
Sobre Antonio Gracia (Homenaje, 3)
ANTONIO GRACIA
Conocí a Antonio Gracia a través de mi hermano Antonio. Cuando regresé a mi casa después de una ausencia de varios años mi hermano se había convertido en poeta y él y Antonio Gracia eran grandes amigos, así como cómplices de correrías poéticas acompañadas de alguna absenta en honor de sus mentores Baudelaire y Rimbaud
Ellos por entonces querían parecerse a los poetas malditos y lo habían conseguido hasta extremos bastante convincentes. A veces llegaban iluminados a altas horas de la noche después de quién sabe qué versos terribles y hermosos.
Antonio Gracia era profesor de literatura en Callosa de Segura, y como artista del verbo era una especie de líder de algunos que deseábamos encontrar el camino de la emoción lírica y artística con todas sus consecuencias. Pepe Aledo, Manuel Susarte, Blanca Andreu, Fernando Sánchez, Miguel Ruiz…
El pintor Guillermo Bellod era también amigo y compatriota de dolores y pasiones artísticas.
Esto sucedía a principio de los años 70 y en el ambiente había como una efervescencia vital y un deseo de salirse de los límites habituales y monótonos de las cosas normales.
Antonio fue el guerrillero mayor de aquél escaso pero aguerrido ejército en busca de batallas con la vida, a favor y en contra al mismo tiempo. Solíamos hacer reuniones en todas partes y de todo tipo. Una complicidad anónima nos hacía vibrar en ondas similares. También estaban los del teatro, Carmelo, Atanasio, Segura, Amado, mi propio hermano, Manuela, Rafael Lozano etc. Y las chicas, Dolores, Lola, Consuelo, Carmen…
Uno de los asuntos más importantes, al menos para Antonio, Blanca, mi hermano y yo, era la música en su versión clásica, ya que el rock todavía no había penetrado en nuestras almas con la misma intensidad. Antonio tuvo siempre un oído musical extraordinario y amaba sobre todo el romanticismo del siglo XIX, Wagner, Beethoven, Schumann, Liszt…de los cuales hablábamos muchísimo, gastando millones de palabras.
Esa pasión musical es quizá una de las claves de la seducción rítmica de sus versos libres cuya cadencia lírica se halla sumergida en la oscuridad melódica de ciertas armonías que van más allá de todo intento de explicación racional.
Por entonces ya había publicado La Estatura del Ansia, conjunto de doce poemas en verso libre, y este breve pero genial opúsculo fue suficiente para situarlo muy por encima de nuestras propias aportaciones, y lo convertía en un gran poeta ante nuestros ojos asombrados.
Debido al hecho de que Antonio hubiera ganado dos veces el concurso Sijé, y su libro de poemas fuera premiado en Madrid en el año 1972 con el premio Anue, tras lo cual tuvo una entrevista en el telediario, el Ayuntamiento le propuso dar un recital, a pesar de que hasta ese momento dicha corporación había perseguido con saña la poesía de Antonio. (Tal vez lo hicieron porque no habían leído el libro, y se dejaron llevar por los rumores).
Él solía decir que entre todos formábamos la generación de la preguerra y organizó el citado recital de poesía con los que estábamos intentando escribir algo. Se hizo en el salón de actos de la Caja de Ahorros de Monserrate. Cada cual leyó un breve texto poético o en prosa. A partir de entonces todo comenzó a funcionar mucho mejor.
Franco murió. Se inauguraron muchos bares y antros comunistas, así como la librería Trilce, que dio mucha guerra, aunque por poco tiempo, un lugar sencillo pero lleno de fervor hacia los nuevos tiempos e ideas.
Antonio tenía alquilado en Callosa de Segura un pequeño piso bastante destartalado, donde íbamos a veces a hablar de literatura, a beber vino y a vivir la poesía de la manera más intensa posible, acompañados por nuestras amigas de entonces y compañeras de fatigas.
En aquélla época las mujeres no se atrevían o no sentían la necesidad de lanzarse a la arena del ruedo poético o intelectual, de arrojarse a las fauces del verso impuro. Eran otros tiempos
Durante años me obsesionaron cuatro escritores, Jonathan Swift, Borges, Cioran y Antonio Gracia.
Yo leía los poemas de La Estatura del Ansia solo en mi habitación hasta altas horas de la noche, ya que aquellos versos habían sido escritos para la noche y el resplandor de la luna.
Del resto de autores que admiraba podía disfrutar de su obra solamente, sus personas eran inaccesibles
Pero Antonio vivía cerca de mi casa y a veces nos hacía visitas, o nos veíamos en algún sitio para hablar de lo que fuera, teniendo así el privilegio de poder cultivar la amistad de la persona que había escrito aquellos poemas tan magníficos.
Durante mucho tiempo leí obsesivamente este libro en medio de un estado de intensa conmoción a la vez que una angustiosa conciencia de la imposibilidad de alcanzar tanta perfección y expresividad lírica.
Más adelante Antonio y los demás nos unimos a las dos revistas literarias, la Lucerna y Empireuma, que surgieron en Orihuela de la mano de Zerón, Piñeiro, Ada, José Manuel Ramón y José Antonio Muñoz Grau, así como el hábil pincel de Pepe Aledo que ilustró casi todos los números, y su hermano Antonio Aledo que escribió alguno de los mejores artículos de La Lucerna. Tales iniciativas removieron aún más las aguas de la actividad intelectual y artística hasta un nivel nunca visto desde los tiempos de Miguel Hernández y compañía.
Gracias a la influencia de Antonio, la Diputación de Alicante publicó libros de varios poetas de Orihuela, en concreto de Antonio Ferrández y José Luis Zerón, así como de Miguel Ruiz de Redován el cual mantuvo durante años una intensa relación con las revistas y poetas de aquí.
En el ámbito literario y poético Antonio aglutinó durante el tiempo que vivió en Orihuela, a muchos de los que intentábamos escribir poesía. Fue una especie de mentor espiritual de aquella generación. Después de marcharse continuó contribuyendo asiduamente con artículos y poemas en ambas publicaciones durante años. Actualmente continúa relacionándose con gente de aquí desde su domicilio en Alicante, también con nuevas iniciativas surgidas posteriormente como Auralaria, de Luisa Pastor y Álvaro Giménez.
Por entonces nosotros empezábamos pero Antonio y Guillermo Bellod, que fueron muy amigos, ya habían llegado hasta el oscuro fondo de sí mismos.
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