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viernes, 7 de octubre de 2016

La fecha de nuestra muerte

Malher: Adagio V, transcripción piano

¿Por qué damos a la muerte el significado de fin absoluto y no el de metamorfosis, o umbral para otro espacio y otro tiempo? 

¿Es el cuerpo el receptáculo único, o provisional, de la mente? 

¿Es la mente una energía incorpórea, o también es una materia desconocida, y no clasificable, para nosotros? 

¿Ser mortal significa dejar de existir? ¿Cuándo cesa la conciencia? 

¿Acaso somos nada más que material fungible, un proyecto de cadáveres, o abandonamos estos para entrar en otra dimensión? 

El universo es tan inmensurable que la muerte como acabamiento no tiene en él cabida, y contradiría su infinitud. 

Si existe una Conciencia Inteligente que desarrolla un Mundo Expansivo, ¿por qué no seguir la misma causalidad consecuencial y considerar que la vastedad del universo admite la coexistencia de cuanto ha vivido, y que esa reencarnación hace posible una nueva edición, corregida y aumentada, de este libro de vida insatisfecha que somos? 

Eso no nos evita la angustia de sabernos mortales, pero permite la esperanza de que no haya un final definitivo. 

Y si lo hay, ¿qué?


jueves, 6 de octubre de 2016

Como una despedida


Nada se me ocurría como entrada de hoy. Y me he puesto a escribir esta casi atávica tontería, en forma de alevosos y contumaces pareados monorrimos, que me apresuro a descargar sobre el sufrido lector antes de que mi conciencia recobre la cordura:

Una cosa rara

Yo transitaba por mi vida como

si la vida me fuese ajena, como
si algún demiurgo cósmico se hubiese
empecinado contra mí y hubiese
confabulado el orbe contra mí
diluviando naufragios sobre mí.
Ni el manantial ni el sol me solazaban,
ni el pájaro o la luz me solazaban.
¿Qué podía yo hacer si no podía
conseguir el sosiego, ni podía
iluminar las sombras de mi mente
serenamente y sosegadamente?
En mi lluvioso corazón llovían
grises tormentas, y cuanto llovían
ahogaba mi sentir, mas no mi muerte
cotidiana de combatir la muerte.
Un rayo, una esperanza, alguna estrella
que desbocase el rumbo de mi estrella
hacia la dicha de la plenitud 
es lo que yo esperaba: plenitud.
Vi unos ojos mirar mi sufrimiento 
y supe que era el fin del sufrimiento.
Aquel cuerpo celeste hecho de tierra
me daba luz, me alzaba de la tierra.
Las criaturas, al fin, resplandecían:
en mi pecho su luz resplandecían.
Y yo amé aquellos ojos amorosos.
Pero, ¡ay!, que aquellos ojos amorosos
se cerraron un día para siempre;
y me abrazó la muerte para siempre.



miércoles, 5 de octubre de 2016

El abrazo golgótico

Saint-Saens: Bacanal

Él le rumiaba los gólgotas y ella sangraba su pino. Una y otra vez y una y otra vez. Hasta que un día dejó de ser así y entonces dijo él:
     - En este mundo en el que nadie parece entenderse creo que habíamos llegado a un entendimiento eficaz y liberador: tú transitabas por tu vida, yo por la mía; y de vez en cuando las uníamos. Habíamos asumido, sin proponérnoslo, un pequeño compromiso que nos permitía libertad y recíproca serenidad. Ahora parece que te has desentendido. Si es así, dímelo para que las normas que no existían no parezca que sí nos esclavizaban a esa agradable costumbre. 
     Ella, golgotosa y hermosa, dijo que no, que si los malentendidos, que las carreras de la vida… pero que todo continuaba igual.
      Sin embargo, esas pequeñas cosas rutinarias, y el amor propio herido, aun sin causa, siempre encuentran motivos para aplazar la reunión en la que hallar los pequeños edenes: y el primer paso se iba retrasando. Hasta que no llegó la nueva cita.




martes, 4 de octubre de 2016

El fracaso social, 2

Hols: Marte, el portador de la guerra

     El mundo no tiene solución, viene a decir Don Quijote cuando se decide a dejarse “morir, sin más ni más”; y, por eso, mal que le pese a la existencia, los mejores años de Robinson Crusoe son los que pasó en su isla solitaria, lejos del mundanal bullicio, donde querían estar Horacio, Fray Luis y tantos otros, incluso el sabio Edmund Gwenn, fugitivo en “Calabuch” (Berlanga, 1956). No es extraño, pero sí terrible, que Shopenhauer propusiera como única forma de vivir con algún sosiego la consistente en “matar la voluntad de vivir”, regresando al budismo y al evangelio, que suponen una gran bofetada a la política y sugieren que el hombre, en verdad, solo es, como quería Aristóteles, un “animal político” porque necesita defenderse de los otros animales llamados hombres. Y no es casualidad que los héroes magisteriales sean capitanes armados que han impuesto un orden convivencial por la fuerza: Alejandro, Napoleón y otros estrategas que dieron a su inteligencia la forma de una espada.

G. Bellod
     3.000 años de guerras han creado un sustrato social de violencia del que es difícil escapar, a menos que surjan muchos Gandhi en cada país. La guerra siempre ha sido “santa”, tanto para Mahoma como para los cruzados, Hitler o Kennedy. El hombre, a su pesar, ha hecho de la violencia una forma de vida, un método de supervivencia. Somos guerreros cinegéticos, belicosos vestigios de un pasado que parece inserto en los genes y que la razón aún no ha conseguido erradicar. 
     Con esos antecedentes parece tristemente lógico que las ideologías se enfrenten en vez de compartir, que los parlamentarios disputen en vez de conversar, y que las circunstancias adecuadas -casi siempre, contrariedades a nuestro egoísmo- enciendan la espita y estalle la bomba interior.
     Una esperanza queda: puesto que somos buenos por naturaleza, bastaría con no torcer esta para que en una sola generación el mundo fuese otro. Pero al niño no lo enseñan niños con genuinidad o inocencia adulta, sino hombres que adulteran su infancia en cuanto tienen conciencia de que el tiempo es definitivamente oro que hay que convertir en dólares o euros cuanto antes: y esa prisa hace olvidar la sensatez en el camino, crea agresividad, transforma a todos en competidores y enemigos, desata la violencia, no respeta familias, ni instituciones, ni éticas, ni leyes, ni castigos. 
     Todo en el mundo es guerra, afirmaba ya Heráclito

lunes, 3 de octubre de 2016

El fracaso social

Canción Maktub

Contemplando los siglos observamos que hay dos impulsos sicológicos y dos fuerzas sociales que se disputan el concepto de existencia colectiva: 
1) Era común entre los egipcios atenerse exclusivamente a lo establecido, rechazando cualquier innovación en las costumbres (por eso Akenatón, que quiso gobernar con más amplias miras, proponiendo el monoteísmo y que Nefertiti fuese la primera mujer monarca, fue postergado). 
2) Por el contrario, era igualmente común entre los griegos practicar nuevos modos, huyendo del estancamiento en lo ya experimentado.
     Pudiera decirse, simplificando, que Egipto representa el primer gran absolutismo inmovilista, y que Grecia es el prototipo de la búsqueda de un equilibrio entre pueblo y Estado para hallar una fórmula concluyente en que el Estado es el pueblo. Hoy hablaríamos de reaccionarios y progresistas, derechas e izquierdas, y ambas tendencias tienen en Egipto y Grecia sus orígenes.
     La historia del mundo es el resultado del enfrentamiento de esas dos actitudes; y aunque la mirada egipcia, predominante hasta hace poco, vaya siendo relegada por la visión griega, la verdad es que las democracias actuales tienen mucho de dictaduras disfrazadas. Quizá por la pérdida, descomposición o alteración desorientada de lo que Confucio llama “las raíces de la humanidad”, que son la familia, la fraternidad y el respeto a cuantos nos rodean, bases de la buena convivencia. 
     Tal vez el fracaso de la sociedad como viaje hacia la paz y el bienestar solidarios es lo que llevó a Buda, por ejemplo, a desentenderse de la vida social y a buscar la sonrisa feliz en el propio corazón, enseñando a no desear nada del mundo. Desprecio semejante, y amor semejante, predicaría después Jesucristo. Y sin embargo, como más tarde Rousseau, todos sostuvieron la bondad innata del hombre, al que la colectividad convierte una y otra vez en lobo de sí mismo y para los demás, según la sentencia de Plauto universalizada por Hobbes

domingo, 2 de octubre de 2016

La isla del tesoro, 2

Borodin: En las estepas...

Los libros son las personas más sabias -y las únicas vivas perdurablemente-; así que: ¿cómo negarse a hablar con ellos? 
     Séneca anotó: Mis conversaciones más frecuentes son con los libros
     Quevedo ilustró esa frase con estos versos: Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos. 
     Y  Descartes lo prosificó así: La lectura es una conversación con los hombres más Ilustres de los siglos pasados. 
     Incluso Maquiavelo afirma: Al hablar con los libros no temo la pobreza, no me altera la muerte
     De modo que la soledad no existe mientras exista el libro. 
    De lo anterior se deduce que el pensamiento es la causa que ennoblece la existencia; y, puesto que la sabiduría se deposita en los libros, quien no lee desprecia a sus antecesores y no aprende a pensar idóneamente, con lo cual se equivoca o acierta menos en su vida. 
           Dice Hölderlin que solo es feliz quien halla un destino a su medida
     Afirma Angrac Ianto que los libros son heraldos del porvenir y estrategas del mañana. De modo que solamente leyendo aprendemos a trazar ese destino. 
     Enseñemos el amor por la lectura y cambiaremos el mundo: porque el libro es la palanca de Arquímedes del progreso. En los libros está la vida. Y por ello, quien no lee es un suicida. ¿Dónde sino en los libros se guarda la memoria de la paz y la guerra, de las virtudes y de los defectos, del positivismo y de los fatalismos? 
     Platón dijo de la escritura que era el fármaco de la memoria. Tal vez por eso Borges afirmó: Otros se enorgullecen de lo que han escrito; yo, de lo que he leído. 
     El gran lector que fue Alonso Quijano el Bueno afirma: Yo sé quién soy y sé que puedo ser todos. 
     Todos somos hijos de los libros. Sin ellos no existiríamos. Por ellos el cerebro es la mayor biblioteca del universo.

sábado, 1 de octubre de 2016

La isla del tesoro.



En el principio, el hombre era un ser desorientado. Todo le sorprendía y asustaba en aquel universo de tinieblas. El automatismo de su conducta empezó a ser observación reflexiva y surgió el pensamiento, el encadenamiento de las causas a sus consecuencias. 
            El arca de la experiencia se enriqueció y no bastó la tradición oral: brotó la escritura para que el presente, como un sabio testigo, fuese un pasado aleccionador del futuro. Nació el libro como resultado de la cristalización del pensamiento, como legado de los empirismos para aprender a no tropezar dos veces en la misma piedra y para que la experiencia, asegurada por generaciones, fuese el primer peldaño de la torre de la sabiduría. Lo que el hombre había resuelto durante milenios de observación y reflexión podía conocerlo un solo hombre, cualquier hombre, leyendo su pretérito. Quien leía engranaba en cada instante de su mente siglos de filosofías, multitud de maneras de vivir.
         En aquella aurora de su inteligencia, el hombre sintió la inmensa soledad ante los firmamentos de la vida y la muerte. Pero escribiendo hablaba consigo mismo, y para los demás; y leyendo, escuchaba a los mejores conversadores que pudieran hallarse. Se decía y oía cuantos problemas y sus soluciones se habían dado hasta entonces. La incomprensión y la indefensión se exorcizaban con la escritura y en la lectura. Así, escribir y leer se constituyeron -y se constituyen- en el mayor acto de solidaridad y consuelo frente al inmenso abismo de la noche interior. 
     Mucho más que eso: descubrió que el libro es la verdadera isla del tesoro.