La decepción
Era yo adolescente. Pretendía
saber más que los libros, entender
la existencia, aquel río luminoso
y oscuro que arrastraba
promesas y misterios
como un dios de otro mundo. Las montañas
eran altos peldaños hacia el cielo
o el infierno. Era el día
un castillo, y la noche
una gruta empedrada con estrellas
o jaurías de astros.
Mi vida era la búsqueda incesante
de la causa de toda consecuencia.
El mar era un brillante catalejo
con el que vislumbrar la claridad
en la que, final
mente, yo todo lo vería.
Y se cumplió.
Amaneció en la noche de improviso
y, al fin, todo lo vi:
yo era tan solo un hombre
y el desencanto era mi compañía.
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