Inspiración
Querida Manu: cuando me arrebata
el milagro interior que me convierte
en mágico seísmo, yo soy otro
divisando invisibles odiseas
que atruenan mis sentidos y disturbian
la realidad y la palabra en frágiles
destellos de armonías insondables.
Tu védija asaeteada, el bermellón
sorbente de tus labios, las cariátides
brumosas de tu pecho.
Es la permutación de una agonía
en lúgubres metáforas de luz.
Las palabras son lúpulos errantes.
Y lo que queda escrito es la mentira
que arranco a un inefable sortilegio
o volcán, o metralla, o indefensa
creación:
igual que en aquel tiempo de locura
surgieron la metáfora y sus ojos.
Entonces un poema de amor es
algo más que un poema: un exorcismo;
un tótem y un tabú. Un crisol en el que
se funden trovadores y juglares,
Dante y Petrarca, Garcilaso y Donne,
El Bosco y Schumann, dioses y satanes
(y otras cenizas y otros manantiales).
Es una cripta travestida en cuna,
un espejo espejeándose a sí mismo.
Un magma de incoercibles estrategias,
un veneno sin triaca.
Y ya los versos cuajan la lujuria
con el más puro amor
-eso es el erotismo:
la norma y la excepción,
lo frugal pantagruélico,
una casta lascivia,
santidad, satiriasis,
el canon, su herejía-;
y renacen o "influyen" uno en otros,
todos en todos; y ya nadie es nadie,
todo es cuerpo abisal, carnal espíritu ...
Y Laura está en Julieta y Dulcinea,
y la mente es materia de una estrella,
océano de fuego, géiser lúbrico.
Así la disidencia de la pluma
es fiel a las montañas y llanuras,
y es la música el único poema
en el que se disuelve el más allá.
Y tú eres la madonna de mi cuerpo
y mis versos.
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