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Decir unas palabras sobre Antonio Gracia (Homenaje, 1)
Decir unas palabras sobre Antonio. Pues claro que sí. Son las once. De la noche. Y me pongo a pensar. Repaso mis recuerdos y el presente de una amistad duradera en el tiempo. Siempre el tiempo. Recapitulación de flash-backs. Espigo entre brumas de las borias del pasado. En la memoria, muchas estampas. Y me acuerdo, verbigracia:
-De cuando Antonio sacó su biblioteca al jardín de su bungaló en los tiempos de su estancia en San Vicente del Raspeig: libros bajo los árboles, libros en la cocina al aire libre, libros sobre una vieja mesa, sobre las sillas. Libros con polvo de estrellas. Libros alimentándose de malvas, espiguillas, lizones, cerrajones. Pasta de papel, tinta negra, que se nutren de la savia de las hermanas plantas. Como en la Comuna de París, las obras de arte, a la calle, bajo las estrellas, en el cruce de los caminos.
-De cuando pasamos, hace más de medio siglo por el Sistema Central, era verano, julio creo, dirección Norte-Sur, haciendo auto-stop y nos encontramos a un lugareño tirando del ronzal de un burro, cantando aquel cantar que a buen seguro recuerda Antonio, y que decía: “María, si vas al baile / y te preguntan por mí, / diles que estoy en el cielo / por un beso que te di”. Cuatro versos populares perfectamente medidos y rimados.
-De cuando vimos en Salamanca a un Miguel de Unamuno en bronce atormentado por un escultor, el padre que lo parió, después de ver una rana croando encima de una calavera, tras una excursión por la ribera derecha del Tormes al atardecer, creo que Oniria pasó en una barca. Esa misma tarde, al oscurecer, hicimos un detenido examen de los cuernos del toro de la puente.
-De cuando, tras lecturas voraces, y visiones de estampicas de santas griegas desnudas, nos dedicábamos, en grupo, en sesiones de historia del arte, a admirar a nuestra querida diablesa en esta Biblioteca Fernando de Loazes que nos acoge hoy, cuando su domicilio era el palacio de Teodomiro. En aquellos años de la época prodigiosa que, como de todos es sabido, fue la de los años sesenta. La Diablesa, condenada eternamente a comer la manzana de espaldas a la pared llena de libros, las tetas sulfurosas al aire.
-De cuando fuimos a Murcia a la calle Trapería de Murcia a comprar una guitarra que sonase bien. Recuerdo que antes de llegar paramos más o menos frente al Raal, antes de llegar a la Santomera de don Jeromillo, patria de los cordiales y de las morcillas de cebolla.
-De cuando hicimos noche en Granada, tras una etapa de nuestro periplo nacional y nos salió el sol en los jardines de la Alhambra, ante la sorpresa de los cipreses y los leones.
-De cuando Antonio, Vicente y Miguel discutían plácidamente de la importancia de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Antonio Molina en una cafetería de la Glorieta, el Alfín creo que llamaba, en una mesa al pie del monumento a Gabriel Miró, testigo mudo de la escena. Por cierto, muy cerca estaba el banco desde donde don Magín de Oleza vio pasar a Purita hacia la estación del tren, para irse y no volver nunca jamás.
Pero no sólo de memoria vive el hombre. Cojo un libro de Antonio Gracia. El libro es su penúltimo trabajo, En nombre de la luz. Trabajo prodigioso al que le he dedicado cinco artículos cuyo título enumero: “Sobre el laberinto estelar”, “Comprended que cantar es el camino”, “La inmensidad de Antonio Gracia”, “Alrededor de una estatua carminícola sentada junto al mar”, “En busca de la luz, buscando a Oniria”. Artículos para un libro que se está gestando, amenazo.
Y me voy camino del “Prólogo” de Ángel Luis Prieto de Paula. Al final de su reflexión dice que tras la resurrección poética de 1998 (la de Antonio Gracia), sus libros “hacen girar el tórculo para imprimir a sangre un dolor que siempre está ahí, como el buitre de Prometeo, pero que procura disolverse en contemplación, aceptación y arte.”
Esta mañana, la de hoy, 21 de abril de 2026, oh prodigio, ha amanecido. La luz, el sol, la comba del cielo azul. Y de pronto, un regalo a las ocho de la mañana: en el blog de Antonio que se llama Mientras mi vida fluye hacia la muerte, aparece a pleno día su “Trayecto hacia la luz”, con la banda musical de la Suite nº 3 de Bach. Dos partes tiene su Trayecto: la primera, “Huyendo del infierno”, en que habla, entre otras cosas, de su “glotonería lectora”, y la segunda parte, “Hacia la luz”. En esta última constata el poeta su “voluntad de vivir.”
Y es que Antonio es así.
Muchas gracias, Antonio, por tu trabajo.
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