Quien sufre un complejo tiene dos opciones: afrontarlo para vencerlo o, bien, ocultarlo. Aquel que lo afronta termina por asumirlo hasta que consigue superarlo. Quien lo oculta lo convierte en su talón de Aquiles, y siempre será víctima de quienes se lo descubran. Me refiero a los complejos que hieren la autoestima. Otra cosa es el complejo de superioridad: o sea, el que dicta la inferioridad de los otros. Ese es el de los megalómanos y solo se cura con el desprecio o, mejor, con el silencio ante su aparición. Porque hablarle a un necio es convertirse en necio.
Los escritores se dedican a intentar tener éxito; los autores a encontrar o crear su verdadera identidad. Los "escritores" a ejercer su profesión, que es llenarse los bolsillos y el ego social; los autores a comprender su propio yo y entender el mundo. Igual ocurre en todas las artes. El artista no puede evitar serlo; el artesano pretende convertirse en artista.
Lícito es enriquecerse con dinero o con aplausos; pero más digno es intentarensanchar el mundo, dotarlo de más claridad, averiguar los entresijos del hombre, contestar al porqué de su existencia, su vida, su muerte, sus tristezas y alegrías. ¿Qué perdura del dinero y a quién le favorece sino a quien lo posee? ¿No es más enriquecedor enriquecer a la Humanidad donándole obras en las que se reflejan sus sentimientos pensados, sus pensamientos sentidos? Muchos llenan sus sótanos y bóvedas de riquezas superficiales, y otros pocos componen rostros para el hombre interior.
¿Quién es, finalmente, más rico, aquel que atesora millones de euros o el que acumula a lo largo de los siglos millones de espectadores, lectores, oyentes porque estos se identifican y enriquecen con sus obras?
La pulsión creadora, como he dicho, nace y se hace. El autor, el artista, no puede evitarla y, si la evita, la sentiría como un suicidio; el "escritor", el artesano, no implica su vida en su tarea.
Angrac Ianto publicó una carta que dedicó -¡aún resuena el revuelo!- al Fiscal, al Director de la Academia y al propio Presidente de la Nación. Copio un fragmento:
“Maté al amante de mi mujer hace unos años -en un acto de honor- y luego a mi mujer -para quedarme con sus millones-; fui al Juzgado nº 12.322 y lo confesé todo: como en las altas esferas hay muchos asesinos encumbrados, sabía que me comprenderían: si un día yo era elegido, por ejemplo, presidente del País, los medios de comunicación se obstinarían en empañar mi imagen con esas menudencias y otros antecedentes que en realidad solamente afirmaban mi capacidad de comprensión y manipulación de la sociedad: así que me aconsejaron que ocultase mi crimen: porque en la cárcel no se hace fortuna y un hombre tan decidido como yo, y de tan buenas prendas, no podía desestimar la carrera política. Y aquí estoy (creo que condenaron a un ingenuo inocente que solo prometía ser buena persona), más honrado que Lincoln y más firme que Hitler. Y mejor presidente que los dos”.
¿Cuántos hombres y mujeres, observando El muchacho azul de Gainsboruch, o el Master Hare de Reynolds, han sentido la vida renacer mientras se les iluminaba el corazón?
¿Cuántos, contemplando La libertad guiando al pueblo de Delacroix, o el Guernica de Picasso, han descubierto su desprecio por las esclavitudes y guerras, más fuertemente, incluso, que al recordar el horror de Hiroshima?
¿Cuántos, leyendo la Elegía de Hernández, han consolado su silencio porque no sabían cómo expresar el dolor ante la muerte de un ser querido?
¿Cuántos, ante la Novena de Beethoven, se han esforzado por vencer la melancolía que inundaba sus vidas?
Para calibrar la importancia de una obra basta con preguntarse: ¿Sería igual el mundo sin Miguel Ángel o Velázquez, Bach o Wagner, Shakespeare o Cervantes?
¿Cuántos han descubierto que en algún lugar de un cuadro, un libro o una partitura hay una respuesta a las muchas preguntas del vivir?
¿No sirve para nada el Arte? ¿No es un camino para llegar a nosotros mismos y hasta los demás? ¿No es cada artista un portador de luz en esa carrera de relevos?
Siendo la pulsión erótica la imposición primordial de la Naturaleza, cuya función es la de la supervivencia mediante el ejercicio de la sexualidad, resulta sorprendente que el erotismo haya sido uno de los asuntos más perseguidos por las ortodoxias de todos los tiempos, como si fuera ajeno al hombre y la mujer, o una perversión, hasta el punto de convertirse en tema clandestino.
Si no hay grandes obras eróticas, sí hay mucho erotismo en no pocas. Por recordar algunas, basten dos bien distintas: “Las once mil vergas”, de Apollinaire”, o “Historia del ojo”, de Bataille; aunque pocas historias más jocosas por eróticas que el relato que Bocaccio hace de Alibech. Escasos poetas han evitado alguna incursión explícita en este tema, siendo Pietro Aretino uno de los más decididos y destacados.
Pietro Aretino nació en Arezzo, en 1492, y fue “periodista”, panfletario y pornógrafo. Paradigma de la burla y el libertinaje, su leyenda incluye el hecho de que mantenía un harén de jovencitas, salvadas de la miseria y el hambre para que se lo comieran a él de vez en cuando, así como el de que los cielos lo castigaron con su misma filosofía, puesto que, ya que se rió de todo, “muore nel 1556, a Venezia, per un colpo apoplettico pare dovuto a un eccesso di risa”.
El biempensante Nicolás Fernández de Moratín debe mucho a Aretino, aunque nunca lo cita. Tampoco es ajeno a él el Espronceda apócrifo. Pero es el Abate Marchena, egregio traductor de Lucrecio en verso endecasílabo, quien dejó la versión del poema que sigue. Dice Marchena que perdió el original, copiado de un manuscrito que encontró en Italia. Si esta pérdida es una argucia, como parece, el poema sería obra del Abate -que no tuvo que ver con la clerecía sino el desdén por lo eclesiástico-, quien soñó en verso, a la manera de los “Sonetti lussuriosi” del Aretino, lo que -por ser físicamente tan feo como “una falta de ortografía de la naturaleza”, en expresión de Madame de Staël- no alcanzaba a lograr su cuerpo; aunque se le atribuyen numerosas amantes.
He aquí el poema (atribuido también, por su golgotariez indifusa, a J. Cantero), conocido con el título que se indica y cuyo significado, por si alguna duda hubiese está en el subtítulo: La chupación:
716.- Increíble, pero cierto: en un concurso en el que se premiaba el peor libro de versos ganaron todos.
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717.- La verdadera educación empieza cuando nos enseñan a saber unas pocas cosas esenciales que nos despiertan el amor por saber más.
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718.- Tal vez para enriquecerse sea necesaria alguna inteligencia; lo que no admite dudas es que se necesita ser idiota para considerar que ser rico es una meta noble e inteligente. ***
719.- Para alcanzar la serenidad es preciso equilibrar los anhelos y los desengaños, las devastaciones y los sueños.
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720.- Admitir el miedo es empezar a vencer la cobardía de escondernos
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721.- No hables más que para ennoblecer el silencio.
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722.- La belleza -la grandeza- solo adquiere su verdadera dimensión si se conoce la fealdad -la pequeñez- desde la que se consigue. *** 723.- El fin de toda ley es la exclusión de cualquier fanatismo en las conductas, y por lo tanto la aceptación del principio de igualitarización universal.
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724.- Cada vez que no se cumple la ley se incumple la Justicia.
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725.- No se imita a los dioses -demasiado perfectos para ser imitados-, sino a los hombres que se comportan como ellos. ***