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martes, 30 de enero de 2018

El abrazo interrupto


Haendel: Largo


Golgotera era conocida por ese nombre debido a su hermoso golgotario, tanto que a veces era llamada simplemente Gólgotas. Muchos fueron los que jamás treparon el agolgotamiento, para su desgracia. Pero él lo recordaba a menudo, así como a su dueña, una dama sonriente que sabía gozar de la existencia sin prejuicios. Recordaba su espíritu gozoso, su cuerpo de pantera seducida, su boca penetrada y succionante, y su éxtasis orgásmico.
     ¿Por qué acabaron alejándose? ¿No esperaban con ansia el momento de estar juntos? ¿Se les consumió el amor o fue el amor propio herido, el orgulloso orgullo el que levantó sus murallas? ¿Por qué no tuvo retorno aquel adiós? ¡Qué necia e intrigante es la soberbia!
     ¡Dónde estaría ahora, después de tanto tiempo, y con quién! Él le deseaba lo mejor, aunque tal vez ella no le correspondiera en tal deseo. "Es tan corto el amor y es tan largo el olvido" que el tiempo devasta la realidad tanto como los recuerdos que la evocan. Y a menudo olvidar es deformar lo que vivimos, convirtiéndolo en nostalgia o purgatorio. 
     Fuera como fuese, miró hacia atrás, más allá del instante, y se vio junto a ella riendo, sonrosando el crepúsculo, abrazados y ardientes. Y lanzó un beso al viento a pesar de saber que ella no lo recogería.

El abrazo excesivo

El abrazo inestable.

El abrazo postrero

El abrazo al artista

El abrazo confuso

El abrazo salvífico

El abrazo egoísta

El abrazo maligno

El abrazo marchito

El abrazo quimérico

El abrazo alevoso

El abrazo perfecto

El abrazo corrupto

El abrazo a sí mismo 

El abrazo temido

El abrazo ultrajado.

El abrazo en la roca

lunes, 29 de enero de 2018

Pruebas de imprenta.

Celibidace ensayando a Bruckner


Hay autores que dan  lo mejor de sí en su juventud, y otros que lo hacen en la madurez. La genialidad es, sin duda, genética, pero también es fruto de la ingeniería emocional e intelectual que da la experiencia. 
     No sabemos qué habría sido de SchubertRimbaud o Van Gogh si hubieran cumplido cinco décadas. Sabemos que WagnerGoethe y Rembrandt se agigantaron con los años, cuando a su capacidad natural se sumó la sabiduría experiencial. 
     Sabemos que (Hemingway:) el mejor consejero de la pluma es la papelera, como demuestran los más de 200 borradores de algunos poemas de Dylan Thomas y las tachaduras de Pound en “La tierra baldía” de Eliot
     Sabemos que el hombre no es ningún dios, sino que se diviniza porque a veces su sobrehumano esfuerzo le lleva a convertir en cielos sus infiernos.

sábado, 27 de enero de 2018

Corrientes ocultas




Pulsar para ver
 de Minelli

Katharine Hepburn se casa, enamoradísima, con un aparentemente maravilloso Robert Taylor. Tras la boda, nada es lo que parece...

miércoles, 24 de enero de 2018

Eutanasias

Schubert: La muerte y la doncella

Lógico es que defendamos la vida, si sabemos vivirla. Y, por lo mismo, consecuente es que si se convierte en un enemigo o déspota irascible, que acabemos con ella. No hago apología del suicidio -si así fuera lo hubiera practicado-, pero sí lo defiendo de quienes lo condenan. Es una elección más, pues la vida debiera ser un don, no un castigo, y nadie la quiere como tal. Todos deseamos sentirnos vitalistas, no heridos ni agónicos. Así que hay que ayudarse con la muerte cuando esta es nuestro único medicamento. ¿Quién condenará a vivir sufrientemente? ¿Aquellos que consideran la vida una emanación divina? Entonces el sufrimiento también es creación de un dios y por eso se prohíbe ese benefactor suicidio que es la eutanasia. Pero quien obliga a vivir a quien prefiere morir es un dictador y  un cruel verdugo.
     Muchos hay que temen más a su dios que a la muerte curativa -y por eso continúan llorando al sentir como culpa lo que es salvación-. Otros simplemente la rechazan porque desconocen el más allá, que pudiera ser más cruel. Todos porque el instinto de supervivencia es casi imposible de vencer. La ciencia ya ha desterrado a Dios, y el más allá puede ser un infierno más terrible que cualquier más acá doloroso.
     Pensémoslo: desde que nacemos, estamos marcados por una fecha de caducidad; yo mismo detecto la conflagración contra mí mismo de las células de mi mano mientras escribo estas palabras. Bien está aceptar esa inexorable corrupción si no es excesivo el peaje. Pero a veces el cuerpo o el espíritu se empeñan en cobrar más tributos que Caronte.
     Cualquier Dios investido de médico epicúreo diagnosticaría la extirpación de un tejido dañado. ¿Y qué es la agonía insanable sino un tejido muerto sintiendo su propia descomposición? De modo que obedezcamos el dictamen del cirujano Dios y extirpemos la muerte que hay en toda vida, una vez ejercitadas todas las resiliencias.
     Eso es lo que para mí deseo. Y si no me atreviese a ser caritativo conmigo mismo, ruego que un buen samaritano me dé un empujoncito.






lunes, 22 de enero de 2018

Contra el suicidio

Fauré / Du Pre / Moore: Elegía


Dice el autor (*) que "el mundo no es lugar para vivir". Tal vez tenga razón, si uno se atiene al desencanto con el que los sueños chocan cuando entran en la vida queriendo realizarse. 
     Habría que disminuir ese criterio y decir que "la vida no es lugar para soñar". Pero tampoco: porque si no soñáramos con un mundo y una vida mejores tendríamos que abandonar este mundo y esta vida mediante el pasaporte del suicidio.
     Así que solo cabe esgrimir la voluntad, armarse de resiliencia y seguir el consejo de este poema que traigo aquí de nuevo:

(Sobre el suicidio)

Antes de decidirte a abandonar
esta vida que odias o te duele,
cerciórate de que hay otra existencia
―o una nada― más digna a la que ir;
no sea que el lugar en el que surjas
aún te horrorice más que este que habitas.


(*) El poeta furtivo que intentaba ser yo antes de darme cuenta de que es más noble afrontar la condición mortal como un voluntarioso ser humano.



domingo, 21 de enero de 2018

Tomás Villanueva



Cuando yo era niño, sentía ya que vivía en el mundo, pero no con el mundo. Sin pretenderlo conscientemente, durante mi niñez y adolescencia, me refugié en el aislamiento y la soledad con la única compañía de la tristeza, algunos libros y unos cuadernos a los que les hablaba con el lápiz.
     Poco antes, aún en Bicastrum, y aunque volvía de Orihuela a visitarlo, tal aislamiento me llevó a desconocer cuanto pasaba en el antiguo campamento doble y romano -en el que luchaba siempre contra el enemigo interior que era yo mismo-, y a conocer más la indefensión y la orfandad de mi autoexilio.
     Ahora sé que en aquel Bigastro que imaginé desierto nació una inteligencia dedicada al cientifismo, y que la justicia que lucha contra el olvido rememora a quienes se merecen siquiera un lugar en la memoria. 
     De manera que ahí dejo un minuto sobre aquel dieciochesco personaje.