben mejorarse hasta convertirse en buenos, o tienen que desecharse para que no existan los malos. ¿Juveniles, de madurez...? Ninguna circunstancia altera la esencia; y, al final, sobran todas: incluso el autor pasa a ser una circunstancia del poema. Porque un poema es la suma de todo lo vivido y lo leído, el goteo de todos los manantiales de los que hemos bebido: los milenios de historia humana y de escritura asoman en cada acto y en cada palabra unida a otras palabras. De modo que las obras -músicas, cuadros, versos...- que perduran son las que, independizadas de sus abalorios, fechas, datos... se salvan del naufragio del tiempo, ese invasor de la existencia que solo acepta en su lecho a quienes nunca fueron mestureros ni versópatas.
2)
El poema aquí recogido, aunque brota como una estampa social, no se deja vencer por el social-realismo, la denuncia de la inmigración y sus hambrunas, sino que va abandonando el "cuadro de costumbres" y muestra con delicadeza y con ternura lírica crecientes un hecho de la vida cotidiana: la niña que "venía de la mano con mi hija"-. También, como poema-cuento más que como documento, ni el tema ni su expresión eluden las alusiones literarias, todas relatoras: Las mil y una noches ("Aladinos intrépidos / por los mágicos cielos ...") o el Rubén Darío de A Margarita Debayle ("en el palacio, malaquita y oro / de un visir de Bagdad..."). La inocencia de la niña echada al mundo y sufridora de sus infortunios estremece al poeta desde "sus ojos o ascuas / de diamante vivo", quien acaba, como al final de El pequeño príncipe, ("si alguien la encuentra..."), pidiendo a los lectores que agradezcan a la niña "tanto amor y miel / como ella nos dejó". Así, como tantas veces repito, lo que empieza en elegía termina convirtiéndose en himno.
Marién
Marién o el cutis de azucena turbada. Marién, sus ojos o ascuas de diamante vivo alzados sobre un tallo de lírico cristal. Marién o aquel aroma que olía sólo a alma. Marién, siete años...; lo demás no era Marién, sino la vida misma: vino del norte de África por detrás de una estela de azules golondrinas; vivía en un cuartucho con cinco hermanos más; todas las tardes venía de la mano con mi hija, veía en el tazón de leche tibia el rostro de su Alá; se arrebujaba luego en un silencio tejido por las lunas profundas del desierto, o se abrían sus ojos como dalias de asombro ante el grifo del agua templada de la ducha y la luz de las lámparas. Una tarde al salir dejó por los pasillos un reguero de indolentes camellos, colgó oasis de ensueños y dispuso alfombras voladoras de Aladinos intrépidos por los mágicos cielos de las mil y una noches. No la hemos vuelto a ver, y no sabemos si las mismas azules golondrinas la devolvieron a su aldea de adobe y cabras en las dunas del desierto, o si vive hacinada en una miserable chabola de París. Si a principios de agosto alguien la encuentra en una furgoneta de tercera mano dirigiéndose al Sur por alguna autopista, o en el palacio, malaquita y oro, de un visir de Bagdad, le diga, por favor, que no sabemos qué hacer con tantos dátiles, tantos higos y pasas, y tanto amor y miel como ella nos dejó.
C)
Paralelo al anterior parece el siguiente, o un ensayo, o reiteración, del mismo. Indefensión de la infancia, miseria, ojos... Ambos son inéditos.
De azul cobalto Tendría quince años, tal vez menos. Su cabello pajizo, el dibujo afilado del mentón y los pómulos denunciaban su origen: un país miserable, alguna ex república soviética. Clavado allí, en el cruce de grandes avenidas donde se hacen eternos los semáforos al comerciante que regresa a comer, al funcionario que ha estrenado un Volkswagen con la última bajada de créditos. Una pequeña niña dormía en el parterre, bajo sucias adelfas: una muñeca con el pelo de estopa que fuera allí arrojada desde uno de esos coches que rugían en medio del asfalto, en medio de un verano de cemento y de plomo, de derretida angustia. Clavado allí, en el cruce, extendiendo su mano hacia las ventanillas, hacia los rostros de mirada de hierro, hacia el hermético, divino receptáculo de aire acondicionado de pulcras y adorables secretarias que exhibían sus uñas de puma felicísimo. Nadie vio entre el vaho vomitado por los tubos de escape ni entre el estruendo de las explosiones los ojos de cobalto de ese niño: eran dos ríos de puro desamparo; eran dos lanzas, dos cristales agudos acuchillando un cielo de vesania. Recuerda: las monedas que le hemos entregado no son el precio al confortable lujo de tu conciencia trémula; son la cadena con la que has atado tu corazón al mundo: una cadena azul, azul cobalto.