El sinsentido
Subimos la montaña y el halcón
ondeaba los árboles, los riscos
ondeaba los árboles, los riscos
y los cielos. De pronto un ciervo herido
tiñó tu blanca túnica y me vi
rodeado de siervos flechadores;
y un ballestero insomne -que era yo-
sedujo por su estampa medieval
el paisaje con su brumosa lluvia,
injertando aristócratas juglares
en la noche del tiempo o de mis ojos.
La música y la guerra entremezclaron
sus mágicas liturgias y tú y yo
somos protagonistas de esta historia
que leo en este códice inextenso.
La biblioteca del castillo endulza
los ojos y los siglos con extremas
miniaturas danzantes. Un copista
moja la noble péñola en tu sangre.
Y la epopeya anónima pervive.
Mozart: C piano 21
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