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jueves, 6 de junio de 2019

Lecturas imprescindibles: La muerte de Ivan Ilich

Chopin: Sonata nº 2 (Marcha fúnebre)


Sales de la adolescencia envuelto en los harapos de los paraísos de la infancia, derrotados por la realidad. Los sueños de eternidad y plenitud que nos provoca el instinto de supervivencia se hunden ante el fracaso de lo cotidiano, efímero y prosaico. Mueren las esperanzas razonables, el amor se convierte en compañía contra la indefensión, crece la soledad frente al innúmero Universo, aparece la muerte.
     El relato de Tolstoi La muerte de Iván Ilich expone en toda su crudeza los últimos días de un enfermo con el que el lector se identifica: como final de su horror, a sus preguntas sobre la muerte se da respuestas que nos sirven para vivir mejor. También ahonda en la condición de que si la muerte es una certeza la vida puede haber sido una mentira hilvanada por las convenciones.
     No me interesa Guerra y paz, pero sí la guerra y la paz entre las que se debate el hombre durante su existencia. Eso sí es un combate y una historia interminable: hallar el enemigo dentro del propio cuerpo y no poder vencerlo siquiera con la mente.
     Durante milenios hemos vivido en una cultura de la muerte. Nos han enseñado a temerla, y a temer las enfermedades como sus preludios. Sobre todo a temer la agonía.
   ¿Cómo consolarnos frente a la muerte? Todo el pensamiento antiguo, moderno y futuro se ha encaminado y ha de encaminarse a resolverla o mitigarla. Y parece evidente que La Antigüedad la sobrellevaba con estoicismo y no con el existencialismo actual. Epicuro, Sócrates Séneca nos aconsejarían bien. Pero de poco sirven las filosofías sobre la muerte que no se practican durante la vida. Y lo cierto, y lo que hay que afrontar, es que todos padecemos una enfermedad llamada Muerte, de la que nos contagiamos al nacer.

Lecturas imprescindibles

Lecturas imprescindibles, 1

Lecturas imprescindibles, 2 

miércoles, 5 de junio de 2019

Las auténticas aulas



Nuestra buena o mala educación -cultural y social- está marcada por las personalidades relevantes de nuestro alrededor, cuyo modelo seguimos desde el instante mismo en que nacemos: familiares, vecinos, conocidos; es decir: hogar, sociedad, centro educativo. Ellos nos adiestran directa o indirectamente y determinan nuestra conducta ante las diferentes situaciones y circunstancias.
Si en alguien puede resumirse esa serie de personas y personajes es en los padres, custodios físicos y síquicos de la infancia en su trayecto hacia la edad adulta. El padre da lo que es, lo que ha sido y lo que quiere ser al hijo, quien repetirá, con matices, su proceder legándolo también a sus hijos.
En esta progresiva descendencia y heredad, un vecindario se constituye en la escuela autóctona y más poderosa, siéndolo aún más, por el mismo contagio, la ciudad y el Estado. Con lo que podemos deducir que son los padres de la familia y de la ciudadanía los verdaderos maestros de la educación: padre genético, padre social, padre político. El colmo de este planeta de los simios ex-simios llega cuando consideramos su transformación en aldea global.
De todo lo cual se deriva igualmente que el profesorado del colegio, el instituto o la universidad poco tiene que ver con la personalidad del estudiante como individuo, puesto que, aunque los profesores ayudan a pulir el carácter y la objetividad, en ningún modo pueden competir tres o cuatro horas docentes semanales por asignatura con las 50 horas más o menos indecentes o libertinas en la calle o ante el televisor, que, si nunca son ejemplares, siempre son tomadas como ejemplo por el adolescente.
     (Ejemplo: pregúntese mi vecino por qué permite que sus hijos vuelvan -casi todos los fines de semana del año- de madrugada, borrachos, canuteados y escandalosos; pregúntese el político, por ejemplo, por qué cada día se permite decir impunemente diego donde dijo digo); pregúntese el profesor por qué se cansa antes de tiempo de estimular a sus alumnos por mucho que sepa que ningún estímulo hará que cambie la visión del mundo aprendida en su hogar, vecindad, sociedad, globalidad).


martes, 4 de junio de 2019

El abrazo ignorado (Una historia de todos)


Purcell: Lamento de Dido

Entonó el juglar su canto dolorido:
     Después de algunas décadas ella y él se encontraron y trataron de ordenar -para entenderlo- el pasado: "¿Por qué desapareciste?, ¡creí que me querías!, ¿qué  haces ahora?, ¿qué hubiera sido de nosotros si lo que empezaba no hubiera terminado inesperadamente... ?".
     Pero el tiempo nunca nos responde satisfactoriamente porque hay tantos pasados como seres preguntándose por él. "¿No nos dábamos lo que necesitábamos, nos faltaron los besos, huimos de la carnalidad imprescindible, fue todo un sueño del que, de pronto, despertamos en medio de la nada que creímos que iba a ser un todo... ?".
     Y sigue la pregunta, y sigue la respuesta sin aclarar las interrogaciones: porque la verdad es que están encadenados -al menos uno de ellos- a una inercia que se llama con el nombre de otra persona: "yo no sé si la quiero poco o mucho, pero no puedo abandonar el viaje que empecé y dejar mi vida para resucitar aquella otra..., por eso no podemos vernos: podría perder esta también". 
     Es decir: "que lo único que me ha hecho buscarte a través de los años es la necesidad de satisfacer mi intimidad, herida por la duda de si sufrí abandono, si me quisiste, si fracasé... tienes razón: solo te necesito para que me des esa respuesta, no para dártela ...".
     Y el juglar terminó su estribillo: No amaban a quien buscaban sino que buscaban amarse a sí mismos desterrando el temor de no haber sido amados hace tiempo -cuando de verdad, y sin pasado, se quisieron-.


lunes, 3 de junio de 2019

Jose Manuel Ferrández Verdú: Un apunte sobre A. Gracia



Schumann: Adagio, S. II

Si “La Estatura del Ansia” de Antonio Gracia es el más auténtico y peligroso libro de poemas de las últimas décadas, la Dama de Elche es el poema más emblemático del libro, y donde se condensa, y a la vez se despliega, la dramática cadencia de una música desconocida hasta entonces en la lírica española, en la que se funden de forma inseparable el abismal heroísmo wagneriano con la doliente y bella expresión de una conciencia en lucha con la culpa anterior a la vida, calderoniana, pero que extrae sus motivos, y los desarrolla como una melodía vertiginosa, de los avatares de una existencia y un destino inexorable. 

     José Guillén estableció con sabiduría en el prólogo las claves vitales y literarias del libro, así como de la personalidad de su autor, por lo que no podría yo, con menos recursos expresivos y críticos, mejorar aquella magnífica introducción de la primera y última edición, que yo sepa, que se haya hecho del libro. Lo cual me parece que no hace justicia a un conjunto de poemas cuya unidad profunda está cimentada en la intensísima emoción que lo ha creado, transformada en una escala de versos por los que su autor trata de ascender a la salvación por la belleza. 

     Pero esta nunca salva de lo que está incrustado en el alma como una oración grabada en piedra; y a ese libro siguió otro -“Palimpsesto”- para hundir a Antonio Gracia en la sima del yo, que durante años lo tuvo prisionero de sí mismo.

     Después vino la visión filosófica del mundo con una serie de libros donde los versos y las reflexiones tratan de encontrar una idea matriz, un eje sobre el que hacer girar el laberinto de la vida, y desentrañar las oscuras veleidades de la conciencia del ser humano, sin renunciar a lo que pudo rescatar, a los restos del naufragio que conservó de aquellos poemas que fueron el reflejo de una tormentosa conflagración interior.

     Lo que la Dama representa es un oscuro símbolo de algo que debió ser y no fue para el sueño del poeta, o que fue y no debió ser.

                                                

                                           Para leer el poema pulsar

                       Dictaduras de la pluma



sábado, 1 de junio de 2019

Querida Lectriz

Marcello: Adagio

Querida Lectora:
Te agradezco la lectura, incluso que prefieras la primera y antigua versión de The Lady.
Aun así, debo decirte que:
     1.- Hace dos años publiqué “La construcción del poema”, un libro de ensayos progresivos que indagaban sobre lo que expresa su título.
     Te diré lo que he escrito por ahí: El pueblo es el mejor autor; pero esta afirmación mía vale para Homero (conjunto de autores que este, fuera quien fuese, aunó hasta perfeccionarlos con su voz), el Romancero, la lírica medieval… Sin embargo, en Arte no hay democracia, sino individuo, como demuestra bien el Romanticismo -y su hijo el irracionalismo en sus distintas escuelas-. Por tanto, una obra es de su autor, aunque la interpretación sea del lector. Así que lo de que "hasta que el pueblo las canta / las coplas coplas no son …" de M. Machado no es más que una opinión formidable, no una sanción inalterable. 
     Todo poema es emanación de un yo herido o engreído, del que brota lo que con otro título califiqué de “El himno en la elegía”, cruce de ambas corrientes medulares de la historia. Por eso los dos poemas (“Súbita…" y "The Lady…” están bajo el epígrafe de “Dos himnos elegíacos”.
     Tal vez lees con los ojos de la nostalgia y trasladas la emoción vivencial del pasado al presente, sin más vivencia que la de la lectura, lo que impide actualizar la visión y sustituir lo que ayer sentimos con la calidad de lo escrito y leído objetivamente hoy. He ahí el porqué de tachar, sustituir, mejorar… Sin esas tachaduras y pulimentaciones no existiría “La tierra baldía”, ni J R Jiménez… tendentes, ellos y otros (y tú, y yo…), a reparar las heridas del yo más íntimo y auparlo hasta donde podamos. La pasión irracional siempre es más estrábica que la razón apasionada.
     Saludos.



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> CREACIÓN POÉTICAS

Dos himnos elegíacos 

de Antonio Gracia

El poeta alicantino firma 'Súbita memoria' y '
The Lady of Ilici', dedicado a la Dama de Elche.
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