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sábado, 7 de octubre de 2017

La ley

Strauss-Kubrick

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Hace un millón de años un cavernícola salió a cazar y, tras sufrir las heridas y el esfuerzo de la caza, vio impotente cómo otro se llevaba su presa para alimentar a los suyos. Durante milenios ocurrieron escenas similares.
     Pasaron más milenios; y un observador reflexivo dedujo que aquello de la ley de la fuerza y su impunidad no era un buen modo de vivir, y menos de convivir. Así que se reunió con otros representantes de la tribu y concluyeron que debían extraer de la experiencia algunas conclusiones para que todos gozaran igualmente de un concepto que hoy pronunciamos como Justicia. Alrededor de esta establecieron normas que llamaron leyes, vigentes hasta que eran actualizadas por el mismo grupo que las había promulgado. El fin de toda ley era -es- la exclusión de cualquier fanatismo en las conductas, y por lo tanto la aceptación del principio de igualitarización universal. La ley de la fuerza se sustituyó por la ley de la razón. Comprendieron que cada ser humano es un universo cuya gravitación lo atrae todo hacia sí y quiere apropiárselo, pero que es preciso regularizar esas gravitaciones para que no se descontrole la muchedumbre de universos y choquen entre sí hasta destruirse. 
     Y de repente, el cazador dejó de temer que le robaran su caza, o el agricultor que le invadieran sus cultivos: porque la ley de la Justicia protegía sus derechos castigando a cualquier depredador de cualquier tribu.
     Hasta hoy ha prevalecido ese sistema, de manera que quien desea integrarse en la sociedad debe cumplir sus principios, y si no, cumplir las penas por su incumplimiento. Pareció tan bueno ese modo de convivir evitando la impunidad que griegos y romanos lo asumieron, y muchos siglos después le dieron cartas de garantía Inglaterra, América, Francia...
     Es verdad que siempre hay quien, como en el Orwell de Rebelión en la granja, opina egoísta y dictatorialmente que "todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros" (por ejemplo, El Rey Luis XIV, El General Don Francisco, El Cabo Hitler, o el primus inter pares Puigdemont). Ha habido tantos en cuyo ADN pervive el fanatismo de la rapacería que aquel descubrimiento que nuestros ancestros denominaron Justicia más parece hoy una utopía fantasma.
     Así las cosas, grite bien alto quién prefiere volver a las cavernas: porque eso es lo que predican para sí y los demás todos cuantos -amparados ciegamente en sus derechos- se olvidan de que nadie tendría ningún derecho si no cumpliésemos todos con nuestros deberes. Y que mientras una ley rige, solo rigen la ley y los elementos competentes para renovarlas.


viernes, 6 de octubre de 2017

Lo copio de Face...

La Libertad, Sancho...

Querido amigo: Agradezco el envío, y no sé si recibirás este. Algún hijo de su padre -tal vez no sabe quién fue este-, en desacuerdo con mi entrada de hoy en el blog ( Leer ),
ha intrigado con FACE y me comunican que he perdido algunas de sus funciones. 

Quien desee leer en los próximos días deberá pulsar la dirección del blog -donde también aparece mi correo personal-:
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https://antoniograciaoniria.blogspot.com.es

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Saludos 

Desde el periódico



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martes, 3 de octubre de 2017

Tú participias, yo participio...

Vangelis: Carros de fuego

No es cierta la afirmación de que lo importante es participar. Lo que importa es participar para ganar. 
     Si lo importante es participar la consecuencia es que se crean conformistas; si lo admirable es ganar significa que quien lo intenta se supera, mejora el mundo.
     Será terapéutico no crear perdedores; pero lo es más enseñar que perder no es una deshonra puesto que nadie puede quitarnos el orgullo del esfuerzo. El premio es un honor para quien gana, no una humillación para quienes han intentado ganar. Que somos competidores, no enemigos. Pensemos en Sísifo y Don Quijote: siempre perdiendo y siempre volviendo a intentar vencer. Porque el único perdedor es el que no participa.
     El conformismo es la peor droga porque atrofia la mente y la educa en el sinesfuerzo en medio de un mundo en el que, darwinianamente y socialmente hablando, solo sobrevive el más fuerte. 
    Ahí está esa mansa jauría de telespectadores y videojuerguistas para demostrarlo: nunca la política ha sido tan perversa y sabiamente estratega como al potenciar programas de ordenador y espacios televisionarios destinados a forjar electroencefalogramas planos.

lunes, 2 de octubre de 2017

706-715


Welista: Despojamiento lacónico

706.- La necesidad de encontrar lleva a creer que lo hallado es el verdadero hallazgo.
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707.- Lo que amamos es que nos amen: por eso quien dice amar enamora.
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708.- En el amor no hay mejor estrategia que rendirse.
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709.- Solo de Shakespeare puede decirse sin error que nada nos sobra de cuanto nos legó.
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710.- La escritura, cada vez más, es solo literatura.

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711.- Quien más da es quien acaba teniendo más.

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712.- Hay quien considera un gran mérito hablar bien de sí mismo.

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 713.- Los libros me mantienen en mi tiempo, que es el de todos los que han utilizado la pluma con sabiduría, y continúan siendo mis actuales vecinos, mis coetáneos, mi comunidad, mi humanidad, mi nación, mi identidad. Constituyen ese espacio que llamaré La Vigencia.
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714.- Aquel que tiene menor personalidad es el que más predica sobre su identidad.

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715.- Siempre negamos a quienes debemos lo que somos.
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domingo, 1 de octubre de 2017

La Muerte


Holts: El portador de la vejez

No sé por qué, llegados a una edad, tememos cumplir años. Toda una vida esperando el gran amor y, al final, temer encontrarlo de repente. Cuantos más años cumplimos más cerca estamos de conocer a la Dama definitiva y amante que nunca nos defraudará ni nos abandonará. Nos amará tanto que se fundirá con nuestro cuerpo y no permitirá que suframos ningún dolor: jamás ya nos herirá el pasado ni nos preocupará el futuro porque saciará nuestro presente. 
¿Qué otra felicidad puede esperarse?