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viernes, 21 de septiembre de 2012

RETABLO DE CENIZAS. María Sanz (Incunables Internéticos, IV)













Ediciones Oniria









Colección
INCUNABLES INTERNÉTICOS
TÍTULO CUARTO


Retablo de cenizas
María Sanz








En esta sección encontrará el lector algunos libros dados a conocer durante los primeros años de la aparición de la imprenta internética (cosa que no garantiza la nobleza de su calidad, como no la tenían muchos de los incunables gutenberguianos). Tal vez valga la pena su edición globerística por el hecho de ser difíciles de hallar en otras bibliotecas. Algunos son tan incunables que permanecen inéditos en cualquier medio que no sea el amanuense, el emailiano o el juglaresco.

No podemos disfrutar todos los libros con los cinco sentidos, pero sí con el sexto, que es el menos común: algunos nacen al margen de los públicos y eso los hace más minoritarios aún, bien por vocación ensimismatoria, bien por amor al arte, bien por misantropía. ¿Y qué editor invertiría en un libro que no fuese, también, un negocio?


La presente impresión es facsimilar del manuscrito de la mente, y consta de tantos ejemplares como el lector tenga a bien decidirse a ojear -siempre en edición princeps-.

Contra lo establecido por la Ley del Dinero, autor y editor conceden el permiso necesario para que el libro pueda ser copiado, convertido en pdf y transferido a cualquier lector electrónico.

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Rachmaninov: Sinfonía nº 2, Adagio








   RETABLO   DE   CENIZAS

María Sanz (*)











         Para todo soy ciego si este dolor me acecha:
         la destrucción buscada es la vida más honda.

                            E. SÁNCHEZ ROSILLO



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Elvira Pizano








                                         I








I.


Siempre es bueno dudar de las estrellas,
de los campos nevados, de aquel cuerpo
que en la inhóspita noche fue refugio.
Pero está la verdad al fin de todo,
como una lumbre errante, liberada
del miedo original, del artificio.
No en vano por la duda se padecen
largas esperas, frases sin salida,
respiraciones sórdidas que abarcan
desde la desnudez al vencimiento.
Pero sólo se trata de un instante
donde apenas conviven luz y sombra,
un canto de sirenas destemplado.
Siempre es bueno admitir lo que no existe,
lo que los labios hacen profecía,
por si toda verdad se queda en nada
y se reduce al hecho de creerla.






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II.


El amor lleva cíngulo de adioses,
se viste de fronteras, luce escarcha,
va tocado con nubes cenicientas.
Ahora digo que un día
me ciñó su ropaje
como oculto cilicio,
habitando mis poros
su lava permanente.
Soy estatua sin él, impío mármol
en donde la hojarasca se refugia,
caótico deseo para algunos
cuya insistencia me solidifica.
Y digo que una noche
cubrió mi desnudez
su túnica de llamas,
extático suplicio
con el que ya me había
disfrazado la muerte.






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III.


Monreale, los cielos
desangrados al fondo.
Pasabas por allí como una imagen
sin pedestal, convicta
de su luz arrogante. Me pasabas
los ojos por mi sombra,
por los tibios mosaicos
donde bordaba el mar sus olas púrpuras.
Yo quería decirte que no huyeras,
que gozaras el rito
de un tiempo que volvía
a brillar en nosotros.
Pero sólo me viste
de lejos, como un cruce en la memoria,
tesela desprendida
sobre lecho de barro.
Monreale, te ibas diluyendo
sin saber cuántas noches
broté de ti, ni cómo
llegué a ser tu ceniza deslumbrada.







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IV.


Lamento no saber a dónde huyo,
por qué me falta espacio en la conciencia
aún después de haber sobrevivido
a cada tentación. Sí, yo lamento
la inestabilidad que se abre paso
entre mi lucidez y su deriva,
esta vieja cordura desgarrada.
Cuántas noches surcando el abandono
para no perecer en otro fuego
como el que me trastorna, cuántos días
sintiéndome camino intransitable.
A dónde huir, si nada se distingue
de lo sacrificado, si no hay puertas
que cierren un dolor, una memoria,
unos pasos sin fe como los míos.
Lamento estas palabras lastimadas,
esta gélida lumbre donde yazgo,
aún antes de verme fugitiva
por el bosque final de mi existencia.






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V.


Si debemos vivir, hagámoslo sin tiempo
para lo que nos hiere en su injusta medida,
sin noche suficiente para el amor oculto,
deshojando la piel con un viento de abrazos.
Entonces creeremos que todo permanece
tal como lo sentimos ahora, ayer, mañana,
aunque el fuego reduzca los placeres ilesos
a vana saciedad, a estático albedrío.
Pero también debemos acariciar la muerte
en medio de esa noche que el amor abandona
sobre nuestro desnudo febril e inseparable,
aceptando sus términos con un hondo sigilo.
Entonces el deseo hablará por nosotros
al tomar la palabra en su injusta agonía.
Sí, también moriremos como lo hacen los pájaros,
el jazmín o la niebla, sin despedirnos nunca.






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VI.


Un cúmulo de tardes
azules, malvas, grises,
como las que viví
contigo en las Eolias,
acrecentaban luces de misterio.
No podía creer que estaba triste
a pesar de tus ojos, no podía
concebir la verdad de otra manera.
Hablé de tu belleza con las olas,
con el viejo horizonte que templaba
mi visión decadente,
sin merecer el pasmo del deseo.
La tristeza cromática
que nos fue dibujando
procedía del mar, como un celaje
abrupto y aterido,
de las islas violetas
cuyos atardeceres extinguieron
lo exacto, lo creíble.






9






VII.


De qué me sirve ahora la paciencia,
el amor o sus lumbres, si la vida
transcurre ya por otros derroteros.
Hay un claro del bosque donde guardo
los aires puros con que se vestía
mi cuerpo tembloroso, su moldura
dilatada en insólitas secuencias.
Conozco la visión impenetrable
de estos días aciagos, del retorno
a aquella luz lluviosa que bordaba
mi cálida esbeltez sobre el invierno.
Pero todo es inútil, nada sirve
para ponerle nombre al infortunio
con el que se malgastan mis placeres.
Hay un claro de luna donde acojo
los vacíos dolientes de otro cuerpo,
su piel atemperada por la mía,
mientras la realidad pasa de largo.





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VIII.


Hasta cuándo tendré que ver a solas
el principio del miedo, la distancia
del amor al dolor, el pasadizo
que lleva a la ansiedad de cada noche.
No sé si para todo hay una fórmula
planteada a raíz del abandono,
una averiguación sin conjeturas
íntimamente nueva y realizable.
Ignoro de qué cárcel hay que huir
si sólo soy un preso de mí mismo,
de esta larga condena ya cumplida
en el tiempo de la desesperanza.
Hasta cuándo podré reconocerme
en una soledad que apenas vale
para rendirle cuentas al silencio,
en la última vez que fui dichosa.






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IX.


Por amor he expiado viejas culpas,
doloridos instantes sin reposo,
un cansancio de tardes infinitas
para quien tanto espera de su nada.
Llego a Noto buscándote,
tal vez equivocada y ciegamente,
contemplo una ciudad
a la que se llamó jardín de piedra,
de dorada armonía
en el tiempo ilusorio.
Un enjambre de ménsulas acota
mi inútil albedrío,
proclama el desencanto
que vuelve realidad lo inencontrable,
y en ellas me convenzo
de que mi expiación aún prosigue,
pero sin culpa, sólo por tu ausencia.








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X.


Cuánto tiempo es un día, o un instante,
para perderlo así, de cualquier forma,
como lo que se ama, sin retorno.
Cuánta luz es la lluvia, o un abrazo,
dirigidos al pozo de tu cuerpo,
para la oscuridad que nos convoca.
Imposible su cálculo si busco
tristezas ya perdidas, el delirio
donde los acogí cuando callaba
después de tanto amor irrenunciable.
Cuánta vida es un vuelo, o un fracaso,
para hundirlos así, en cualquier grieta
del sueño en que nos hemos convertido.
Cuánto tiempo, sin más, es la amargura
donde te doy a luz, donde te amo
como lo que se libra de la muerte.





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XI.


Alguien está buscándome en Ragusa,
intuyo sus pisadas
por mi melancolía,
e imagino que llega
desde los puentes al Giardino Ibleo,
coronado de cárdenos celajes.
El aire reproduce
un vuelo sostenido
sobre la vía Roma,
enhebra mi inquietud con su templanza
hasta hacerme creer
que ese alguien me encuentra.
Pero todo rebosa de vacío,
la gente viene y va sin detenerse
cuando desaparezco
con las primeras sombras,
anclada en una antigua escalinata,
sabiendo que ese alguien
siempre me buscará mientras ignore
que sólo por su amor
continúo perdida.






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XII.


Acaso no actué como debía
dentro de un escenario previsible,
en la gélida esquina de un invierno
más allá de lo vano conocido.
Me entregaban papeles siempre en blanco,
hojas donde la nieve fue cayendo
hasta erigirse en muros interiores,
en interpretación de mi desnudo.
Quizá me equivocase
pensando que yo era
una actriz como todas,
buscándole sentido
a las mismas palabras
con las que ahora callo.
Pero ya no hay guión para quien sigue
representando mal su propia vida,
una vida copiosa en argumentos
donde soy personaje secundario.







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XIII.


En vano justifico cada día que pasa,
la solución teórica del tiempo,
este pan y este agua que me indultan.
No hallo realidad en el puro presente.
Antes el corazón era un vuelco en si mismo,
gozaba con el rito nival de los almendros,
prefería perderse por la lluvia
o acompasar su gozo desbocado.
Pero todo es en vano al fin de cada día,
no merece consuelo haber sobrevivido
a tanta libertad como me anega
después de una derrota, no procede
sentir conformidad cuando hay renuncia.
Antes fue el corazón que su descubrimiento,
la grieta luminosa donde ahora se esconde
mi palmo de teórica existencia,
manantiales y trigos cotidianos
que me imponen su ley para que logre
resucitar a tiempo de morir nuevamente.








Franchi





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                                         I I








I.


Agua,
recórreme despacio,
transparenta la herida de mis valles.
Nunca seas silencio, gime, dime.
Agua de la esperanza,
temblorosa en la piel, helada fiebre
que llega a desconcierto,
niégame los adioses, clama, llama.
Lluvia,
atardece conmigo,
precipita el naufragio de esta hora,
de este cielo sin tregua, nace, yace.
Río,
final para los ojos
de quien siempre miró con impaciencia
su agonía encauzada,
déjame contemplar mi lenta muerte.
Pero no te detengas, fluye, huye.






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II.


El amor no perdura
sin el anonimato
que le da la paciencia
fugaz de su costumbre,
la que a veces resiste.

El cielo sigue estando
detenido en aquella misma tarde
cuando iba al encuentro de sus llamas,
hacia una soledad
de la que ya no vuelvo.

No quiero ser más libre
de lo que soy, ni ando
en otra tesitura
que la de no arrojarme
al mar de la conciencia.






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III.


Tuvo que ser un sueño. De otra forma,
jamás hubiera amado
tan derrotadamente,
tan lejos de la piel que me anudaba.

Si cada día estoy
más cerca del abismo,
para qué detener
tan antiguo deseo
recorriendo la gloria
que va a ninguna parte.

Cómo aplicar remedio
a ese dolor que viene de camino
en forma de promesa,
de vuelo incandescente.
No se entiende la aurora
sin fe que la traspase.






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IV.


Ensoñación del humo
que revela este fuego
sobre la noche amarga,
no sé cuántas renuncias
habrá ya incinerado.

Al fondo de sus ojos
se remansan las tardes
que aún no he contemplado,
los veneros de miel
en donde un claro día
habré de sumergirme.
Al fondo de sus ojos,
el bien perecedero.

Desventurada fui
por haber conseguido
andar sobre las aguas.
Desde entonces me hundo
en el amor a solas.





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V.


Sirena de cristal,
detenida en el fondo
de un cáliz, cuyas aguas
navegaron los labios
hirientes que te apuran.
Perdiste el corazón
siguiendo aquel velero
vacío, columbario
de una ceniza amarga
para noches sin pulso.
El viento mortecino
resplandece en tus grietas
cuando se van cubriendo
bajo los arenales
sagrados, cuando gimes
sobre los frutos rojos
del cuerpo que aún adoras.
Sirena de coral,
quizá perdiste el miedo
de espaldas a los astros,
mientras el oleaje
devuelve tu desnudo
a la orilla del hombre
cuya sola memoria
te derrama la voz
en un canto de fuego.





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VI.


De vez en cuando surge
aquella antigua calma,
la que me defendía
de bienes y carencias.
Por eso sé que sigue
aún viva en lo insondable.

Todo hubiera podido
terminar con un resto
de nieve entre los ojos,
con un perfume tibio en la solapa
y una pisada gris sobre la alfombra.
Pero no, ni siquiera
me dejaba perder en su partida.

También yo tendré miedo
a morir sin que alguien
recoja mi suspiro,
mi voluntad quebrada.
Sólo el amor entonces
podrá darme la mano.






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VII.


Los restos del naufragio
se hunden en la arena,
acaban por fundirse
con la piel cegadora
de este desierto mío.

Sus huellas litorales
dividieron la noche
en multitud de enigmas.
Cómo podré saber que ha amanecido
si no veo la luz de esa frontera
donde mi corazón ya no responde.

Apenas hay bastante
con vivir de prestado.
Ignoro si la ausencia
extenderá mis hojas
por el antiguo albero,
sobre las ilusiones
que nunca he poseído.
Ya tengo suficiente
con mendigar mi vida.







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VIII.


Fuego,
abarca mi desnudo,
atraviésame en brazos de la noche.
No seas inservible, cura, dura.
Brasa del condenado,
excitación cautiva, juego lento
que termina ganándome,
atenúa este gozo, hiere, muere.
Lumbre,
purifica mis ansias,
deja un resto de amor en lo perdido,
en lo que fui viviendo, llega, ciega.
Llama,
carnalidad reptante
para quien nunca supo dirigirse
a sus altos placeres,
concédeme tus labios sinuosos.
No te extingas por mí, excita, grita.







Pérez Pizarro







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                                     I I I









I.


Faltan pocos minutos para el alba de siempre,
para clavar los ojos al fondo del vacío
y ver que el miedo brilla con la luz apagada.
Ya oigo tus palabras. Levántate, sal fuera.
Entonces soy un Lázaro que regresa a su tumba
con el único anhelo de encontrar un cobijo.
Pero la luz reclama nuestra presencia sola,
nos descubre embalando los rendidos desvelos
cuando todo termina por abrirnos la puerta.
Es el alba de siempre, su realidad confusa,
un espejo que enmarca el adiós sin salida.
Ya ni siquiera oigo tu desnudez. Levántate,
deja atrás la derrota donde aún nos amamos.
Entonces soy un prófugo que se esconde en el hueco
templado de tu ausencia, del día sin mañana.







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II.


La tentación de profanar un valle
como éste, de irlo revelando
al margen de sus dioses,
deja mi libertad atravesada
por los vientos azules
que antes ensartaron las columnas
para temblor de ritos excitantes.
Ah de los templos, todo me responde
con un eco de mármol,
con pupilas aún iluminadas
desde Juno Lacinia a la Concordia,
todo me hace vibrar sobre el rescoldo
que dejase Agrigento
más allá de las piedras.
La tentación absuelve mi vacío
traspasado por nubes
doradas, por diálogos ardientes
entre el cuerpo y la tierra licenciosa,
al margen de unos dioses insalvables.






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III.


Hoy sé que es muy difícil
guardar el equilibrio
sobre las mismas cosas
que ayer me mantenían.
Ahora soy la nube variable,
un espejo letal para mi rostro,
quién sabe si premura o sedimento.
Cada culminación
llega a descomponerse
dentro de lo que amo,
de la fatalidad
más esperanzadora.
Sólo he renunciado a estar conmigo,
harta de convertirme en horizonte,
en columna de humo para el aire.
Hoy sé que es muy difícil
regresar del desierto
sobre los mismos pasos
que ayer me sostenían.
Ahora soy el agua derramada,
un ejemplo feliz de lo inservible,
quién sabe si carencia o privilegio.







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IV.


Tú me esperabas en los Quattre Canti
con tu belleza intacta, de otro mundo,
desenfrenando el vuelo de mis ojos.
La realidad perdida por Palermo
flotaba como un himno
silencioso, vibrante,
la realidad que huía ciega y sola.
Pero tú me esperabas
como quien nunca quiso conocerme,
sin separar el tiempo
de aquella sensación irrepetible.
La realidad se abría
en forma de corola macilenta,
guardándose el bullicio de una plaza,
el hueco que dejaste
mientras todo fue cierto.






28





V.


Cuando quise vivir, era ya tarde.
Las hojas de un oscuro calendario
tenían voz y rostro conocidos,
daban sombra a mi sombra, confinaban
cada olvido en sus lechos marginales.
Abrí la realidad que poseía
detrás de una ventana, prisionera,
viendo la floración de los magnolios
sin acuñar el gozo de su aroma.
Era muy tarde ya, lo supe, nadie
pudo darme respuesta a tanta noche,
a la incógnita tibia de mis senos,
nadie transfiguró lo padecido.
Ahora me doy cuenta, todo anuncia
su brevedad en tiempo y esperanza.
Sé que es tarde, por más que necesite
vivir mi propia vida sin reservas,
de regreso al amor, cuando las hojas
del calendario sólo significan
los números crecientes de la nada.






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VI.


Un tiempo de placer no se regala
sin cuerpo que lo agote, sin salida
posterior para el éxtasis más hondo.
Así mi corazón, que nunca supo
dilatar emociones, vive a oscuras,
se nutre de paciencia y desconsuelo
mientras va averiguando nuevos ritos
por el único hecho de entregarse.
Un tiempo de placer no significa
más que el consentimiento de la llaga
abierta sin piedad en el costado,
cuyo delirio llega a mansedumbre
por amor, siendo víctima fragante
hasta sentirse altar bajo otro cuerpo.
Así mi corazón, igual que el sándalo,
perfuma siempre el hacha que lo hiere.







30




VII.


Alejados de todo lo que ardía
más allá de nosotros, descubrimos
la noche de Taormina, con los cuerpos
celestes y desnudos como astros.
No supimos del tiempo ni sus límites
porque aquella ciudad vaticinaba
toda consumación, ninguna fecha
para volver al mundo de partida.
Tampoco la intemperie pudo hallarnos
recorriendo lugares encendidos
entre las sombras del teatro griego,
investidos de todo lo que alzaba
su flamante ebriedad hacia los ojos.
No quisimos saber de la ceniza
con que el tiempo cubría nuestros pasos
más allá de nosotros, del augurio
donde apenas un ascua permanece.
Ahora lo terrible sigue siendo
haber sobrevivido a tanto gozo.








31




VIII.


Casi una falsedad es la promesa
que deviene en milagro, como tantas
ficciones que resultan de llamarse
motivos de ilusión. También las horas
transcurren al pensar que estamos vivos.
Sólo en el tiempo del amor hay hechos
reales amparándonos, lugares
donde su vasta sombra resplandece.
Pero lo falso logra hallar cabida
con una sutileza incontestable,
nos incita a creer que ya está todo
vivido y disfrutado, cuando al término
aguarda todavía la esperanza.
Casi una eternidad es el abrazo
que deviene en vacío, como tantas
visiones que alimentan nuestra muerte.







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IX.


Estoy dilapidando mi existencia
al no habitar tus noches cristalinas,
tu levedad de espliego y malvarrosa,
mientras el tiempo reina en lo inmutable.
Es difícil saber por qué el otoño
se convierte en exiguo propietario
del árbol florecido, cuando sobran
inhóspitos ramajes bajo el cielo.
Soy consciente de todo lo que busco
al abrir tu ternura con mis manos,
invirtiendo la pródiga caricia
hasta poblar su hueco sostenido.
No sé si encontraré tu amor a oscuras
cuando apremie mi cuerpo y anochezca,
si lo que pierdo nunca me fue dado
más allá de la celda de mis sueños.







33





X.


El sol de Cefalú se descolgaba,
marchito y espectral, sobre la Rocca,
entre las callejuelas medievales
por donde fui perdiéndome en tu busca.
Qué extraña soledad atardecía
dentro de mí, qué frágil equilibrio
mantuve hasta caer penosamente,
como tanta aventura sin regreso.
Iglesias y palacios fueron dándome
noticia de tu sombra, derramada
por los ocres antiguos. Y yo, mientras,
percibía sus cálidos engastes
en mis ojos desiertos, los volvía
hacia una realidad inaccesible.
Qué extraño cielo desaparecido
dentro de mí, qué amarga certidumbre
de un ocaso sin horas, sin hallarte.







34




XI.


Profundamente mío
eres ahora, pasto del otoño
en incendios violetas que soflaman
un cielo demudado.
Qué atardecer recóndito tu cuerpo,
sus pliegues en penumbra,
mientras de mi ilusión caen las hojas
al ver tus ramas limpias,
como livor al alza
detrás de los visillos.
No sabría decirte por qué callo
si todo me provoca, contemplándote,
pura necesidad
de cubrir tu desnudo con racimos
recién cortados, vid espiritosa
en flujo de palabras.
Eres ahora crátera y otoño,
profusamente mío,
líquida adoración que a solas bebo.






35




XII.


Retablo de cenizas, desafío
a tanta soledad como me hiere,
helor interminable en carne viva,
trémulo corazón a ras del miedo.
Quizá sea el final de una tragedia,
de la gris lucidez con que vislumbro
personajes furtivos, escenarios
para representar mi propia muerte.
La vida se ha quedado ya muy lejos.
Lejos de mí, de aquella tarde tibia
donde logré encontrar una esperanza
en la que ahora no me reconozco.
Retablo de agonías, envoltura
para huellas durmientes, vana lumbre
de aurora malograda, purgatorio
con estatuas hilando la tiniebla.
La muerte se ha quedado ya muy sola.
Su soledad anida en mi regazo
como un áspid insomne, como máscara
para representar mi propia vida.







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XIII.

                                       Epitafio


Yo quiero descansar sobre una tierra
en la que nada me haya sido extraño,
ni siquiera el olvido de la gente;
oír pasos anónimos buscando
la posibilidad de mi recuerdo;
saber que en el silencio donde yazgo
armonizan sus pétalos las rosas
traídas por el viento a mi costado.
Yo quiero verme libre bajo un cielo
distinto de las noches que enclaustraron
mi inútil esperanza, en la creencia
de que valió la pena haber amado.
Descansar de mí misma, de la sola
vigilia, del regreso innecesario
a lo que nunca me ha pertenecido,
aunque a veces muriera entre mis brazos,
es mi deseo al fin de los deseos,
cuando vivir me quede ya lejano.





Lloréns Ferri





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(*) Sobre María Sanz




Sevillana de pura cepa, muy atenta a los colores, olores y sonidos, María Sanz (Sevilla, 1956) encaja mejor en el modernismo que en la postmodernidad. Su obra demuestra afinidades con la actitud de los filósofos-poetas contemplativos y se presta a una explicación basada en las teorías de Bachelard y Merleau-Ponty. Cuando se encuentra frente a la naturaleza o a la atmósfera de belleza creada por la mano del hombre, procede por Einfühlung (compenetración). No tiene interés en crear distancia entre lo observado y el efecto que produce en ella. Es constante el deseo de fusión con el objeto, permitiéndole conservar una partícula de misterio. Ella misma ha declarado que quiere crear poesía "intimista" y que asocia la contemplación de la belleza con apertura que invita a la trascendencia.
Según Richard Kerney, el arte postmoderno procede desterrando la intimidad subjetiva, la profundidad referencial, el tiempo histórico y la expresión humana coherente. María Sanz hace todo lo contrario: busca línea seguida y sentido de unidad. Está atenta siempre a la posibilidad de comunicar. Una intimidad subjetiva, pero no cerrada, es una de las características sobresalientes de su universo poético. Mientras que el artista postmoderno pone énfasis en las imágenes como artefactos que reemplazan la "realidad original" y se convierten en un juego técnico hiperrealista, María Sanz aspira a que su poesía sea "serena, transparente y abierta, que todo el mundo encuentre cierta identificación con ella". Sus paisajes no consisten en un juego de imágenes que se multiplican hacia la infinitud y cambian de sitio como en uncollage, sino que se sitúan dentro de un contexto cultural-histórico, creando a la vez un retrato coherente del yo íntimo de la autora. Permiten ir más allá de lo que perciben los sentidos. La actitud de María Sanz frente a la poesía tiene más de un punto de contacto con las teorías y poéticas que circulaban en España en la primera mitad del siglo XX. El mundo que presenta María Sanz no cabe en la descripción. Requiere intuición sugerente, tal como la concebía Heidegger. Procede Sanz por el método sugerido por Pascal: ver y no ver, "porque éste es precisamente el estado de naturaleza". El universo poético de María Sanz está poblado de un aleteo imperceptible; el vuelo, el movimiento ascendente entran con frecuencia en sus versos, esperando producir una sensación parecida en el lector. Para Sanz, Sevilla representa una vivencia imposible de distanciar como objeto de evaluación. Es su razón de ser. Se oye la música callada en el silencio sonoro de los místicos. La transmigración del yo a lo observado para fundirse, renunciando a sí misma, es constante. El gozo estético se vuelve experiencia casi mística, en la que predomina el asombro agradecido, cuya fuente es el mero existir de esta ciudad, belleza que destiñe sobre la autora.

                                                Biruté Ciplijauskaité



Para saber más de María Sanz, pulsar Aquí
y (adelantando hasta el minuto 31) AQUÍ