Leyó una y otra vez aquellos poemas que se repetían constantemente en las antologías. Necesitaba descifrar qué ocultaban, qué decían tan poderosamente, qué descubrían, cuáles eran sus esencias para que permaneciesen -repitiéndose a lo largo de los siglos- presentes en la memoria de los hombres, identificando sus individualidades, siendo sus retratos. Solo si averiguaba ese secreto podría escribir un poema tan imperecedero como aquellos y no morir jamás.
Hizo lo mismo con las narraciones: para no morir jamás.
Innumerables plumas, como fantasmas del pasado, se lanzaron sobre él desde los estantes ateridos, y con la cruenta tinta que desangraron de su cuerpo escribieron sobre sus ojos: "no hay palabra más grande, ni poema más noble, que la vida".
Breve libro de poemas breves con palabras sobrias y huidizas de cualquier oratoria retórica o prolija. Apuntes para sentir y dejar que el lector complete el pensamiento que suscitan.
El autor parece haber tomado como poética, tal vez involuntariamente, el dicho de Gracián para hacerlo efectivo, librando de tramoyas su íntimo discurso.
Un igualmente breve autobiografismo deja su huella en un breve recuento de breves escenas familiares -en la tradición de la poesía hogareña de Lope o Unamuno, pero no en su concepción-, recuerdos profesionales, nostalgias de lugares y personas, y la constante ocupación y preocupación por la escritura del poema, tan dúctil como una frase en la que han desaparecido los elementos circunstanciales y las troquelaciones musicales o versos escandidos "a sílabas contadas", mester innecesario. El poeta enjuta la palabra para quedarse apenas con el sema de un yo magro, sucinto, ligero de equipaje. Lo suficiente para poseer "un paraíso / modesto" y tratar de "perpetuarse / en las antologías". Leer Un poema de Joaquín Juan Penalva (Antología, XXIII)
En 1998, Antonio Gracia salió
venturosamente de un silencio de muchos años. Su último libro poético,
Reconstrucción de un diario, el tercero desde ese renacimiento, es un tratado
de la salvación a través de la belleza y el arte.
RECONSTRUCCIÓN DE UN DIARIO
Antonio Gracia
Pre-Textos/IAC Juan Gil-Albert. Valencia, 2002
72 páginas. 9,02 euros
HastaLos ojos de la metáfora,la poesía de Antonio Gracia (1946) había
recorrido un camino caracterizado por una obstinada indagación en los horrores
de la existencia, registrada en el volumen recopilatorio de 1993Fragmentos de identidad.Allí se contienen, entre
otros, libros comoPalimpsesto(1980), un postumario que avanza a trancas y barrancas por los desfiladeros
de la angustia vital y la desazón artística, yLos ojos de la
metáfora(1983), donde la palabra del poeta queda varada en la intransitividad y al
fin la afasia, tras los estertores y balbuceos de unos poemas que pretendían
infructuosamente desatascar la obstrucción verbal. Quien quiera entrar en esa
sima deberá chapotear por entre los remedos de poemas que encierran grumos de
un pensamiento atrofiado y de un dolor incompatible ya con el arte y aun con la
comunicación lingüística.
Pero en 1998 el poeta
rompió ese silencio funeral conHacia la luz,título al que siguieronLibro de los anhelosy, ahora,Reconstrucción
de un diario(a los que pronto se sumaráLa epopeya interior,por el que obtuvo el
Premio Fernando Rielo de poesía mística). EnReconstrucción
de un diario,Antonio Gracia abandona el confesionalismo directo, que lo abocaba a la
exhibición de su espanto, y recurre a unálter egoque tiene las trazas de
un viejo y anacrónico caballero que ha perdido a la amada, habita castillos,
examina ruinas, recorre pasadizos, asciende escalinatas, otea promontorios y
garabatea los manuscritos que conforman el diario contenido fragmentariamente
en este libro. Su discurso argumental relata en sucesión un quebranto amoroso,
el sometimiento a la dictadura de los recuerdos, el goce de los últimos zumos
de la vida. El tono narrativo cede en ocasiones a los remansos líricos en que
la historia se detiene, dominados ahora por otro sujeto: ese que lee el
manuscrito original del caballero anciano, y va siendo poseído por él a medida
que procede a su reconstrucción.
Para evitar el pastiche en que hubiera
dado una artificiosa y no lograda integración de los dos planos de ficción, el
poeta ha debido imponer sobre la polifonía de la obra el registro inconfundible
de su voz autorial, que se escucha en esas consideraciones terminales sobre la
muerte, la vida, el fracaso amoroso, la salvación por la belleza. El último
poema,Locus amœnus,constituye una recapitulación donde el redactor del diario -pero también su
reconstructor, y el escritor que está al fondo de este simulacro tan verdadero-
cierra los ojos ante la redención del dolor, no sé si conseguida por el
esfuerzo o sólo recibida por la gracia, a través de la música, la pintura, la
poesía.
Yo tendría diez años: debía de estar en primer curso de aquel bachillerato en el que aún se aprendía porque los profesores todavía enseñaban: la disciplina educativa era considerada una virtud y no sonaba, como algunos oyen hoy, a dictadura. Estudiar al hombre troncal, que ha de ramificarse, ayuda a comprender su corazón y el mundo en el que vive. Después hemos ganado en libertades que, por mal asimiladas, han enseñado sobre todo impunidad, libertinajes. Pero, como digo, yo tendría diez años y me refugiaba de mi dolor infantil o adolescente en los juegos, sobre todo prohibidos y por eso más deseados: porque pocas cosas atraen más que los misterios.
Yo era triste cuando estaba solo -quiero decir: conmigo mismo-, y divertido cuando, en grupo, me olvidaba de mi timidez.
Ahora bien: yo solo pensaba en mi infantil vecina, con su sonrisa grande y su ágil compañía cotidiana.
A veces yo sacaba mis útiles de indio de película -o mi espada de sórdido cruzado- y la sujetaba a un poste alrededor del cual yo danzaba -o blandía mis dagas como iconos prefálicos- y la sometía a inefables torturas, tan incruentas como mis sentimientos.
No sé -no sabía yo- qué me empujaba a ella: pero necesitaba apretujarla, desollar suavemente su carne transparente: hasta que, convertido de pronto en hábil salvador, recibía el abrazo de haberla liberado.
Dulces juegos aquellos de lujuria incipiente, de amorosa indolencia, de Peter Pan con las alas de Ícaro.
Un año, a los doce o los trece, casi pierdo el curso porque hube de guardar reposo por no sé qué fiebres que asediaban mi corazón con amenazas. Y María me acompañaba en mis lecturas del Capitán Trueno, Supermán e incluso un caballero errante en busca de unos amores dulcineicos y sin mancha. Empecé a preguntarme por qué todos se iban siempre al cine cuando en los libros se veían las mejores películas. Y además, estaba María: presentemente allí. (A veces he pensado que su nombre secreto debía de ser Oniria).
Un domingo, tumbados, como solíamos hacer, sobre la cama, pasando hoja tras hoja -¡Qué música tan clara la del pasar las hojas!- la miré, y la miré de nuevo, como si yo surgiese de algún cuento o el cuento al que yo entraba fuese ella. Observé que su pecho había crecido, denso, sobre su delgadez idílica, y que sus ojos eran como un hermoso libro que quería leer y releer. Me incliné sobre ella, que, expectante, asustada y princesa, se dejaba vencer por el hechizo.
No guardo otro recuerdo más parecido al cielo.
¿Dónde estará María, onírica y tremante bajo sus blandos párpados?