Predeterminación
Los antiguos maestros jamás se equivocaron
en lo que rige el mundo. Por ejemplo, el dolor.
Qué bien que comprendieron su función en la vida,
cómo unos hombres sufren
mientras los otros cenan, o cierran la ventana,
o caminan sin rumbo. Cómo, ya que hay ancianos
que esperan un milagro, también existen niños
que juegan sin pensar en un futuro.
No olvidaron jamás los hombres sabios
que el sufrimiento es una ley del cosmos
que, como la alegría, se adueña con igual indiferencia
de débiles y fuertes, y salvaguarda al mismo tiempo a otros.
Por ejemplo, observemos el Ícaro de Brueghel:
con qué armoniosa magia se expone su tragedia
sin nombrar lo evidente: que un labrador
oyó el fragor del agua y el grito del doncel.
Y no dio fe de ello.
Que el sol brilló tanto en el mar como en el blanco
cuerpo cuando se ahogaba; y nadie se inmutó
-ni siquiera el pintor: porque nada hubiese cambiado
ni en el ayer ni el hoy-.
Así el bello navío -también en otra elipsis-
continuó su viaje ajeno al sufrimiento inevitable.
Y es que está todo predeterminado.
Y el universo es solo un cementerio.
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