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domingo, 25 de octubre de 2026

Angrac Ianto

 


Angrac Ianto



Si debo confesar por qué os escribo,

primero he de decir que la existencia 

no me basta, y que escribo

para saber quién soy.


Nací en verano. El fuego

del calor y el tronar de las cigarras

dejaron un estrépito en mi mente

que quise concordar, como una música

serena, y que fue estruendo,

vorágine y dolor.


El invierno también dejó su lluvia

y sus tormentas en mis ojos, puso

laberintos y cólera en mi alma.


Fue mi infancia una lucha contra el miedo

y una desolación, mientras sonaban

profecías de edenes y celajes

que mostrarían el azul fulgente

del cielo sosegado.

Me persiguieron las clarividencias

del infierno, la imagen luminosa

de la mujer, el sueño

y los abismos hacia el desengaño.


Más tarde, amé; y odié cuanto había amado,

pues todo eran cenizas del anhelo.

Ni amores ni deidades existían

sino en mi corazón, cautiva estancia

del ruinoso sentir.

Cuantas veces llamé

a la rendida muerte, tantas veces

la sinrazón de la existencia pudo

más que mi libertad encadenada.


Y en fin: posó la edad

su turbia esclavitud sobre mi cuerpo

y he mirado hacia atrás, y hacia delante:

   nada existe en el mundo tan hermoso

como la vida limpia,

aquella que soñé y que no viví

más que en el verso que tampoco he escrito;

pues mi escritura es sólo

la tentativa de vivir un himno

que siempre ha emborronado la elegía.


Mirad ahora si el orgullo puede

sentirse satisfecho o desdichado;

porque escribe mi pluma a mi pesar,

y solamente os doy

el recuento final de una derrota.




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