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martes, 22 de julio de 2014

Leopoldo María Panero: Pavana


Querida Luisa:
Me pides que reproduzca el vídeo de Auralaria en el que tu voz homenajea a Leopoldo Mª Panero, y que escriba algo sobre este. 
Nada voy a escribir. No podría callar que me parece un traficante de su desgracia y un expendedor de bastarda lírica maldita. 
Claro está que en el espíritu humano la podredumbre ocupa demasiado espacio. Pero una cosa es sufrirla porque no hay más remedio y otra refocilarse en ella en vez de buscar un agujero de luz que combata sus sombras. Ya no podemos nombrar el Mal sin oponerle el Bien. 
Ojalá los siglos demuestren que me equivoco en su valoración.
Aquí va el poema que lees:

lunes, 21 de julio de 2014

No es fingimiento el teatro

Querida N. P. S.:
     Cuando tenía catorce o quince años había leído, en la Biblioteca de Teodomiro de Orihuela, en unos grandiosos tomos de Rivadeneyra, casi todo el teatro del Siglo de Oro: era mi debilidad y me puse a escribir obras de 3.000 versos porque yo quería ser Lope de Vega -nunca conseguí acabar una "en horas veinticuatro"-. 
     Después, al asistir a algunas representaciones, se me vino el mundo al escenario: nada podía hacerme creer que aquellos personajes eran personas y no títeres; nadie podía alzar la obra tal y como yo la había visto y oído en mi mente mientras la leía. También es verdad que los actores españoles tienen la mala costumbre de ser muy malos y espantar los oídos y los ojos de quienes esperan oír y ver un texto y unos rostros sin afectación.
     Por eso no voy al teatro: para no decepcionarme con la gesticulación, el engolamiento y las malversaciones; lo peor que puede ocurrirle a unos actores es que se note que están interpretando. Incluso cuando alguien dice “qué bien lo hace” está sintiendo que todo es tramoya y falsificación.
     No me extraña que en Almagro te haya ocurrido algo semejante. Pero lo peor no es eso; lo peor es que el mundo es también otro escenario del que ha desaparecido la autenticidad.
     Besubios.

Breve imagen de Lope

domingo, 20 de julio de 2014

El hijo

No se ama a los hijos solo porque la naturaleza así lo dispone; ni se les llora porque sea antinatural que mueran antes que sus padres. Los amamos y lloramos porque, además, con ellos tenemos todas las razones para seguir luchando y, sin ellos, ninguna. 
Vivir es construir para nosotros y quienes nos sucedan.


sábado, 19 de julio de 2014

El Partenón



Partenón

La armonía bisela en la alta cumbre

un cántico a la piedra. Las columnas
sostienen en el aire el universo
acendrando el volumen, condensando
el infinito. Trepan simetrías
esculpiendo la luz dórica. Pule
la piel del cielo el arrebol del mármol
y la belleza es tránsito en el tiempo.
Frisos y estatuas, dioses y pericles
se irguieron entre andamios y poleas
para forjar el ara de los dioses.
El rectángulo se hizo partitura
del cosmos pitagórico, himno exacto
a la silueta de la perfección,
zafiro levitando en el crepúsculo,
menhir sobre la cima, dolmen ebrio.
La pólvora, el seísmo y los expolios 
violaron su esplendor. Y sin embargo,
nunca las ruinas fueron tan fulgentes.

viernes, 18 de julio de 2014

Indefensiones

Holts: Saturno

Todos nos damos cuenta un día de que sufrimos orfandad universal. 

Los amigos se han ido poco a poco a sus vidas, o han muerto; las personas que amabas se marcharon a amar a otras personas, o a otro espejismo como el que ya eres para ellas y ellas son para ti; los hijos se han convertido en ríos obstinados en olvidar que fuiste su manantial; nadie te necesita, tú que creías no necesitar a nadie...

Todos los paraísos han ido transformándose en infiernos.

El mundo es un montón de ruinas y lo que fue palacio es mausoleo. 

Te preguntas si el mayor delito del hombre es haber nacido o haber seguido viviendo sin recurrir a un piadoso estilete.

Te contestas que la soledad no consiste en la ausencia de compañía, sino en el ensimismamiento absoluto, en la falta de sintonía con los demás. ¿Se han vuelto todos locos o eres el loco tú?

Miras alrededor buscando apoyo para levantarte una vez más: sin embargo, todo es ya quebradizo y no hay más horizonte que la nada.

Y así es: pero arráncale alegría a la tristeza, busca en la sombra luz y consuélate pensando que pronto vendrá la muerte a rescatarte.




jueves, 17 de julio de 2014

Supervivencia interior


Suite Robinson Crusoe

         Si yo hubiese de salvar un solo libro, o hubiera de llevarme solo uno a una isla desierta, escogería el que ahora nombro, a pesar de que hay otros, afortunadamente, tan excelsos, que nos enseñan a vivir -aunque no, como el que digo, a sobrevivir-. También es el que enviaría a otro planeta como referencia de lo que esencialmente es el ser humano: superación. 
         Es sorprendente la cantidad de veces que lo citan los grandes nombres de la Literatura, del Arte y de la Historia. Me refiero a Robinson Crusoe: buena parte de cuantos lo han leído lo hicieron en su adolescencia, en versiones simplificadas que lo han desprestigiado y desprovisto de sus cualidades: porque los publicistas, olvidando que Daniel Defoe lo escribió con la experiencia de su madurez, creen que se vende mejor como un cuento de piratas. Pero la odisea del náufrago -inspirada en hechos históricos- es más interior que exterior, más introspectiva que aventurera. No existe en la literatura universal otro personaje capaz de sobreponerse a las adversidades como Robinson Crusoe. Probablemente, ningún otro puede enseñar tanto al hombre actual. Tras su catástrofe, parte de cero y se convierte en el admirable ejemplo de lo que un hombre puede llegar a hacer con determinación, solo, en circunstancias extremas, conviviendo con sus propios temores, llenándolos de esperanzas y de actos, creciéndose cada día ante los infortunios, sin ayuda, sin milagros, sin ciencia ficción, con la única fuerza de su fe en sí mismo.  
         El naufragio de Robinson es el emblema del aislamiento del hombre en el mundo en que vive (tanto que acaba por regresar a su isla, tal vez huyendo de la misantropía que la sociedad genera). Lo que importa de él es su incapacidad para rendirse ante las desdichas: la afirmación de que el destino es la voluntad.


miércoles, 16 de julio de 2014

Derrota de lo efímero

Barber: Adagio
                   
            Reconozcámoslo: cuando el hombre se queda solo demasiado tiempo consigo mismo no se soporta; no estamos preparados para convivir con nuestro propio yo y huimos hacia los demás, que son tan frágiles como nosotros. Pero nuestras conversaciones sociales son mecánicas y frívolas; nuestro ocio no es estimulante, sino ocioso; nuestras diversiones nos aburren. No nos han enseñado a disfrutar de los momentos de íntimidad: la paz que irradia de un buen cuadro, una buena música, un buen libro. Nos hemos aislado en una isla que no pasa de ser una desalentadora confortabilidad -aunque la llamemos felicidad-; y salimos de ella para visitar a los habitantes de otras islas tan aisladas como la nuestra. Y eso no nos basta.
            Hemos olvidado por el camino, a fuerza de no usarlas, las facultades que poseemos; y nos ha invadido la fragilidad, la inanición, la monotonía. Sin embargo, ese vigor permanece en nuestra mente y solo es necesario hacerlo emerger como si fuese un barco que naufragó porque lo abandonamos.
            En primer lugar, yo me acostumbraría a contemplar algunos cuadros relajantes, fáciles de hallar, a falta de museos próximos, en las pinacotecas impresas que hay en las librerías. Mientras tanto, para disciplinar mi mente y ampliar mi sensibilidad, me esforzaría en escuchar, por ejemplo, la “Ofrenda musical” de Bach, una música convenientemente aséptica al principio y que acaba enamorando el corazón y el intelecto por su equilibrio entre inteligencia y sentimiento puro; después me fortalecería con la "Tetralogía" de Wagner. Leería la “Oda a la alegría”, de Neruda, simplemente para reconocer que mi desdicha no es irreversible, y, luego, el poema “Masa”, de César Vallejo, que siempre me injerta una sublime solidaridad. Templado así, escogería un libro fácil y absorbente, correctamente escrito, de esos que impulsan a seguir leyendo a pesar de la hora de la comida o de la cena; por ejemplo, “El misterio del cuarto amarillo”, de Gaston Leroux. 
            Ahora bien: quien quiera reconocer la majestad interior del ser humano debe acudir al universo del arte, tan poblado de estrellas pictóricas, musicales y literarias como el firmamento que ya tampoco contemplamos.