Exequias (Acuarela)
Ha muerto la gentil Infanta de Ravel y su Bolero llora inacabable.
Una trompa se adueña del lamento y este se transfigura en las gráciles lágrimas del piano.
Suena el tejido musical como una incandescencia.
El leve son transmigra de un instrumento a otro.
En el mar de la vida la muerte es un arrecife que nos lanza al naufragio.
Amanecemos vestidos de existencia y en el crepúsculo morimos.
¡Si pudiera dejar dormir mi cuerpo y despertarme en otro!
¿Si la vida es un sueño no puede ser la muerte un despertar?
La Infanta es un emblema de hermosa juventud que merece una oda en vez de una elegía.
En su cuerpo se agrupan todos los firmamentos.
Cientos de pentagramas se esfuerzan por cantar su sonrisa robada, su danza apenas silueteada, los breves pies sedentes en armoniosos brincos.
El fúlgido destello brilla entre las doncellas de la corte española.
Allí se alzan y mezclan corcheas y rubatos, forjando un paraíso adanevánico.
¡Arráncame esta pena que me obliga a danzar!
Aristocrático y triste, el obstinato derrama su cadencia.
Los 600 compases quieren dictar silencio con su música cíclope, sísifa, jánica.
Lejos yace la alegría si no canta en la noche.
Aquel que canta a la existencia apacigua la muerte.
Las blanquecinas manos brillan dentro del féretro.
El ritmo pertinaz es un bordón creciente.
El dolor se traduce en un enjambre de ruidos ensalmados.
Una onomatopeya como una sierpe errante es el bolero.
Las rosadas mejillas son ya alelíes pálidos.
La capilla se trunca en un palacio dulce, y la cortesanía inicia una liturgia.
Se marchita la rosa en el ocaso.
La brasa ya no es lumbre en la mañana.
Un pájaro se inviste de metrónomo.
Desde su pequeñez el músico pronuncia: "¡Le Tombeau!".
Couperin grita nunca más, Fauré.
Se asoman al teclado Polignac y otras gracias con flores y armonías raigales del corazón adolescente.
Qué distinta esta danza a la de Salomé del erótico Strauss.
No hay liturgia más enamoratriz que la de la belleza de una joven muriendo, como ya advirtió Poe y demuestran Julieta y Melibea.
Quien se rinde a la vida solo prueba que la muerte era su esencia antes de que llegasen los sepulcros.
Misantropía es lo que genera el hombre.
Suena en la noche el corno wagneriano / solitario.
Porque, en verdad, la música es la pulsión demiúrgica del hombre.
Continúa, por tanto, el obsesivo ritmo.
Como una espesa triaca.
Igual que un incunable sinestésico.
Y no obstante la niña semejante a Alibech prosigue en su trasmundo.
De nada sirve el lúbrico alazán jineteándola.
A pesar de que no hay vigor más fuerte que el amor.
Por pasillos y túneles y extraños laberintos rugen cascadas ebrias de sangre resurrecta.
Al compás del ludibrio las pestañas no cierran las criptas de los párpados.
La púrpura colgante es un dosel que anhela diluirse.
Cincuenta caballeros desenvainan espadas defendiendo a la virgen y ni una sola adarga sirve de barbacana.
El obstinado piano melancólico lucha contra la orquesta y nada puede.
La muerte es un espejo que quiere convertirnos en su imagen / la muerte es una imagen que quiere convertirnos en su espejo.
"¡Despierta!", hija del viento y de la luna, luz de una estrella ingrávida!".
Mas la orquesta cabalga trizando los teclados, los violines, oboes...
Y agoniza el rumor azul y estático.
Siempre querré saber cómo lo leería la batuta de Malher.
Suena entonces el Testamento aciago:
En verdad, en verdad os digo que debéis entender la vida como el regalo de un viaje de ida y vuelta a una isla en el océano del cosmos, al que es imposible renunciar porque nos es inherente aquello que llamamos nacimiento y defunción.
Es el momento en el que William Orbit estulticia lo lúgubre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario