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martes, 28 de octubre de 2025

Mientras mi padre agoniza.

Mozart: Lacrimosa

El cuerpo luminoso


¿Cómo llegaré a ti, cadáver mío?
¿Con qué palabras puedo despertarte
o con qué dulce música acunarte
para aliviar tu yermo escalofrío?

¿Qué silencio o qué voz puede llegarte
y desatar de nuevo tu albedrío?
¿O acaso estás en tan hermosa parte
que no quieres volver a este vacío?

¿No eres tú mismo? ¿Quién ha transformado
tus huesos y tu carne y tu conciencia
en tan breve momento dilatado?

¿Hay otra luz más bella en ese lado
que a los cuerpos les da la transparencia
con que siempre las almas han soñado?

Siempre la muerte ha estado espiándome para delatar mi ansia de vida y llevarme al otro lado. Desde muy infante sentía su presencia como un fiero animal agazapado y colérico. La muerte de Oniria y todos los anhelos sembró sus cementerios por todo mi horizonte. 
     Pero aquellos días no era la muerte metafísica la que picoteaba mis penumbras. Mi padre yacía en un hospital, alanceado por el bisturí y amarrado a la vida con tubos y otros abalorios. Todos estábamos absortos.
    La telaraña de la muerte me dictó durante dos semanas poemas en los que descansaba mi tristeza y mi furia contra todos los dioses.
     Aquella mañana, hacia las 5:30, escribí los versos arriba copiados como si ya hubiese ocurrido lo que iba a ocurrir unas horas más tarde: una sucesión de interrogaciones retóricas, no sé si dictadas por mi historial de muertes inconcretas o por mi contemplación de la realidad más inmediata. 
     Llegué al hospital y entré en su habitación. Le dije -y él no hablaba- que procurase sanar pronto porque teníamos que hablar de todas las cosas que habíamos callado durante años. 
     De repente tuve que llamar a la enfermera, y el médico me echó de la habitación mientras entraban una maquinaria, último presunto salvavidas.
     Media hora después, yo daba un puñetazo en la pared, aunque pretendía noquear a algún Supremo Artífice.
     El maltrecho poema, que no hace justicia a su nobleza, había sido premonitorio.
     (Luego, como poema inicial de La epopeya interior, lo leí en Roma, llevado allí por el Premio Fernando Rielo).


30419

En busca de aquel que somos.



El pasado es ese otro yo que se comporta como un padre que no permite independizarse a su hijo. 
     Todos tememos revisar el pasado por si se nos derriban algunos dioses o descubrimos que algunos diablos no lo eran tanto: por si nos equivocamos y nuestra vida es un error. Pero el viaje hacia nuestra identidad es necesario e inevitable.
     Nuestros recuerdos son fantasmas de una realidad que tiene más de fantasma que de realidad. No obstante, la verdad es solo una perspectiva. Y no debiéramos sentirnos culpables, que implica maldad o premeditación, si encontramos erratas en nuestro comportamiento. No creo que nadie haga daño por amor a hacerlo, y menos a sí mismo: no creo en la maldad. Además: debemos atenernos a la duda razonable de que las cosas no son como se recuerdan: la telaraña de la vida enreda tanto sus hilos que todo se distorsiona. 
     Así que las únicas preguntas que yo me haría al afrontar mi pasado -y salir indemne- son: ¿Quién no comete errores a pesar de querer acertar? ¿Qué voy a perder por sentarme a hablar con quien quiere lo mejor para mí, que soy yo mismo? ¿Por qué no iniciar un presente venturoso comprendiendo, disculpando y agradeciendo cuanto recibí? ¿Por qué no hacer un esfuerzo y eliminar todo lo que parezca rencor o venganza de mí mismo contra mí mismo? ¿Por qué no hacer de mi ayer un amigo en vez de tratarlo como a un enemigo? ¿No es mi presente la semilla de mi futuro? ¿Y no es este solo un cúmulo de anhelos que no se cumplirán si no nos esforzamos por cumplirlos
     Solo entonces, tras ese diálogo sin disputa, se alcanza la serenidad, la sensatez, la gentileza: la justicia del vivir. La autoanagnórisis.

domingo, 26 de octubre de 2025

El Precio del Triunfo | Película clásica en español | Cine negro

Lecturas electrónicas.



Boccherini: Minuetto

Siempre he sido un lector errabundo. Me parece que lo que leo en una página ya lo he leído en otra que también leí hace tiempo. Necesito una docena de títulos a mi alcance para, cuando me canso de uno, pasar a otro en busca de lo distinto, lo desconocido, lo descubridor de mí mismo y la existencia. 
    Eso es lo único bueno que tiene el libro electrónico: que permite llevar varios miles de libros en una biblioteca de apenas unos centímetros y saltar por sus estantes como un simio que, además, encuentra los títulos a los que regresa abiertos por la misma página en la que los dejó. 
    Pero donde haya una tecnología gutemberguiana que no acudan las demás. El libro impreso es como un cuerpo que te espera: y no hay cósmico o místico orgasmo semejante al que te produce aquel que abres y sabe decirte lo que necesitas oír mientras lo penetras hasta el corazón. Hechos de carne estamos, de materia muriente. Por eso el tacto amable nos permite, más que ningún otro sentido, considerarnos vivos.


sábado, 25 de octubre de 2025

El fuego de la creación


                                        Rimski: Scheherazade.

El fuego de la creación (Prometeo)


¿Qué sería del hombre sin sus sueños?

Durante siglos como eternidades

vivió el hombre a la sombra de la luz, 

fuera de la razón, en las cavernas

de la intuición veloz y el lento silogismo;

yo encendí bajo el párpado una antorcha.

Yo descubrí el enigma de la Esfinge,

conseguí cabalgar las olas con navíos,

fingí el corcel troyano, di a Aristarco

la forma de la Tierra, liberé

al artista de su barbarie; el barro

se convirtió en estatua; la línea y el color 

forjaron los espejos de paisajes y rostros;

el sonido fue música.

No hay página que no haya escrito yo,

ya sea de agua, de sangre, tinta, o piedra.

Yo soy la efigie de la voluntad,

el paroxismo, el éxtasis, la duda

vencida y convertida en existencia,

el origen, el tuétano, la causa

de cuanto habéis llamado Humanidad.