Visitas

Seguidores

martes, 2 de octubre de 2012

LA CONSTRUCCIÓN DEL POEMA (II)

Bach: Ofrenda musical

La construcción del poema (II)

 Para leer Uno pulsar >>>

LA CONSTRUCCIÓN DEL POEMA (I)



Dos.- Inmutabilidades.
4.-

La pregunta era: ¿Por qué un texto mantiene su vigencia?

Descartemos, primero, lo evidente: cuando los intereses circunstanciales se sobreponen a los esenciales la ceguera encumbra a la luz obras o autores que en seguida son desprestigiados y pasan de preferidos a preteridos. (Eso ocurre con tanto best-seller y tanto premio dinerario, y tanta confusión entre escritura y literatura)Para saber cómo serán las obras que importen al hombre singular basta con mirar las que ha escogido el hombre plural. Aquellas en las que quien está leyendo se dice, como en un espejo: soy yo. Y en ese yo palpita lo que ama y desama: amor, muerte, vida, temporalidad, alegría, tristeza… Todo cuanto rigen el eros y el tánatos.

Leamos este breve poema: 

Sobre tu cuerpo escribo con mi cuerpo
el gran poema de la identidad.

O este otro:
                     Me gustas cuando callas porque estás como ausente (…)
                            y parece que un beso te cerrara la boca.

Concedámosle a cada uno, generosamente, la excelsitud. Supongamos que su arquitectura es perfecta, su música, intachable, su versificación, su léxico ... Todos esos y otros elementos han conseguido aunarse para que nada sobre y el conjunto nos diga contundentemente algo que nos importa como individuos sensibles y reflexivos, amantes de la belleza y de la comprensión del ser humano. Cada lector se ha visto en él o ha visto un fragmento de su identidad y la del mundo. Su autor talló un diamante al traducir a palabras la existencia y al conseguir que estas se tradujesen de nuevo en vida en quien las lee.

Todos los poetas que han tratado el amor han repetido las palabras esenciales entre Adán y Eva: "Te amo". Desde entonces, cuantos poemas se han escrito sobre tal tema han sido repeticiones y prolongaciones de esa pulsión: no obstante, solamente nos interesan y se han sumado en el tiempo aquellos que añadieron un matiz, amplificaron la esencia, convirtieron el cuerpo verbal en carne del corazón sintiente y reflexivo. Sus autores acrisolaron su novedad en la tradición. 

De todo ello hay en los anteriores dísticos de Diego Torres y Neruda: carnalidad, sexualidad entendida como escritura engendradora del conocimiento del yo y de su permanencia en el devenir humano. Pulsiones esenciales renovadas en cada ser que se pregunta ansioso de respuestas.

5.-

He aquí dos ejemplos de impulso de supervivencia que buscan en el amor un conjuro contra la muerte. El primero pertenece al Romancero y muestra la inexorabilidad de la “postrera sombra”: el amante, huyendo de la muerte, acude a su amada como único refugio; pero cuando va a abrazarla, la muerte, siempre implícita en la carne, lo está esperando al pie de la torre:

 Romance de El enamorado y la muerte
Un sueño soñaba anoche,   soñito del alma mía; 
soñaba con mis amores,   que en mis brazos los tenía. 
Vi entrar señora tan blanca,   muy más que la nieve fría. 
—¿Por dónde has entrado, amor?   ¿Cómo has entrado, mi vida? 
Las puertas están cerradas,   ventanas y celosías. 
—No soy el amor, amante:   la Muerte que Dios te envía. 
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,   déjame vivir un día! 
—Un día no puede ser,   una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,   más deprisa se vestía; 
ya se va para la calle,   en donde su amor vivía.
—¡Ábreme la puerta, blanca,   ábreme la puerta, niña! 
—¿Cómo te podré yo abrir   si la ocasión no es venida? 
Mi padre no fue al palacio,   mi madre no está dormida. 
—Si no me abres esta noche,   ya no me abrirás, querida; 
la Muerte me está buscando,   junto a ti vida sería. 
—Vete bajo la ventana   donde labraba y cosía, 
te echaré cordón de seda   para que subas arriba, 
y si el cordón no alcanzare,   mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;   la muerte que allí venía: 
—Vamos, el enamorado,   que la hora ya está cumplida.
            
Frente a esta pérdida de esperanza, el segundo poema, tan onírico como el primero, se decide por la aceptación de lo imposible, tal vez como respuesta a la fatalidad del romance:

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
sombra que me llevare el blanco día; 
y podrá desatar esta alma mía 
hora a su afán ansioso linsojera; 

mas no de esotra parte en la ribera 
dejará la memoria en donde ardía; 
nadar sabe mi llama la agua fría 
y perder el respeto a ley severa: 

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, 
venas que humor a tanto fuego han dado, 
medulas que han gloriosamente ardido, 

su cuerpo dejarán, no su cuidado; 
serán ceniza, mas tendrán sentido; 
polvo serán, mas polvo enamorado.

Dos poemas perfectos en su autismo laberíntico y a ultranza: la desazón medieval y el romanticismo renacentista y existencial de Quevedo, que decide -contra todo fatum- convertir en realidad los versos del romance: La muerte me está buscando: junto a ti vida sería. Sin anécdotas triviales, sin griterío verbal: del contexto, lo imprescindible para no caer en la abstracción. El romance es un diálogo entrecortado para aquilatar el dramatismo y evitar las divagaciones narrativas; el soneto, una sentencia lacónica, voluntarista e imperativa como solo un dios humano podría dictarla.

Ante estos ejemplos de puro y perdurable biendecir, el lector se pregunta: ¿Cómo surge el poema?

Veámoslo:
Rodin: El pensador