Schubert: La muerte y la doncella.
Prosa
"Soy como un libro que
nadie sabe leer",
decía.
Poco después
se arrojó sobre la piedra
de
los claustros de Anaya.
Su cabeza quedó desparramada
como estos versos.
Probablemente
hubiera seguido escribiendo
el libro de su muriente existencia
si alguien se hubiese esforzado
en aprender a leerla
y la hubiera abrazado
como se abraza un incunable.
Quiéreme como jamás nadie ha querido,
susurra todavía el eco de su voz.

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