Cenizas
El cuerpo envejecido se contrae
como vieja armadura, y las herrumbres
de dama y caballero no sostienen
los fuegos que ayer fueron corazones
encendidos, volcados uno en otro
como vaina y espada en mutuo abrazo.
Los besos, que eran almas, ya son ruinas
de un palacio que vive en la memoria
y recuerda el enlace cotidiano
con más asombro que pasión. Ya no es
abrasador el fuego helado. Pero
la boca sigue siendo íntima brasa.
Ha desaparecido la nostalgia
de las flores y el viento en el ocaso.
La luna es un murciélago que sueña
y el hombre el descendiente de unos dioses
que forjaron un mundo de naufragios.
Todos los avatares del dolor
nacieron cuando, nueva Eva, naciste
y mentiste a los hombres y mujeres
con tu disfraz de hermoso y noble espíritu.
Eras azul, igual que un cielo diurno
persiguiendo los astros de la noche,
y las gaviotas parecían blancos
fantasmas sobre el arrecife.
El esqueleto de la hipocresía
de ti tomó la forma.
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