A) El hombre es un animal emocional que piensa para ordenar sus sentimientos.
B) Por lo tanto, solamente influyendo en la raíz y causa del pensamiento, que es el sentimiento, puede cambiarse la forma de pensar.
C) Por eso, por muy peregrino que parezca, la poesía auténtica -el sentimiento genuino, como esencia de toda literatura escrita por el hombre ético y no solo estético- es la que dicta los cambios sociales: porque las filosofías e ideologías se suceden unas a otras en el devenir de la Humanidad, pero los sentimientos nacen y se mantienen cada vez que nace un hombre.
Me encuentro con conocidos a los que no he visto hace años. Hablamos de esto y aquello, contra esto y contra aquello. Y de literatura. En seguida salen nuestras fobias y simpatías sociales y artísticas. Intento mostrar que es mejor ver por varias ventanas que por una sola, contemplar varios paisajes en vez de siempremente el mismo. Pero nada. Parece que todos nos construimos un laberinto de criterios a los que nos acomodamos y terminamos considerando verdades absolutas. No queremos aceptar que somos lo que aprendemos y que nuestro aprendizaje puede ser parcial, sesgado, erróneo, revisable siempre. La conversación se convierte poco a poco en disputa, se pausa, se enerva, se diluye. Y nos despedimos: cada uno, con su autismo. "Para lo mismo responder mañana".
Decía La Mettrie que había que enseñar a los monos a hablar, y educarlos hasta convertirlos en hombres. Darwin mostró que algunos aprendieron por sí mismos y consiguieron la transformación. Hoy, a la vista de los logros y sueños del Progreso, parece que es el hombre el que va convirtiéndose en simio. Al fin y al cabo, Aristóteles y Linneo clasificaron al homo sapiens como un animal más.
Hay autores que trazan de antemano un esbozo de lo que
van a escribir: tanto que solo tienen que ponerle palabras al pergeño. Otros
van a la caza y captura de metáforas, imágenes, visiones… incluso sin premeditación temática, a
ciegas, haciendo camino al andar. (Confieso que yo cuando escribo la primera
palabra no sé cuál va a ser la siguiente). Tan malo o bueno es un método como
otro si el proceso acaba con una implacable tachadura: sustituyendo,
pulimentando, jibarizando.
Un
poema precisa unos límites que pocos saben darle. Es fácil desatar la pluma y
dejar que diga lo que quiere. Lo difícil es contenerla y que en lo contenido
-en sus limitaciones- haya un mundo propio, emocional e intelectual, que sea
autónomo y renazca en el lector aunque no haya nacido para él.
Contra el dicho popular, el mayor
enemigo del poeta es la inspiración: el arrebato. Por eso Bécquer, siguiendo a Wordsworth,
afirma: “Cuando siento no escribo”. Quería que sus emociones reposaran para que
no se infiltrasen en su escritura desviaciones sentimentales o verborreicas. Lo cual nos dice definitivamente que es preciso domar
el "rebelde, mezquino idioma" hasta encontrar la adecuación expresiva
de lo que late en la mente: tensión, contención y armonía dictivas.
Antes, Poe había escrito en su Método
de composición: “La ejecución de un poema es una operación intelectual, no
un don de la musa”. Y basta recordar a Valery,
a Pound puliendo a Eliot, o las 200 versiones que Dylan Thomas hacía de muchos de sus
poemas para que no nos resulte extraño oír a León Felipe exhortar a la desnudez verbal: “deshaced ese verso,
quitadle los caireles …”. García Lorca
resume esa unión de irracionalidad y racionalización denominándolas simplemente
“gracia y esfuerzo”.
7.-
Acerquémonos a dos textos que nos hablan, de modo similar y
distinto, de la “inspiración” y su plasmación en la página:
A) -
La inspiración
Semejante a la fuerza
de la gravitación universal,
de súbito una voz me arrastra hasta el vacío
de la página en blanco.
No sé qué va a escribir mi pluma: lo hace
y el primer verso, la primera
palabra -que han nacido sin conciencia-
desconocen también qué otras palabras
y qué otros versos les sucederán.
Por más que oteo mi mente
o diviso el poema que se está engendrando,
un fantasma amanuense dicta y suma
sílabas y conceptos y emociones,
computa sentimientos, traza música
y, por fin, se detiene
como si la estrategia de su lírica
oculta y despiadada
hubiese dado fin y descansase.
Mi voluntad despierta entonces
y, dormido el fantasma,
tacho palabras, versos, pulimento
el sueño o pesadilla que ha dejado.
B) – Pulimentación
Primero es un rumor a un ritmo asido,
un aroma, una luz aprisionada
en la sombra, una hoguera dilatada
que asoma su fulgor desconocido.
Luego encuentra su música el sonido
en la frágil palabra revelada;
y la voz, caudalosa o mesurada,
la pluma ordena, pule y da sentido.
En la página hermosa y fatigada
alza la mano luz desde la bruma,
porfiando darle vida a cuanto nombra.
Quedan, bajo la herrumbre calcinada,
palabras sostenidas por la pluma
y sueños derribados en la sombra.
Los anteriores ejemplos, como míos, no son ejemplares, pero sirven para el
propósito: aproximarnos al proceso creador en sus diferentes fases: la
aparición de las tópicas musas y la ejecución de lo entrevisto en ese pequeño
"trance". El mismo tema ha encontrado, en dos tiempos diferentes, dos
cauces de distinta moldura: ritmos blancos, en el primer texto; un soneto, en
el segundo. Expresiones como “gravitación”, “arrastra”, “fantasma amanuense”,
“pulimento” -en el primer poema- y “fulgor desconocido”, “frágil palabra”,
sueños derribados”… -en el segundo- muestran la lucha entre irracionalismo y
racionalidad, duelo en el que incluso la “estrategia” está “oculta”. La materia
lírica, oculta como un magma en las entrañas de la mente, brota como un géiser
que debe ser canalizado y convertido en manantial.
Ninguno de los textos tiene la
adecuación precisa: visión y revisión de lo vislumbrado que deben concretarse
en la precisión de lo sentido a través de lo expresado. Difícil es esa
urdimbre. Y es que todo poema necesita encontrar la idoneidad:
Hay dos clases de autores: los que se venden y los que no tienen precio.
Hay dos clases de lectores: los que leen para enriquecer su existencia y los que leen para olvidarse de sí mismos.
Hay dos clases de críticos: los que se empeñan en encontrar similitudes entre autores y obras, y los obstinados en señalar sus diferencias. Mientras tanto, la obra vive su propia existencia, independizada de su autor, subyugando al lector y a pesar de los críticos.