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miércoles, 6 de marzo de 2013

El inmortal sin vida

Honegger / Baudo: Canto de la alegría


Leyó una y otra vez aquellos poemas que se repetían constantemente en las antologías. Necesitaba descifrar qué ocultaban, qué decían tan poderosamente, qué descubrían, cuáles eran sus esencias para que permaneciesen -repitiéndose a lo largo de los siglos- presentes en la memoria de los hombres, identificando sus individualidades, siendo sus retratos. Solo si averiguaba ese secreto podría escribir un poema tan imperecedero como aquellos y no morir jamás.

Hizo lo mismo con las narraciones: para no morir jamás.

Innumerables plumas, como fantasmas del pasado, se lanzaron sobre él desde los estantes ateridos, y con la cruenta tinta que desangraron de su cuerpo escribieron sobre sus ojos: "no hay palabra más grande, ni poema más noble, que la vida".



martes, 5 de marzo de 2013

Libros recibidos (XXI): Joaquín Juan Penalva

Joaquín Juan Penalva
Hiberna, hibernorum
Ediciones Frutos del tiempo

Breve libro de poemas breves con palabras sobrias y huidizas de cualquier oratoria retórica o prolija. Apuntes para sentir y dejar que el lector complete el pensamiento que suscitan. 
El autor parece haber tomado como poética, tal vez involuntariamente, el dicho de Gracián para hacerlo efectivo, librando de tramoyas su íntimo discurso.

Un igualmente breve autobiografismo deja su huella en un breve recuento de breves escenas familiares -en la tradición de la poesía hogareña de Lope o Unamuno, pero no en su concepción-, recuerdos profesionales, nostalgias de lugares y personas, y la constante ocupación y preocupación por la escritura del poema, tan dúctil como una frase en la que han desaparecido los elementos circunstanciales y las troquelaciones musicales o versos escandidos "a sílabas contadas", mester innecesario. 
El poeta enjuta la palabra para quedarse apenas con el sema de un yo magro, sucinto, ligero de equipaje. Lo suficiente para poseer "un paraíso / modesto" y tratar de "perpetuarse / en las antologías".
Leer
Un poema de Joaquín Juan Penalva (Antología, XXIII)


sábado, 2 de marzo de 2013

Un poema de José Luis de la Vega (CXXV. Antología II)

Blake: La rosa enferma
Detrás del sol
                                                   A mi madre

Detrás del sol hay un país oscuro
donde vive tu muerte, madre mía.
Detrás del mar, del viento, de la lluvia,
detrás de las montañas y los ríos,
detrás del horizonte y los planetas,
detrás del fuego, el mineral, la piedra,
detrás del sueño, el agua, el universo,
veo unos ojos que son sólo tus ojos
mirando hacia la luz.
Tienes frío debajo de la tierra,
debajo de la tierra oigo tu voz,
allí, allí, detrás del infinito,
donde está mi dolor.
                                                   José Luis de la Vega


Ángel Luis Prieto de Paula: Reconstrucción de un diario



EDICIÓN IMPRESA


SÁBADO, 1 de junio de 2002
CRÍTICA:POESÍA
Un simulacro verdadero
·         Antonio Gracia


En 1998, Antonio Gracia salió venturosamente de un silencio de muchos años. Su último libro poético, Reconstrucción de un diario, el tercero desde ese renacimiento, es un tratado de la salvación a través de la belleza y el arte.


RECONSTRUCCIÓN DE UN DIARIO
Antonio Gracia
Pre-Textos/IAC Juan Gil-Albert. Valencia, 2002
72 páginas. 9,02 euros

Hasta Los ojos de la metáfora, la poesía de Antonio Gracia (1946) había recorrido un camino caracterizado por una obstinada indagación en los horrores de la existencia, registrada en el volumen recopilatorio de 1993Fragmentos de identidad. Allí se contienen, entre otros, libros comoPalimpsesto (1980), un postumario que avanza a trancas y barrancas por los desfiladeros de la angustia vital y la desazón artística, y Los ojos de la metáfora (1983), donde la palabra del poeta queda varada en la intransitividad y al fin la afasia, tras los estertores y balbuceos de unos poemas que pretendían infructuosamente desatascar la obstrucción verbal. Quien quiera entrar en esa sima deberá chapotear por entre los remedos de poemas que encierran grumos de un pensamiento atrofiado y de un dolor incompatible ya con el arte y aun con la comunicación lingüística.
Pero en 1998 el poeta rompió ese silencio funeral con Hacia la luz, título al que siguieron Libro de los anhelosy, ahora, Reconstrucción de un diario(a los que pronto se sumará La epopeya interior, por el que obtuvo el Premio Fernando Rielo de poesía mística). En Reconstrucción de un diario, Antonio Gracia abandona el confesionalismo directo, que lo abocaba a la exhibición de su espanto, y recurre a un álter ego que tiene las trazas de un viejo y anacrónico caballero que ha perdido a la amada, habita castillos, examina ruinas, recorre pasadizos, asciende escalinatas, otea promontorios y garabatea los manuscritos que conforman el diario contenido fragmentariamente en este libro. Su discurso argumental relata en sucesión un quebranto amoroso, el sometimiento a la dictadura de los recuerdos, el goce de los últimos zumos de la vida. El tono narrativo cede en ocasiones a los remansos líricos en que la historia se detiene, dominados ahora por otro sujeto: ese que lee el manuscrito original del caballero anciano, y va siendo poseído por él a medida que procede a su reconstrucción.
Para evitar el pastiche en que hubiera dado una artificiosa y no lograda integración de los dos planos de ficción, el poeta ha debido imponer sobre la polifonía de la obra el registro inconfundible de su voz autorial, que se escucha en esas consideraciones terminales sobre la muerte, la vida, el fracaso amoroso, la salvación por la belleza. El último poema,Locus amœnus, constituye una recapitulación donde el redactor del diario -pero también su reconstructor, y el escritor que está al fondo de este simulacro tan verdadero- cierra los ojos ante la redención del dolor, no sé si conseguida por el esfuerzo o sólo recibida por la gracia, a través de la música, la pintura, la poesía.


viernes, 1 de marzo de 2013

El abrazo iniciático

Schumann / Arrau: Escenas infantiles

Yo tendría diez años: debía de estar en primer curso de aquel bachillerato en el que aún se aprendía porque los profesores todavía enseñaban: la disciplina educativa era considerada una virtud y no sonaba, como algunos oyen hoy, a dictadura. Estudiar al hombre troncal, que ha de ramificarse, ayuda a comprender su corazón y el mundo en el que vive. Después hemos ganado en libertades que, por mal asimiladas, han enseñado sobre todo impunidad, libertinajes.

Pero, como digo, yo tendría diez años y me refugiaba de mi dolor infantil o adolescente en los juegos, sobre todo prohibidos y por eso más deseados: porque pocas cosas atraen más que los misterios.

Yo era triste cuando estaba solo -quiero decir: conmigo mismo-, y divertido cuando, en grupo, me olvidaba de mi timidez. 

Ahora bien: yo solo pensaba en mi infantil vecina, con su sonrisa grande y su ágil compañía cotidiana. 

A veces yo sacaba mis útiles de indio de película -o mi espada de sórdido cruzado- y la sujetaba a un poste alrededor del cual yo danzaba -o blandía mis dagas como iconos prefálicos- y la sometía a inefables torturas, tan incruentas como mis sentimientos.

No sé -no sabía yo- qué me empujaba a ella: pero necesitaba apretujarla, desollar suavemente su carne transparente: hasta que, convertido de pronto en hábil salvador, recibía el abrazo de haberla liberado. 

Dulces juegos aquellos de lujuria incipiente, de amorosa indolencia, de Peter Pan con las alas de Ícaro.

Un año, a los doce o los trece, casi pierdo el curso porque hube de guardar reposo por no sé qué fiebres que asediaban mi corazón con amenazas. Y María me acompañaba en mis lecturas del Capitán Trueno, Supermán e incluso un caballero errante en busca de unos amores dulcineicos y sin mancha. Empecé a preguntarme por qué todos se iban siempre al cine cuando en los libros se veían las mejores películas. Y además, estaba María: presentemente allí. (A veces he pensado que su nombre  secreto debía de ser Oniria).

Un domingo, tumbados, como solíamos hacer, sobre la cama, pasando hoja tras hoja -¡Qué música tan clara la del pasar las hojas!- la miré, y la miré de nuevo, como si yo surgiese de algún cuento o el cuento al que yo entraba fuese ella. Observé que su pecho había crecido, denso, sobre su delgadez idílica, y que sus ojos eran como un hermoso libro que quería leer y releer. Me incliné sobre ella, que, expectante, asustada y princesa, se dejaba vencer por el hechizo.

No guardo otro recuerdo más parecido al cielo.

¿Dónde estará María, onírica y tremante bajo sus blandos párpados?

¿Y qué ha sido de aquel que la besó?