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jueves, 7 de junio de 2018

Querido Miguel:


Bocherini: Minueto


Querido Miguel:
Sin juramento me podrás creer que quisiera estar en cuerpo y alma presente en esta ocasión en la que desvelas las aventuras de tu adolescencia entre palmeras hernandianas. Pero como los cielos de Olivera no me lo han permitido, aquí te dejo una improvisada y breve nota de celebración por este tu último libro en el que la prosa memorística, tan eficazmente discursiva y hábil, cuenta al desocupado, y aun interesado, lector, aquellas bienandanzas de un mundo cuya fantasmagoría angelical nos bautizó. 
     Como tantos insignes escritores (y a pesar de aquella juvenil Antología oriolana de infeliz perpetración -fui yo el perpetrador-), tú perteneces a ese grupo, encabezado por Cervantes o Goethe, que da sus mejores obras cuando la edad ha sazonado su experiencia. Eso es lo que cuentan estos cuentos unitivos de una vida, unos estudios y unas lecturas provechosas en las que tantos se reconocerán. Porque esto es lo que da validez a la escritura: que en lo propio se reconozca el que lo lee por muy ajeno que sea a su autor; que en lo particular esté lo universal; que desde el propio yo emerja el todos: que la literatura no sea un acto de egolatría sino de solidaridad interminable. 
     Estoy recordando ahora el instante en el que Robinson Crusoe, ante el mar que lo ha desterrado a su isla, se lamenta de haberse quedado sin la tinta que salvó del naufragio: y es que llevaba años escribiendo, acompañándose con su palabra, hablando consigo mismo, adentrándose en su mismidad, tatuando su identidad en el papel, consolándose con su absoluta introspección diaria y creciéndose al reconstruir su destruido mundo: no hay otro ejemplo más ejemplar de resiliencia.  Por eso, si hubiera de salvar un solo libro sería este, el del superviviente de Defoe: él nos enseña a saber quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes podemos ser. Incluso más radicalmente que el muy autobiográfico Montaigne.
     Todos acudimos al paisaje de nuestra infancia y adolescencia: y eso has hecho tú: recuperar un fragmento del mundo que fue mundo tan de otros como tuyo, actualizar lo perseverante del pasado, poner una semilla para que el futuro sea un aprendizaje del ayer.
     A través de las décadas de amistad y de aquellos recorridos a dedo por la España de nuestros tiempos veinteañeros, bien sé de tu singular y admirable bonhomía, solo comparable a la de ese otro gran amigo, y tu editor, Luis Bonmatí. En el último lustro has salido, como el Quijote que resucitas en estas páginas, con la pluma en ristre y sin adarga. Ojalá no se te acabe la tinta robinsónica.




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