Como los libros no cabían en casa, saqué cuantos pude fuera, junto a la barbacoa y dentro de su albergue; y aunque cubiertos para evitar la lluvia, el viento los lee cuando quiere, los desploma y los vendavaliza entre mis vecinos, cada día más sabios en protestar por el follaje libresco que diluvia sus jardines.
En la parafernalia libreril hay volúmenes antiguos, algunos muy preciados, y otros tan viejos como mi adolescencia, aquellos que me hicieron como soy en gran medida, ya que canalizaron mi sentir.
En veinte años, solo a cuatro o cinco personas he abierto mis puertas, y alguna de ellas ha protestado de que inutilice la barbacoa por guarecer los libros.
¡Qué voy a hacer, si no me gusta más que la carne humana encuadernada!
¡Antropofagia!, dirá alguno.
Exactamente. El hombre convertido en libro es el animal que mejor alimenta al hombre.
En una librería de "viejo" he encontrado 6 ó 7 títulos míos. Algún lector, cansado tal vez de ellos, allí los basureó.
He pensado en comprarlos y rescatarlos de ser cadáveres del tiempo; pero para qué, si tampoco yo voy a leerlos, pues una vez escrito no me interesa lo que escribo. (Ya he dicho que escribo para descubrirme, para saber quién soy por dentro).
Allí seguirán, envejeciendo tal vez más noblemente que yo, que aún no quiero admitir que escribir no sirve para nada o, en todo caso, para librarse de cuanto le sobra a nuestra mente en la búsqueda de su equilibrio. Antes creía que acaso también serviría a quien se tropezase con nuestra escritura.
Cuando leí la historieta de la manzana que Eva entregó a Adán me sacudió cierta ira contra aquella mujer que, siendo criatura de un Dios bondadoso -según los profesores del colegio-, trasladaba su culpa a su novio -o lo que fuese-. ¿Cómo podía ser que de la Bondad divina naciera un Diablo malvado que enamorase a Eva para que Adán hallase el gran castigo? ¡Vaya un cuento de hadas migratorias!
Después supe de otra manzana y olvidé la primera: un sabio llamado Newton, al contemplar la caída de una manzana, revolucionó las leyes del universo. ¿También esto era un cuento para niños?
Me persiguió tal maravilla y un día entendí el porqué de su importancia para mí: como cualquier infante, yo soñaba un edén que abrazase mi vida y la de todos. Amaba la perfección, el equilibrio de las cosas, el sosegado rumor del pensamiento, la quietud de las sensaciones ordenadas y fuera de toda tortura desestabilizadora.
Así pues, lo que me importaba no era la gravitación universal, sino que tal ley demostraba que el mundo, las cosas, las personas fluían hacia la felicidad, ese estado tan, al parecer, inalcanzable. Que yo era aspirado por algún Succionador de la Belleza o Artífice Supremo hacia la Armonía: y que si los astros se conjuntaban armoniosamente en un viaje perfecto también yo haría ese viaje; con lo cual lograría integrar la plenitud en unos pocos versos: que un día escribiría el gran poema.
Desengaño fatal el que sufrí: pues trepar el camino de la vida es bajar al infierno de las limitaciones y la indefensión. Y las palabras sabias siempre me han dicho: no somos para ti.
Has llegado hasta mí y has dicho: Deja la pluma y ven, escribe en mi cintura un tatuaje de amor interminable. Yo he dejado el poema, cuyos versos no surgían precisos y, rodando, hemos caído el uno sobre el otro, convirtiendo los cuerpos en la más elocuente palabra: la furiosa conversación de nuestra carne ha sido el hermoso poema que buscaba. Ahora me basta con copiar la luz y el resplandor de nuestros corazones para que el verso fluya luminoso.
Cuatro años y tres días cumple este blog. Nació azarosamente, y no contaba sino 24 horas cuando empezó a andar, titubeante y sorprendido de que le prestasen atención seres lejanos y desconocidos.
Y aquí sigue, caminando día tras día, recogiendo la lluvia que se derrama de mi pluma, o mi teclado, sin orden y con bastante desconcierto. Ya es como un diario sin forma de diario en el que me confieso abierta o encubiertamente, vistiéndome de verso, prosa, llanto y risa, para que los fantasmas se disipen. Además: muchas veces he dicho que algo hay que hacer mientras la vida fluye hacia la muerte.
Me sirve, tal vez, como al deportista: para quemar las toxinas que de otra manera arderían conmigo, dentro de mí, y me convertirían en una antorcha viva y una muerte sin fin. Ojalá ese fuego sirva, al menos, para dar algo de luz a quienes de vez en cuando se asoman a estas páginas desganadas pero que aún no puedo abandonar. Me han servido, además, para unir la música, la imagen, la palabra, en un todo de origen sinestésico, como si mi sueño de ser Wagner o Scriabin se acercase a su materialización y acariciara la obra total.
Algún día tal vez sienta que he escrito una entrada que me parezca digna y en la que encuentre al menos una breve respuesta que me dé algún sosiego. Entonces podré colgar la pluma como hizo Cide Hamete: sabiendo que todo está consumado. ¿Qué será de mí entonces, si solo soy mi pluma?
Tras masajear su sexo con la ducha para aliviar la ansiedad, Gólgotas se dispuso a ordenar sus emociones a fin de que sus pensamientos fueran lógicos y no solo imprescindibles para creerse en posesión de la verdad. Resumió las palabras del diálogo, más abrupto de lo que hubiera sido necesario:
Si repaso cuanto hemos dicho como si fuera algo que no me atañe quedaría lo que importa: que, a fuerza de apasionarnos y gesticular, hemos convertido la conversación en disputa, como otras veces. Ciertamente, razonador el uno y mal perdedor el otro, nunca estaremos de acuerdo en nuestros méritos o deméritos: porque a nadie le gusta ceder. Tal vez no se equivoca cuando dice:
- "Varias veces has permitido que tu agresividad me trate como si fuera culpable. ¿Por qué crees que voy a querer que se repita?".
Es cierto: Yo quiero tener razón sin aportar más razones que las de mis impulsos: porque la ansiedad me impide hallarlas y me empuja a defenderme farfullando; y para descalificar sus razonamientos digo que posee más dialéctica que yo. Pero en realidad, ¿qué es la dialéctica sino la capacidad de convencer utilizando acertadamente la expresión del pensamiento: convirtiendo en palabras lo que otros no logran convertir porque no sienten con claridad o no resuelven verbalmente con sensatez? Así que hablar serenamente y con propiedad, y construir silogismos sensatos, no es, negativamente, "tener labia", sino poseer ojos síquicos para mirar lo que otros no ven y armonizarlo en un breve discurso.
¿Seré yo quien está en un error y me niego a enmendarlo? ¿No soy yo, efectivamente, víctima de mi inseguridad y veo fantasmas donde solo está mi propio temor, que es el que los inventa? ¿Por qué estamos siempre conversando-discutiendo sobre lo mismo? ¿Acaso los actos no son las mejores palabras y las únicas que no mienten? ¿Por qué nos empeñamos en que las palabras demuestren lo que solo los actos pueden demostrar? Es lógico dudar; pero es enfermizo dedicarse a dudar.¿Por qué permitimos que las dudas sobre si nos quieren impidan que queramos sin dudas?