Cuando nada se espera de este mundo, solo queda buscar en el propio mediante la introspección resiliente para salvarnos del naufragio total: tratar de convertir en himno la elegía que somos, respirar la luz que hay en las sombras. Vestigios de esa lucha voluntariosa, aunque en batalla perdida, hay en estos poemas de Antonio Gracia.
Cuando nada se espera de este mundo, solo queda buscar en el propio mediante la introspección resiliente para salvarnos del naufragio total: tratar de convertir en himno la elegía que somos, respirar la luz que hay en las sombras. Vestigios de esa lucha voluntariosa, aunque en batalla perdida, hay en estos poemas de Antonio Gracia.
Falta de talento y perspectiva muestra quien mantiene el machismo o lo sustituye por un feminismo. Un poco más rucio que el rucio de Sancho Panza es quien niega la igualdad de hombres y mujeres ante los derechos y deberes. Pero también escasa inteligencia manifiestan quienes consideran que cualquier fin justifica cualquier medio.
Las circunstancias suelen ocultar las esencias y desvalijarlas de su sustancial contenido. Claro está que el lenguaje es depositario de lo que piensa una sociedad o uno de sus miembros. Pero antes que hombres y mujeres somos personas, y debemos serlo con sensatez.
Por eso me parece insensato, por ejemplo, decir todos y todas, puesto que la lengua, y el pensamiento, incluye a todos en "todos", aunque se pretenda que excluye a todas. Si hay que lavar el lenguaje para descontaminarlo de sus atavismos y ríos subterráneos, sexismos y contrasexismos, que no sea reduplicando los contenidos, cosa contraria al principio de economía verbal. No me importa que sea "todas" la palabra que incluye a todos. Sin embargo, no me suena muy bien peatona, por ejemplo. Tampoco mujeras y hombros, que es adonde quieren llevar el idioma -o el idiomo- algunos criterios y criterias deslumbrantes y deslumbrantas. No es eso lo que pretendieron Mary Wollstonecraf ni Simone de Beauvoir, por ejemplo, ni, tampoco, cuantas han luchado por los derechos humanos de todos los humanos, sea cual sea su condición. El hombre, en su carrera histórica, se ha enfrentado a demasiados monstruos ideológicos; y los ha vencido. Ahora la mujer vencerá los prejuicios de algunos hombres, monstruosos en sus contumacias. En la película "Mi querida señor juez", Jill Clayburgh, cuestionada como válida para formar parte del Tribunal Supremo americano, dice que "ovular no impide pensar". Y eso es todo lo que se necesita: ser capaces de estructurar lúcidos pensamientos que nos lleven a la conclusión de que no es necesario hablar de hombras y mujeros para calificar, por poner un ejemplo, a quienes cambian de sexo.
Seamos más juiciosos y juiciosas y adoptemos o adoptemas el género epiceno o la génera epicena inventando palabras y palabros que sustituyan o sustituyon las y los que ya existen y existoncian.
O evitemos caer en ese absurdo y mentalicémonos: los sexistas (¿o las sexistos?) ya no tienen cabida en este mundo (quiero decir munda): así que ¿para qué tener en cuenta sus macarronismos?
Hace unos 65 millones de años, en el golfo de Méjico, cerca de Yucatán, cayó un meteorito de cinco kilómetros de anchura. La explosión fue tan terrible que ardió todo el planeta y extinguió incluso a los dinosaurios, que llevaban existiendo mas de cien millones de años. Solo sobrevivieron unas pocas especies, entre ellas los lémures, que se ocultaron bajo tierra, donde los gases de la conflagración no eran letales. De ellos descienden los mamíferos, desarrolladores del embarazo, más seguro por alejado del contacto directo con la atmósfera. El cerebro fue creciendo progresivamente desde los peces, vertebrados, anfibios, reptiles, pájaros... Hay tres cerebros que perduran y rememoran toda la evolución desde sus orígenes: el reptiliano, el pajarraquil y el del primate. El primero controla las funciones de supervivencia; el segundo, las de la convivencia; el tercero, ya en el homínido, se desarrolló hasta la inteligencia. Esta creó el pensamiento abstracto, la deducción, la trascendencia, la metamorfosis del anhelo en realidad: y surgieron monstruos y dioses en la mente, verdadero demiurgo del nuevo devenir. Y bien: eso es lo que somos: los seres más inteligentes de cuantos conocemos. Sin embargo somos tan inteligentemente tontos que hemos convertido el Progreso -el homosapiens- en una involución hacia el homo cretinensis y la materia inerte.