1.- El futuro es un proyecto del pasado que se malogra en el presente. 2.- El futuro no existe más que en el ansia de quien lo sueña. Y como todo sueño, impide vivir la realidad cotidiana. Así, podemos decir, con Quevedo: Soy un fue y un será y un es cansado.
3.- Pero, ¿quién se contentará con ser visionario de la abstracción del mañana y ciego para la concreción de su vida diaria? Es mejor darle sentido al instante que a la temporalidad. 4.- De modo que, puesto que la vida no tiene sentido, procuremos dárselo a cada instante inmediato para que este nos haga olvidar el sinsentido del todo. 5.- Porque no parece ético soñar con una hermosa existencia pudiendo hermosear con voluntad la vida cotidiana. Digamos, por lo tanto, con Cantero: Soy el que quiero ser más que el que fui.
Desde el instante en que aceptamos que la vida es inaceptable y, sin embargo, no nos suicidamos, estamos rechazando la validez práctica de todo silogismo y cualquier ética.
La existencia es un problema que no sabemos resolver. Ni siquiera acudiendo al logaritmo de un Dios. Pero he aquí que el instinto de supervivencia es más fuerte que cualquier divinidad, intelecto o melancolía. Y seguimos fluyendo hacia la muerte, único monstruo que no puede vencer la voluntad. ¿Tendremos que sucumbir ante tal evidencia o, mejor, sonreír ante la inevitable invasión de ese intruso?
Estaba yo mirando la existencia de otro modo: sus colinas para atisbar la luz, y ya no solo sus abismos con su acechante oscuridad.
Abrí La montaña mágica con desgana en sus primeras páginas; pero me ganó ese mundo en el que Thomas Mann opone a la mortalidad un canto a la existencia.
La fuente de los libros es la vida; y darla es su desembocadura. Por eso los libros que no transmiten vida mueren rápidamente. El autor crea alternativas a la existencia en sus utopías, o la satiriza con distopías: ofrenda lo mejor probable o avisa del posible peligro. El arte lo crea el hombre para el hombre, no el artista para el artista. El autor que permanece vivo es porque da vida al lector, no porque lo distrae de su vida.
Eso ocurre con La montaña mágica.
Imposible escapar de su fascinación: de cómo el joven Hans Castorp ingresa en un balneario para pasar unas vacaciones de 15 días y acaba atrapado, durante siete años, por la hipnosis y magia de ese rumor de vida apartada del mundo.
La minuciosa aventura interior de los muchos personajes teje una inabandonable necesidad de seguir leyendo: y la historia se convierte en una excelsa novela de aprendizaje, tanto para el protagonista como para el lector, que asiste a un canto a la existencia a través de la continua presencia de unos seres aparentemente desahuciados por la enfermedad.
Inolvidables Castorp, Settembrini, Claudia... y las innumerables digresiones sobre la vida, la muerte, el amor, el arte...
Como toda gran obra, un universo con sus propias leyes.
Hace poco recibí una página periodística en la que leí en su primera línea -donde cayeron mis insomnes ojos- que Borges dijo que los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Parece que no tiene importancia el error autorial: el universo va a seguir igualmente su viaje inextinguible. Pero no el espíritu de la verdad; y si esta se desintegra, también se diluirá el universo humano.
Firmaba el artículo A. Muñoz Molina; lo cual, por ser este académico, confiere al lapsus o desconocimiento una dimensión de grave y lesa ejemplaridad.
Porque lo cierto es que Borges el memorioso, icono de sabiduría, no es el cincelador de esa frase; la recogió, si no recuerdo mal, en Deutsches Requiem. Pero el autor de tal afirmación es Coleridge("se nace aristotélico o platónico": la leí, jovenzuelo aún, en un ensayo -creo que de G. Díaz-Plaja) sobre el Romanticismo, publicado por la nostalgiada colección Austral). Y no debe robársele a cada uno lo que es suyo solo porque la urgencia y necesidad de despachar un artículo nos impida certificar como auténtico lo que es nada más que probable.
(No sé dónde coloqué el dicho ensayo, para corroborarlo. ¿Estaré perpetrando igual delito memorístico?).
Como alguna vez he dicho, empecé este blog por azar y distracción. Sin embargo, como el mejor ocio es el trabajo, las entradas del blog se me fueron convirtiendo en un sustituto de las páginas del cuadernillo o papeles sueltos que aquí y allá emborronaba a cada instante para que saliese de mí cuanto me sobra y quedase cuanto me falta. En este momento, tras seis años, suman 2800 entradas, breves estas y aquellas excesivamente largas, con un total de unas 3500 páginas, entre fungibles y vigentes.
Así, me he ido encontrando con series de versos, breves ensayos y otras anotaciones que finalmente se han transformado en libros (ya más de 20, demasiados). De aquí han surgido para la imprenta títulos como Lejos de toda furia, La construcción del poema y Cánticoerótico, que recoge, junto a otros, los poemas que fueron apareciendo en este blog bajo el título de Los versos de Trovadorius y Libro de Teluria. Gracias a quienes leen mis palabras y a quienes van en busca de otras mejores; porque de ellos es el reino de los libros.
Hacía yo aquel ejercicio de inutilidad que la España ordenaba a la juventud para que supiese cómo morir por ella con un arma en la mano y como carne de cañón, supongo. Entonces apareció mi primer librito -que poco después hurté, para quemarlo, de todas cuantas casas visitaba-.
En aquel inejemplar título había, no obstante, y sin nada que ver con el resto de su contenido, un poema que ahora recojo de una antología que lo rescató. La causa es evidente: tiene poco que ver con la literatura.
Casi un poema Padre. Palabra desterrada del poema. Qué puedo decir de ti para cantarte. Apenas si en la Historia hay algún verso que cante a los que fueron como tú padres del sentimiento de sus hijos. Mas no basta el silencio de la Historia para callar mi voz en tu alabanza. Tal vez nunca existió un padre como tú, que callas y no dices que lo malo está mal, que callas y no dices, pero tienes un silencio que es un consejo alegre. Qué puedo yo decirte, qué para cantarte, para hacerte ternura en mi poesía si ni siquiera has muerto para que el sentimiento de tu muerte se entierre en estos versos y sea él mi poema. Cómo amarte y decirte que te amo con letras y con tinta si me puedo acercar a tus oídos y, si no susurrártelo, besártelo, dejarte una palabra en la mejilla. Este amor que te tengo es un plumaje que acaricia mi alma lentamente, un trozo de silencio que me envías desde tus ojos cuando nos miramos. Este amor que te tengo es una tarde que ha perdido el crepúsculo en su luz, como mi sombra pierde su silueta cuando viene la noche y estoy solo, sin esa compañera de mi gesto. Qué puedo yo decir para hacerte poesía. Padre. Pronuncio tu palabra y no me sabe más que a piedra o paloma, trigo, amor. No encuentro de tu vida nada que el mundo no haya hecho mil veces. Y estás viejo y no harás seguramente nada perdurable. Qué puedo yo decir entonces, dime. Dime lo que tú quieres que diga yo a los hombres. No te puedo dejar marcharte así, olvidando un silencio entre tus huellas. ¿No hay un grito en tus pasos, una guerra? ¿No escondes una herida en tu regazo? Dame sangre y haré de ella tu épica, forjaré un mundo donde tú seas sol. Dame sangre, tu sangre, dame sangre... O tal vez te has dejado la sangre allá, en la vida, en las otras heridas que no sangran, cuando yo te pedía un pan que fue el precio de tu sangre sin espinas. Si es este tu martirio ya tienes redención; porque puedo pensar que nada hiciste, nada que el corazón recuerde sobre el bronce, porque tuviste una batalla propia donde yo era el fusil que te sangraba las fuerzas cada día cuando el perro del hambre me ululaba... Qué no diré de ti, qué callaré. Tengo voz para siglos si este yugo que ciñe mi garganta, si el sudor que me brota del alma no me ahoga y seca mis palabras, estos gritos que mi pluma, como a la par de mí, llora tan húmedos ya, tan como lágrimas... Y entonces, aquí, ahora, en este verso es el dolor el que me hace sentir que el otro mundo, el de fuera de ti y de mí, no ha de saberlo, ha de seguir oyendo tu silencio porque yo ya no quiero repudiarlo. Y me voy junto a ti, donde me miras, y te dejo y te dejo y te dejo una frágil palabra silenciosa y una leve paloma en la mejilla...
- ¡Muy gwena, muy variada, mucho aguacate azul y giénjoles en tinieblas alfombrados con chorizos telesinésicos. Hay de todo, desde lo malo hasta lo peor, pasando por lo frankenstéintico, representando las diferentes trascendentencias... Yo, rodeado de tanta anomalía seráfica, sentí con certeza absoluta que jamás allí padecería el síndrome de Sthendall...
- ¿Y alguna obra que destacar?
- Una me pareció genialoide, supersuprarrealista y que solo se parece a sí misma, que es lo que debe definir a toda obra de arte.
- ¿Cómo se titulaba?
- No ostentaba título ni nombre de autor. Parecía una frondosa puerta que ni el mismo Belázkez... Me acerqué para respirar y no asfixiarme entre tanta incógnita fugaz y era una puerta real que daba a un pasillo y a la calle ... así que aproveché y me desaparecíme entre los transeúntes...
- ¡Muy gwena, muy variada, mucho aguacate azul y giénjoles en tinieblas alfombrados con chorizos telesinésicos. Hay de todo, desde lo malo hasta lo peor, pasando por lo frankenstéintico, representando las diferentes trascendentencias... Yo, rodeado de tanta anomalía seráfica, sentí con certeza absoluta que jamás allí padecería el síndrome de Sthendall...
- ¿Y alguna obra que destacar?
- Una me pareció genialoide, supersuprarrealista y que solo se parece a sí misma, que es lo que debe definir a toda obra de arte.
- ¿Cómo se titulaba?
- No ostentaba título ni nombre de autor. Parecía una frondosa puerta que ni el mismo Belázkez... Me acerqué para respirar y no asfixiarme entre tanta incógnita fugaz y era una puerta real que daba a un pasillo y a la calle ... así que aproveché y me desaparecíme entre los transeúntes...
Rachmaninov: Variación nº 18 sobre un tema de paganini
En el mundo hay manipuladores y manipulados porque todos somos elásticos y maleables. Y es buena esa condición de nuestra conducta, y aun de nuestro carácter. Lo malo es cuando una frágil personalidad se deja extorsionar por el manipulador: entonces tememos que quien desea aconsejarnos para bien también nos quiera hacer esclavos de su manipulación.
Las cosas no ocurren en el mundo: suceden en nuestra mente: son como las percibimos. Si quien amó mucho sufrió igualmente mucho, se negará a amar de nuevo y dirá que todos los hombres, o mujeres, son igualmente detestables. Por el contrario, quien fue feliz amando sentirá que todos los seres humanos son maravillosos. Naturalmente, ni una ni otra cosa son ciertas: hay buena y mala gente, y toda buenamente o malamente egoísta.
El egoísmo tiene mala prensa porque conlleva el desinterés por los demás. Pero si todos fuésemos buenamente egoístas querríamos lo mejor para nosotros y, por lo tanto, para todos: porque, en buena medida, cada uno somos lo que piensan de nosotros, y nadie en su sano juicio quiere ser malquerido; de modo que todos daríamos lo mejor de nosotros mismos para que, siguiendo el impulso de reciprocidad, cuanto recibiésemos fuese lo mejor.
La poesía, sostiene Antonio Gracia, es la filosofía que, liberada del silogismo, se constituye en ideología del corazón que predica que todos nos emocionamos ante las mismas cosas y da fe de esa emoción equilibrando la palabra que logra contener, domesticar, definir y transmitir los sentimientos.
Siendo el sentimiento lo que perdura en el hombre a través de los siglos, ¿cómo no frecuentar la poesía, si es en el poema donde se encuadernan las emociones y, por tanto, la identidad natural humana? ¿Y cómo no seguir el hilo conductor de la poesía para ver cómo los distintos autores de la historia han tratado de cincelar idóneamente esos sentimientos, tallados por el criterio estético de cada época? Nos reconocemos iguales en las emociones, aunque no concordemos en el pensamiento, modulable en cada época.
Todos los grandes temas poéticos giran alrededor de la vida y la muerte, de sus nexos, derivaciones o facetas: el amor, el dolor, la convivencia, la belleza, la pérdida, las ruinas… Todos pueden agruparse en dos grandes ejes: el canto a lo que se desea perdurable y el llanto por la mortalidad: el himno y la elegía. La poesía esencial es un muestrario de esas dos grandes pulsiones humanas; de donde se deduce que conocer el devenir poético es conocer el corazón del devenir social. Porque la escritura —todo arte— es la construcción de un yo egregio y perdurable alternativo al de esta vida.
Seguramente el primer poema fue el que se dijeran Adán y Eva: un escueto «Te quiero. Sobrevivamos juntos». El eros para combatir el tánatos. Después, todos hemos estado repitiendo con distintos lenguajes y maneras aquel descubrimiento que, como tal, fue un estallido síquico de la creación, cuyo temblor sigue sintiendo cada nuevo corazón que nace a tan dulce escalofrío y tan difícil convivencia.
Se han sucedido las estéticas, búsquedas, concreciones: los Ovidios, Propercios, Manriques, Petrarcas, Garcilasos, Villones, Yepes, Donnes, Shakespeares, Quevedos, Bécqueres, Baudelaires, Nerudas… Y a pesar de las palabras, y con su sometimiento, siempre hay un poema que repite el tintineo de esos temas perennes, aunque perezcan las palabras que lo recogen, lo legan y lo actualizan. Incluso «podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía». Y no sólo «mientras exista una mujer hermosa» —criterio que hoy suena misógino—, sino mientras exista un hombre vivo luchando contra la muerte propia y dando vida a la ajena.
Ninguna gran obra hay que no haya nacido de la profundidad del sufrimiento de quien, porque tanto sufre, pretende construir algún consuelo y, por lo tanto, también cualquier otra gran obra que empuje a la alegría de sentirse vivo. Los autores de esas obras, sean de la naturaleza que sean, son los verdaderos héroes sociales. Por eso, al margen de los partidismos a la que la han sometido los religiosistas, la Biblia mantiene su vigencia: porque contiene la historia de las derrotas y victorias de la humanidad; porque es un compendio de sus sueños y devastaciones.
Don Quijote es una tragedia nacida de quien vivió trágicamente y pretendió explicar, con humor, el mal del mundo y oponerle una panacea. Dostoyevskifue un sufridor que se aferró a la idea de un Dios restaurador de la paz de sus sufrientes personajes. Shakespeare teatraliza el drama de la existencia a través de unos protagonistas que persiguen la paz constantemente. Dante edifica la catedral de la Divina Comedia para colocar en su cúspide el amor como utopía con la que redimirse de la catástrofe humana. Beethoven no existiría sin la persecución de la oda a la vida como ungüento contra la elegía que emana del vivir. Wagner musicaliza sus obras con melodías cantadas por solitarios que buscan, inevitable y decididamente, la redención de sus vidas ansiosas de paraísos fracasados. Homero y Virgilio no dejan descansar a sus héroes hasta que retornan a la ínsula feliz que les permite percatarse de que han regresado al edén de su origen o conquistado el de su destino.
Quevedo se ríe de sí mismo por su mortalidad, pero construye el poema amatorio más salvífico de nuestra literatura. Góngora, ante la fealdad del mundo en el que vive, inventa un lenguaje cuya belleza sea un paliativo de su turbio alrededor. Neruda opone al existencialismo de su Residencia en la tierra unas Odas elementales para señalar que frente a la triste metafísica se eleva la alegre naturaleza, lugar en el que vivimos pese a la abrasión del pensamiento. Miguel Ángel gigantiza sus figuras por su megalomanía y, quiero creer, también para mostrar el titanismo del Universo del que somos dignos. Rembrandt repite incesantemente sus autorretratos para hallar su verdadera identidad y no caer en la impostura.
El factor que humaniza y conduce, a través del tiempo, la esencia del humanismo, por muy peregrino que parezca, es el que consigue conjugar la pasión con la razón: el arte; y en el arte, el más próximo y cercano, la literatura; y en ella, la poesía, que es la filosofía que, liberada del silogismo, es la ideología del corazón que predica que todos nos emocionamos ante las mismas cosas y da fe de esa emoción equilibrando la palabra que logra contener, domesticar, definir y transmitir los sentimientos.
Por eso, al margen de méritos estrictamente artísticos o literarios, nada vale el poema que no nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos; nada vale el poema que no consigue hacer sentir al lector que también él es autor de lo que lee porque lo siente como propio; nada vale el poema que no logra mitigar la tristeza del triste; nada vale el poema que no desvela las tinieblas de la melancolía para desterrarlas. Nada vale el poema que no alumbra el corazón y la existencia… Nada vale el poeta que escribe para los poetas y no para los hombres. Nada vale el artista que no crea para el hombre que hay en todo artista.
Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto(1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de Homero, La condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obra, Ensayos literarios, Apuntes sobre el amor, Miguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo y La construcción del poema. Mantiene el blogMientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en LA BIBLIOTECA Cervantes Virtual.