Nuria temía tanto fracasar de nuevo en sus relaciones amorosas que, involuntariamente, había convertido su existencia en una huida de los hombres. No los odiaba: seguía amándolos y soñando con ellos; pero su fracaso le hacía sentirse indigna de ser amada y creía que, en el mejor de los casos, volverían a abandonarla. De modo que, para no sentir dolor, evitaba su causa: el amor. Como tantas otras personas desdichadas, convirtió la excepción en regla y su miedo a fracasar en causa de sus fracasos.
Fue así como fue evitando las relaciones personales y aislándose. Y así fue como encontró en el anonimato de Internet una vida virtual que suplantaba la real. En ese universo los cuerpos no existían y el dolor no podría existir porque no es igual que te rechacen una mente y un cuerpo sensibles y amorosos, sutiles e inteligentes a los que has amado, que separarse de un millar de palabras, aunque sentidas, frías o tal vez calculadas.
Un día como otro empezó a cartearse con un desconocido, y sus cartas le resultaron tan singulares que, correo tras correo, las palabras iban cobrando vida y parecían hablarle con voz y con presencia. Al leer, la ternura y la pasión agazapadas en Nuria la empujaban a saltar como una tigresa en celo, para ser abrazada y mordida por el puma insurgente del discurso internético. Y muy pronto las fauces amorosas del correo la fueron devorando: se sentía amada, desgarrada en su carne más íntima, erotizada y presa por el fauno creado entre su fantasía y la virtualidad, ya plena realidad, de las palabras. Cuando Desconocido, transformada su palabra en razón de su existencia, la citó para encontrarse y conocerse, escucharse y amarse, Nuria se abrazó al ordenador: no permitiría que nadie la abandonara nuevamente. Y continuó abrazando la pantalla.
“La única religión académica es la del estudio, y su catecismo empieza
así:
<
Yo soy el que aprende; tú eres el que enseña. Aprender porque enseñas es mi
primer gran deber; aprender a enseñar para que yo aprenda a bienvivir es
el tuyo. Debes enseñarme, y yo debo aprender, que mi voluntad es libre; y que solamente debo frenarla cuando atente contra la voluntad ajena: que soy libre
mientras sea responsable de ese derecho. Que nada más puedo utilizar la fuerza
de la razón: la que concede el saber. Esas son las leyes del aprendizaje: que
el conocimiento es la única arma inerme. Y cualquier bandera llamada crucifijo,
media luna -o similares iconos eclesiásticos- con los que se pretenda condecorar mi educación
ayudará tan solo a que el fanatismo se convierta en una asignatura que
destruya todas las demás. En cuanto a la lengua en la que se me transmita esa enseñanza: debe ser la más adecuada para comunicarme con todos los ciudadanos del mundo, no solo de una parte del mundo. Porque vivimos en el mundo, no en una aldea, por muy dignas que sean estas. Hoy todos los humanos somos vecinos. Y vivimos para convivir: para hacer compatibles el yo y el nosotros.>".
Pero
Sociedad continuó una wert y otra wert contraviniendo el criterio de
Naturaleza. Y sobrevino, infierno tras infierno, la hecatombe social.