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lunes, 25 de julio de 2022

Lecturas imprescindibles, 14


Versión 1950

Versión 1990

La palabra es el rostro de los hombres. Si es así, pocas obras encarnan ese criterio como Cyrano de Bergerac, el caballero feo que enamora con su decir hermoso. Su autor, Rostand, escribe una obra en la que se considera cuál es el mayor valor: la belleza del cuerpo o la del alma -y, por ello, la inteligencia o la frivolidad-. 
     Todos deseamos -necesitamos- ser amados. Por eso quien da o dice sentir amor, lo despierta. Es la palabra de Cyrano -la sensibilidad, la inteligencia, que es el mayor afrodisiaco- lo que ama Roxane, no al hermoso galán que la corteja sin el verbo). 
     El amor es ilusión, esperanza de que se cumpla el sueño. El amor es el verbo, la palabra que lo pronuncia. Esta dice lo que pretende hacer quien la formula y hace soñar a quien la escucha. La palabra es en sí una promesa que ejerce la fascinación de su cumplimiento con solo pronunciarse. Pero es también una distancia entre lo prometido y lo que se realiza. Quien domina en el arte de decir tiene el poder sobre el otro. Subyuga porque ofrece y da un misterio. Doña Inés dice que Don Juan posee la “palabra seductora”. Cyrano, por su fealdad física, se ve condenado a gozar con el cuerpo del otro lo que conquista con su espíritu verbal.
     El corazón se enamora más por el oído que por los ojos: no atrae tanto la belleza física como la verbalidad convertida en profecía de felicidad. Por eso los grandes amantes, más que hermosos, han sido grandes decidores, grandes magos de la palabra susurrante. 
     Es esta una obra que ensalza la palabra como poder conquistador. 


Cyrano de Bergerac. Completo

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