¿Por
qué no funciona un sistema de justicia siendo tan sencillo aplicarlo? Consiste simplemente en esto: a quien no respeta la ley se le sanciona. Pero cuando las circunstancias atenuantes o eximentes son mayores que las sanciones empieza el estado de corrupción:
la permisividad. ¿Por qué avisar de que al próximo salto de semáforo se quita
el carné, si el conductor sabe que no debe saltárselo? ¿Habrá que decirle al que comete su primer asesinato que irá a la cárcel si comete otro? ¿Sabiendo esto, acaso quien delinque no
está pidiendo que lo encierren? ¿Por qué se le niega ese derecho? ¿O es que la
sociedad es tan carcelaria como la cárcel y basta con dejar en la calle al
delincuente?
Así es como crece la pirámide corrupta: ladrones
encumbrados en la riqueza o abismados en la total pobreza, ministros sabihondos
constructores de ruinas educativas antes que de edificios educadores,
economistas y dignatarios de la salud que pretenden trasplantar dinero en vez
de corazones... Lo peor de estas cosas -en expresión de J. Cantero- "solo
legítimamente justas" es que la razón de la justicia se ve asfixiada por
la razón de la realidad: y al ciudadano no le queda sino sucumbir ante la
impotencia: que nada se puede contra el poder ni contra la impunidad del
poderoso.
Buscamos el sentido. Trazamos círculos. A veces, aparece un significado, pero todo es vago, como si las palabras ya no dijesen lo que dicen. Por ejemplo: quiero saber lo que significa este azul en la pared. La casa está intacta, ha resistido al tiempo; pero el azul lo ha desconchado el sol del verano, la lluvia del invierno, la humedad salada del salitre. Y lo que significa este azul no es el azul del color de una pared, tan solo. Hay quien ve en él el paso de los años, la fragilidad de la vida; pero hay quien señala los pedazos en que el color desapareció, dejando a la vista el desconchón, y hace referencia a un mundo en ruinas que no es posible recuperar. Pero el pintor llega, coloca la escalera en la pared, disuelve el color en el balde, y aprovecha la semana sin lluvia para igualar todo. Tal vez el nuevo azul no sea igual al anterior; y cuando miro el azul del cielo y lo comparo al de la pared, es como si uno fuese la sombra del otro. En cierto modo, el azul de este cielo me parece más artificial que el azul de la pared. Digo entonces que el hombre perfecciona la imagen que la naturaleza nos da como si ya no fuese posible creer en el cielo. El pintor ya se fue. Después, miro para arriba: hay nubes aquí y allí, y unos pájaros lo pespuntan como insólitas manchas en el infinito. Hace falta allí un pintor para tapar los boquetes y volver a igualar todo. Pero ¿dónde está la escalera para llegar allí arriba? ¿Y cuántos baldes de tinta se necesitarían? Y quedo a la espera de la noche para no ver el azul con las imperfecciones del cielo.
Traducción e imagen: Índigo-2013 (nuria p. serrano)
Nuno Júdice: O sentido do azul
Procuramos o sentido. Andamos às voltas. Por vezes, aparece um significado, mas tudo é vago,
Asistí ayer a la exposición de pinturas de Elena
Aguilera.
Lo
primero que sentí fue una invasión de líneas de trazo grueso y firme caminando
hacia la incertidumbre, hacia la búsqueda.
Luego pensé: “Bien: alguien que cuando pinta intenta
crear, crearse, al margen de las imposiciones comerciales. Alguien que trabaja
con lo elemental, como un descenso al origen de la personalidad: el
elementalismo de quien sabe despojarse de todo lo que sobra”.
Después
consideré: “Esta sala -estas líneas con su aparente dispersión y sus colores
fuertes, con sus pinceladas chispeantes- me invade porque es como una cueva de
Altamira persiguiendo lo primigenio, o haciendo un exorcismo de los fantasmas
personales, o bocetando los ángeles informes que hacen posible que se realice
un sueño. El cielo liberado del infierno puede estar detrás de estas pinturas,
igual que los bisontes o los ciervos no eran tan solo ciervos y bisontes”.
¿Qué
pretende decirse -y, al exponer, decir- la delgadez escueta de un suspiro que
es Elena Aguilera? O sea: ¿por qué le interesa o debiera interesarle al
ciudadano el arte? Porque todos tenemos un más allá interior, un otro yo al que
aspiramos, libre de vicios y pleno de virtudes que solo alcanzaremos con esfuerzo. Tal vez a eso
se refería Rimbaud cuando afirma “Yo soy otro”. Y eso parece decir esta
sentencia anónima: “Soy el que quiero ser más que el que fui”. Eso liberó a Beethoven
del suicidio cuando empezó a quedarse sordo: antes de morir tenía que construir
algo que lo dignificase y dignificase a los demás. Y esa misma búsqueda de sí
mismo y entrega a los otros fue retrasando la muerte de Van Gogh.
Es el
artista -pintor, escritor, compositor...- el que, siempre en actitud introspectiva,
consigue dar forma a sus fantasmas o sus ángeles. El auténtico artista expresa
su realidad -sea figurativa o abstracta- minimizando la distancia que hay entre
su creación y el objeto -físico, síquico- de su interés. Pero incluso el menor
objeto observado y recreado es trascendental, puesto que es un fragmento de
identidad del yo que somos y del que queremos ser. El artista observa, imagina,
especula, reflexiona, esboza, crea, recrea, tacha, añade... en un proceso
semejante al de aquel que no quiere equivocarse en su diagnóstico, sea médico,
arquitecto, banquero, negociante, soñador, rico, pobre... ciudadano, al fin.
Así que
contemplar estas obras de Elena Aguilera -asistir a un museo, leer un buen
libro, escuchar buena música...- es tanto como aprender un método de
conocimiento o iniciar una beneficiosa autoterapia.
No podía olvidar su presencia y su tacto, tantas veces oyendo el rumor de su sangre, su sonrisa feliz, paralelos los dos. Solo por ser pasado se convierten en nostalgia las cosas. Pero no: era aquella criatura, no su piel o su pecho tan amado y mordido, era aquella criatura, su amor enamorado, su inocente lujuria, su entrega sin preguntas, era aquella criatura quien lo ataba al recuerdo.
¿Viviría también recordando los días, los momentos, la dicha, y luego la desdicha de haberse dicho adiós? ¿Seguirían los dos unidos a lo lejos, más fuertemente ahora que no se compartían?
¿Tal vez si diera un paso y dijera te quiero, tal vez si regresara y diera un solo abrazo chocarían de nuevo sus turbios corazones y explotarían juntos como si nada hubiera sucedido?
Salió a la noche y caminó sin norte. De repente se halló frente a la verja, a punto de pulsar el timbre y de subir y dar el gran abrazo. Se detuvo y anduvo: igual que un oleaje milenario o una flor cuyos pétalos guardan el gran secreto tras su deshojamiento. Pulsó el timbre, por fin: pero nadie le abrió.
Más allá, al mismo tiempo, en el extremo opuesto de la urbe, alguien llegaba después de muchas dudas: y quedaba en la calle porque nadie le abría y no podía decir déjame que te abrace.